21 de noviembre 2019    /   CREATIVIDAD
por
 Amigos del toldo verde (Pablo Arboleda)

¿Y si los toldos verdes fuesen un patrimonio de España?

¿Cuánto tiempo ha de pasar y qué requisitos tiene que tener algo para ser considerado patrimonio de un territorio? ¿Es necesario que sea antiguo y bello? ¿Qué pasa cuando algo contemporáneo y –cuanto menos– cuestionable desde el punto de vista estético como un toldo verde es lo que más nos identifica?

21 de noviembre 2019    /   CREATIVIDAD     por          Amigos del toldo verde (Pablo Arboleda)
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Pablo Arboleda estaba acostumbrado a ver toldos verdes por todos lados, como cualquiera que vive en una ciudad española, sobre todo en su periferia. Pero no fue hasta su vuelta de Alemania cuando reparó en su omnipresencia. Un cambio de perspectiva propiciada por su alejamiento temporal de España pero, sobre todo, por su bagaje teórico como arquitecto y estudioso del patrimonio.

Los toldos verdes caracterizan los bloques de viviendas construidos durante los 60 y 70, sobre todo en las comunidades donde más pega el sol. Un monólogo cromático que pese a su proliferación en toda España nadie había investigado. Arboleda lo comprobó.

El jienense creó entonces un grupo de Facebook llamado Amigos del toldo verde al que invita a sumarse a todo el que quiera «arrojar algo de luz –¡qué paradoja!–» sobre el tema. Más de 1.800 usuarios ya se han unido. Algunos contribuyen con la causa subiendo fotos de toldos verdes. En ocasiones se detalla la localización exacta, otras veces no. La foto podría haber sido tomada en cualquier punto del país. Un patrón arquitectónico que, por repetición, acaba resultando común.

Aunque el arquitecto avisa: el toldo verde no es más que un señuelo, un elemento mundano y reconocible con un trasfondo crítico y de reflexión. Un punto partida para ahondar en asuntos complejos como el desarrollo de las ciudades en las últimas décadas, la identidad, la autenticidad y, sobre todo, el patrimonio. 

PATRIMONIO EN LOS BALCONES

Uno de los propósitos de Arboleda es el de «retorcer» el concepto de patrimonio para hacerlo menos técnico y más amplio. «Tradicionalmente entendemos el patrimonio como un legado del pasado que debemos mantener para el uso y disfrute de las generaciones venideras. Pero nosotros también construímos patrimonio constantemente (…). Nos sentimos orgullosos de lo que hicieron nuestros antepasados, pero ¿y nuestros hijos? ¿Estarán orgullosos de lo que hemos hecho por nuestras ciudades en las últimas décadas?».

El arquitecto utiliza un enfoque patrimonial hacia los toldos como espejo en el que reflejar la sociedad: «Nos guste o no, el elemento arquitectónico más representativo de la arquitectura española de los últimos 50 años son los toldos verdes. Es casi nuestra única aportación a la estética urbana. Por presencia u onmipresencia es lo que vamos a dejar como legado».

CUTRE PERO AUTÉNTICO

 Arboleda considera que hay que superar la usual vertiente elitista del término patrimonio: «El patrimonio clásico es un arma política que las sociedades utilizan para proyectarse de la manera más favorable posible ante otras».

Ahí es donde entra en juego la dimensión no dogmática del patrimonio: «Que alguien venga a decir que los toldos verdes son patrimonio puede resultar gracioso porque consideramos que una sociedad no debería identificarse con algo que, en principio, podría resultar cutre».

Y continúa: «Pero ¿y si despojáramos lo cutre de las connotaciones peyorativas y nos reconociésemos y aceptásemos como tal? Mostrarnos más humildes podría ser el primer paso para construir una sociedad mejor. Sí, somos un país eminentemente cutre, de barra de bar de aluminio, de CD colgados en la terraza para ahuyentar a las palomas y aires acondicionados en las fachadas. Pero todo eso forma parte de nuestra idiosincrasia material y nos hace ser más auténticos».

Arboleda sabe de la controversia que este tema puede suscitar, pero deja claro que no se trata de estigmatizar, sino más bien de visibilizar: «En España siempre nos ha faltado tomar conciencia de nosotros mismos. Tiene que venir un Hemingway de turno a contarnos cómo se percibe nuestro país». De hecho, está seguro de que si los toldos verdes fueran típicos de algún otro lugar, se habría investigado, y mucho, sobre ellos. «No hay más que darse cuenta de la literatura existente sobre el brutalismo arquitectónico en Reino Unido o las viviendas sociales prefabricadas de Alemania del Este».

 PERO, ¿POR QUÉ SON VERDES?

 «Hay quien asegura que se debe a que en los 60 y 70 se fabricaban en algodón y solo había tres tonalidades disponibles: verde, azul y ocre. Dicen que se eligió el verde por ser más alegre, aunque no encontraremos ningún documento que lo acredite». Hay quien sostiene que es porque el verde es más sufrido o que la tela de este color resultaba más barata (cosa que niegan otros). Arboleda cree que probablemente se trate de una conjunción de motivos sobre los que solo se puede especular. E insiste en que el color es lo de menos: «El verde es importante porque configura un paisaje urbano autóctono y reconocible, ¿pero acaso cambiaría algo la fisonomía de nuestras ciudades si reemplazáramos los toldos verdes por otros rojos?».

 

 

Pablo Arboleda estaba acostumbrado a ver toldos verdes por todos lados, como cualquiera que vive en una ciudad española, sobre todo en su periferia. Pero no fue hasta su vuelta de Alemania cuando reparó en su omnipresencia. Un cambio de perspectiva propiciada por su alejamiento temporal de España pero, sobre todo, por su bagaje teórico como arquitecto y estudioso del patrimonio.

Los toldos verdes caracterizan los bloques de viviendas construidos durante los 60 y 70, sobre todo en las comunidades donde más pega el sol. Un monólogo cromático que pese a su proliferación en toda España nadie había investigado. Arboleda lo comprobó.

El jienense creó entonces un grupo de Facebook llamado Amigos del toldo verde al que invita a sumarse a todo el que quiera «arrojar algo de luz –¡qué paradoja!–» sobre el tema. Más de 1.800 usuarios ya se han unido. Algunos contribuyen con la causa subiendo fotos de toldos verdes. En ocasiones se detalla la localización exacta, otras veces no. La foto podría haber sido tomada en cualquier punto del país. Un patrón arquitectónico que, por repetición, acaba resultando común.

Aunque el arquitecto avisa: el toldo verde no es más que un señuelo, un elemento mundano y reconocible con un trasfondo crítico y de reflexión. Un punto partida para ahondar en asuntos complejos como el desarrollo de las ciudades en las últimas décadas, la identidad, la autenticidad y, sobre todo, el patrimonio. 

PATRIMONIO EN LOS BALCONES

Uno de los propósitos de Arboleda es el de «retorcer» el concepto de patrimonio para hacerlo menos técnico y más amplio. «Tradicionalmente entendemos el patrimonio como un legado del pasado que debemos mantener para el uso y disfrute de las generaciones venideras. Pero nosotros también construímos patrimonio constantemente (…). Nos sentimos orgullosos de lo que hicieron nuestros antepasados, pero ¿y nuestros hijos? ¿Estarán orgullosos de lo que hemos hecho por nuestras ciudades en las últimas décadas?».

El arquitecto utiliza un enfoque patrimonial hacia los toldos como espejo en el que reflejar la sociedad: «Nos guste o no, el elemento arquitectónico más representativo de la arquitectura española de los últimos 50 años son los toldos verdes. Es casi nuestra única aportación a la estética urbana. Por presencia u onmipresencia es lo que vamos a dejar como legado».

CUTRE PERO AUTÉNTICO

 Arboleda considera que hay que superar la usual vertiente elitista del término patrimonio: «El patrimonio clásico es un arma política que las sociedades utilizan para proyectarse de la manera más favorable posible ante otras».

Ahí es donde entra en juego la dimensión no dogmática del patrimonio: «Que alguien venga a decir que los toldos verdes son patrimonio puede resultar gracioso porque consideramos que una sociedad no debería identificarse con algo que, en principio, podría resultar cutre».

Y continúa: «Pero ¿y si despojáramos lo cutre de las connotaciones peyorativas y nos reconociésemos y aceptásemos como tal? Mostrarnos más humildes podría ser el primer paso para construir una sociedad mejor. Sí, somos un país eminentemente cutre, de barra de bar de aluminio, de CD colgados en la terraza para ahuyentar a las palomas y aires acondicionados en las fachadas. Pero todo eso forma parte de nuestra idiosincrasia material y nos hace ser más auténticos».

Arboleda sabe de la controversia que este tema puede suscitar, pero deja claro que no se trata de estigmatizar, sino más bien de visibilizar: «En España siempre nos ha faltado tomar conciencia de nosotros mismos. Tiene que venir un Hemingway de turno a contarnos cómo se percibe nuestro país». De hecho, está seguro de que si los toldos verdes fueran típicos de algún otro lugar, se habría investigado, y mucho, sobre ellos. «No hay más que darse cuenta de la literatura existente sobre el brutalismo arquitectónico en Reino Unido o las viviendas sociales prefabricadas de Alemania del Este».

 PERO, ¿POR QUÉ SON VERDES?

 «Hay quien asegura que se debe a que en los 60 y 70 se fabricaban en algodón y solo había tres tonalidades disponibles: verde, azul y ocre. Dicen que se eligió el verde por ser más alegre, aunque no encontraremos ningún documento que lo acredite». Hay quien sostiene que es porque el verde es más sufrido o que la tela de este color resultaba más barata (cosa que niegan otros). Arboleda cree que probablemente se trate de una conjunción de motivos sobre los que solo se puede especular. E insiste en que el color es lo de menos: «El verde es importante porque configura un paisaje urbano autóctono y reconocible, ¿pero acaso cambiaría algo la fisonomía de nuestras ciudades si reemplazáramos los toldos verdes por otros rojos?».

 

 

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