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15 de noviembre 2012    /   CIENCIA
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The makers, las fábricas de barrio y el derecho a recambio

15 de noviembre 2012    /   CIENCIA     por          
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Un movimiento está abriéndose paso en los barrios. Si no están en el tuyo, tú puedes empezarlo. Son los makers —productores—, las personas que provistas de máquinas de impresión 3D, cortadoras láser, brazos de robot o impresoras de circuitos digitales ‘hacen’ (fabrican, producen, crean) objetos: arte y artesanía, coches y robots, casas y muchas de las piezas necesarias para replicar sus propias máquinas también.

En Barcelona, en Madrid, en Berlín, Helsinki, Copenhague o Nueva York. Son fabricantes personales. Pueden fabricar lo que diseñan desde la primera unidad. Pueden, como apunta Chris Anderson, financiar lo que diseñan para un número limitado de compradores a través del crowdfunding. Pueden, propongo, devolvernos las fábricas al barrio.

Qué bueno sería tener una fábrica de proximidad, como un súper o un bar. Un lugar al que pudieras ir no solo con tu idea, sino también con una necesidad. El asa de plástico de la cazuela que se requemó. La cubeta del carburador de mi moto que ya no se fabrica. La junta imposible. Los recambios de todo.

La lucha contra la obsolescencia planificada empieza por la posibilidad de conseguir recambios para las piezas que se estropean. Es comprensible que un fabricante discontinue la fabricación de una pieza porque no exista demanda suficiente o porque ya no tenga los costes para producirla. Es comprensible que un distribuidor no la almacene si no tiene una mínima expectativa de revenderla en un periodo razonable de tiempo.

Pero ahora ya no es razonable. Tiramos muchas cosas. Tiraríamos menos si el fabricante dejara en abierto —disponibles para todos— los diseños de los artículos que ya no va a fabricar más. Algunos fabricantes optarían directamente por poner el conjunto del producto en abierto desde el primer día y se olvidarían para siempre del servicio postventa.

La democratización de la fabricación y el derecho al recambio pueden cambiar radicalmente nuestra relación con los objetos: fabricar lo que imaginas o conservar lo que amas con un esfuerzo sensato puede dar más valor —y más vida— a muchas de las cosas que nos rodean.

Porque el objeto solo muere cuando la información para reproducirlo muere con él.

Un movimiento está abriéndose paso en los barrios. Si no están en el tuyo, tú puedes empezarlo. Son los makers —productores—, las personas que provistas de máquinas de impresión 3D, cortadoras láser, brazos de robot o impresoras de circuitos digitales ‘hacen’ (fabrican, producen, crean) objetos: arte y artesanía, coches y robots, casas y muchas de las piezas necesarias para replicar sus propias máquinas también.

En Barcelona, en Madrid, en Berlín, Helsinki, Copenhague o Nueva York. Son fabricantes personales. Pueden fabricar lo que diseñan desde la primera unidad. Pueden, como apunta Chris Anderson, financiar lo que diseñan para un número limitado de compradores a través del crowdfunding. Pueden, propongo, devolvernos las fábricas al barrio.

Qué bueno sería tener una fábrica de proximidad, como un súper o un bar. Un lugar al que pudieras ir no solo con tu idea, sino también con una necesidad. El asa de plástico de la cazuela que se requemó. La cubeta del carburador de mi moto que ya no se fabrica. La junta imposible. Los recambios de todo.

La lucha contra la obsolescencia planificada empieza por la posibilidad de conseguir recambios para las piezas que se estropean. Es comprensible que un fabricante discontinue la fabricación de una pieza porque no exista demanda suficiente o porque ya no tenga los costes para producirla. Es comprensible que un distribuidor no la almacene si no tiene una mínima expectativa de revenderla en un periodo razonable de tiempo.

Pero ahora ya no es razonable. Tiramos muchas cosas. Tiraríamos menos si el fabricante dejara en abierto —disponibles para todos— los diseños de los artículos que ya no va a fabricar más. Algunos fabricantes optarían directamente por poner el conjunto del producto en abierto desde el primer día y se olvidarían para siempre del servicio postventa.

La democratización de la fabricación y el derecho al recambio pueden cambiar radicalmente nuestra relación con los objetos: fabricar lo que imaginas o conservar lo que amas con un esfuerzo sensato puede dar más valor —y más vida— a muchas de las cosas que nos rodean.

Porque el objeto solo muere cuando la información para reproducirlo muere con él.

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