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3 de mayo 2018    /   BRANDED CONTENT
 

¿Cuánta pasta puedes perder por tomar la decisión equivocada?

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¿Recuerdas cuando Íker Casillas paró un penalti a Antonio Di Natale en la tanda de cuartos de final de la Eurocopa de 2008? La decisión de tirarse hacia su izquierda justo el día y el momento en el que el italiano quiso decidir lanzar a su derecha fue lo que comenzó a escribir la parte más importante de los anales del fútbol español.

Otra decisión podría haber cambiado el transcurso de la historia y, ahora mismo, Marcos Senna tendría una mercería en Villareal, habrían nacido muchos menos niños en marzo de 2009 y yo tendría una cuantas resacas menos.

Fue una cuestión con un importante porcentaje de azar. Conviene, sin embargo, que las cosas importantes de la vida eliminen todo atisbo de aleatoriedad y que las decisiones importantes se tomen con conocimiento y sabiduría.

Este relato cuenta algunas de las peores decisiones que se han tomado a lo largo de la historia y pueden servir de inspiración para que no te ocurra lo mismo. Al fin y al cabo, si de algo sirve ver cómo se estrella otro, es para que a ti no te pase lo mismo.

«Ese cacharro no tiene ningún futuro»

Comenzamos por algo que se remonta al siglo XIX. Un tal Alexander Graham Bell inventa un artilugio a cuya patente le vio posibilidades de engordar su patrimonio. Bell había estudiado un hallazgo de Antonio Meucci llamado teletrófono y lo había mejorado. No solo había conseguido desarrollar la idea, sino que la había probado de manera fehaciente.

Cuando el inventor se presentó en la Western Union, la mayor empresa de telégrafos del mundo, ya había sido capaz de transmitir mensajes de voz a través de un aparato.

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Alexander Graham Bell solicitó a Western Union 100.000 dólares por su tecnología, una cantidad importante. La respuesta de Wester Union no tardó en llegar.

Sus directivos no confiaban en la tecnología presentada y llamaban a Graham Bell y su equipo «un grupo de profanos, con ideas extravagantes y poco prácticas».

La Western Union fue aún más dura: «Consideramos que la petición de 100.000 dólares que ha realizado el señor G. G. Hubbard para la venta de esta patente es absolutamente inaceptable, dado que este dispositivo no tiene de por sí ninguna utilidad para nosotros. No recomendamos su compra».

Un año después, el jerifalte de la empresa de telégrafos ya se arrepentía de una de las peores decisiones tomadas en su vida.

Diógenes te habría salvado

En los tiempos que corren, lo de conservar objetos a los que no se les ha dado un uso en eones está a la orden del día. El síndrome de Diógenes también se da en lo digital.

A poco que mires en tu disco duro, verás cómo aún guardas aquellos capítulos de Friends que descargaste de eMule en 2003, a razón de un capítulo cada 72 horas. Sin embargo, hay veces que Diógenes podría salvarte de la miseria más absoluta.

A James Howells no le pasó. Eso hace esta historia muy divertida y al pobre Howells, un desgraciado desde el día en que decidió deshacerse de un disco duro.

Corría el año 2009 cuando James Howells, un informático de Newport (Reino Unido), compró 7.500 bitcoins. Cada uno de esos bitcoins valía muy poco más de cero euros.

Así quedó la cosa hasta 2013. Fue ese año en el que la criptomoneda alcanzó un precio de 771 euros por unidad. Un cálculo rápido nos dice que Howell guardaba entonces más de 5,5 millones de euros en su disco duro.

El problema es que el británico se había quedado sin disco duro. Como explicaba a The Independent, «después de terminar de hacer minería de Bitcoins, se me rompió el portátil y lo vendí por piezas en eBay. Me quedé con el disco duro porque contenía mis claves privadas de Bitcoin».

Howell alega que el ajetreo familiar y alguna mudanza le hicieron olvidar el disco, que acabó accidentalmente en el contenedor y, de ahí, terminó enterrado en el vertedero. Si el informático dice la verdad, algún sitio del subsuelo de Newport guarda una cantidad de bitcoins que, en diciembre de 2017 valía unos 75 millones de euros.

Por supuesto, Howell se ha planteado dejarse un pastizal en mover cielo, pero sobre todo tierra, para encontrar el disco duro. No le van a dejar, por suerte.

miners-bitcoin

Cuando el asegurador se pasa de cauto a la hora de decidir

A Stanley Kubrick se le conocen muchos talentos. También algún defecto, como el perfeccionismo enfermizo del que hacía gala y un afán por controlar al extremo todo lo que estaba a su alcance.

Mientras rodaba 2001, una odisea espacial, le inquietaba que el argumento de su película se viniese abajo por un imprevisto. Ese imprevisto era que se descubriese la existencia de extraterrestres antes del estreno de la cinta.

Para Kubrick, la solución estuvo clara. Se puso en contacto con la aseguradora Lloyd’s para suscribir una póliza. Si los extraterrestres aparecían, la aseguradora compensaría las pérdidas del proyecto de Kubrick al quedar el argumento desfasado o, peor aún, al convertirlo en falso.

En 1968, fecha de rodaje de la película, nadie en la Tierra se hallaba buscando vida extraterrestre. O, al menos, nadie con la capacidad de encontrarla.

Con todo, Lloyd’s se negó a suscribir la póliza porque, según ellos, era demasiado arriesgada.

decidir

¿Cuánto te puede hacer perder el tío de Recursos Humanos?

Un tuit hizo saltar la liebre. Brian Acton, uno de los cofundadores de Whatsapp, se lamentó el 3 de agosto de 2009 de que Facebook le rechazase. «Buscando la siguiente aventura en la vida», concluía el tuit.

La siguiente aventura estaba en Mountain View, California, y se llamaba Whatsapp. Acton es uno de los responsables del cliente de mensajería instantánea con el que vas a compartir este artículo cuando acabes de leerlo (ya queda poco).

El crecimiento de Whatsapp tras su lanzamiento en aquel mismo año de 2009 fue estratosférico. El mes pasado, la app del logo verde superó los 1.500 millones de usuarios en una carrera que era prometedora desde su inicio.

La gracia de todo esto es que en 2014, la misma Facebook que había rechazado a Brian Acton compró Whatsapp por 19.000 millones de dólares. Alguien tuvo en su mano captar el talento del confundador de la app y lo dejó pasar.

La historia está trufada de este tipo de anécdotas. No formes parte de esa lista infame y toma las precauciones necesarias.

¿Recuerdas cuando Íker Casillas paró un penalti a Antonio Di Natale en la tanda de cuartos de final de la Eurocopa de 2008? La decisión de tirarse hacia su izquierda justo el día y el momento en el que el italiano quiso decidir lanzar a su derecha fue lo que comenzó a escribir la parte más importante de los anales del fútbol español.

Otra decisión podría haber cambiado el transcurso de la historia y, ahora mismo, Marcos Senna tendría una mercería en Villareal, habrían nacido muchos menos niños en marzo de 2009 y yo tendría una cuantas resacas menos.

Fue una cuestión con un importante porcentaje de azar. Conviene, sin embargo, que las cosas importantes de la vida eliminen todo atisbo de aleatoriedad y que las decisiones importantes se tomen con conocimiento y sabiduría.

Este relato cuenta algunas de las peores decisiones que se han tomado a lo largo de la historia y pueden servir de inspiración para que no te ocurra lo mismo. Al fin y al cabo, si de algo sirve ver cómo se estrella otro, es para que a ti no te pase lo mismo.

«Ese cacharro no tiene ningún futuro»

Comenzamos por algo que se remonta al siglo XIX. Un tal Alexander Graham Bell inventa un artilugio a cuya patente le vio posibilidades de engordar su patrimonio. Bell había estudiado un hallazgo de Antonio Meucci llamado teletrófono y lo había mejorado. No solo había conseguido desarrollar la idea, sino que la había probado de manera fehaciente.

Cuando el inventor se presentó en la Western Union, la mayor empresa de telégrafos del mundo, ya había sido capaz de transmitir mensajes de voz a través de un aparato.

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Alexander Graham Bell solicitó a Western Union 100.000 dólares por su tecnología, una cantidad importante. La respuesta de Wester Union no tardó en llegar.

Sus directivos no confiaban en la tecnología presentada y llamaban a Graham Bell y su equipo «un grupo de profanos, con ideas extravagantes y poco prácticas».

La Western Union fue aún más dura: «Consideramos que la petición de 100.000 dólares que ha realizado el señor G. G. Hubbard para la venta de esta patente es absolutamente inaceptable, dado que este dispositivo no tiene de por sí ninguna utilidad para nosotros. No recomendamos su compra».

Un año después, el jerifalte de la empresa de telégrafos ya se arrepentía de una de las peores decisiones tomadas en su vida.

Diógenes te habría salvado

En los tiempos que corren, lo de conservar objetos a los que no se les ha dado un uso en eones está a la orden del día. El síndrome de Diógenes también se da en lo digital.

A poco que mires en tu disco duro, verás cómo aún guardas aquellos capítulos de Friends que descargaste de eMule en 2003, a razón de un capítulo cada 72 horas. Sin embargo, hay veces que Diógenes podría salvarte de la miseria más absoluta.

A James Howells no le pasó. Eso hace esta historia muy divertida y al pobre Howells, un desgraciado desde el día en que decidió deshacerse de un disco duro.

Corría el año 2009 cuando James Howells, un informático de Newport (Reino Unido), compró 7.500 bitcoins. Cada uno de esos bitcoins valía muy poco más de cero euros.

Así quedó la cosa hasta 2013. Fue ese año en el que la criptomoneda alcanzó un precio de 771 euros por unidad. Un cálculo rápido nos dice que Howell guardaba entonces más de 5,5 millones de euros en su disco duro.

El problema es que el británico se había quedado sin disco duro. Como explicaba a The Independent, «después de terminar de hacer minería de Bitcoins, se me rompió el portátil y lo vendí por piezas en eBay. Me quedé con el disco duro porque contenía mis claves privadas de Bitcoin».

Howell alega que el ajetreo familiar y alguna mudanza le hicieron olvidar el disco, que acabó accidentalmente en el contenedor y, de ahí, terminó enterrado en el vertedero. Si el informático dice la verdad, algún sitio del subsuelo de Newport guarda una cantidad de bitcoins que, en diciembre de 2017 valía unos 75 millones de euros.

Por supuesto, Howell se ha planteado dejarse un pastizal en mover cielo, pero sobre todo tierra, para encontrar el disco duro. No le van a dejar, por suerte.

miners-bitcoin

Cuando el asegurador se pasa de cauto a la hora de decidir

A Stanley Kubrick se le conocen muchos talentos. También algún defecto, como el perfeccionismo enfermizo del que hacía gala y un afán por controlar al extremo todo lo que estaba a su alcance.

Mientras rodaba 2001, una odisea espacial, le inquietaba que el argumento de su película se viniese abajo por un imprevisto. Ese imprevisto era que se descubriese la existencia de extraterrestres antes del estreno de la cinta.

Para Kubrick, la solución estuvo clara. Se puso en contacto con la aseguradora Lloyd’s para suscribir una póliza. Si los extraterrestres aparecían, la aseguradora compensaría las pérdidas del proyecto de Kubrick al quedar el argumento desfasado o, peor aún, al convertirlo en falso.

En 1968, fecha de rodaje de la película, nadie en la Tierra se hallaba buscando vida extraterrestre. O, al menos, nadie con la capacidad de encontrarla.

Con todo, Lloyd’s se negó a suscribir la póliza porque, según ellos, era demasiado arriesgada.

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¿Cuánto te puede hacer perder el tío de Recursos Humanos?

Un tuit hizo saltar la liebre. Brian Acton, uno de los cofundadores de Whatsapp, se lamentó el 3 de agosto de 2009 de que Facebook le rechazase. «Buscando la siguiente aventura en la vida», concluía el tuit.

La siguiente aventura estaba en Mountain View, California, y se llamaba Whatsapp. Acton es uno de los responsables del cliente de mensajería instantánea con el que vas a compartir este artículo cuando acabes de leerlo (ya queda poco).

El crecimiento de Whatsapp tras su lanzamiento en aquel mismo año de 2009 fue estratosférico. El mes pasado, la app del logo verde superó los 1.500 millones de usuarios en una carrera que era prometedora desde su inicio.

La gracia de todo esto es que en 2014, la misma Facebook que había rechazado a Brian Acton compró Whatsapp por 19.000 millones de dólares. Alguien tuvo en su mano captar el talento del confundador de la app y lo dejó pasar.

La historia está trufada de este tipo de anécdotas. No formes parte de esa lista infame y toma las precauciones necesarias.

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Opiniones 1
  • Acertar en una decisión depende de la capacidad de «Buscar la información necesaria para tomar la decisión» Extraer la información realmente importante» y «cuantificar el tiempo que tienes para tomar la decisión».
    Cuantas mas decisiones tomes en la vida, mayor probabilidad tienes de éxito.
    Mi teoria: quien dice que nunca se equivoca o es que nunca toma decisiones o miente.

  • Comentarios cerrados.