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11 de abril 2017    /   CREATIVIDAD
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‘The Valencianer’: la versión valenciana de ‘The New Yorker’

11 de abril 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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The New Yorker se ha convertido en el Shangri-La de los ilustradores. Muchos ansían conquistar su portada; incrustar su firma en la fachada principal de la residencia en la que una vez moró Eustace Tille, aquel dandy altivo que miraba el vuelo de una mariposa a través de su monóculo. A sus más de 90 años de vida, la revista norteamericana continúa siendo un icono del nuevo periodismo. De hecho no paran de salirle prolongaciones. La última se llama The Valencianer.

¿The New Yorker en Valencia? Sí y no. Este proyecto está inspirado en la cabecera semanal creada por Harold Ross, y efectivamente conserva su esencia, pero The Valencianer nace con vocación de humilde homenaje. Serán doce números mensuales apoyados en doce portadas encargadas a ilustradores valencianos —o residentes en Valencia—, y en cada número un relato, a modo de píldora, poetizando la cara B de la ciudad.

valencianer lamina-cachete

La idea de esta publicación digital surgió en una librería del Bd. Saint-Michel —en París— con el ilustrador Carlos Ortín metiéndole mano a sus estanterías. A fuerza de rebuscar dio con un librito ligero y fascinante. Un recopilatorio de ciento y pico portadas de una revista imaginaria llamada The Parisianer. La excusa para entender París desde la perspectiva de sus ilustradores. Aquel descubrimiento fue un manzanazo en la cabeza de Ortín, que volvió a Valencia con el eureka entre los dientes.

«El plan de la revista es, primero, sumarse a las copias a The New Yorker, al homenaje a esta revista como ilustradores y siempre desde la ilustración. En segundo lugar queremos tratar la ciudad con cariño. Me encanta disfrutar del lugar en el que vivo y de alguna manera lo evidenciamos en esta publicación», cuenta Carlos Ortín, impulsor y director de The Valencianer.

Los cuatro números publicados hasta la fecha ahondan en ese afecto. Remarcados por las ilustraciones de portadas, muy heterogéneas entre sí, el anecdotario valenciano se amalgama configurando la cartografía de una ciudad diversa: Poblats Marítims y su encanto discreto, la exuberancia de la falla de Dalí, el lumpen de los ochenta, la contracultura de hoy. Cada entrega arroja luz sobre una Valencia de adicciones baratas, con sus borrachos e intelectuales siempre a la sombra de los tan citados yonkis del dinero.

valencianer lamina-duran-tienda

Bajo el nubarrón de políticos corruptos resiste otra Valencia, la Valencia invisible. «Queremos mostrar cómo vemos la ciudad los que amamos la ilustración. Los que nos fijamos en los bajantes de las tuberías con caritas de personas. Los que vamos mirando para arriba y no para abajo. Todas las colaboraciones que sacamos adelante son de gente que ve esa Valencia distinta con su trencadis, el suelo hidráulico y las azoteas, no la que se conoce desde fuera».

Desde fuera llegan al Levante con los estereotipos en la guantera. Y cuando pisan la terreta no tardan en sacarlos. Que si la ruta del bakalao, que si Gandía Shore… Jamás hubieran esperado una ciudad tan alejada de semejantes referentes. La capital del Turia vive un presente estimulante repleto de oferta cultural, con un buen puñado de barrios llenos de personalidad: el Benimaclet jipi, la Ruzafa hipster, el Cabañal guerrero, El Carmen como huella de aquella Valencia lumpen y hermosamente decadente que dio impulso a la metrópolis que es hoy.

Por tener tiene hasta una versión de la revista más famosa del mundo. The Valencianer cuenta con financiación de la ESAT (Escuela Superior de Arte y Tecnología) y una  aportación del Ayuntamiento de Valencia. Además, se ha utilizado como festejo para conmemorar el veinte aniversario de la Asociación Profesional de Ilustradores Valencianos (APIV). La cantidad aportada por el consistorio quizás no sea relevante, pero sin duda resulta sintomática. Es el resultado de un nuevo modelo estético y administrativo. «El cartelismo en los últimos 25 años has sido horrible. Se hacían encargos a cosas absolutamente caducas y absurdas», argumenta Carlos Ortín.

valencianer lamina-fuentes-tienda

«Cuando llegó el PP hubo un parón de cartelistas fantásticos, como Miguel Calatayud, Sento, Daniel Torres; gente fantástica. Desde entonces todo se convirtió en un magma sin criterio ni sentido. Ahora, con las llamadas a proyectos, se está favoreciendo la posibilidad de que artistas y asociaciones de artistas sean quienes elijan a los profesionales que elaboren las campañas. Te puede gustar más o menos, pero la calidad es otra. Tengo los ojos muy entrenados y a mí me dolía la basura», apostilla Ortín.

El tema de la cartelería es especialmente sangrante por tratarse de Valencia, que lleva décadas siendo un caladero de grandes ilustradores. Si se habla de un boom en esta disciplina, quizás sea aquí donde se prendió la mecha. «Es cierto que hay cierta efervescencia en la ilustración. Se nota porque la gente empieza a reconocer estéticas. Mi selección en The Valencianer busca reunir lo más emergente, lo que está funcionando en este momento. Hasta ahora hemos contado con gente como Elías Taño o Cachete Jack. En los próximos números estarán Luis de Mano, María Herrero o Malota. Contamos con gente que está explotando en este momento porque queríamos ser radicalmente actuales».

valencianer laminaelias

Actuales, que no originales. Cuando se habla de homenaje a veces asoma un tufillo a plagio, pero el director de esta publicación procura dejarlo claro: «A mí me hace gracia la copia, el homenaje. Si una cosa está bien hecha, ¿por qué no hacer más? En este caso es una especie de franquicia falsa con historias como la ucronía del último número. Yo estoy absolutamente en contra de toda la copia con intereses económicos. El plagio no me parece simpático en absoluto, otra cosa es que construyas un homenaje sin ganar dinero ni aprovecharte de la situación».

Despejadas las suspicacias solo queda esperar a que aparezcan nuevas versiones. De momento, al tallo neoyorquino le han crecido ramas en París, Tokio —también hay una versión llamada The Tokyoiter— y Valencia. Si sigue escalándose, tal vez terminemos leyendo un The Fuenlabrader.

The New Yorker se ha convertido en el Shangri-La de los ilustradores. Muchos ansían conquistar su portada; incrustar su firma en la fachada principal de la residencia en la que una vez moró Eustace Tille, aquel dandy altivo que miraba el vuelo de una mariposa a través de su monóculo. A sus más de 90 años de vida, la revista norteamericana continúa siendo un icono del nuevo periodismo. De hecho no paran de salirle prolongaciones. La última se llama The Valencianer.

¿The New Yorker en Valencia? Sí y no. Este proyecto está inspirado en la cabecera semanal creada por Harold Ross, y efectivamente conserva su esencia, pero The Valencianer nace con vocación de humilde homenaje. Serán doce números mensuales apoyados en doce portadas encargadas a ilustradores valencianos —o residentes en Valencia—, y en cada número un relato, a modo de píldora, poetizando la cara B de la ciudad.

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La idea de esta publicación digital surgió en una librería del Bd. Saint-Michel —en París— con el ilustrador Carlos Ortín metiéndole mano a sus estanterías. A fuerza de rebuscar dio con un librito ligero y fascinante. Un recopilatorio de ciento y pico portadas de una revista imaginaria llamada The Parisianer. La excusa para entender París desde la perspectiva de sus ilustradores. Aquel descubrimiento fue un manzanazo en la cabeza de Ortín, que volvió a Valencia con el eureka entre los dientes.

«El plan de la revista es, primero, sumarse a las copias a The New Yorker, al homenaje a esta revista como ilustradores y siempre desde la ilustración. En segundo lugar queremos tratar la ciudad con cariño. Me encanta disfrutar del lugar en el que vivo y de alguna manera lo evidenciamos en esta publicación», cuenta Carlos Ortín, impulsor y director de The Valencianer.

Los cuatro números publicados hasta la fecha ahondan en ese afecto. Remarcados por las ilustraciones de portadas, muy heterogéneas entre sí, el anecdotario valenciano se amalgama configurando la cartografía de una ciudad diversa: Poblats Marítims y su encanto discreto, la exuberancia de la falla de Dalí, el lumpen de los ochenta, la contracultura de hoy. Cada entrega arroja luz sobre una Valencia de adicciones baratas, con sus borrachos e intelectuales siempre a la sombra de los tan citados yonkis del dinero.

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Bajo el nubarrón de políticos corruptos resiste otra Valencia, la Valencia invisible. «Queremos mostrar cómo vemos la ciudad los que amamos la ilustración. Los que nos fijamos en los bajantes de las tuberías con caritas de personas. Los que vamos mirando para arriba y no para abajo. Todas las colaboraciones que sacamos adelante son de gente que ve esa Valencia distinta con su trencadis, el suelo hidráulico y las azoteas, no la que se conoce desde fuera».

Desde fuera llegan al Levante con los estereotipos en la guantera. Y cuando pisan la terreta no tardan en sacarlos. Que si la ruta del bakalao, que si Gandía Shore… Jamás hubieran esperado una ciudad tan alejada de semejantes referentes. La capital del Turia vive un presente estimulante repleto de oferta cultural, con un buen puñado de barrios llenos de personalidad: el Benimaclet jipi, la Ruzafa hipster, el Cabañal guerrero, El Carmen como huella de aquella Valencia lumpen y hermosamente decadente que dio impulso a la metrópolis que es hoy.

Por tener tiene hasta una versión de la revista más famosa del mundo. The Valencianer cuenta con financiación de la ESAT (Escuela Superior de Arte y Tecnología) y una  aportación del Ayuntamiento de Valencia. Además, se ha utilizado como festejo para conmemorar el veinte aniversario de la Asociación Profesional de Ilustradores Valencianos (APIV). La cantidad aportada por el consistorio quizás no sea relevante, pero sin duda resulta sintomática. Es el resultado de un nuevo modelo estético y administrativo. «El cartelismo en los últimos 25 años has sido horrible. Se hacían encargos a cosas absolutamente caducas y absurdas», argumenta Carlos Ortín.

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«Cuando llegó el PP hubo un parón de cartelistas fantásticos, como Miguel Calatayud, Sento, Daniel Torres; gente fantástica. Desde entonces todo se convirtió en un magma sin criterio ni sentido. Ahora, con las llamadas a proyectos, se está favoreciendo la posibilidad de que artistas y asociaciones de artistas sean quienes elijan a los profesionales que elaboren las campañas. Te puede gustar más o menos, pero la calidad es otra. Tengo los ojos muy entrenados y a mí me dolía la basura», apostilla Ortín.

El tema de la cartelería es especialmente sangrante por tratarse de Valencia, que lleva décadas siendo un caladero de grandes ilustradores. Si se habla de un boom en esta disciplina, quizás sea aquí donde se prendió la mecha. «Es cierto que hay cierta efervescencia en la ilustración. Se nota porque la gente empieza a reconocer estéticas. Mi selección en The Valencianer busca reunir lo más emergente, lo que está funcionando en este momento. Hasta ahora hemos contado con gente como Elías Taño o Cachete Jack. En los próximos números estarán Luis de Mano, María Herrero o Malota. Contamos con gente que está explotando en este momento porque queríamos ser radicalmente actuales».

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Actuales, que no originales. Cuando se habla de homenaje a veces asoma un tufillo a plagio, pero el director de esta publicación procura dejarlo claro: «A mí me hace gracia la copia, el homenaje. Si una cosa está bien hecha, ¿por qué no hacer más? En este caso es una especie de franquicia falsa con historias como la ucronía del último número. Yo estoy absolutamente en contra de toda la copia con intereses económicos. El plagio no me parece simpático en absoluto, otra cosa es que construyas un homenaje sin ganar dinero ni aprovecharte de la situación».

Despejadas las suspicacias solo queda esperar a que aparezcan nuevas versiones. De momento, al tallo neoyorquino le han crecido ramas en París, Tokio —también hay una versión llamada The Tokyoiter— y Valencia. Si sigue escalándose, tal vez terminemos leyendo un The Fuenlabrader.

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