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15 de mayo 2013    /   CIENCIA
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Tomar una píldora para volver a amar

15 de mayo 2013    /   CIENCIA     por          
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El polvo de cuerno de rinoceronte en ciertas partes de África, el agua con la que se ha lavado el cadáver de un artesano del cuero en Pakistán norte, lograr que tu objeto de deseo se coma una manzana que has llevado durante un día en el sobaco en la mitología sueca… Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha pretendido influenciar en el amor y sus vicisitudes. Pero según arguyen Brian D. Earp, Anders Sandberg y Julian Savulescu, del departamento de Ética Práctica de la prestigiosa Oxford, en una serie de estudios pioneros sobre la ética de la neuroalteración del amor, solo ahora, que empezamos a entender sus ‘bases biológicas’, podemos sustituir esas ideas basadas “en el simbolismo y las creencias” por una aproximación efectiva basada en la ciencia.
“Solemos ver el amor como algo que le pasa a nuestra alma”, cuenta por Skype Earp, el más joven del grupo, “pero cuanto más aprendemos sobre lo que ocurre en nuestro cerebro, cuando nos sentimos atraídos hacia otra persona, más vemos que podríamos ser capaces de usar intervenciones farmacológicas y biológicas para cambiar este sistema”. Earp, cuyo campo de estudio antes de virar hacía la ética era la filosofía de la mente y la metafísica, propone que estos conocimientos podrían ayudar a solucionar muchos de esos matrimonios que tienden a acabar mal, un número que, aunque con la crisis haya bajado en España, sigue siendo de dos divorcios por cada tres casamientos celebrados.
El matrimonio, que durante miles de años fue una institución económica que transfería la propiedad entre grupos de hombres, como bien estipuló el antropólogo con nombre de prenda de ropa Lévi-Strauss en su libro Las estructuras elementales del parentesco, trocó cuando, con la Ilustración y la Revolución Industrial, el ser humano comenzó a preocuparse más por el individuo y su búsqueda de la felicidad. “Los elementos químicos que se liberan durante el sexo nos hacen sentirnos atados a la otra persona”, explica Earp; “lo que sucede es que en un matrimonio longevo dicho sistema hormonal comienza a degradarse y no sentimos ni el mismo impulso, ni la misma pasión, ni la necesidad de ser sexualmente exclusivos”.
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Esto, combinado con que “en los últimos años las personas pueden entrar y salir libremente del matrimonio y como ya no hay esa dimensión económica, muchos dejan la institución en función de cómo se sienten respecto a la otra persona en lugar de consideraciones mayores”, argumenta Earp. Y aunque concede que hay “muchos matrimonios que deben acabar, si hay hijos por medio existe un problema que puede ocasionar que el niño salga dañado”. Según Earp, la imagen de que los niños nunca salen heridos de estos procesos se mantiene por ideas que van desde lo “políticamente correcto” hasta las de la “liberación”, pero “cuando haces un razonamiento de este tipo debes mirar las estadísticas” y estas dicen, asegura, que “los hijos salen dañados. Este hecho lo empezamos a comprender ahora gracias a los estudios proyectados a largo plazo”.
Como ejemplo Earp propone el caso de que los padres separados, debido a la necesidad de rehacer su vida, relajan sus funciones como progenitores, y las investigaciones de Paul Amato, que en 1991 concluyó, tras analizar 93 estudios sobre el tema de los años 60, 70 y 80, que los hijos de divorciados tienen de media un resultado peor en sus estudios, en su comportamiento, en su bienestar psicológico, en la percepción de uno mismo y en sus relaciones sociales. “Lo que proponemos en nuestro razonamiento”, explica Earp, “es que aquellos casos en que haya un daño potencial para los hijos y los padres tengan posibilidades de mejorar su situación matrimonial, una de las vías a explorar es la alteración química”.
“En cualquier caso la idea de usar drogas para influir en nuestros sistemas mentales no es nueva ya que si alguien se toma una píldora antidepresiva que le ayuda a que su relación funcione, es una droga del amor aunque no afecte directamente al sistema amoroso”, aclara Earp, que pasa a enumerar ejemplos como el de la Viagra en la promoción de la salud sexual, el uso de las drogas de síntesis MDMA y éxtasis en los 80 durante terapias de pareja, la inhalación de oxitocina —una hormona relacionada a los patrones sexuales y en conductas maternales y paternales y que recibe el sobrenombre de ‘la del buen rollo’ —… “Pero será en los próximos 10-15 años, a medida que la tecnología mejore y seamos capaces de observar estos sistemas con mayor detalle, cuando creemos que las posibilidades serán mucho más accesibles. Todo siempre tras una consulta con un consejero matrimonial que decida que la pareja tiene ‘algo bueno en marcha y en la que pueden aplicar un determinado tratamiento’”.
Así, en el caso de una pareja que no tiene nada en común, que no comparte ni los valores ni la idea de “cómo gastar el dinero” ni de “cómo criar a sus hijos”, darles una droga que haga que se sientan atraídos de nuevo no va ayudar a su relación ya que van a seguir siendo completamente diferentes. Pero si una pareja tienen unos mínimos en común y una filosofía similar, pero lo que les ocurre es que ya “no se sienten enamorados”, Earp cree posible ayudarles a disfrutar de su relación de la misma manera que “cuando tenían 20 años”.
Pero las aplicaciones de estas neuroalteraciones no son solo en el plano positivo de las relaciones amorosas, sino también en el caso de esas parejas abusivas en las que una parte “sufre un síndrome de Estocolmo, ya que han aprendido a procesar el dolor con la idea de ‘esa persona me ama por eso me pega’”. Esta víctima, que entiende que tiene que dejarlo pero no puede ya que es neurológicamente adicta a la otra persona, puede decidir por si misma tomar una droga para no sentir nada y dejar de preocuparse. Earp vuelve al ejemplo de los antidepresivos, que en cierto tipo de personas tienen el efecto secundario de anular no solo la pena, sino “también el amor”.
“Esto demuestra que teóricamente es posible tomar una droga que apague tus emociones”, se ilusiona Earp, “y en casos determinados podemos ayudar a esas personas en relaciones peligrosas”. “Con que solo sea temporal”, dice desiderativo, “podría servir para que lleguen a un lugar seguro”.
Ilustración: Velckro

El polvo de cuerno de rinoceronte en ciertas partes de África, el agua con la que se ha lavado el cadáver de un artesano del cuero en Pakistán norte, lograr que tu objeto de deseo se coma una manzana que has llevado durante un día en el sobaco en la mitología sueca… Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha pretendido influenciar en el amor y sus vicisitudes. Pero según arguyen Brian D. Earp, Anders Sandberg y Julian Savulescu, del departamento de Ética Práctica de la prestigiosa Oxford, en una serie de estudios pioneros sobre la ética de la neuroalteración del amor, solo ahora, que empezamos a entender sus ‘bases biológicas’, podemos sustituir esas ideas basadas “en el simbolismo y las creencias” por una aproximación efectiva basada en la ciencia.
“Solemos ver el amor como algo que le pasa a nuestra alma”, cuenta por Skype Earp, el más joven del grupo, “pero cuanto más aprendemos sobre lo que ocurre en nuestro cerebro, cuando nos sentimos atraídos hacia otra persona, más vemos que podríamos ser capaces de usar intervenciones farmacológicas y biológicas para cambiar este sistema”. Earp, cuyo campo de estudio antes de virar hacía la ética era la filosofía de la mente y la metafísica, propone que estos conocimientos podrían ayudar a solucionar muchos de esos matrimonios que tienden a acabar mal, un número que, aunque con la crisis haya bajado en España, sigue siendo de dos divorcios por cada tres casamientos celebrados.
El matrimonio, que durante miles de años fue una institución económica que transfería la propiedad entre grupos de hombres, como bien estipuló el antropólogo con nombre de prenda de ropa Lévi-Strauss en su libro Las estructuras elementales del parentesco, trocó cuando, con la Ilustración y la Revolución Industrial, el ser humano comenzó a preocuparse más por el individuo y su búsqueda de la felicidad. “Los elementos químicos que se liberan durante el sexo nos hacen sentirnos atados a la otra persona”, explica Earp; “lo que sucede es que en un matrimonio longevo dicho sistema hormonal comienza a degradarse y no sentimos ni el mismo impulso, ni la misma pasión, ni la necesidad de ser sexualmente exclusivos”.
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Esto, combinado con que “en los últimos años las personas pueden entrar y salir libremente del matrimonio y como ya no hay esa dimensión económica, muchos dejan la institución en función de cómo se sienten respecto a la otra persona en lugar de consideraciones mayores”, argumenta Earp. Y aunque concede que hay “muchos matrimonios que deben acabar, si hay hijos por medio existe un problema que puede ocasionar que el niño salga dañado”. Según Earp, la imagen de que los niños nunca salen heridos de estos procesos se mantiene por ideas que van desde lo “políticamente correcto” hasta las de la “liberación”, pero “cuando haces un razonamiento de este tipo debes mirar las estadísticas” y estas dicen, asegura, que “los hijos salen dañados. Este hecho lo empezamos a comprender ahora gracias a los estudios proyectados a largo plazo”.
Como ejemplo Earp propone el caso de que los padres separados, debido a la necesidad de rehacer su vida, relajan sus funciones como progenitores, y las investigaciones de Paul Amato, que en 1991 concluyó, tras analizar 93 estudios sobre el tema de los años 60, 70 y 80, que los hijos de divorciados tienen de media un resultado peor en sus estudios, en su comportamiento, en su bienestar psicológico, en la percepción de uno mismo y en sus relaciones sociales. “Lo que proponemos en nuestro razonamiento”, explica Earp, “es que aquellos casos en que haya un daño potencial para los hijos y los padres tengan posibilidades de mejorar su situación matrimonial, una de las vías a explorar es la alteración química”.
“En cualquier caso la idea de usar drogas para influir en nuestros sistemas mentales no es nueva ya que si alguien se toma una píldora antidepresiva que le ayuda a que su relación funcione, es una droga del amor aunque no afecte directamente al sistema amoroso”, aclara Earp, que pasa a enumerar ejemplos como el de la Viagra en la promoción de la salud sexual, el uso de las drogas de síntesis MDMA y éxtasis en los 80 durante terapias de pareja, la inhalación de oxitocina —una hormona relacionada a los patrones sexuales y en conductas maternales y paternales y que recibe el sobrenombre de ‘la del buen rollo’ —… “Pero será en los próximos 10-15 años, a medida que la tecnología mejore y seamos capaces de observar estos sistemas con mayor detalle, cuando creemos que las posibilidades serán mucho más accesibles. Todo siempre tras una consulta con un consejero matrimonial que decida que la pareja tiene ‘algo bueno en marcha y en la que pueden aplicar un determinado tratamiento’”.
Así, en el caso de una pareja que no tiene nada en común, que no comparte ni los valores ni la idea de “cómo gastar el dinero” ni de “cómo criar a sus hijos”, darles una droga que haga que se sientan atraídos de nuevo no va ayudar a su relación ya que van a seguir siendo completamente diferentes. Pero si una pareja tienen unos mínimos en común y una filosofía similar, pero lo que les ocurre es que ya “no se sienten enamorados”, Earp cree posible ayudarles a disfrutar de su relación de la misma manera que “cuando tenían 20 años”.
Pero las aplicaciones de estas neuroalteraciones no son solo en el plano positivo de las relaciones amorosas, sino también en el caso de esas parejas abusivas en las que una parte “sufre un síndrome de Estocolmo, ya que han aprendido a procesar el dolor con la idea de ‘esa persona me ama por eso me pega’”. Esta víctima, que entiende que tiene que dejarlo pero no puede ya que es neurológicamente adicta a la otra persona, puede decidir por si misma tomar una droga para no sentir nada y dejar de preocuparse. Earp vuelve al ejemplo de los antidepresivos, que en cierto tipo de personas tienen el efecto secundario de anular no solo la pena, sino “también el amor”.
“Esto demuestra que teóricamente es posible tomar una droga que apague tus emociones”, se ilusiona Earp, “y en casos determinados podemos ayudar a esas personas en relaciones peligrosas”. “Con que solo sea temporal”, dice desiderativo, “podría servir para que lleguen a un lugar seguro”.
Ilustración: Velckro

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Opiniones 4
  • Empezar a entender sus bases biológicas hay que comprender sus bases psicológicas. Creo que sustituir las creencias por ciencia no quiere decir sustituir una relación de comprensión mutua por pastillas en una relación que tiene un mínimo de filosofía de vida en común.

  • *Creo que para empezar a entender sus bases biológicas hay que comprender sus bases psicológicas. Creo que sustituir las creencias por ciencia no quiere decir sustituir una relación de comprensión mutua por unas pastillas, en una relación que solo comparte un mínimo de pensamientos y experiencias.

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