27 de diciembre 2017    /   CINE/TV
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‘The night of’ no es otra serie sobre juicios aunque lo parezca

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Lo simula hábilmente, con estrados, jurados populares y letrados. En su forma, se adscribe al género. Pero hay algo que se resiste al encorsetamiento. Un mensaje sibilino que se cuela persistente en cada una de las escenas y las inunda de una crítica feroz y agónica. Night of acaba siendo una enmienda a la totalidad del sistema estadounidense de la que no se salva ni el apuntador. La diatriba resignada recorre la columna vertebral de esta miniserie de la HBO.

Lo más curioso es que esta radiografía lacerante pero sin moralina a la sociedad estadounidense es un remake de una serie británica de la BBC, Criminal justice. He aquí donde radica el mérito de sus creadores Steve Zaillian y Richard Price, capaces de extrapolar una típica trama de suspense a los problemas de su propia sociedad. Zallian, guionista de La lista de Schindler o Gangs of New York y Price, uno de los guionistas de The wire, asestan un golpe al sueño americano, con elegancia sutil y desesperanza endémica.

El proyecto tuvo una acogida tibia en los despachos de la HBO. Ni siquiera la presencia de James Gandolfini como coprotagonista y productor consiguió arrancar más metraje y quedó confinado al formato de miniserie. Lo que visto a toro pasado resultó un gran acierto.

El rodaje se complicó con la prematura muerte del protagonista de Los Soprano, que ya había grabado el episodio piloto. En un primer momento, parecía que Robert de Niro le cogería el testigo, pero acabó por declinar la oferta por problemas de agenda.

Entonces surgió la idea de que fuera sustituido por otro intérprete del lobby italoamericano: John Turturro, que a la sazón era amigo personal de Gandolfini. Tras escribir a su viuda, que le animó a aceptar el papel, accedió a meterse en la piel de un abogado taciturno y oportunista que sufre un eccema alienante para su trabajo.

La trama no inventa la sopa de ajo, recurre a un tema manido: el del chico inocente acusado de asesinato. Atención, porque a partir de aquí empieza un festival de spoilers.

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Nasir Kahn es un universitario de ascendencia pakistaní con apariencia de no haber roto un plato en su vida. Una noche, un amigo le deja plantado cuando tenían pensado acudir a una fiesta universitaria y decide «tomar prestado» el taxi de su padre para ir. Pero se pierde por el camino: él es de Queens y la fiesta es en Manhattan.

Una atractiva chica se sube y sin sacarla de su error la acompaña, acaba tomando alcohol y drogas con ella y finalmente acaban intercambiando algo más que palabras.

Nasir se despierta aturdido por la resaca y cuando se despide de su amada ocasional se encuentra con que ha sido apuñalada de forma salvaje. Sale de la casa a toda prisa y descubre que se ha dejado la chaqueta con las llaves del taxi. Vuelve a entrar y tiene la genial idea de llevarse un bote de ketamina y un cuchillo.

Una vez de nuevo en el taxi, es detenido por hacer un giro prohibido y finalmente acusado de asesinato. Lleva el arma homicida, drogas y sus huellas están por toda la escena del crimen. Parece un caso fácil en que los funcionarios asqueados de su trabajo no van a invertir un segundo de más.

En este primer capítulo, el más hipnótico desde el punto de vista de la realización de la serie, se anuncia una de las constantes que guiará la obra: el fatalismo. El espectador de algún modo sabe que ha entrado en territorio de derribo, en el que si algo puede ir mal, acabará siendo aún peor de lo que imaginaba. Es ahí donde surge la metáfora desencantada sobre la sociedad estadounidense.

Desde el primer momento en que la chica sube al taxi, se masca la tragedia. Durante ocho episodios el público sufre sabiendo que sus personajes van a ser maltratados sin tregua, conteniendo la respiración cuando cometen un error tras otro, alargando la agonía hasta el fatal desenlace.

No hay esperanza para el eccema del abogado, ni para el joven recluso que toma decisiones equivocadas, ni para la abogada que dinamita su carrera traficando con drogas por amor, ni para el padre que se endeuda…

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Todos están condenados de antemano y el espectador padece la tortura de confirmar sus presentimientos. Es este uno de los puntos en los que la serie toma un camino divergente, más allá del género, para retratar una sociedad condenada.

Esta condena no es rápida y por ello la serie presenta un premeditado ritmo lento. No lento de película iraní, no lento de film relamido en el que la cámara coquetea con la estética. Lento porque todo cuesta mucho, porque el sistema policial, judicial y la propia vida de los protagonistas lo es.

El tiempo transcurre en las colas de la penitenciaria, en la entrada a los juzgados y observando los crispantes cuidados que el abogado debe aplicar a sus eccemas. La sociedad que describe es tan inexorable como parsimoniosa. Sus engranajes aplastan como una pata de elefante a cámara lenta.

Ese ritmo cansino hace que el aplastamiento se convierta en algo más frío e impersonal. Apenas existen escenas climáticas, lo que resulta tan innovador a nivel narrativo como desolador para el desarrollo de la trama.

El tratamiento del racismo es otro de los temas que le dan a la serie una dimensión más allá del género procesal. Muchas películas que se adhieren a este género se convirtieron en reivindicaciones antirracistas. El ejemplo más emblemático es Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) en el que un incorruptible abogado defiende a un hombre de color acusado injustamente de una violación.

La diferencia es que la crítica aquí es transversal, no se trata únicamente de que el acusado sea de origen paquistaní, sino que el racismo supura por todas las costuras de la sociedad. Desde que el protagonista entra en casa con la chica y un joven de color le pregunta dónde se ha dejado las bombas, hasta la prisión, en la que no se ve en ningún momento a un solo recluso de raza blanca.

La serie habla de fractura social que perpetúa el racismo, que hábilmente ubica en el 11-S, cuando tanto la abogada como el acusado relatan cómo vivieron el asedio de sus compañeros de colegio. Por lo general, en las películas antirracistas, el sujeto discriminado desempeña el papel de la víctima pasiva. Sin embargo, Khan reacciona violentamente con los alumnos que lo asedian, lo que hace dudar de su inocencia.

De esta forma, el racismo se aborda desde una perspectiva más realista y, por supuesto, mucho menos optimista. Da igual que sea declarado inocente, porque como se ve al final de la serie, el protagonista ha sido engullido por el sistema y cuando este lo vomita, las secuelas son irreparables. No es difícil, tal y como acaba la serie, imaginar a Khan en un futuro juzgado por algún crimen que sí cometió. Y es en ese punto donde el predeterminismo racista se hace más abrumador. Habitualmente, en el género judicial, el momento de la sentencia resulta redentor. En cambio, en The night of el accidentado proceso que permite su liberación –ni siquiera es declarado inocente– no restituye el orden anterior. Y lo más triste de todo es que el orden anterior tampoco era una panacea.

Muchas escenas más hablan de la podredumbre social: desde la soledad de los personajes a la cantidad de acusados sobre los que penden condenas por violencia de género.

A mí, al final de la serie, aún me quedan dudas de la inocencia de Khan, pues él mismo reconoce que no recuerda lo que ocurrió, a lo largo del juicio se ha demostrado que tampoco era un mirlo blanco y, al fin y al cabo, resulta difícil creer que alguien entró en la casa mientras él dormía en la cocina.

Los guionistas parecen decantar la balanza, llevarte a creer en su inocencia para después demostrarte que es estéril en un mundo sin valores. The night of es un mazazo a la sociedad norteamericana, encubierta con la piel del género judicial. Una serie tan desoladora como necesaria.

Lo simula hábilmente, con estrados, jurados populares y letrados. En su forma, se adscribe al género. Pero hay algo que se resiste al encorsetamiento. Un mensaje sibilino que se cuela persistente en cada una de las escenas y las inunda de una crítica feroz y agónica. Night of acaba siendo una enmienda a la totalidad del sistema estadounidense de la que no se salva ni el apuntador. La diatriba resignada recorre la columna vertebral de esta miniserie de la HBO.

Lo más curioso es que esta radiografía lacerante pero sin moralina a la sociedad estadounidense es un remake de una serie británica de la BBC, Criminal justice. He aquí donde radica el mérito de sus creadores Steve Zaillian y Richard Price, capaces de extrapolar una típica trama de suspense a los problemas de su propia sociedad. Zallian, guionista de La lista de Schindler o Gangs of New York y Price, uno de los guionistas de The wire, asestan un golpe al sueño americano, con elegancia sutil y desesperanza endémica.

El proyecto tuvo una acogida tibia en los despachos de la HBO. Ni siquiera la presencia de James Gandolfini como coprotagonista y productor consiguió arrancar más metraje y quedó confinado al formato de miniserie. Lo que visto a toro pasado resultó un gran acierto.

El rodaje se complicó con la prematura muerte del protagonista de Los Soprano, que ya había grabado el episodio piloto. En un primer momento, parecía que Robert de Niro le cogería el testigo, pero acabó por declinar la oferta por problemas de agenda.

Entonces surgió la idea de que fuera sustituido por otro intérprete del lobby italoamericano: John Turturro, que a la sazón era amigo personal de Gandolfini. Tras escribir a su viuda, que le animó a aceptar el papel, accedió a meterse en la piel de un abogado taciturno y oportunista que sufre un eccema alienante para su trabajo.

La trama no inventa la sopa de ajo, recurre a un tema manido: el del chico inocente acusado de asesinato. Atención, porque a partir de aquí empieza un festival de spoilers.

ep01-ss01-1920

Nasir Kahn es un universitario de ascendencia pakistaní con apariencia de no haber roto un plato en su vida. Una noche, un amigo le deja plantado cuando tenían pensado acudir a una fiesta universitaria y decide «tomar prestado» el taxi de su padre para ir. Pero se pierde por el camino: él es de Queens y la fiesta es en Manhattan.

Una atractiva chica se sube y sin sacarla de su error la acompaña, acaba tomando alcohol y drogas con ella y finalmente acaban intercambiando algo más que palabras.

Nasir se despierta aturdido por la resaca y cuando se despide de su amada ocasional se encuentra con que ha sido apuñalada de forma salvaje. Sale de la casa a toda prisa y descubre que se ha dejado la chaqueta con las llaves del taxi. Vuelve a entrar y tiene la genial idea de llevarse un bote de ketamina y un cuchillo.

Una vez de nuevo en el taxi, es detenido por hacer un giro prohibido y finalmente acusado de asesinato. Lleva el arma homicida, drogas y sus huellas están por toda la escena del crimen. Parece un caso fácil en que los funcionarios asqueados de su trabajo no van a invertir un segundo de más.

En este primer capítulo, el más hipnótico desde el punto de vista de la realización de la serie, se anuncia una de las constantes que guiará la obra: el fatalismo. El espectador de algún modo sabe que ha entrado en territorio de derribo, en el que si algo puede ir mal, acabará siendo aún peor de lo que imaginaba. Es ahí donde surge la metáfora desencantada sobre la sociedad estadounidense.

Desde el primer momento en que la chica sube al taxi, se masca la tragedia. Durante ocho episodios el público sufre sabiendo que sus personajes van a ser maltratados sin tregua, conteniendo la respiración cuando cometen un error tras otro, alargando la agonía hasta el fatal desenlace.

No hay esperanza para el eccema del abogado, ni para el joven recluso que toma decisiones equivocadas, ni para la abogada que dinamita su carrera traficando con drogas por amor, ni para el padre que se endeuda…

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Todos están condenados de antemano y el espectador padece la tortura de confirmar sus presentimientos. Es este uno de los puntos en los que la serie toma un camino divergente, más allá del género, para retratar una sociedad condenada.

Esta condena no es rápida y por ello la serie presenta un premeditado ritmo lento. No lento de película iraní, no lento de film relamido en el que la cámara coquetea con la estética. Lento porque todo cuesta mucho, porque el sistema policial, judicial y la propia vida de los protagonistas lo es.

El tiempo transcurre en las colas de la penitenciaria, en la entrada a los juzgados y observando los crispantes cuidados que el abogado debe aplicar a sus eccemas. La sociedad que describe es tan inexorable como parsimoniosa. Sus engranajes aplastan como una pata de elefante a cámara lenta.

Ese ritmo cansino hace que el aplastamiento se convierta en algo más frío e impersonal. Apenas existen escenas climáticas, lo que resulta tan innovador a nivel narrativo como desolador para el desarrollo de la trama.

El tratamiento del racismo es otro de los temas que le dan a la serie una dimensión más allá del género procesal. Muchas películas que se adhieren a este género se convirtieron en reivindicaciones antirracistas. El ejemplo más emblemático es Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) en el que un incorruptible abogado defiende a un hombre de color acusado injustamente de una violación.

La diferencia es que la crítica aquí es transversal, no se trata únicamente de que el acusado sea de origen paquistaní, sino que el racismo supura por todas las costuras de la sociedad. Desde que el protagonista entra en casa con la chica y un joven de color le pregunta dónde se ha dejado las bombas, hasta la prisión, en la que no se ve en ningún momento a un solo recluso de raza blanca.

La serie habla de fractura social que perpetúa el racismo, que hábilmente ubica en el 11-S, cuando tanto la abogada como el acusado relatan cómo vivieron el asedio de sus compañeros de colegio. Por lo general, en las películas antirracistas, el sujeto discriminado desempeña el papel de la víctima pasiva. Sin embargo, Khan reacciona violentamente con los alumnos que lo asedian, lo que hace dudar de su inocencia.

De esta forma, el racismo se aborda desde una perspectiva más realista y, por supuesto, mucho menos optimista. Da igual que sea declarado inocente, porque como se ve al final de la serie, el protagonista ha sido engullido por el sistema y cuando este lo vomita, las secuelas son irreparables. No es difícil, tal y como acaba la serie, imaginar a Khan en un futuro juzgado por algún crimen que sí cometió. Y es en ese punto donde el predeterminismo racista se hace más abrumador. Habitualmente, en el género judicial, el momento de la sentencia resulta redentor. En cambio, en The night of el accidentado proceso que permite su liberación –ni siquiera es declarado inocente– no restituye el orden anterior. Y lo más triste de todo es que el orden anterior tampoco era una panacea.

Muchas escenas más hablan de la podredumbre social: desde la soledad de los personajes a la cantidad de acusados sobre los que penden condenas por violencia de género.

A mí, al final de la serie, aún me quedan dudas de la inocencia de Khan, pues él mismo reconoce que no recuerda lo que ocurrió, a lo largo del juicio se ha demostrado que tampoco era un mirlo blanco y, al fin y al cabo, resulta difícil creer que alguien entró en la casa mientras él dormía en la cocina.

Los guionistas parecen decantar la balanza, llevarte a creer en su inocencia para después demostrarte que es estéril en un mundo sin valores. The night of es un mazazo a la sociedad norteamericana, encubierta con la piel del género judicial. Una serie tan desoladora como necesaria.

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Opiniones 2
  • miniserie del verano de 2016, de esas que cualquiera descartaria porque es de verano (stranger things empezo asi) y para colmo una trama lenta…
    pero marca la diferencia precisamente por eso, porque es un producto de primera calidad en la parrilla B, que ni quiere mas audiencia, ni temporadas, ni que se hable de ella, pero las actuaciones, la fotografia, la trama, y la cruel realidad, le hacen abrirse el hueco suficiente como para ey…. has visto the night of? pues algun dia miratela. Algo aprendes

  • Esta serie la vi hace meses x HBO, me enganchó enseguida y la recomendé muchísimos entre mis amigos, es de estas series q te hace dudar de todo y los actores buenísimos, 100 x 100 recomendable.

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