10 diciembre, 2018    /   BUSINESS
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‘Trabajos de mierda’: pasarse la vida currando en algo totalmente innecesario

10 diciembre, 2018    /   BUSINESS     por
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Hace tiempo que asistimos a la era en la que las máquinas parecen tomar el mando, supuestamente para que las personas no tengan que trabajar tanto. Es más, en España, muchos empleos están en riesgo de automatización, y eso viene generando bastante incertidumbre entre buena parte de la población. Aquí entrarían oficios como el de barrendero, auditor de cuentas o taxista. Otro tipo de empleos, en cambio, parecen proliferar por todas partes, aunque muchos consideren que estos trabajos no tienen ningún sentido para la sociedad.

Una de esas personas es el antropólogo y activista David Graeber que, en la primavera de 2013, decidió escribir sobre la existencia de lo que él consideraba los trabajos postureo. El resultado de su corazonada fue un provocativo ensayo titulado Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda y publicado en una nueva revista de políticas revolucionarias. El artículo se volvió viral y el debate cogió mucha fuerza.

A raíz de esta especie de investigación crítico-social, Graeber recibió cientos de testimonios y descubrió que hay millones de personas perdiendo el tiempo con trabajos inútiles y que, además, ellos lo saben. Pasarse la vida trabajando en algo totalmente innecesario. ¿Es esta una nueva forma de esclavismo? Puede que sí.

En su último libro, Trabajos de mierda (Ariel), el autor explica que la tecnología ha avanzado en los últimos años lo suficiente como para permitir que muchos trabajos duros y laboriosos sean realizados por máquinas. Sin embargo, ese avance no ha servido para liberar a la gente de jornadas semanales de 40 horas y, por el contrario, se han venido «inventando» toda una serie de trabajos estúpidos y profesionalmente insatisfactorios para mantener a la gente ocupada de alguna forma y perpetuar el sistema económico irracional en que vivimos.

Graeber habla de curros perniciosos. Trabajos moral y espiritualmente corrosivos. El profesor de Antropología en el Goldsmiths College de Londres argumenta que, desde pequeño, a uno le meten en la cabeza la idea de que las personas quieren algo a cambio de nada. Considera que se demoniza y denigra a los pobres (y también al sistema de asistencia social), porque se considera que las personas que recurren a este tipo de ayudas son vagas por naturaleza y solo quieren gorronear. Aprovecharse de los honrados, de esos que sí trabajan y se ganan el pan con el sudor de su frente. Pero esto le parece una falacia. Tiene claro que muchas personas reciben dinero por no hacer absolutamente nada.

David Graeber

El antropólogo considera que somos una civilización basada en el trabajo (ya no en el productivo, sino en el trabajo como un fin en sí mismo). «Es como si hubiésemos dado nuestro consentimiento colectivo para nuestra propia esclavización», expone en un libro que explora de forma brillante la delgada línea que separa el poder del sometimiento. «El resultado es que el resentimiento, el odio y la sospecha se han convertido en el pegamento que mantiene unida a la sociedad».

Lo peor de todo es que muchas de las personas con trabajos de mierda se sienten fatal por currar en cosas que consideran totalmente innecesarias. Como si no tuvieran energía. Y, para colmo, una gran sensación de vacío les invade. Es más, el influyente autor piensa que los niveles de depresión de la sociedad están vinculados con eso. Esta es, al menos, una de las conclusiones que extrae de los numerosos testimonios que recibió durante la elaboración de su trabajo.

¿Cómo puede uno saber si el trabajo que desempeña pertenece a la apestosa categoría? La generosidad de los desmotivados ciudadanos que respondieron a su llamada le permitió establecer una clasificación de cinco tipos de empleos sin sentido.

Lacayos. Estos empleos existen simplemente para hacer que alguien, como un jefe, se luzca o se sienta importante. Por ejemplo, un recepcionista mal pagado en un lugar que no necesita realmente tal puesto. Lugares donde, con suerte, sonará el teléfono una vez al día, pero donde queda muy bien, de cara a la galería, decir que se cuenta con una o dos personas para tal tarea.

Esbirros. Trabajos que tienen rasgos agresivos y, sobre todo, que solo existen porque otras personas los contratan. «El ejemplo más obvio son las fuerzas armadas nacionales», explica el autor. «Los países necesitan ejércitos solo porque otros países tienen ejércitos; si nadie tuviera un ejército, no serían necesarios». Y lo mismo puede decirse de la mayoría de los grupos de presión, especialistas en relaciones públicas, vendedores telefónicos y abogados corporativos.

Parcheadores. Esos «empleados cuyo trabajo solo existe porque en las empresas se producen defectos de funcionamiento o fallos, y estos trabajadores están allí para resolver problemas que no deberían existir». Un ejemplo claro de esta categoría serían los subalternos cuyo trabajo consiste en intentar arreglar el daño causado por superiores descuidados o incompetentes.

Marca-casillas. Empleados contratados única y principalmente para permitir que una empresa pueda afirmar que está haciendo algo que, de hecho, no hace. Un ejemplo serían las llamadas comisiones de investigación que se forman ante determinadas situaciones como el destape de un caso de corrupción política, para (supuestamente) llegar al fondo del asunto.

Supervisores. Aquí entran dos categorías: la de aquellos «cuya labor solo consiste en asignar tareas a los demás» (algo poco útil), y el de aquellos supervisores «cuyo cometido consiste en crear tareas de mierda para los demás, supervisar esas tareas, o incluso crear trabajos de mierda del todo nuevos». Un ejemplo clásico sería el de los (habitualmente poco productivos) mandos intermedios.

Graeber, que se considera anarquista desde que tenía 16 años, asegura que los trabajos postureo son tan innecesarios que incluso la persona que los desempeña es incapaz de justificar su existencia. Pero tienen que pretender que existe alguna razón para que exista dicho empleo. Y ese sería, justamente, «el elemento de mierda».

Ahora bien, Graeber advierte que no hay que confundir los trabajos postureo con los curros de mierda. Estos últimos son malos por diversas razones —son difíciles de realizar, tienen condiciones terribles o están muy mal pagados—, pero muchas veces son muy útiles para la sociedad. Por ejemplo, el de un obrero de la construcción. Los trabajos de mierda, en cambio, suelen ser muy respetados (y pagan bien), pero son completamente inútiles y las personas que los realizan lo reconocen (secretamente, eso sí).

De hecho, estos trabajadores de postureo nunca hacen huelga. No lo necesitan. Graeber pone como ejemplo de esto último el paro de seis meses del sector bancario irlandés en los años 70. ¿Hubo algún impacto en el país? Ninguno. Pero una huelga de enterradores o de enfermeros sí puede sembrar el caos en una ciudad en cuestión de días.

El escritor comenta a Yorokobu que parece que hay que mantener estos empleos imaginarios y hacer que la gente trabaje ocho horas al día, haya algo que hacer o no. Algo que, tal y como también apunta, resulta un tanto paradójico en el actual sistema de economía capitalista, donde se supone que lo último que haría una empresa con ánimo de lucro sería pagar a trabajadores que en realidad no necesita.

«Siempre que escucho a la gente quejarse de que “los robots vienen para quedarse nuestros trabajos” y predicen graves consecuencias, pienso “espera, ¿estás diciendo que es simplemente imposible que un sistema capitalista de libre mercado maneje el problema de la abundancia?”», explica con cierta ironía. «Si hay mucho menos trabajo por hacer y mucha riqueza, ¿no hay manera de que podamos simplemente distribuir el trabajo necesario, de tal manera que todos puedan compartir la recompensa? ¡Pensé que el capitalismo debía ser eficiente!».

¿Sigue creyendo que reducir las jornadas laborales es más fácil de lo que parece, y que se trata de una cuestión de voluntad política? «Las compañías que han experimentado el pasar de una jornada de ocho horas a una de cinco (con el mismo salario) encuentran que la productividad aumenta, por lo que el régimen de trabajo no se puede explicar por la eficiencia económica», comenta sin rodeos.

Según el antropólogo, todo obedece a una cuestión política y moral. Está convencido de que los miembros de la clase dominante han llegado a la conclusión de que una población feliz y productiva con tiempo libre en sus manos es un peligro mortal. «En los años 70, y sobre todo a principios de la década, cuando todos daban por hecho que el trabajo industrial estaba a punto de desaparecer por completo, hubo un gran pánico por parte de los ricos y poderosos. Todo está bastante bien documentado», argumenta.

Pero, además de las políticas, esgrime razones morales para explicar todo este guirigay. Cree que resulta muy conveniente para la clase dominante la creencia de que el trabajo es un valor moral en sí mismo, y de que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de sus horas de vigilia no merece nada.

Por eso, afirma, una de las cosas en las que tanto la izquierda como la derecha parecen estar totalmente de acuerdo es en eso de que la existencia de más puestos de trabajo es siempre algo bueno. «Pueden estar en desacuerdo sobre la mejor manera de crear empleo, pero dan por sentado el hecho de que la gente debería estar en todos los puestos de trabajo y trabajar arduamente en ellos, o no merecerían nada desde el punto de vista moral», reflexiona algo resignado. «Incluso los políticos radicales tienden a hablar de familias trabajadoras. ¿Qué pasa con aquellos que solo trabajan con intensidad moderada? ¿No merecen nuestra simpatía o apoyo?».

¿Teoría paranoide o descripción bastante acertada de la dinámica moral de nuestra propia economía? ¿Acaso es posible, por ejemplo, medir de forma objetiva el valor social? Es difícil responder de forma taxativa. Ahora bien, si hay algo seguro para Graeber —que a finales de 1999 se involucró en el mundo de la política participando en las manifestaciones contra la cumbre de la OMC en Seattle— es que jamás se atrevería «a decir a nadie que está convencido de que realiza una contribución significativa al mundo que en realidad no es así».

Hace tiempo que asistimos a la era en la que las máquinas parecen tomar el mando, supuestamente para que las personas no tengan que trabajar tanto. Es más, en España, muchos empleos están en riesgo de automatización, y eso viene generando bastante incertidumbre entre buena parte de la población. Aquí entrarían oficios como el de barrendero, auditor de cuentas o taxista. Otro tipo de empleos, en cambio, parecen proliferar por todas partes, aunque muchos consideren que estos trabajos no tienen ningún sentido para la sociedad.

Una de esas personas es el antropólogo y activista David Graeber que, en la primavera de 2013, decidió escribir sobre la existencia de lo que él consideraba los trabajos postureo. El resultado de su corazonada fue un provocativo ensayo titulado Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda y publicado en una nueva revista de políticas revolucionarias. El artículo se volvió viral y el debate cogió mucha fuerza.

A raíz de esta especie de investigación crítico-social, Graeber recibió cientos de testimonios y descubrió que hay millones de personas perdiendo el tiempo con trabajos inútiles y que, además, ellos lo saben. Pasarse la vida trabajando en algo totalmente innecesario. ¿Es esta una nueva forma de esclavismo? Puede que sí.

En su último libro, Trabajos de mierda (Ariel), el autor explica que la tecnología ha avanzado en los últimos años lo suficiente como para permitir que muchos trabajos duros y laboriosos sean realizados por máquinas. Sin embargo, ese avance no ha servido para liberar a la gente de jornadas semanales de 40 horas y, por el contrario, se han venido «inventando» toda una serie de trabajos estúpidos y profesionalmente insatisfactorios para mantener a la gente ocupada de alguna forma y perpetuar el sistema económico irracional en que vivimos.

Graeber habla de curros perniciosos. Trabajos moral y espiritualmente corrosivos. El profesor de Antropología en el Goldsmiths College de Londres argumenta que, desde pequeño, a uno le meten en la cabeza la idea de que las personas quieren algo a cambio de nada. Considera que se demoniza y denigra a los pobres (y también al sistema de asistencia social), porque se considera que las personas que recurren a este tipo de ayudas son vagas por naturaleza y solo quieren gorronear. Aprovecharse de los honrados, de esos que sí trabajan y se ganan el pan con el sudor de su frente. Pero esto le parece una falacia. Tiene claro que muchas personas reciben dinero por no hacer absolutamente nada.

David Graeber

El antropólogo considera que somos una civilización basada en el trabajo (ya no en el productivo, sino en el trabajo como un fin en sí mismo). «Es como si hubiésemos dado nuestro consentimiento colectivo para nuestra propia esclavización», expone en un libro que explora de forma brillante la delgada línea que separa el poder del sometimiento. «El resultado es que el resentimiento, el odio y la sospecha se han convertido en el pegamento que mantiene unida a la sociedad».

Lo peor de todo es que muchas de las personas con trabajos de mierda se sienten fatal por currar en cosas que consideran totalmente innecesarias. Como si no tuvieran energía. Y, para colmo, una gran sensación de vacío les invade. Es más, el influyente autor piensa que los niveles de depresión de la sociedad están vinculados con eso. Esta es, al menos, una de las conclusiones que extrae de los numerosos testimonios que recibió durante la elaboración de su trabajo.

¿Cómo puede uno saber si el trabajo que desempeña pertenece a la apestosa categoría? La generosidad de los desmotivados ciudadanos que respondieron a su llamada le permitió establecer una clasificación de cinco tipos de empleos sin sentido.

Lacayos. Estos empleos existen simplemente para hacer que alguien, como un jefe, se luzca o se sienta importante. Por ejemplo, un recepcionista mal pagado en un lugar que no necesita realmente tal puesto. Lugares donde, con suerte, sonará el teléfono una vez al día, pero donde queda muy bien, de cara a la galería, decir que se cuenta con una o dos personas para tal tarea.

Esbirros. Trabajos que tienen rasgos agresivos y, sobre todo, que solo existen porque otras personas los contratan. «El ejemplo más obvio son las fuerzas armadas nacionales», explica el autor. «Los países necesitan ejércitos solo porque otros países tienen ejércitos; si nadie tuviera un ejército, no serían necesarios». Y lo mismo puede decirse de la mayoría de los grupos de presión, especialistas en relaciones públicas, vendedores telefónicos y abogados corporativos.

Parcheadores. Esos «empleados cuyo trabajo solo existe porque en las empresas se producen defectos de funcionamiento o fallos, y estos trabajadores están allí para resolver problemas que no deberían existir». Un ejemplo claro de esta categoría serían los subalternos cuyo trabajo consiste en intentar arreglar el daño causado por superiores descuidados o incompetentes.

Marca-casillas. Empleados contratados única y principalmente para permitir que una empresa pueda afirmar que está haciendo algo que, de hecho, no hace. Un ejemplo serían las llamadas comisiones de investigación que se forman ante determinadas situaciones como el destape de un caso de corrupción política, para (supuestamente) llegar al fondo del asunto.

Supervisores. Aquí entran dos categorías: la de aquellos «cuya labor solo consiste en asignar tareas a los demás» (algo poco útil), y el de aquellos supervisores «cuyo cometido consiste en crear tareas de mierda para los demás, supervisar esas tareas, o incluso crear trabajos de mierda del todo nuevos». Un ejemplo clásico sería el de los (habitualmente poco productivos) mandos intermedios.

Graeber, que se considera anarquista desde que tenía 16 años, asegura que los trabajos postureo son tan innecesarios que incluso la persona que los desempeña es incapaz de justificar su existencia. Pero tienen que pretender que existe alguna razón para que exista dicho empleo. Y ese sería, justamente, «el elemento de mierda».

Ahora bien, Graeber advierte que no hay que confundir los trabajos postureo con los curros de mierda. Estos últimos son malos por diversas razones —son difíciles de realizar, tienen condiciones terribles o están muy mal pagados—, pero muchas veces son muy útiles para la sociedad. Por ejemplo, el de un obrero de la construcción. Los trabajos de mierda, en cambio, suelen ser muy respetados (y pagan bien), pero son completamente inútiles y las personas que los realizan lo reconocen (secretamente, eso sí).

De hecho, estos trabajadores de postureo nunca hacen huelga. No lo necesitan. Graeber pone como ejemplo de esto último el paro de seis meses del sector bancario irlandés en los años 70. ¿Hubo algún impacto en el país? Ninguno. Pero una huelga de enterradores o de enfermeros sí puede sembrar el caos en una ciudad en cuestión de días.

El escritor comenta a Yorokobu que parece que hay que mantener estos empleos imaginarios y hacer que la gente trabaje ocho horas al día, haya algo que hacer o no. Algo que, tal y como también apunta, resulta un tanto paradójico en el actual sistema de economía capitalista, donde se supone que lo último que haría una empresa con ánimo de lucro sería pagar a trabajadores que en realidad no necesita.

«Siempre que escucho a la gente quejarse de que “los robots vienen para quedarse nuestros trabajos” y predicen graves consecuencias, pienso “espera, ¿estás diciendo que es simplemente imposible que un sistema capitalista de libre mercado maneje el problema de la abundancia?”», explica con cierta ironía. «Si hay mucho menos trabajo por hacer y mucha riqueza, ¿no hay manera de que podamos simplemente distribuir el trabajo necesario, de tal manera que todos puedan compartir la recompensa? ¡Pensé que el capitalismo debía ser eficiente!».

¿Sigue creyendo que reducir las jornadas laborales es más fácil de lo que parece, y que se trata de una cuestión de voluntad política? «Las compañías que han experimentado el pasar de una jornada de ocho horas a una de cinco (con el mismo salario) encuentran que la productividad aumenta, por lo que el régimen de trabajo no se puede explicar por la eficiencia económica», comenta sin rodeos.

Según el antropólogo, todo obedece a una cuestión política y moral. Está convencido de que los miembros de la clase dominante han llegado a la conclusión de que una población feliz y productiva con tiempo libre en sus manos es un peligro mortal. «En los años 70, y sobre todo a principios de la década, cuando todos daban por hecho que el trabajo industrial estaba a punto de desaparecer por completo, hubo un gran pánico por parte de los ricos y poderosos. Todo está bastante bien documentado», argumenta.

Pero, además de las políticas, esgrime razones morales para explicar todo este guirigay. Cree que resulta muy conveniente para la clase dominante la creencia de que el trabajo es un valor moral en sí mismo, y de que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de sus horas de vigilia no merece nada.

Por eso, afirma, una de las cosas en las que tanto la izquierda como la derecha parecen estar totalmente de acuerdo es en eso de que la existencia de más puestos de trabajo es siempre algo bueno. «Pueden estar en desacuerdo sobre la mejor manera de crear empleo, pero dan por sentado el hecho de que la gente debería estar en todos los puestos de trabajo y trabajar arduamente en ellos, o no merecerían nada desde el punto de vista moral», reflexiona algo resignado. «Incluso los políticos radicales tienden a hablar de familias trabajadoras. ¿Qué pasa con aquellos que solo trabajan con intensidad moderada? ¿No merecen nuestra simpatía o apoyo?».

¿Teoría paranoide o descripción bastante acertada de la dinámica moral de nuestra propia economía? ¿Acaso es posible, por ejemplo, medir de forma objetiva el valor social? Es difícil responder de forma taxativa. Ahora bien, si hay algo seguro para Graeber —que a finales de 1999 se involucró en el mundo de la política participando en las manifestaciones contra la cumbre de la OMC en Seattle— es que jamás se atrevería «a decir a nadie que está convencido de que realiza una contribución significativa al mundo que en realidad no es así».

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Opiniones 4
  • Madre mía, que clarividencia la de este hombre. Duele mucho, sobre todo a los que tenemos trabajos de mierda, como cualquier otra verdad como puños. Pero el caso es que haberlos ailos.

  • Tengo un trabajo de mierdabdesde hace años pero me pagan por el. Estos trabajos suelen ser trabajos fáciles y la gente los acepta porque no se quiere.complicar la vida y entrar en la vorágine de escalar en una empresa. Soy libre de salir al mercado a trabajar en algo más interesante y mejor remunerado. Oportunidades mejores las hemos tenido todos. si las hemos dejado pasar es nuestro problema

  • Genial el artículo, excepto porque no hay coherencia entre el primer párrafo y la introducción al segundo. “Una de estas personas es el antropólogo David Graeber…” ¿Una de qué personas? ¿De las que tienen empleos que no sirven para nada? Por lo demás, chapó.

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