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29 de abril 2019    /   IDEAS
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‘Workscatologic’: en el baño también se trabaja

La tecnología dotó a ciertas labores del don de la ubicuidad. En la nueva esclavitud, cualquier lugar es bueno para seguir produciendo. Trabajar en el baño ya no es algo tan raro

29 de abril 2019    /   IDEAS     por          
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El día de su estreno al frente de la primera potencia mundial, Lyndon B. Johnson tomó una decisión que le mostraba sabedor del reto que tenía por delante: el flamante presidente de los EEE.UU. mandó instalar teléfonos en todas y cada una de las estancias de la sede presidencial, WCs incluidos. Hasta estaba dispuesto a trabajar en el baño. 

Ni las necesidades más perentorias le impedirían atender las llamadas ni cualquier otra tarea ligada a su papel como nuevo líder mundial. Por falta de dedicación no iba a ser. 

Pero la obsesión de LBJ por el trabajo no iba a quedarse ahí. Cuando estaba reunido, el presidente no admitía interrupción alguna, ni externa ni interna. Ni siquiera un inoportuno retortijón le impedía seguir despachando los asuntos de estado.

El historiador Robert Dallek cuenta que el mandatario invitaba a sus interlocutores a seguirle hasta el escusado para continuar con la charla mientras obraba. No importaba de quién se tratase el contertulio, qué cargo ocupase o lo violenta que pudiera resultarle la situación. Para algunos, la desinhibición del presidente era fruto de sus años en el ejército. Para otros, una demostración de poder, escatológica, pero eficaz a su entender.

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LBJ NO FUE EL ÚNICO

Aunque no existen indicios de costumbres similares entre otros inquilinos de la Casa Blanca, lo de trabajar en el baño es un hábito más común de lo que en principio podría parecer.

Una encuesta realizada por Ikea revelaba que hasta el 17% de los neoyorquinos reconocía haber atendido, en alguna ocasión, alguna actividad laboral desde el aseo. El mismo porcentaje se repetía entre los habitantes de Estocolmo y bajaba a un nada desdeñable 10% en el caso de los trabajadores de Londres, Berlín, París, Moscú, Bombai y Shanghái.

«Las funciones que tradicionalmente se han asignado a las diferentes estancias del hogar han cambiado y parece que hacemos lo que sea, donde sea y cuando sea», recogía el mismo informe.

 

El ilustrador Juan Díaz-Faes es de los que aprovecha sus «tres o cuatro paradas diarias (bromas de la Fórmula 1)» para ponerse al día en redes sociales. «Desde que me di cuenta de las horas de vida que nos chupan, me propuse contestar e interactuar en ellas solo cuando estoy en el baño. Así me acostumbré a no estar cada poco entrando o mirándolas por pasar el rato».

Además de ganar unas cuantas horas de vida al mes, al asturiano le gusta «especialmente que la gente sepa que si comento o contesto algún mensaje, seguramente esté con los pantalones por los tobillos».

ESPACIO INSPIRADOR… Y DE REUNIONES

El móvil o la tablet han sustituido en muchos casos al libro, la revista o incluso la etiqueta del champú que muchos leen mientras evacúan. Una actividad, por cierto, criticada por Henry Miller, pese a reconocer haberla practicado en su juventud (en su caso, no leía etiquetas de cosméticos sino obras de Nietzsche, entre otras).

Hay para quien la idiosincrasia del baño resulta inspiradora. «Es (normalmente) la única habitación de la casa que cambia la estructura de la pared. Suelen ser de azulejo, y eso hace que las sensaciones allí sean diferentes a cualquier otra sala del hogar. La acústica es especial (es una de las razones por las que dicen que cantamos en la ducha)».

Por eso, además de gestionar sus redes, Díaz-Faes aprovecha, a veces, para tocar la guitarra. «A mí, personalmente, me parece un lugar tan importante como la mesa de la cocina o el sofá del salón». Tanto es así que, en ocasiones, es el escenario de algunas reuniones familiares: «En casa no solo no se cierra la puerta, sino que para muchos de los familiares es lugar de reunión para hablar temas concretos, echar un cigarro o para ponerte al día».

UN REMANSO DE PAZ EN LA OFICINA 

Pero el hábito de trabajar en el baño no es exclusivo de quienes teletrabajan. En una encuesta realizada entre trabajadores de Manhatan, por parte de la firma de coworking Regus, el 13% confesaba trabajar en el baño de la oficina en más de una ocasión. 

Al hacerse eco de la noticia, la periodista de Business Insider Alison Griswold se preguntaba el porqué de esta práctica. Con su investigación descubrió que en la última década, la oficina promedio en Nueva York redujo su espacio una media de un metro cuadrado por empleado, lo que convertía el aseo en uno de los lugares más recurrentes cuando se necesita cierta privacidad y silencio.

Algo imprescindible, por ejemplo, cuando se atiende una llamada importante. Los ejecutivos de las agencias de relaciones públicas y consultoras entrevistados por Griswold reconocieron que solían encerrarse en el baño para escapar del bullicio de la oficina cuando tenían que llamar por teléfono. Con los móviles, los WC son las nuevas cabinas.

 

Algunos pioneros

La digitalización propició el teletrabajo y la amplia gama de dispositivos portátiles permite que pueda desarrollarse en cualquier lugar del hogar. Aunque antes de que estos aparecieran ya hubo pioneros que decidieron trasladar su puesto de trabajo más allá del escritorio.

Varios escritores y artistas eligieron la cama. A algunos porque no les quedaba más remedio, dado su delicado estado de salud (Scott Fitzgerald o Frida Kahlo, entre otros); otros, por pura rebeldía (Edith Wharton); y otros, porque directamente les resultaba más cómodo y/o inspirador (Proust o Vicente Aleixandre).

Los asiduos al trabajo en horizontal encontraron una húmeda alternativa en la bañera. Cuentan que Agatha Christie redactó muchos de sus relatos sumergida en agua. Kafka lo hizo también, aunque metafóricamente. En una carta enviada a su amigo y editor Max Brod, el autor de La Metamorfosis demostraba la mala opinión que tenía de sí mismo. También de su obra. Lo hizo al asegurar que esta estaba escrita «en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores».

Ilustraciones: Juan Díaz-Faes 

El día de su estreno al frente de la primera potencia mundial, Lyndon B. Johnson tomó una decisión que le mostraba sabedor del reto que tenía por delante: el flamante presidente de los EEE.UU. mandó instalar teléfonos en todas y cada una de las estancias de la sede presidencial, WCs incluidos. Hasta estaba dispuesto a trabajar en el baño. 

Ni las necesidades más perentorias le impedirían atender las llamadas ni cualquier otra tarea ligada a su papel como nuevo líder mundial. Por falta de dedicación no iba a ser. 

Pero la obsesión de LBJ por el trabajo no iba a quedarse ahí. Cuando estaba reunido, el presidente no admitía interrupción alguna, ni externa ni interna. Ni siquiera un inoportuno retortijón le impedía seguir despachando los asuntos de estado.

El historiador Robert Dallek cuenta que el mandatario invitaba a sus interlocutores a seguirle hasta el escusado para continuar con la charla mientras obraba. No importaba de quién se tratase el contertulio, qué cargo ocupase o lo violenta que pudiera resultarle la situación. Para algunos, la desinhibición del presidente era fruto de sus años en el ejército. Para otros, una demostración de poder, escatológica, pero eficaz a su entender.

LBJ NO FUE EL ÚNICO

Aunque no existen indicios de costumbres similares entre otros inquilinos de la Casa Blanca, lo de trabajar en el baño es un hábito más común de lo que en principio podría parecer.

Una encuesta realizada por Ikea revelaba que hasta el 17% de los neoyorquinos reconocía haber atendido, en alguna ocasión, alguna actividad laboral desde el aseo. El mismo porcentaje se repetía entre los habitantes de Estocolmo y bajaba a un nada desdeñable 10% en el caso de los trabajadores de Londres, Berlín, París, Moscú, Bombai y Shanghái.

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«Las funciones que tradicionalmente se han asignado a las diferentes estancias del hogar han cambiado y parece que hacemos lo que sea, donde sea y cuando sea», recogía el mismo informe.

 

El ilustrador Juan Díaz-Faes es de los que aprovecha sus «tres o cuatro paradas diarias (bromas de la Fórmula 1)» para ponerse al día en redes sociales. «Desde que me di cuenta de las horas de vida que nos chupan, me propuse contestar e interactuar en ellas solo cuando estoy en el baño. Así me acostumbré a no estar cada poco entrando o mirándolas por pasar el rato».

Además de ganar unas cuantas horas de vida al mes, al asturiano le gusta «especialmente que la gente sepa que si comento o contesto algún mensaje, seguramente esté con los pantalones por los tobillos».

ESPACIO INSPIRADOR… Y DE REUNIONES

El móvil o la tablet han sustituido en muchos casos al libro, la revista o incluso la etiqueta del champú que muchos leen mientras evacúan. Una actividad, por cierto, criticada por Henry Miller, pese a reconocer haberla practicado en su juventud (en su caso, no leía etiquetas de cosméticos sino obras de Nietzsche, entre otras).

Hay para quien la idiosincrasia del baño resulta inspiradora. «Es (normalmente) la única habitación de la casa que cambia la estructura de la pared. Suelen ser de azulejo, y eso hace que las sensaciones allí sean diferentes a cualquier otra sala del hogar. La acústica es especial (es una de las razones por las que dicen que cantamos en la ducha)».

Por eso, además de gestionar sus redes, Díaz-Faes aprovecha, a veces, para tocar la guitarra. «A mí, personalmente, me parece un lugar tan importante como la mesa de la cocina o el sofá del salón». Tanto es así que, en ocasiones, es el escenario de algunas reuniones familiares: «En casa no solo no se cierra la puerta, sino que para muchos de los familiares es lugar de reunión para hablar temas concretos, echar un cigarro o para ponerte al día».

UN REMANSO DE PAZ EN LA OFICINA 

Pero el hábito de trabajar en el baño no es exclusivo de quienes teletrabajan. En una encuesta realizada entre trabajadores de Manhatan, por parte de la firma de coworking Regus, el 13% confesaba trabajar en el baño de la oficina en más de una ocasión. 

Al hacerse eco de la noticia, la periodista de Business Insider Alison Griswold se preguntaba el porqué de esta práctica. Con su investigación descubrió que en la última década, la oficina promedio en Nueva York redujo su espacio una media de un metro cuadrado por empleado, lo que convertía el aseo en uno de los lugares más recurrentes cuando se necesita cierta privacidad y silencio.

Algo imprescindible, por ejemplo, cuando se atiende una llamada importante. Los ejecutivos de las agencias de relaciones públicas y consultoras entrevistados por Griswold reconocieron que solían encerrarse en el baño para escapar del bullicio de la oficina cuando tenían que llamar por teléfono. Con los móviles, los WC son las nuevas cabinas.

 

Algunos pioneros

La digitalización propició el teletrabajo y la amplia gama de dispositivos portátiles permite que pueda desarrollarse en cualquier lugar del hogar. Aunque antes de que estos aparecieran ya hubo pioneros que decidieron trasladar su puesto de trabajo más allá del escritorio.

Varios escritores y artistas eligieron la cama. A algunos porque no les quedaba más remedio, dado su delicado estado de salud (Scott Fitzgerald o Frida Kahlo, entre otros); otros, por pura rebeldía (Edith Wharton); y otros, porque directamente les resultaba más cómodo y/o inspirador (Proust o Vicente Aleixandre).

Los asiduos al trabajo en horizontal encontraron una húmeda alternativa en la bañera. Cuentan que Agatha Christie redactó muchos de sus relatos sumergida en agua. Kafka lo hizo también, aunque metafóricamente. En una carta enviada a su amigo y editor Max Brod, el autor de La Metamorfosis demostraba la mala opinión que tenía de sí mismo. También de su obra. Lo hizo al asegurar que esta estaba escrita «en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores».

Ilustraciones: Juan Díaz-Faes 

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