22 de octubre 2013    /   CINE/TV
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‘The Shield’, Mackey y el Homo Corruptus Erectus

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Para que haya corrupción en las clases bajas es necesaria la corrupción en las clases altas. La corrupción en las clases bajas tiene que ver con la subsistencia, y es una respuesta a la corrupción de las clases altas, cuyo objetivo es el enriquecimiento. Esta idea se refleja en una secuencia de The Shield (cap. 1×12) que muestra a tres hombres en una habitación; cada uno de ellos representa un estadio distinto de la corrupción: desde la supervivencia al enriquecimiento.

La puesta en escena hace posible trazar una línea de ‘evolución’ del Homo Corruptus, desde el que se arrastra hasta el que permanece estirado, el Homo Corruptus Erectus, caracterizado por traje y corbata caros y la mirada siempre arriba.

Antecedentes

El capítulo comienza con Jesús Rosales y Tony Nuñez, chicos de barrio que trapichean con droga, poca cosa, para pasar los días. Maldad alimenticia. Tony pasa la mercancía al cliente -un tipo que no baja de un coche- mientras Jesús observa a distancia, con el arma a punto; nunca se sabe… Cuando Tony cobra se encamina hacia Jesús, pero no cruzará la calle porque un coche de importación lo atropella y lo mata.

El conductor del coche es el subcomisario Ben Gilroy, un tipo que ampara las actividades delictivas del detective Vic Mackey y su grupo anticorrupción. Gilroy teme que Jesús Rosales declare y acabe con su carrera, y obliga a Mackey a atrapar al chico. Mackey no puede eludir el encargo porque si Gilroy cae, también caerá.

Mackey obliga a punta de pistola a Jesús a asistir a una reunión con el subcomisario.

 

Tres grados de corrupción

La reunión se convierte en una exposición de los tres grados de corrupción con una puesta en escena sencilla y diálogos funcionales.

La corrupción de subsistencia

Jesús Rosales en una vieja silla representa a la parte más deprimida de la sociedad, sin capacidad de decisión sobre su vida.

Rosales, un pobre diablo

Los tipos como Rosales no pueden cuestionar la moralidad de sus acciones porque viven al día. Se encuentra en el estadio más bajo de la subsistencia y en su caso las opciones se reducen al menudeo de droga.

La corrupción de la clase media

Vic Mackey está unos peldaños por encima. Representa la corrupción de clase media, en esta caso amparada por placa y pistola. Aunque Mackey tiene una vida acomodada gracias a negocios fuera de la ley, tiene ciertos escrúpulos. Entre ellos, no hacer daño a los inocentes o a pobres diablos como Rosales.

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Mackey es el corrupto que mira con desconfianza abajo y con desprecio arriba, al político, al poderoso.

Mackey pretende ganarse el silencio de Rosales, no comprarlo ni amenazarlo. Sin embargo, Mackey está limitado por el subcomisario. Se mueve por la escena como un mono de feria con una cadena de la que tira el subcomisario.

La corrupción de traje y corbata

El subcomisario Ben Gilroy representa la corrupción de los trajes y las corbatas, de los coches de gama alta de los 5.000 euros mensuales en luz y agua. Es posible que sea una pieza de un engranaje que comienza por algún político en la capital. En todo caso, en esta escena es la máxima autoridad en la corrupción: El Homo Corruptus Erectus.

Gilroy, a diferencia de Mackey, jamás se inclina hacia adelante y apenas se desplaza —en la línea del malo hitchcockniano clásico, aunque con menos clase—. Su prepotencia puede más que el miedo. Está convencido que de alguna manera acabará el asunto a su favor.

Gueto para unos, riqueza para otros

Lo que el subcomisario no sabe —aunque poco le importaría— es que Rosales es una de sus víctimas mucho antes de entrar en la habitación. Rosales es hijo de uno de los barrios más deprimidos. Una zona que el subcomisario se encarga de convertir en gueto retirando las unidades policiales porque sirve a varios propósitos: el gueto es un caldo de cultivo de clientes y abarata inmuebles que pueden ser comprados para la especulación. En un barrio donde es imposible establecer negocios legales, el trapicheo se convierte en una forma de vida. Droga que tipos como Mackey ha puesto en el mercado con el consentimiento de tipos como el subcomisario que bloquea comisiones de investigación y mueve fondos a las Islas Caimán.

Sin embargo, Shawn Ryan, el creador de The Shield, no alecciona a los espectadores. Simplemente encierra a los personajes en la habitación y pone en boca de ellos diálogos funcionales: “Podemos ayudarte, Jesús”, “Toma mi teléfono”…

Mucho después de haber visto el capítulo es posible comprender el desasosiego que produce la escena y la grandiosidad en lo sencillo. Una escena que sintetiza de The Shield y es metáfora de la sociedad contemporánea.

 

 

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Para que haya corrupción en las clases bajas es necesaria la corrupción en las clases altas. La corrupción en las clases bajas tiene que ver con la subsistencia, y es una respuesta a la corrupción de las clases altas, cuyo objetivo es el enriquecimiento. Esta idea se refleja en una secuencia de The Shield (cap. 1×12) que muestra a tres hombres en una habitación; cada uno de ellos representa un estadio distinto de la corrupción: desde la supervivencia al enriquecimiento.

La puesta en escena hace posible trazar una línea de ‘evolución’ del Homo Corruptus, desde el que se arrastra hasta el que permanece estirado, el Homo Corruptus Erectus, caracterizado por traje y corbata caros y la mirada siempre arriba.

Antecedentes

El capítulo comienza con Jesús Rosales y Tony Nuñez, chicos de barrio que trapichean con droga, poca cosa, para pasar los días. Maldad alimenticia. Tony pasa la mercancía al cliente -un tipo que no baja de un coche- mientras Jesús observa a distancia, con el arma a punto; nunca se sabe… Cuando Tony cobra se encamina hacia Jesús, pero no cruzará la calle porque un coche de importación lo atropella y lo mata.

El conductor del coche es el subcomisario Ben Gilroy, un tipo que ampara las actividades delictivas del detective Vic Mackey y su grupo anticorrupción. Gilroy teme que Jesús Rosales declare y acabe con su carrera, y obliga a Mackey a atrapar al chico. Mackey no puede eludir el encargo porque si Gilroy cae, también caerá.

Mackey obliga a punta de pistola a Jesús a asistir a una reunión con el subcomisario.

 

Tres grados de corrupción

La reunión se convierte en una exposición de los tres grados de corrupción con una puesta en escena sencilla y diálogos funcionales.

La corrupción de subsistencia

Jesús Rosales en una vieja silla representa a la parte más deprimida de la sociedad, sin capacidad de decisión sobre su vida.

Rosales, un pobre diablo

Los tipos como Rosales no pueden cuestionar la moralidad de sus acciones porque viven al día. Se encuentra en el estadio más bajo de la subsistencia y en su caso las opciones se reducen al menudeo de droga.

La corrupción de la clase media

Vic Mackey está unos peldaños por encima. Representa la corrupción de clase media, en esta caso amparada por placa y pistola. Aunque Mackey tiene una vida acomodada gracias a negocios fuera de la ley, tiene ciertos escrúpulos. Entre ellos, no hacer daño a los inocentes o a pobres diablos como Rosales.

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Mackey es el corrupto que mira con desconfianza abajo y con desprecio arriba, al político, al poderoso.

Mackey pretende ganarse el silencio de Rosales, no comprarlo ni amenazarlo. Sin embargo, Mackey está limitado por el subcomisario. Se mueve por la escena como un mono de feria con una cadena de la que tira el subcomisario.

La corrupción de traje y corbata

El subcomisario Ben Gilroy representa la corrupción de los trajes y las corbatas, de los coches de gama alta de los 5.000 euros mensuales en luz y agua. Es posible que sea una pieza de un engranaje que comienza por algún político en la capital. En todo caso, en esta escena es la máxima autoridad en la corrupción: El Homo Corruptus Erectus.

Gilroy, a diferencia de Mackey, jamás se inclina hacia adelante y apenas se desplaza —en la línea del malo hitchcockniano clásico, aunque con menos clase—. Su prepotencia puede más que el miedo. Está convencido que de alguna manera acabará el asunto a su favor.

Gueto para unos, riqueza para otros

Lo que el subcomisario no sabe —aunque poco le importaría— es que Rosales es una de sus víctimas mucho antes de entrar en la habitación. Rosales es hijo de uno de los barrios más deprimidos. Una zona que el subcomisario se encarga de convertir en gueto retirando las unidades policiales porque sirve a varios propósitos: el gueto es un caldo de cultivo de clientes y abarata inmuebles que pueden ser comprados para la especulación. En un barrio donde es imposible establecer negocios legales, el trapicheo se convierte en una forma de vida. Droga que tipos como Mackey ha puesto en el mercado con el consentimiento de tipos como el subcomisario que bloquea comisiones de investigación y mueve fondos a las Islas Caimán.

Sin embargo, Shawn Ryan, el creador de The Shield, no alecciona a los espectadores. Simplemente encierra a los personajes en la habitación y pone en boca de ellos diálogos funcionales: “Podemos ayudarte, Jesús”, “Toma mi teléfono”…

Mucho después de haber visto el capítulo es posible comprender el desasosiego que produce la escena y la grandiosidad en lo sencillo. Una escena que sintetiza de The Shield y es metáfora de la sociedad contemporánea.

 

 

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