25 de mayo 2018    /   CINE/TV
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‘The Workers Cup’, el documental que muestra la explotación laboral en la Copa Mundial de la FIFA 2022

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Los jugadores se abrazan. Mejor dicho, se abalanzan unos sobre otros, con esa euforia tan propia de las grandes victorias. La grada enloquece de alegría. El equipo de la constructora Gulf Construction Company ha ganado uno de los partidos más importantes de la liga de trabajadores de la FIFA.

Son héroes en el campo, pero en unas horas volverán al otro campo, al de trabajo. Allí también se dejan la piel. Estadios, hoteles, carreteras e incluso una ciudad artificial. Todo tiene que estar listo para los otros héroes que llegan en 2022.

Esta dicotomía entre aspiraciones y realidad está muy presente a lo largo de todo el documental The Workers Cup, una de las grandes apuestas del Human Rights Watch Film Festival en Londres, que se podrá visionar también en el  Atlántida Film Festival  en junio en Palma de Mallorca.

Durante 92 minutos de metraje, el espectador se adentra en la vida de un grupo de trabajadores de la construcción que en sus escasas horas libres compite en el torneo patrocinado por el mismo comité que organiza la Copa del Mundo de 2022. Este torneo, para muchos una muy acertada estrategia de relaciones públicas, ha adquirido gran popularidad (a la final acudieron más de 7.000 hinchas), y en él participan 24 empresas de la construcción.

Muchos goles, victorias y derrotas, aunque el trasfondo del documental no es el fútbol, es la dignidad. «Quisimos denunciar la explotación, pero también mostrar la parte más humana de los trabajadores, sus sueños, sus ilusiones, sus decepciones… En definitiva, filmar una película de la que ellos mismos se sintieran orgullosos», explica su director Adam Sobel.

Un enfoque poco común

«Se ha hablado mucho de Qatar desde que le dieran el Mundial, pero gran parte de las historias se ajustan a los criterios de los medios de comunicación internacionales y los trabajadores son retratados como simples víctimas. Estas historias son necesarias, pero carecen de la cercanía que conduce al entendimiento», indica. Tanto él como los otros miembros del equipo llevaban más de cinco años viviendo en el emirato, y, tras mucho insistir, obtuvieron un acceso a los campos hasta ahora impensable.

«Ha sido un proceso de varios años. Solo nosotros pudimos entrar a este campamento y convivir de cerca con seis de los trabajadores», asegura desde Londres, y a punto de empezar a cenar con una joven catarí para conocer su opinión sobre la película, Rosie Garthwaite, productora del filme.

Los chicos que menciona trabajan una media de doce horas al día, seis días a la semana por un sueldo de 200 euros. Aun así, destaca que hay campos con condiciones incluso peores, «estos son los que permiten inspecciones y los que cumplen la normativa, pero hay millones que no lo son porque no tienen nada que ver con la FIFA y con el evento deportivo y de los que no sabemos nada».

Confía en que esta visión contribuya a generar empatía y no solo simpatía. «Espero que el documental sirva para abrir los ojos a los cataríes, para quienes estas personas son invisibles; yo misma les veía a diario, pero no sabía el nombre de ninguno de ellos y ahora me siento avergonzada».

Los campos se encuentran, por ley, retirados y lejos de la vista de los ciudadanos de a pie. La fuerza de trabajo migrante en Catar suma 1,6 millones de personas. Proceden en su mayoría de India, Nepal, Bangladesh, Filipinas, y cada vez más, África Subsahariana.

Todos sus protagonistas tienen una historia que contar. Kennet vino de Ghana engañado, creyendo que iba a ser jugador profesional. Relata que pagó 1.500 dólares a un agente tras su promesa de ayudarle a unirse a un club de fútbol en Catar. «Me siento atrapado», reconoce en la película. Todavía sueña con que algún ojeador le capte. También está Umesh, procedente de India, cuyo objetivo es ganar el dinero suficiente para construir una casa en la que vivir con su mujer y sus dos hijos.

En la litera contigua duerme Padam, natural de Nepal, quien lleva ocho años intentando traer a su mujer al emirato, pero las leyes no se lo permiten. Samuel, ghanés, era un portero semiprofesional. Su familia cree que está jugando al fútbol y él no se atreve a desmentirlo.

Las confesiones, los planes de futuro, los consejos sobre posibles citas a través de Facebook, –«si vas a verla, no le puedes decir que vivimos aquí o no querrá conocerte»– e incluso los conflictos raciales entre ellos salen a relucir sin apenas edición que medie.

Impacta la conversación espontánea sobre la esclavitud moderna en la que los obreros se preguntan qué es para ellos la libertad. Suerte que la cámara está allí para grabarlo. «En ese momento supe que teníamos película», confiesa Sobel. Para el cineasta, el problema no es solo la explotación laboral, sino «lo que es aún peor, se acaba con las expectativas y las esperanzas de los trabajadores».

El Mundial de 2022, ¿catalizador de cambio en la región?

Los trabajadores migrantes en Qatar están sometidos al sistema kafala, una ley de patrocinio que no les permite cambiar de empleo o salir del país sin el permiso de sus jefes, quienes también retienen sus visados. Tampoco existen los sindicatos y no pueden denunciar a las empresas en caso de desacuerdo o conflicto laboral.

Un problema que «viene de lejos en toda la región, no solo causado por la falta de una legislación que les proteja o por las empresas, también por la cadena de contratación que comienza en los países de origen de los trabajadores», aclara Garthwaite. «La mayoría de ellos se ven empujados a pedir préstamos para venir, que luego les atan y les impiden volver a sus hogares; es un círculo vicioso».

Para Garthwaite, esta visibilidad que les otorga el Mundial «puede abrir una pequeña ventana al cambio». Incluso la crisis regional, después de que el emirato haya sido acusado por sus vecinos de apoyar a  varios grupos terroristas, podría ser un catalizador. «En medio de la crisis diplomática del Golfo, el Mundial puede crear un efecto dominó en la región, ya que el resto de países están avergonzados por no contar si siquiera con un salario mínimo», indica.

Por el momento, la Organización Internacional del Trabajo ha abierto una oficina en el país, y el gobierno ha prometido nuevas reformas, así como ampliar la cooperación técnica con la agencia de Naciones Unidas. Según ha declarado el director de la misma, el sistema kafala será reemplazado este año.

Garthwaite se muestra expectante y reconoce que es muy pronto para hablar de resultados, ya que aún queda un largo camino por recorrer. «Todavía no hay cambios para los trabajadores; hay promesas de cambio, que es muy diferente», concluye.

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Son héroes en el campo, pero en unas horas volverán al otro campo, al de trabajo. Allí también se dejan la piel. Estadios, hoteles, carreteras e incluso una ciudad artificial. Todo tiene que estar listo para los otros héroes que llegan en 2022.

Esta dicotomía entre aspiraciones y realidad está muy presente a lo largo de todo el documental The Workers Cup, una de las grandes apuestas del Human Rights Watch Film Festival en Londres, que se podrá visionar también en el  Atlántida Film Festival  en junio en Palma de Mallorca.

Durante 92 minutos de metraje, el espectador se adentra en la vida de un grupo de trabajadores de la construcción que en sus escasas horas libres compite en el torneo patrocinado por el mismo comité que organiza la Copa del Mundo de 2022. Este torneo, para muchos una muy acertada estrategia de relaciones públicas, ha adquirido gran popularidad (a la final acudieron más de 7.000 hinchas), y en él participan 24 empresas de la construcción.

Muchos goles, victorias y derrotas, aunque el trasfondo del documental no es el fútbol, es la dignidad. «Quisimos denunciar la explotación, pero también mostrar la parte más humana de los trabajadores, sus sueños, sus ilusiones, sus decepciones… En definitiva, filmar una película de la que ellos mismos se sintieran orgullosos», explica su director Adam Sobel.

Un enfoque poco común

«Se ha hablado mucho de Qatar desde que le dieran el Mundial, pero gran parte de las historias se ajustan a los criterios de los medios de comunicación internacionales y los trabajadores son retratados como simples víctimas. Estas historias son necesarias, pero carecen de la cercanía que conduce al entendimiento», indica. Tanto él como los otros miembros del equipo llevaban más de cinco años viviendo en el emirato, y, tras mucho insistir, obtuvieron un acceso a los campos hasta ahora impensable.

«Ha sido un proceso de varios años. Solo nosotros pudimos entrar a este campamento y convivir de cerca con seis de los trabajadores», asegura desde Londres, y a punto de empezar a cenar con una joven catarí para conocer su opinión sobre la película, Rosie Garthwaite, productora del filme.

Los chicos que menciona trabajan una media de doce horas al día, seis días a la semana por un sueldo de 200 euros. Aun así, destaca que hay campos con condiciones incluso peores, «estos son los que permiten inspecciones y los que cumplen la normativa, pero hay millones que no lo son porque no tienen nada que ver con la FIFA y con el evento deportivo y de los que no sabemos nada».

Confía en que esta visión contribuya a generar empatía y no solo simpatía. «Espero que el documental sirva para abrir los ojos a los cataríes, para quienes estas personas son invisibles; yo misma les veía a diario, pero no sabía el nombre de ninguno de ellos y ahora me siento avergonzada».

Los campos se encuentran, por ley, retirados y lejos de la vista de los ciudadanos de a pie. La fuerza de trabajo migrante en Catar suma 1,6 millones de personas. Proceden en su mayoría de India, Nepal, Bangladesh, Filipinas, y cada vez más, África Subsahariana.

Todos sus protagonistas tienen una historia que contar. Kennet vino de Ghana engañado, creyendo que iba a ser jugador profesional. Relata que pagó 1.500 dólares a un agente tras su promesa de ayudarle a unirse a un club de fútbol en Catar. «Me siento atrapado», reconoce en la película. Todavía sueña con que algún ojeador le capte. También está Umesh, procedente de India, cuyo objetivo es ganar el dinero suficiente para construir una casa en la que vivir con su mujer y sus dos hijos.

En la litera contigua duerme Padam, natural de Nepal, quien lleva ocho años intentando traer a su mujer al emirato, pero las leyes no se lo permiten. Samuel, ghanés, era un portero semiprofesional. Su familia cree que está jugando al fútbol y él no se atreve a desmentirlo.

Las confesiones, los planes de futuro, los consejos sobre posibles citas a través de Facebook, –«si vas a verla, no le puedes decir que vivimos aquí o no querrá conocerte»– e incluso los conflictos raciales entre ellos salen a relucir sin apenas edición que medie.

Impacta la conversación espontánea sobre la esclavitud moderna en la que los obreros se preguntan qué es para ellos la libertad. Suerte que la cámara está allí para grabarlo. «En ese momento supe que teníamos película», confiesa Sobel. Para el cineasta, el problema no es solo la explotación laboral, sino «lo que es aún peor, se acaba con las expectativas y las esperanzas de los trabajadores».

El Mundial de 2022, ¿catalizador de cambio en la región?

Los trabajadores migrantes en Qatar están sometidos al sistema kafala, una ley de patrocinio que no les permite cambiar de empleo o salir del país sin el permiso de sus jefes, quienes también retienen sus visados. Tampoco existen los sindicatos y no pueden denunciar a las empresas en caso de desacuerdo o conflicto laboral.

Un problema que «viene de lejos en toda la región, no solo causado por la falta de una legislación que les proteja o por las empresas, también por la cadena de contratación que comienza en los países de origen de los trabajadores», aclara Garthwaite. «La mayoría de ellos se ven empujados a pedir préstamos para venir, que luego les atan y les impiden volver a sus hogares; es un círculo vicioso».

Para Garthwaite, esta visibilidad que les otorga el Mundial «puede abrir una pequeña ventana al cambio». Incluso la crisis regional, después de que el emirato haya sido acusado por sus vecinos de apoyar a  varios grupos terroristas, podría ser un catalizador. «En medio de la crisis diplomática del Golfo, el Mundial puede crear un efecto dominó en la región, ya que el resto de países están avergonzados por no contar si siquiera con un salario mínimo», indica.

Por el momento, la Organización Internacional del Trabajo ha abierto una oficina en el país, y el gobierno ha prometido nuevas reformas, así como ampliar la cooperación técnica con la agencia de Naciones Unidas. Según ha declarado el director de la misma, el sistema kafala será reemplazado este año.

Garthwaite se muestra expectante y reconoce que es muy pronto para hablar de resultados, ya que aún queda un largo camino por recorrer. «Todavía no hay cambios para los trabajadores; hay promesas de cambio, que es muy diferente», concluye.

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