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Tomar las aguas en un sanatorio soviético

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Los obreros de la extinta Unión Soviética pasaban dos semanas al año en un balneario, para reponer fuerzas. Formaba parte de su calendario laboral: un periodo de ocio para incrementar su productividad. Los trabajadores de las industrias más duras, como la minería, tenían prioridad sobre el resto. En estos sanatorios fuertemente medicalizados hasta las exposiciones al sol estaban supervisadas por personal sanitario, que igualmente dirigía los baños termales, los tratamientos con barro y una estricta dieta. Un equipo de seis fotógrafos y una periodista trabaja ahora sobre el terreno para documentar la arquitectura y recrear la vida en estos edificios, que comenzaron a salpicar el paisaje de la URSS a principios de los años veinte, muy poco después de la Revolución Bolchevique, normalmente cerca del mar o en las montañas. En los noventa llegaron a albergar a medio millón de huéspedes al mismo tiempo.

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Aún quedan en pie muchos de los cientos de sanatorios que se construyeron por todo el país. Algunos siguen siendo del Estado mientras que otros han pasado a manos privadas. De algunos solo quedan las ruinas mientras que otros han sido completamente renovados. Aunque «la mayoría no ha cambiado prácticamente nada, de manera que los huéspedes pueden disfrutar de la misma decoración y tratamientos que durante la época soviética», describe Maryam Omidi, la periodista que lidera el proyecto. Terapias extravagantes, con sanguijuelas, cuevas de sal, baños de dióxido de carbono. Naftalan, ciudad autónoma de la actual Azerbaiyán, abundante en crudo, era conocida por sus populares y enormes balnearios de petróleo. «Se le llamaba el aceite milagroso y se decía que era excelente para la piel, que era eficaz contra la psoriasis, la artritis y el reuma», añade.

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Omidi junto con los fotógrafos rusos Egor Rogalev, Olya Ivanova y Dmitry Lookianov, el británico Michal Solarski, la francesa Claudine Doury y el alemán René Fietzek, tienen planeado viajar a la mayoría de las 14 repúblicas de la antigua URSS, no a todas, para retratar sus mejores balnearios. «Si bien la arquitectura soviética evoca a menudo imágenes de bloques de construcción monolíticos, los sanatorios de la época se encuentran entre las más diversas y creativas estructuras arquitectónicas», escribe Omidi.

«Nuestro objetivo es mostrar los más impactantes arquitectónicamente, en las localizaciones más bonitas, más que visitar todos y cada uno de los 14 países», aclara. Sí cuentan con desplazarse a Rusia, Ucrania, Azerbaiyán, Armenia, Georgia, Tayikistán, Kirguistán, Kazajistán, Uzbekistán, Letonia o Lituania. Plasmarán el resultado en un libro que, si todo va bien, será publicado por la editorial londinense Fuel en la primavera de 2017. Además, Calvert 22 Galería, a cargo de la Fundación Calvert 22, será la anfitriona de una fiesta de lanzamiento.

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Durante su investigación, el equipo se encontrará con sanatorios que continúan en marcha sin la dimensión ideológica de sus orígenes. «Son más relajados», admite Omidi. Es verdad que a los pacientes los sigue revisando un médico que les diseña programas personalizados, pero pueden pasar el día como les venga en ganas, y disfrutar de su ocio en paz. «En general, quienes los visitan tienden a ser personas mayores, con el objetivo de descansar y recuperarse», informa la periodista. Se ven pocas parejas jóvenes, o familias con niños pequeños. Y es muy muy raro que los extranjeros asomen por allí. «¡Espero que con la publicación de nuestro libro, esto cambie!», enfatiza.


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Aún quedan en pie muchos de los cientos de sanatorios que se construyeron por todo el país. Algunos siguen siendo del Estado mientras que otros han pasado a manos privadas. De algunos solo quedan las ruinas mientras que otros han sido completamente renovados. Aunque «la mayoría no ha cambiado prácticamente nada, de manera que los huéspedes pueden disfrutar de la misma decoración y tratamientos que durante la época soviética», describe Maryam Omidi, la periodista que lidera el proyecto. Terapias extravagantes, con sanguijuelas, cuevas de sal, baños de dióxido de carbono. Naftalan, ciudad autónoma de la actual Azerbaiyán, abundante en crudo, era conocida por sus populares y enormes balnearios de petróleo. «Se le llamaba el aceite milagroso y se decía que era excelente para la piel, que era eficaz contra la psoriasis, la artritis y el reuma», añade.

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Omidi junto con los fotógrafos rusos Egor Rogalev, Olya Ivanova y Dmitry Lookianov, el británico Michal Solarski, la francesa Claudine Doury y el alemán René Fietzek, tienen planeado viajar a la mayoría de las 14 repúblicas de la antigua URSS, no a todas, para retratar sus mejores balnearios. «Si bien la arquitectura soviética evoca a menudo imágenes de bloques de construcción monolíticos, los sanatorios de la época se encuentran entre las más diversas y creativas estructuras arquitectónicas», escribe Omidi.

«Nuestro objetivo es mostrar los más impactantes arquitectónicamente, en las localizaciones más bonitas, más que visitar todos y cada uno de los 14 países», aclara. Sí cuentan con desplazarse a Rusia, Ucrania, Azerbaiyán, Armenia, Georgia, Tayikistán, Kirguistán, Kazajistán, Uzbekistán, Letonia o Lituania. Plasmarán el resultado en un libro que, si todo va bien, será publicado por la editorial londinense Fuel en la primavera de 2017. Además, Calvert 22 Galería, a cargo de la Fundación Calvert 22, será la anfitriona de una fiesta de lanzamiento.

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Durante su investigación, el equipo se encontrará con sanatorios que continúan en marcha sin la dimensión ideológica de sus orígenes. «Son más relajados», admite Omidi. Es verdad que a los pacientes los sigue revisando un médico que les diseña programas personalizados, pero pueden pasar el día como les venga en ganas, y disfrutar de su ocio en paz. «En general, quienes los visitan tienden a ser personas mayores, con el objetivo de descansar y recuperarse», informa la periodista. Se ven pocas parejas jóvenes, o familias con niños pequeños. Y es muy muy raro que los extranjeros asomen por allí. «¡Espero que con la publicación de nuestro libro, esto cambie!», enfatiza.


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