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19 de octubre 2018    /   IDEAS
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Nunca respetes las tradiciones por el hecho de ser tradiciones

19 de octubre 2018    /   IDEAS     por          
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Me doy cuenta de que si fuera estable, prudente y estático viviría en la muerte. Por consiguiente acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ese es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.

                            Carl Rogers, psicólogo estadounidense.

Todas las tradiciones son malas en sí mismas por el hecho de ser tradiciones. La afirmación puede parecer tajante e incluso sonar a boutade. Pero es así. No se salva ninguna. No importa que te parezca encantadora o divertida: su espíritu está podrido.

Sin embargo, eso no significa que debamos evitar seguir una tradición cualquiera porque nos apetezca, nos parezca entrañable o nos haga sentir más cerca de los demás. Todos esos son buenos motivos para cumplirla año tras año. Pero si nos obligamos a seguirla por el hecho de ser una tradición, sin más, entonces ipso facto se convierte en una abominación.

En realidad, las tradiciones no tienen un estatus superior a ningún otro acto cotidiano de nuestras vidas, por mucho que tratemos de justificarlo precisamente por ser «una tradición» o porque tendamos a pensar que si un gran número de personas repite regularmente algo, tiene que ser necesariamente verdad o bueno. Al contrario, solo por el hecho de ser calificadas como tradiciones ya son peligrosas en sí mismas.

La razón es que prestamos menos atención a sus defectos y evitamos que esta se adapte mejor a los nuevos contextos. Porque la tradición es el epítome del no-cambio.

Atajos cognitivos

Las tradiciones forman parte de todas esas fórmulas mentales o atajos cognitivos que nos permiten repetir actos o pensamientos, aunque no tengan ningún sentido, como actos mecánicos. Por culpa de esta clase de pensamiento, perpetuamos errores durante generaciones, como el «bébete rápido el zumo de naranja, que se le van las vitaminas» (en realidad, se empiezan a oxidar al cabo de unas 20 horas) o «Napoleón era bajito y acomplejado» (aunque lo cierto es que era más alto que la media).

Las tradiciones son como virus mentales que anquilosan la razón. Inercias que driblan el pensamiento crítico. Por eso hay muchas que han aplicado su sello de calidad intocable a actos grotescos, como lanzar una cabra desde un campanario o practicar la ablación de clítoris.

Todo lo antiguo es bueno; todo lo que lleva haciéndose durante años es bueno; un libro que lleva vendiéndose desde hace siglos es bueno; si lo hacía mi abuela es bueno… Todos estos mantras son subproductos de un mismo patrón psicosociológico: no queremos perder demasiado tiempo reflexionando sobre lo que hacemos, y queremos encajar con los demás.

Una prueba de que nos da pereza pararnos a pensar punto por punto lo que hacemos, y por ello buscamos un atajo, es el sofisma naturalista de «todo lo natural es bueno y lo artificial es malo».

Quien lo profiere probablemente no ha pensado nunca en que la cicuta es natural, pero es un veneno que te puede matar. En el jardín venenoso de Alnwick, en el castillo de Alnwick, Northumberland, Inglaterra, hay más de 100 plantas mortales, entre las que podemos encontrar estricnina, digitales, laburnum, cicuta, belladona o mandrágora. Muy naturales todas ellas, sí. Pero el jardín debe vigilarse como si fuera una central nuclear porque solo por tocar alguna de estas plantas puedes morir.

Por el contrario, los antibióticos son artificiales, pero salvan millones de vidas cada año. De hecho, los compuestos químicos son los que son independientemente de cómo y dónde han sido producidos, así que no hay diferencia entre una sustancia extraída de una planta u otra sintetizada en el laboratorio.

Si acaso hay alguna, es que la del laboratorio es más segura porque se evita la contaminación y las impurezas y se gradúa la dosis con mucha más precisión que en la naturaleza. En cualquier caso, cada producto debe analizarse individualmente, sin generalizar entre natural y artificial, malo y bueno. Como en cualquier tradición.

¿Y qué hay sobre lo de nuestro deseo de ser aceptados por los demás? En la década de 1950, Salomon Asch, un psicólogo estadounidense mundialmente conocido y prestigioso por sus trabajos pioneros en psicología social, realizó un curioso experimento sobre cómo nos conformamos con pensar como lo hace la mayoría. Para ello, solicitó a un grupo de personas que diferenciaran a simple vista la longitud de una serie de líneas dibujadas en una serie de exposiciones.

Todas aquellas personas, menos una, eran ganchos, estaban de acuerdo con el investigador para mentir en su apreciación. Ante dos varillas de distinta longitud, todos los ganchos afirmaban sin atisbo de duda que ambas eran iguales. Cuando llegó el turno del sujeto experimental, este, tras dudarlo un poco, acabó diciendo lo mismo que los demás.

Es lo que se conoce como argumentum ad populum y consiste en que, de forma inconsciente, tendemos a estar de acuerdo con la masa, con las opiniones mayoritarias, aunque la evidencia nos acredite todo lo contrario. Las discrepancias siempre son molestas, así que preferimos adoptar el sentir de la mayoría.

Porque, como decía Artemus Ward, probablemente el primer stand-up comedian estadounidense, lo que nos crea problemas no son las cosas que ignoramos sino las cosas que sabemos y no son así. Por tanto, quizá sea el momento de sortear las tradiciones, salir de vez en cuando de las líneas maestras ya establecidas y abrir senda por caminos aún no transitados, aunque eso nos condene a cierto ostracismo. Porque, al fin y al cabo, vivir, vivir de verdad, es justamente eso.

Me doy cuenta de que si fuera estable, prudente y estático viviría en la muerte. Por consiguiente acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ese es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.

                            Carl Rogers, psicólogo estadounidense.

Todas las tradiciones son malas en sí mismas por el hecho de ser tradiciones. La afirmación puede parecer tajante e incluso sonar a boutade. Pero es así. No se salva ninguna. No importa que te parezca encantadora o divertida: su espíritu está podrido.

Sin embargo, eso no significa que debamos evitar seguir una tradición cualquiera porque nos apetezca, nos parezca entrañable o nos haga sentir más cerca de los demás. Todos esos son buenos motivos para cumplirla año tras año. Pero si nos obligamos a seguirla por el hecho de ser una tradición, sin más, entonces ipso facto se convierte en una abominación.

En realidad, las tradiciones no tienen un estatus superior a ningún otro acto cotidiano de nuestras vidas, por mucho que tratemos de justificarlo precisamente por ser «una tradición» o porque tendamos a pensar que si un gran número de personas repite regularmente algo, tiene que ser necesariamente verdad o bueno. Al contrario, solo por el hecho de ser calificadas como tradiciones ya son peligrosas en sí mismas.

La razón es que prestamos menos atención a sus defectos y evitamos que esta se adapte mejor a los nuevos contextos. Porque la tradición es el epítome del no-cambio.

Atajos cognitivos

Las tradiciones forman parte de todas esas fórmulas mentales o atajos cognitivos que nos permiten repetir actos o pensamientos, aunque no tengan ningún sentido, como actos mecánicos. Por culpa de esta clase de pensamiento, perpetuamos errores durante generaciones, como el «bébete rápido el zumo de naranja, que se le van las vitaminas» (en realidad, se empiezan a oxidar al cabo de unas 20 horas) o «Napoleón era bajito y acomplejado» (aunque lo cierto es que era más alto que la media).

Las tradiciones son como virus mentales que anquilosan la razón. Inercias que driblan el pensamiento crítico. Por eso hay muchas que han aplicado su sello de calidad intocable a actos grotescos, como lanzar una cabra desde un campanario o practicar la ablación de clítoris.

Todo lo antiguo es bueno; todo lo que lleva haciéndose durante años es bueno; un libro que lleva vendiéndose desde hace siglos es bueno; si lo hacía mi abuela es bueno… Todos estos mantras son subproductos de un mismo patrón psicosociológico: no queremos perder demasiado tiempo reflexionando sobre lo que hacemos, y queremos encajar con los demás.

Una prueba de que nos da pereza pararnos a pensar punto por punto lo que hacemos, y por ello buscamos un atajo, es el sofisma naturalista de «todo lo natural es bueno y lo artificial es malo».

Quien lo profiere probablemente no ha pensado nunca en que la cicuta es natural, pero es un veneno que te puede matar. En el jardín venenoso de Alnwick, en el castillo de Alnwick, Northumberland, Inglaterra, hay más de 100 plantas mortales, entre las que podemos encontrar estricnina, digitales, laburnum, cicuta, belladona o mandrágora. Muy naturales todas ellas, sí. Pero el jardín debe vigilarse como si fuera una central nuclear porque solo por tocar alguna de estas plantas puedes morir.

Por el contrario, los antibióticos son artificiales, pero salvan millones de vidas cada año. De hecho, los compuestos químicos son los que son independientemente de cómo y dónde han sido producidos, así que no hay diferencia entre una sustancia extraída de una planta u otra sintetizada en el laboratorio.

Si acaso hay alguna, es que la del laboratorio es más segura porque se evita la contaminación y las impurezas y se gradúa la dosis con mucha más precisión que en la naturaleza. En cualquier caso, cada producto debe analizarse individualmente, sin generalizar entre natural y artificial, malo y bueno. Como en cualquier tradición.

¿Y qué hay sobre lo de nuestro deseo de ser aceptados por los demás? En la década de 1950, Salomon Asch, un psicólogo estadounidense mundialmente conocido y prestigioso por sus trabajos pioneros en psicología social, realizó un curioso experimento sobre cómo nos conformamos con pensar como lo hace la mayoría. Para ello, solicitó a un grupo de personas que diferenciaran a simple vista la longitud de una serie de líneas dibujadas en una serie de exposiciones.

Todas aquellas personas, menos una, eran ganchos, estaban de acuerdo con el investigador para mentir en su apreciación. Ante dos varillas de distinta longitud, todos los ganchos afirmaban sin atisbo de duda que ambas eran iguales. Cuando llegó el turno del sujeto experimental, este, tras dudarlo un poco, acabó diciendo lo mismo que los demás.

Es lo que se conoce como argumentum ad populum y consiste en que, de forma inconsciente, tendemos a estar de acuerdo con la masa, con las opiniones mayoritarias, aunque la evidencia nos acredite todo lo contrario. Las discrepancias siempre son molestas, así que preferimos adoptar el sentir de la mayoría.

Porque, como decía Artemus Ward, probablemente el primer stand-up comedian estadounidense, lo que nos crea problemas no son las cosas que ignoramos sino las cosas que sabemos y no son así. Por tanto, quizá sea el momento de sortear las tradiciones, salir de vez en cuando de las líneas maestras ya establecidas y abrir senda por caminos aún no transitados, aunque eso nos condene a cierto ostracismo. Porque, al fin y al cabo, vivir, vivir de verdad, es justamente eso.

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