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16 de septiembre 2013    /   DIGITAL
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Los medios sociales son más viejos que Matusalén

16 de septiembre 2013    /   DIGITAL     por          
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Espera. Algo se tambalea. Puede que muchas certezas se autodisuelvan mientras lees este texto. Quizá los medios sociales no sean algo nuevo en la Historia. Quizá los medios de masas sean una excentricidad para la Humanidad. Quizá la era de internet tenga más que ver con el Imperio Romano que con un siglo XX en que la industria del entretenimiento convirtió el copyright en el monstruo de la cultura. Escucha esto…

Es inevitable. El pasado es ese gran desconocido donde habita el presente en estado de soñolencia latente. A veces de modo muy básico. A veces de forma sofisticada. Eso ocurrió en los días del Imperio Romano. Nadie había pronunciado entonces las palabras ‘medios sociales’ y nadie podía intuir que las historias pudieran recorrer todo el planeta en un solo instante. Pero ahí estaban, aguardando, pacientes, durante cientos de años hasta que alguien acuñó el concepto.

El siglo XXI intentó apropiarse de la invención de los medios sociales pero hay voces que lo niegan. Hay quien piensa que existen desde los inicios de la civilización occidental. La única diferencia es que antes no había internet y la información, en vez de ir empaquetada en formatos como blogs, Twitter, Facebook, Instagram o Pinterest, viajaba en cuentos, papiros, cartas, panfletos o libros personales.

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Panfleto holandés de 1637. Wikimedia.org

Tom Standage considera que los medios sociales son “medios que obtenemos de otras personas”. “Eso no incluye los cotilleos de boca a oreja porque no implican el uso de ningún medio pero engloba las cartas, postales, prestar un CD a un amigo y, por supuesto, actividades digitales como compartir enlaces, fotos, listas de música o vídeos”, explica el responsable digital de la web y las apps de The Economist en una entrevista por correo electrónico. “En todos estos casos la información ha sido filtrada y seleccionada por personas de tu entorno, generalmente amigos, para ti. La información que ha sido elegida por alguien con quien tú tienes algún tipo de conexión adquiere más valor y un mayor significado. No ha sido enviada por una máquina impersonal como es una radio o una televisión. En estos aparatos la entrega de información se hace de forma centralizada y se mueve en una sola dirección en vez de ser bidireccional y social”.

El experto en ciencia, tecnología y narrativas explica esta teoría en un libro titulado Writing on the Wall, que saldrá a la venta en inglés el próximo 15 de octubre. Standage define las redes sociales, en esta obra, como “medios que conseguimos a través de otros individuos, que son intercambiados mediante conexiones sociales y que forman comunidad o crean discusiones distribuidas”.

En esta definición, el autor engloba “los dos tipos de redes sociales”. “Las viejas (antes del siglo XIX) y las nuevas (propias de la era de internet). En muchos aspectos resultan muy similares, pero, por supuesto, hay diferencias importantes”, especifica. “Los medios sociales basados en la World Wide Web son globales, instantáneos, permanentes y están sujetos a búsquedas que en los tiempos antiguos resultarían imposibles. Pero creo que hay suficientes semejanzas entre ellos para que podamos aprender algunas lecciones importantes de la Historia”.

La excentricidad de los mass media

La memoria humana, a menudo, se mueve en recorridos cortos y tiende a convertir en habitual el pasado reciente. Pudiera parecer que los medios de masas y los emporios de comunicación estuvieron siempre ahí. Pero no es así. Para Standage la era de los medios masivos, que se inició hace 170 años, representa una anomalía en la Historia y, además, podría estar tocando a su fin.

“Hay una gran ironía histórica en el epicentro de la actual transformación de la información”, escribía Standage en un artículo publicado en The Economist en 2011. “La industria está siendo remodelada por la tecnología y lo que está haciendo, curiosamente, es debilitar los modelos de negocio de los medios masivos y llevando de nuevo a la industria a modos más dinámicos, independientes y reflexivos de la era anterior a la industrialización”.

La divulgación masiva llegó a principios del siglo XIX con la prensa impresa. Hasta entonces la distribución de la información se hacía a través de los contactos personales, según el británico. El conocimiento circulaba mediante las conversaciones que se producían en los mercados y tabernas, en la correspondencia que se enviaban los amigos, en panfletos y en canciones.

Los medios sociales en el Imperio Romano

El autor de The Victorian Internet sitúa el inicio de los medios sociales en el Imperio Romano. Los miembros de las élites de aquellos tiempos leían las transcripciones de los discursos que se producían en las ciudades, consultaban copias del acta diurna (la gaceta oficial que se entregaba a diario en el forum) y mantenían una comunicación constante por carta. En el concepto de Standage de ‘medio social’ es imprescindible la existencia de un soporte. Por eso no lleva hasta la Grecia clásica el origen de los medios sociales.

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Platón, pintado por Rafael (1509) Wikimedia.org

“Los griegos eran más escépticos que los romanos con la palabra escrita. Preferían el discurso a los textos”, argumenta el periodista. “El ejemplo más famoso es Fedro, de Platón. El filósofo, en esa obra, se muestra contrario a la escritura y asegura que si confías en las informaciones redactadas, no te esforzarás en aprenderlas correctamente porque las tienes ahí siempre. Es una idea muy similar al argumento actual de que los internautas prefieren ser absolutamente dependientes del buscador de Google que memorizar el conocimiento”.

El periodista, sin embargo, no está de acuerdo ni con Platón ni con los que desacreditan Google por pulverizar la memoria de la población mundial. “Yo creo que tanto escribir como internet han incrementado el poder de la mente humana. Nos han quitado el problema de tener que recordarlo todo perfectamente”, indica. “En la época romana, de todos modos, esta actitud cambió y los niveles de alfabetización aumentaron considerablemente. Aunque esto se consiguió gracias a la esclavitud. El sistema de esclavos garantizaba que las copias y la distribución de la información resultase algo barato. Por eso, para mí, el Imperio Romano creó el primer ecosistema de medios sociales”.

En aquella época no había medios de impresión masiva. Los escribas, casi todos esclavos, hacían las copias de libros, a mano, en forma de papiro enrollado. No había editores profesionales y los autores hacían publicidad de su obra regalándola a sus amigos y a personas que les ayudaran a darla a conocer.

En un artículo titulado How Roman authors used social networking, Standage relata que “era vital elegir a la persona adecuada para dedicar el libro que un autor había escrito”. “El candidato ideal debía ser famoso, influyente y, en cierto modo, vanidoso. Eso aseguraba que hablaría del libro a sus amigos y conocidos. También era conveniente que ese individuo tuviese una gran biblioteca por donde pasaran eruditos y filósofos. El candidato debía tener un grupo de escribas de confianza porque si un visitante veía un libro y le gustaba, pediría a su dueño que le hiciera una copia. Era el propio autor quien regalaba su obra y pedía a sus amigos que la movieran entre otras personas e hicieran todas las copias que quisieran”.

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Relieve de un esclavo romano mostrando una tablilla de escritura a su amo (siglo IV). Wikimedia.org

Ese fue uno de los motivos por el que Cicerón dedicó su libro Academia a Varro, un erudito dueño de una biblioteca inmensa. Pero, además, las obras se promocionaban mediante encuentros distendidos, llamados recitatio, en los que un autor o algún esclavo conocido por sus dotes de lector recitaban la obra o extractos de ella. En esa especie de fiesta el autor regalaba una copia a la persona a la que había dedicado el escrito y algunas otras más sencillas a sus amigos. “La obra se consideraba entonces publicada porque su autor la había lanzado formalmente para que fuese leída, copiada y puesta en circulación”, especifica el periodista. “Los escritores romanos querían que su obra fuese lo más copiada posible y fuese puesta a la venta aunque ellos no cobraran nada. No recibirían dinero pero ganaban fama, prestigio, incrementaban su influencia social, conseguían mejores trabajos y ascendían, en general, en la sociedad romana. Publicar en Roma era una forma de mejorar tus contactos. Los libros romanos eran ya medios sociales”.

El estrangulamiento de la cultura

Esa época muestra escenas que llevan a un panorama muy similar al que trajo internet. Parecía que el mundo ‘copiable’ que originó la Red era algo inédito pero, otra vez, se trataba únicamente de un espejismo. “La idea del copyright es muy reciente”, especifica el británico. “En Inglaterra es de 1710”. Ese año la reina Ana aprobó un Acta para promover el aprendizaje por petición de editores y vendedores de libros. Pero la medida resultó comedida al gremio. La ley establecía que ellos tenían los derechos de explotación pero solo durante un periodo de tiempo. Veintiún años para los libros que ya habían sido impresos, 14 años para los nuevos y otros 14 más en caso de que el autor de la obra estuviera aún vivo cuando concluyeran los primeros 14. Después de eso la obra pasaría al dominio público y cualquier persona podría hacer una copia.

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El estatuto de Anne aprobado en 1710. Wikimedia.org

Pero en los últimos 50 años el balance entre la cultura abierta y los derechos de explotación exclusivos ha dado un giro radical, según Standage. Los grupos de presión y abogados de la industria del entretenimiento han conseguido extender el copyright como nunca antes. En EE UU la protección de una obra llega hasta los 95 años y la intención, de acuerdo con el escritor, es que también aumente en Europa.

“Deberíamos resistirnos a estas medidas. Es hora de mover la balanza hacia el origen”, escribió el autor en un artículo titulado Copyright and wrong (2010). “Los términos actuales favorecen demasiado a los editores. Una vuelta a la ley que establecía 28 años de copyright podría resultar arbitraria, en muchos casos, pero no es irracional”.

“En Writing on the Wall cuento que nuestras ideas sobre la propiedad de los textos han cambiado”, comenta en su entrevista. “En la corte de los Tudor, por ejemplo, la información pasaba de unos a otros en poesías. Era un tipo de colaboración entre múltiples autores. Los individuos reescribían y remezclaban poemas y canciones como más les gustaba. Ha sido en la época de los medios de masas cuando se han producido estos esfuerzos tremendos por defender y extender el copyright. Pienso que esto ha ido demasiado lejos y deberían reducirse notablemente. Esto no significa que se suprima el derecho de explotación pero la balanza debería volver hacia restricciones cortas, como en el siglo XVIII. La medida supondría un paso hacia la concepción romana. Hoy, al igual que ocurría en aquella época, los autores se benefician de la difusión de sus libros en más formas que la venta directa. Pueden hacer una serie de TV de la obra, discursos, obras de teatro… Por eso la situación de los romanos resulta familiar en muchos aspectos”.

El día que el periódico se convirtió en un documento privado

Los diarios o libros de temas cotidianos (los antecedentes inmediatos a los periódicos, según Standage) de los siglos XVI y XVII recogían una serie de textos, cartas, poemas, remedios médicos, prosa, chistes, dibujos, citas, transcripciones de discursos, sonetos, baladas, recetas de cocina… “Era muy habitual reunir información relevante en un diario para conservarla y releerla junto a otros individuos en la época de los Tudor (1485-1603). Tener esos libros y el intercambio de textos con otras personas era una forma de definir tu personalidad. Los poemas o aforismos que copiabas en tu libro o que pasabas a otros individuos decían mucho de ti”.

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New York Sun. Wikimedia.org

Los perfiles de redes sociales actuales como Tumblr o Pinterest y muchos blogs personales cumplen hoy exactamente la misma función. Este tipo de información, entonces y ahora, constituyen un modo importante de relación entre las personas. Los libros y los diarios del XVII se compartían, se leían públicamente, circulaban de unas manos a otras… Fue siempre así, según el periodista. Y solo desde principios del siglo XX se produjo una “aberración histórica” y el periódico comenzó a verse como “un documento privado”. Lo compraba un individuo y lo leía solo él. “Los blogs y las actualizaciones en las redes sociales suponen una vuelta a la tradición de compartir los textos personales”, explica. “Es una clara indicación más de que los medios sociales no son un fenómeno inédito en la Historia”.

Los primeros periódicos no tenían nada que ver con los diarios de tiradas masivas que llegaron en el siglo XX. Eran pocos ejemplares y, normalmente, no iban más allá del área local. “En el siglo XVIII los periódicos reunían una serie de editoriales de opinión, colaboraciones de lectores y artículos de otras publicaciones. No existía la profesión de periodista profesional. Estos primeros medios recogían noticias, cotilleos, opiniones e ideas de una comunidad o un grupo de personas con intereses similares y apenas se establecía distinción entre los productores y los consumidores de información. Eran medios sociales”.

La invención de la imprenta moderna (1440) hizo la copia más fácil y más rápida, pero la distribución de los documentos seguía basándose en las conexiones personales, según el periodista. “Los escritos de Martín Lutero se propagaron por toda Alemania en dos semanas de 1518 porque ellos los llevaban, personalmente, de ciudad en ciudad”, relata. Las noticias de la derrota de la Armada Española en 1588, por ejemplo, tampoco se contó en periódicos. Los acontecimientos corrían de una persona a otra en baladas.

El paso de medios sociales a periódicos comerciales comenzó a principios del siglo XIX, de acuerdo con Standage. “El nacimiento de un mercado de periódicos masivos, como New York Sun, marcó un cambio profundo. Las nuevas tecnologías de diseminación masiva podría alcanzar a un gran número de personas con una rapidez y eficacia sin precedentes”, escribe el autor en The End of Mass Media: Coming Full Circle (The Economist, 2011).

Pero, a la vez, surgió un peligro que ensombrece el negocio de la información desde entonces. Esas tecnologías “establecieron un control del flujo de la información en manos de unos pocos. Por primera vez la distribución vertical de las noticias, que iba de una elite especializada a una audiencia general, supuso una ventaja decisiva sobre la distribución horizontal de la información entre ciudadanos. Esta tendencia se aceleró con la llegada de la radio y la TV en el siglo XX. Nacieron nuevos negocios en torno a las tecnologías de los medios masivos y se convirtieron en organizaciones donde una serie de especialistas difunden la información a una audiencia masiva y la publicidad ayuda a pagar toda la operación”.

En la década de los 90 del siglo pasado, internet empezó a destruir el modelo de los grandes grupos de comunicación y, a la vez, está recuperando el aspecto social de la información, según Standage. “Las cámaras de los móviles y los medios sociales (blogs, Facebook y Twitter) pueden parecer algo totalmente nuevo pero, en realidad, son el eco de las formas en las que los individuos reunían, compartían e intercambiaban información en el pasado”.

Contra los eternos secretos del poder

Julian Assange es de la misma opinión. El presente es un eco del pasado. El fundador de WikiLeaks escribió en un artículo titulado What’s new about WikiLeaks? (2011) que su organización sigue la tradición de los panfletos radicales de la guerra civil de Inglaterra que intentaban descubrir “todos los misterios y secretos del gobierno” frente a la propaganda de las publicaciones oficiales.

El periodista australiano vuelve a traer a escena los valores e ideales de los periódicos populares de principios del siglo XX en EE UU. En su artículo, Assange cuenta que el historiador Jon Bekken descubrió que en ese país había “cientos de diarios locales y regionales, en docenas de idiomas, publicados por organizaciones políticas de la clase trabajadora, y publicaciones semanales y mensuales de sindicatos y mutuas de trabajadores”.

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Daily Herald. Wikimedia.org

“Los periódicos no solo daban noticias. También ofrecían, como señala Bekken, un lugar donde los lectores podían debatir sobre temas políticos, económicos y culturales”, escribe Assange. “Los lectores podían seguir las actividades de las instituciones de la clase trabajadora en cada campo y podían movilizarse para apoyar iniciativas destinadas a transformar su situación política y económica”.

El fundador de WikiLeaks considera que la blogosfera está recuperando esa función que tenían muchos periódicos hace un siglo. Ese cometido murió hace décadas por el hachazo del mercado. Las publicaciones empezaron a depender económicamente de la publicidad y las audiencias comenzaron a ser interesantes únicamente por su capacidad de compra. “De acuerdo con el analista James Curran, el Daily Herald, un periódico británico de principios del XX, tenía casi el doble de lectores que The Times, Financial Times y The Guardian juntos. Era uno de los 20 diarios más leídos en el mundo y, sin embargo, tuvo que cerrar en 1964 porque su audiencia de la clase trabajadora no resultaba lucrativa para la industria publicitaria”.

Lo mismo ocurrió con el liberal News Chronicle, según Assange. El periódico, a pesar de tener una circulación seis veces mayor a la de The Guardian, se quedó sin publicidad y fue absorbido por el conservador Daily Mail en 1960.

Pero todos los imperios caen. Los grandes emporios de comunicación también. “Unos sobrevivirán y otros no”, según Standage. “Parece que esa breve y anómala etapa histórica de los medios masivos está llegando a su fin”. Para el periodista, la noticia es positiva. “Es bueno que haya más variedad de fuentes de información y que esas publicaciones sean mucho más abiertas que antes. Es bueno, sobre todo, para la democracia. La principal cuestión aún sin contestar es cómo manejarán las comunidades esta pérdida del ‘periodismo profesional y responsable‘ local. Muchos diarios locales tienen problemas para sobrevivir y la cobertura que hacen de la actividad oficial local sigue siendo muy importante. Quizá la retransmisión web en directo y los artículos de los blogs rellenen este hueco, pero es un asunto preocupante porque cambia la naturaleza de las noticias, sobre todo en EE UU. El panorama general, en cambio, muestra que los consumidores tienen más opciones que nunca”.

La misma ley que dicta que el presente habita en el pasado determina que el futuro aguarda su turno, invisible, desde el presente. Quizá Tom Standage pueda intuirlo. Intentamos llevarlo a un momento cualquiera entre 2017 y 2020 y esto es lo que ve: “Creo que las empresas periodísticas tendrán que ser más distintivas y dar un valor real para poder sobrevivir. Ya no pueden seguir replicando las noticias de AP. Tendremos más proveedores de información y veremos unas barreras más difusas entre los proveedores de noticias y otras organizaciones como ONG, grupos comprometidos con ciertos valores (WikiLeaks, Sunlight Foundation…), gobiernos locales, entidades educativas, compañías tecnológicas, etc. La tecnología posibilita que cualquier persona pueda publicar y eso hará que cada vez haya más jugadores en el tablero. Por mí es perfecto siempre que haya transparencia y digan quién está detrás y cuáles son sus valores”.

“Estamos en una edad de oro de la información”, sentencia Tom Standage. Es inevitable.

Imagen de portada: Retrato de una mujer literaria en un fresco de Pompeya del 50 d.C. (Wikimedia.org)

 

Espera. Algo se tambalea. Puede que muchas certezas se autodisuelvan mientras lees este texto. Quizá los medios sociales no sean algo nuevo en la Historia. Quizá los medios de masas sean una excentricidad para la Humanidad. Quizá la era de internet tenga más que ver con el Imperio Romano que con un siglo XX en que la industria del entretenimiento convirtió el copyright en el monstruo de la cultura. Escucha esto…

Es inevitable. El pasado es ese gran desconocido donde habita el presente en estado de soñolencia latente. A veces de modo muy básico. A veces de forma sofisticada. Eso ocurrió en los días del Imperio Romano. Nadie había pronunciado entonces las palabras ‘medios sociales’ y nadie podía intuir que las historias pudieran recorrer todo el planeta en un solo instante. Pero ahí estaban, aguardando, pacientes, durante cientos de años hasta que alguien acuñó el concepto.

El siglo XXI intentó apropiarse de la invención de los medios sociales pero hay voces que lo niegan. Hay quien piensa que existen desde los inicios de la civilización occidental. La única diferencia es que antes no había internet y la información, en vez de ir empaquetada en formatos como blogs, Twitter, Facebook, Instagram o Pinterest, viajaba en cuentos, papiros, cartas, panfletos o libros personales.

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Panfleto holandés de 1637. Wikimedia.org

Tom Standage considera que los medios sociales son “medios que obtenemos de otras personas”. “Eso no incluye los cotilleos de boca a oreja porque no implican el uso de ningún medio pero engloba las cartas, postales, prestar un CD a un amigo y, por supuesto, actividades digitales como compartir enlaces, fotos, listas de música o vídeos”, explica el responsable digital de la web y las apps de The Economist en una entrevista por correo electrónico. “En todos estos casos la información ha sido filtrada y seleccionada por personas de tu entorno, generalmente amigos, para ti. La información que ha sido elegida por alguien con quien tú tienes algún tipo de conexión adquiere más valor y un mayor significado. No ha sido enviada por una máquina impersonal como es una radio o una televisión. En estos aparatos la entrega de información se hace de forma centralizada y se mueve en una sola dirección en vez de ser bidireccional y social”.

El experto en ciencia, tecnología y narrativas explica esta teoría en un libro titulado Writing on the Wall, que saldrá a la venta en inglés el próximo 15 de octubre. Standage define las redes sociales, en esta obra, como “medios que conseguimos a través de otros individuos, que son intercambiados mediante conexiones sociales y que forman comunidad o crean discusiones distribuidas”.

En esta definición, el autor engloba “los dos tipos de redes sociales”. “Las viejas (antes del siglo XIX) y las nuevas (propias de la era de internet). En muchos aspectos resultan muy similares, pero, por supuesto, hay diferencias importantes”, especifica. “Los medios sociales basados en la World Wide Web son globales, instantáneos, permanentes y están sujetos a búsquedas que en los tiempos antiguos resultarían imposibles. Pero creo que hay suficientes semejanzas entre ellos para que podamos aprender algunas lecciones importantes de la Historia”.

La excentricidad de los mass media

La memoria humana, a menudo, se mueve en recorridos cortos y tiende a convertir en habitual el pasado reciente. Pudiera parecer que los medios de masas y los emporios de comunicación estuvieron siempre ahí. Pero no es así. Para Standage la era de los medios masivos, que se inició hace 170 años, representa una anomalía en la Historia y, además, podría estar tocando a su fin.

“Hay una gran ironía histórica en el epicentro de la actual transformación de la información”, escribía Standage en un artículo publicado en The Economist en 2011. “La industria está siendo remodelada por la tecnología y lo que está haciendo, curiosamente, es debilitar los modelos de negocio de los medios masivos y llevando de nuevo a la industria a modos más dinámicos, independientes y reflexivos de la era anterior a la industrialización”.

La divulgación masiva llegó a principios del siglo XIX con la prensa impresa. Hasta entonces la distribución de la información se hacía a través de los contactos personales, según el británico. El conocimiento circulaba mediante las conversaciones que se producían en los mercados y tabernas, en la correspondencia que se enviaban los amigos, en panfletos y en canciones.

Los medios sociales en el Imperio Romano

El autor de The Victorian Internet sitúa el inicio de los medios sociales en el Imperio Romano. Los miembros de las élites de aquellos tiempos leían las transcripciones de los discursos que se producían en las ciudades, consultaban copias del acta diurna (la gaceta oficial que se entregaba a diario en el forum) y mantenían una comunicación constante por carta. En el concepto de Standage de ‘medio social’ es imprescindible la existencia de un soporte. Por eso no lleva hasta la Grecia clásica el origen de los medios sociales.

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Platón, pintado por Rafael (1509) Wikimedia.org

“Los griegos eran más escépticos que los romanos con la palabra escrita. Preferían el discurso a los textos”, argumenta el periodista. “El ejemplo más famoso es Fedro, de Platón. El filósofo, en esa obra, se muestra contrario a la escritura y asegura que si confías en las informaciones redactadas, no te esforzarás en aprenderlas correctamente porque las tienes ahí siempre. Es una idea muy similar al argumento actual de que los internautas prefieren ser absolutamente dependientes del buscador de Google que memorizar el conocimiento”.

El periodista, sin embargo, no está de acuerdo ni con Platón ni con los que desacreditan Google por pulverizar la memoria de la población mundial. “Yo creo que tanto escribir como internet han incrementado el poder de la mente humana. Nos han quitado el problema de tener que recordarlo todo perfectamente”, indica. “En la época romana, de todos modos, esta actitud cambió y los niveles de alfabetización aumentaron considerablemente. Aunque esto se consiguió gracias a la esclavitud. El sistema de esclavos garantizaba que las copias y la distribución de la información resultase algo barato. Por eso, para mí, el Imperio Romano creó el primer ecosistema de medios sociales”.

En aquella época no había medios de impresión masiva. Los escribas, casi todos esclavos, hacían las copias de libros, a mano, en forma de papiro enrollado. No había editores profesionales y los autores hacían publicidad de su obra regalándola a sus amigos y a personas que les ayudaran a darla a conocer.

En un artículo titulado How Roman authors used social networking, Standage relata que “era vital elegir a la persona adecuada para dedicar el libro que un autor había escrito”. “El candidato ideal debía ser famoso, influyente y, en cierto modo, vanidoso. Eso aseguraba que hablaría del libro a sus amigos y conocidos. También era conveniente que ese individuo tuviese una gran biblioteca por donde pasaran eruditos y filósofos. El candidato debía tener un grupo de escribas de confianza porque si un visitante veía un libro y le gustaba, pediría a su dueño que le hiciera una copia. Era el propio autor quien regalaba su obra y pedía a sus amigos que la movieran entre otras personas e hicieran todas las copias que quisieran”.

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Relieve de un esclavo romano mostrando una tablilla de escritura a su amo (siglo IV). Wikimedia.org

Ese fue uno de los motivos por el que Cicerón dedicó su libro Academia a Varro, un erudito dueño de una biblioteca inmensa. Pero, además, las obras se promocionaban mediante encuentros distendidos, llamados recitatio, en los que un autor o algún esclavo conocido por sus dotes de lector recitaban la obra o extractos de ella. En esa especie de fiesta el autor regalaba una copia a la persona a la que había dedicado el escrito y algunas otras más sencillas a sus amigos. “La obra se consideraba entonces publicada porque su autor la había lanzado formalmente para que fuese leída, copiada y puesta en circulación”, especifica el periodista. “Los escritores romanos querían que su obra fuese lo más copiada posible y fuese puesta a la venta aunque ellos no cobraran nada. No recibirían dinero pero ganaban fama, prestigio, incrementaban su influencia social, conseguían mejores trabajos y ascendían, en general, en la sociedad romana. Publicar en Roma era una forma de mejorar tus contactos. Los libros romanos eran ya medios sociales”.

El estrangulamiento de la cultura

Esa época muestra escenas que llevan a un panorama muy similar al que trajo internet. Parecía que el mundo ‘copiable’ que originó la Red era algo inédito pero, otra vez, se trataba únicamente de un espejismo. “La idea del copyright es muy reciente”, especifica el británico. “En Inglaterra es de 1710”. Ese año la reina Ana aprobó un Acta para promover el aprendizaje por petición de editores y vendedores de libros. Pero la medida resultó comedida al gremio. La ley establecía que ellos tenían los derechos de explotación pero solo durante un periodo de tiempo. Veintiún años para los libros que ya habían sido impresos, 14 años para los nuevos y otros 14 más en caso de que el autor de la obra estuviera aún vivo cuando concluyeran los primeros 14. Después de eso la obra pasaría al dominio público y cualquier persona podría hacer una copia.

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El estatuto de Anne aprobado en 1710. Wikimedia.org

Pero en los últimos 50 años el balance entre la cultura abierta y los derechos de explotación exclusivos ha dado un giro radical, según Standage. Los grupos de presión y abogados de la industria del entretenimiento han conseguido extender el copyright como nunca antes. En EE UU la protección de una obra llega hasta los 95 años y la intención, de acuerdo con el escritor, es que también aumente en Europa.

“Deberíamos resistirnos a estas medidas. Es hora de mover la balanza hacia el origen”, escribió el autor en un artículo titulado Copyright and wrong (2010). “Los términos actuales favorecen demasiado a los editores. Una vuelta a la ley que establecía 28 años de copyright podría resultar arbitraria, en muchos casos, pero no es irracional”.

“En Writing on the Wall cuento que nuestras ideas sobre la propiedad de los textos han cambiado”, comenta en su entrevista. “En la corte de los Tudor, por ejemplo, la información pasaba de unos a otros en poesías. Era un tipo de colaboración entre múltiples autores. Los individuos reescribían y remezclaban poemas y canciones como más les gustaba. Ha sido en la época de los medios de masas cuando se han producido estos esfuerzos tremendos por defender y extender el copyright. Pienso que esto ha ido demasiado lejos y deberían reducirse notablemente. Esto no significa que se suprima el derecho de explotación pero la balanza debería volver hacia restricciones cortas, como en el siglo XVIII. La medida supondría un paso hacia la concepción romana. Hoy, al igual que ocurría en aquella época, los autores se benefician de la difusión de sus libros en más formas que la venta directa. Pueden hacer una serie de TV de la obra, discursos, obras de teatro… Por eso la situación de los romanos resulta familiar en muchos aspectos”.

El día que el periódico se convirtió en un documento privado

Los diarios o libros de temas cotidianos (los antecedentes inmediatos a los periódicos, según Standage) de los siglos XVI y XVII recogían una serie de textos, cartas, poemas, remedios médicos, prosa, chistes, dibujos, citas, transcripciones de discursos, sonetos, baladas, recetas de cocina… “Era muy habitual reunir información relevante en un diario para conservarla y releerla junto a otros individuos en la época de los Tudor (1485-1603). Tener esos libros y el intercambio de textos con otras personas era una forma de definir tu personalidad. Los poemas o aforismos que copiabas en tu libro o que pasabas a otros individuos decían mucho de ti”.

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New York Sun. Wikimedia.org

Los perfiles de redes sociales actuales como Tumblr o Pinterest y muchos blogs personales cumplen hoy exactamente la misma función. Este tipo de información, entonces y ahora, constituyen un modo importante de relación entre las personas. Los libros y los diarios del XVII se compartían, se leían públicamente, circulaban de unas manos a otras… Fue siempre así, según el periodista. Y solo desde principios del siglo XX se produjo una “aberración histórica” y el periódico comenzó a verse como “un documento privado”. Lo compraba un individuo y lo leía solo él. “Los blogs y las actualizaciones en las redes sociales suponen una vuelta a la tradición de compartir los textos personales”, explica. “Es una clara indicación más de que los medios sociales no son un fenómeno inédito en la Historia”.

Los primeros periódicos no tenían nada que ver con los diarios de tiradas masivas que llegaron en el siglo XX. Eran pocos ejemplares y, normalmente, no iban más allá del área local. “En el siglo XVIII los periódicos reunían una serie de editoriales de opinión, colaboraciones de lectores y artículos de otras publicaciones. No existía la profesión de periodista profesional. Estos primeros medios recogían noticias, cotilleos, opiniones e ideas de una comunidad o un grupo de personas con intereses similares y apenas se establecía distinción entre los productores y los consumidores de información. Eran medios sociales”.

La invención de la imprenta moderna (1440) hizo la copia más fácil y más rápida, pero la distribución de los documentos seguía basándose en las conexiones personales, según el periodista. “Los escritos de Martín Lutero se propagaron por toda Alemania en dos semanas de 1518 porque ellos los llevaban, personalmente, de ciudad en ciudad”, relata. Las noticias de la derrota de la Armada Española en 1588, por ejemplo, tampoco se contó en periódicos. Los acontecimientos corrían de una persona a otra en baladas.

El paso de medios sociales a periódicos comerciales comenzó a principios del siglo XIX, de acuerdo con Standage. “El nacimiento de un mercado de periódicos masivos, como New York Sun, marcó un cambio profundo. Las nuevas tecnologías de diseminación masiva podría alcanzar a un gran número de personas con una rapidez y eficacia sin precedentes”, escribe el autor en The End of Mass Media: Coming Full Circle (The Economist, 2011).

Pero, a la vez, surgió un peligro que ensombrece el negocio de la información desde entonces. Esas tecnologías “establecieron un control del flujo de la información en manos de unos pocos. Por primera vez la distribución vertical de las noticias, que iba de una elite especializada a una audiencia general, supuso una ventaja decisiva sobre la distribución horizontal de la información entre ciudadanos. Esta tendencia se aceleró con la llegada de la radio y la TV en el siglo XX. Nacieron nuevos negocios en torno a las tecnologías de los medios masivos y se convirtieron en organizaciones donde una serie de especialistas difunden la información a una audiencia masiva y la publicidad ayuda a pagar toda la operación”.

En la década de los 90 del siglo pasado, internet empezó a destruir el modelo de los grandes grupos de comunicación y, a la vez, está recuperando el aspecto social de la información, según Standage. “Las cámaras de los móviles y los medios sociales (blogs, Facebook y Twitter) pueden parecer algo totalmente nuevo pero, en realidad, son el eco de las formas en las que los individuos reunían, compartían e intercambiaban información en el pasado”.

Contra los eternos secretos del poder

Julian Assange es de la misma opinión. El presente es un eco del pasado. El fundador de WikiLeaks escribió en un artículo titulado What’s new about WikiLeaks? (2011) que su organización sigue la tradición de los panfletos radicales de la guerra civil de Inglaterra que intentaban descubrir “todos los misterios y secretos del gobierno” frente a la propaganda de las publicaciones oficiales.

El periodista australiano vuelve a traer a escena los valores e ideales de los periódicos populares de principios del siglo XX en EE UU. En su artículo, Assange cuenta que el historiador Jon Bekken descubrió que en ese país había “cientos de diarios locales y regionales, en docenas de idiomas, publicados por organizaciones políticas de la clase trabajadora, y publicaciones semanales y mensuales de sindicatos y mutuas de trabajadores”.

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Daily Herald. Wikimedia.org

“Los periódicos no solo daban noticias. También ofrecían, como señala Bekken, un lugar donde los lectores podían debatir sobre temas políticos, económicos y culturales”, escribe Assange. “Los lectores podían seguir las actividades de las instituciones de la clase trabajadora en cada campo y podían movilizarse para apoyar iniciativas destinadas a transformar su situación política y económica”.

El fundador de WikiLeaks considera que la blogosfera está recuperando esa función que tenían muchos periódicos hace un siglo. Ese cometido murió hace décadas por el hachazo del mercado. Las publicaciones empezaron a depender económicamente de la publicidad y las audiencias comenzaron a ser interesantes únicamente por su capacidad de compra. “De acuerdo con el analista James Curran, el Daily Herald, un periódico británico de principios del XX, tenía casi el doble de lectores que The Times, Financial Times y The Guardian juntos. Era uno de los 20 diarios más leídos en el mundo y, sin embargo, tuvo que cerrar en 1964 porque su audiencia de la clase trabajadora no resultaba lucrativa para la industria publicitaria”.

Lo mismo ocurrió con el liberal News Chronicle, según Assange. El periódico, a pesar de tener una circulación seis veces mayor a la de The Guardian, se quedó sin publicidad y fue absorbido por el conservador Daily Mail en 1960.

Pero todos los imperios caen. Los grandes emporios de comunicación también. “Unos sobrevivirán y otros no”, según Standage. “Parece que esa breve y anómala etapa histórica de los medios masivos está llegando a su fin”. Para el periodista, la noticia es positiva. “Es bueno que haya más variedad de fuentes de información y que esas publicaciones sean mucho más abiertas que antes. Es bueno, sobre todo, para la democracia. La principal cuestión aún sin contestar es cómo manejarán las comunidades esta pérdida del ‘periodismo profesional y responsable‘ local. Muchos diarios locales tienen problemas para sobrevivir y la cobertura que hacen de la actividad oficial local sigue siendo muy importante. Quizá la retransmisión web en directo y los artículos de los blogs rellenen este hueco, pero es un asunto preocupante porque cambia la naturaleza de las noticias, sobre todo en EE UU. El panorama general, en cambio, muestra que los consumidores tienen más opciones que nunca”.

La misma ley que dicta que el presente habita en el pasado determina que el futuro aguarda su turno, invisible, desde el presente. Quizá Tom Standage pueda intuirlo. Intentamos llevarlo a un momento cualquiera entre 2017 y 2020 y esto es lo que ve: “Creo que las empresas periodísticas tendrán que ser más distintivas y dar un valor real para poder sobrevivir. Ya no pueden seguir replicando las noticias de AP. Tendremos más proveedores de información y veremos unas barreras más difusas entre los proveedores de noticias y otras organizaciones como ONG, grupos comprometidos con ciertos valores (WikiLeaks, Sunlight Foundation…), gobiernos locales, entidades educativas, compañías tecnológicas, etc. La tecnología posibilita que cualquier persona pueda publicar y eso hará que cada vez haya más jugadores en el tablero. Por mí es perfecto siempre que haya transparencia y digan quién está detrás y cuáles son sus valores”.

“Estamos en una edad de oro de la información”, sentencia Tom Standage. Es inevitable.

Imagen de portada: Retrato de una mujer literaria en un fresco de Pompeya del 50 d.C. (Wikimedia.org)

 

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Opiniones 14
  • Diferentes formas de comunicación social, ok. Pretender comparar Internet (comunicación global inmediata) con cualqiuer otra cosa es columpiarse mucho.

    Yo sé que tu intención fue buena: «Voy a escribir un artículo de la repanocha donde asombre a la gente con que Internet (o algo parecido) ya existía. Empezaré con «Espera. Algo se tambalea. Puede que muchas certezas se autodisuelvan mientras lees este texto» y»

    El resultado por muchos giros que hagas es el mismo. No ha habido nada comparable a lo de ahora.

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