9 de febrero 2017    /   IDEAS
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¿Vivir en muchos países te convierte en una persona más tramposa?

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Vivir en el extranjero oxigena las neuronas, abre la mente, ayuda a comprender la diversidad, y por supuesto te pone un perfil de fotografía muy rentable para las redes sociales. El vagabundeo goza de buena prensa, numerosos estudios han desglosado sus ventajas. El viajero es la vaca sagrada de la cultura contemporánea y por eso no tolera matices, pero un grupo de académicos acaba de revelar una faceta polémica: quien ha vivido en más países tiene más tendencia a hacer trampas.

«Algunos de los colaboradores de esta investigación han mostrado anteriormente la cara positiva de viajar: cuantas más experiencias extranjeras tienen las personas, más creativas se vuelven», comenta Jordi Quoibach, uno de los autores. La estimulación de la creatividad que genera la movilidad queda demostrada en sectores como la industria de la moda o los descubrimientos científicos.

«Otros participantes habían expuesto el lado negativo de la creatividad: a veces, las personas creativas se comportan de una manera menos moral porque pueden llegar a razones creativas para justificar su comportamiento. En este estudio juntamos los dos enfoques para mostrar que las experiencias extranjeras –aunque muy positivas en general- pueden tener aspectos negativos», sintetiza Quoibach.

Quizás, el estudio no descubre nada nuevo de la personalidad de los trotamundos, pero sí la enfoca a unos usos que revelan unas aplicaciones perjudiciales. La fascinación por los culos inquietos nace, entre otras cosas, de que percibimos en ellos unos gramitos de libertinaje. Son seres un tanto desarmónicos, pero en beneficio propio.

Joan Manuel Serrat, cuyos primeros discos exhibían gran vocación vagabunda, cantaba: «Soy palomo torcaz, dejadme en paz. No me siento extranjero en ningún lugar». También envidiaba a un tal tío Alberto que cató todos los vinos, anduvo por mil caminos y atracó de puerto en puerto. Lo envidiaba porque se jugaba la aceptación social siempre a la carta del disfrute: «camina sobre el bien y el mal con la cadencia de su vals». Un sueño.

Los trotamundos son personas que fascinan a los niños y a los adolescentes pero irritan a los padres. Ocurre, sobre todo, en familias tradicionales que se aprietan las normas sociales como protección. Los niños aún tienen disponible la fantasía sobre lo que disfrutarán del futuro, sobre lo que serán, y pocas veces se trata de algo rutinario o discreto; se imaginan sobrexpuestos, envueltos de cualquier tipo de importancia y diferencia. En cambio, los padres han apagado los sueños; en consecuencia, las ambiciones de los pequeños pueden certificar su rendición. Y el viajero, aquí, aparece como la prueba terrorífica de que existía la posibilidad de no sucumbir, de romper las normas.

tramposa
Foto: Hernán Piñera (Flickr CC)

El estudio publicado en la Journal of Personality and Social Cognition arroja datos sobre la inclinación a tomar atajos y hacer trampas de quienes han vivido en el extranjero. El equipo apuntó los hábitos de viaje de los 600 participantes en las pruebas, así como su perfil con el fin de evitar confusiones respecto a diferencias de de edad, género, formación y estatus que podían contaminar los resultados.

La información se recogió a través de un test virtual de preguntas y respuestas en el que, por un supuesto fallo informático, se pedía a los concurrentes que apretaran la barra de espacio después de ver cada pregunta porque, de lo contrario, saltaría también la respuesta y perdería sentido el experimento.

Sin avisar, los investigadores registraron las pulsaciones de la barra y concluyeron que aquellos que habían disfrutado de más experiencias fuera de su tierra hicieron más trampa. «Este es un paradigma bien establecido para probar el engaño dentro del contexto de un estudio online. Pero también usamos muchas otras medidas a través de ocho estudios diferentes», apunta Quoibach.

En otra de estas pruebas, como recogió The British Psychological Society, se comprobó que quienes habían visitado más países se mostraban más indulgentes con quienes tomaban atajos como evasiones de tarifas e impuestos.

«Pensamos que tienden a engañar en mayor medida porque han aprendido que las reglas morales no son siempre blancas o negras. También mostramos que ese efecto no parece proceder de visitar países más corruptos, sino más bien por el hecho de exponerse a diferentes conjuntos de códigos morales», desarrolla.

En general, se trata de la instalación en el subconsciente de un relativismo que por el polo positivo desemboca en tolerancia y por el negativo en laxitud moral. Quoibach equilibra este doble rasero: «Las personas más relativistas podrían estar mejor equipadas para lidiar en conflictos interculturales».

Lo paradójico es que el mismo impulso que se solidariza con lo diferente y que es tan necesario en un mundo global puede provocar problemas de convivencia, por ejemplo, a escala íntima.

Según un sondeo realizado en 2014, más de tres millones de españoles fueron infieles mientras realizaban un viaje al extranjero en solitario. Los españoles superaron en pulimiento de cornamentas a los italianos y a los británicos: quedamos los primeros de Europa. ¿Qué nos pasa? ¿Es cuestión de comprensión de otros mundos o es la simple lejanía? ¿Necesitamos desconectarnos emocional y éticamente de nuestro entorno para vivir la experiencia de un viaje en su plenitud?

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«Algunos de los colaboradores de esta investigación han mostrado anteriormente la cara positiva de viajar: cuantas más experiencias extranjeras tienen las personas, más creativas se vuelven», comenta Jordi Quoibach, uno de los autores. La estimulación de la creatividad que genera la movilidad queda demostrada en sectores como la industria de la moda o los descubrimientos científicos.

«Otros participantes habían expuesto el lado negativo de la creatividad: a veces, las personas creativas se comportan de una manera menos moral porque pueden llegar a razones creativas para justificar su comportamiento. En este estudio juntamos los dos enfoques para mostrar que las experiencias extranjeras –aunque muy positivas en general- pueden tener aspectos negativos», sintetiza Quoibach.

Quizás, el estudio no descubre nada nuevo de la personalidad de los trotamundos, pero sí la enfoca a unos usos que revelan unas aplicaciones perjudiciales. La fascinación por los culos inquietos nace, entre otras cosas, de que percibimos en ellos unos gramitos de libertinaje. Son seres un tanto desarmónicos, pero en beneficio propio.

Joan Manuel Serrat, cuyos primeros discos exhibían gran vocación vagabunda, cantaba: «Soy palomo torcaz, dejadme en paz. No me siento extranjero en ningún lugar». También envidiaba a un tal tío Alberto que cató todos los vinos, anduvo por mil caminos y atracó de puerto en puerto. Lo envidiaba porque se jugaba la aceptación social siempre a la carta del disfrute: «camina sobre el bien y el mal con la cadencia de su vals». Un sueño.

Los trotamundos son personas que fascinan a los niños y a los adolescentes pero irritan a los padres. Ocurre, sobre todo, en familias tradicionales que se aprietan las normas sociales como protección. Los niños aún tienen disponible la fantasía sobre lo que disfrutarán del futuro, sobre lo que serán, y pocas veces se trata de algo rutinario o discreto; se imaginan sobrexpuestos, envueltos de cualquier tipo de importancia y diferencia. En cambio, los padres han apagado los sueños; en consecuencia, las ambiciones de los pequeños pueden certificar su rendición. Y el viajero, aquí, aparece como la prueba terrorífica de que existía la posibilidad de no sucumbir, de romper las normas.

tramposa
Foto: Hernán Piñera (Flickr CC)

El estudio publicado en la Journal of Personality and Social Cognition arroja datos sobre la inclinación a tomar atajos y hacer trampas de quienes han vivido en el extranjero. El equipo apuntó los hábitos de viaje de los 600 participantes en las pruebas, así como su perfil con el fin de evitar confusiones respecto a diferencias de de edad, género, formación y estatus que podían contaminar los resultados.

La información se recogió a través de un test virtual de preguntas y respuestas en el que, por un supuesto fallo informático, se pedía a los concurrentes que apretaran la barra de espacio después de ver cada pregunta porque, de lo contrario, saltaría también la respuesta y perdería sentido el experimento.

Sin avisar, los investigadores registraron las pulsaciones de la barra y concluyeron que aquellos que habían disfrutado de más experiencias fuera de su tierra hicieron más trampa. «Este es un paradigma bien establecido para probar el engaño dentro del contexto de un estudio online. Pero también usamos muchas otras medidas a través de ocho estudios diferentes», apunta Quoibach.

En otra de estas pruebas, como recogió The British Psychological Society, se comprobó que quienes habían visitado más países se mostraban más indulgentes con quienes tomaban atajos como evasiones de tarifas e impuestos.

«Pensamos que tienden a engañar en mayor medida porque han aprendido que las reglas morales no son siempre blancas o negras. También mostramos que ese efecto no parece proceder de visitar países más corruptos, sino más bien por el hecho de exponerse a diferentes conjuntos de códigos morales», desarrolla.

En general, se trata de la instalación en el subconsciente de un relativismo que por el polo positivo desemboca en tolerancia y por el negativo en laxitud moral. Quoibach equilibra este doble rasero: «Las personas más relativistas podrían estar mejor equipadas para lidiar en conflictos interculturales».

Lo paradójico es que el mismo impulso que se solidariza con lo diferente y que es tan necesario en un mundo global puede provocar problemas de convivencia, por ejemplo, a escala íntima.

Según un sondeo realizado en 2014, más de tres millones de españoles fueron infieles mientras realizaban un viaje al extranjero en solitario. Los españoles superaron en pulimiento de cornamentas a los italianos y a los británicos: quedamos los primeros de Europa. ¿Qué nos pasa? ¿Es cuestión de comprensión de otros mundos o es la simple lejanía? ¿Necesitamos desconectarnos emocional y éticamente de nuestro entorno para vivir la experiencia de un viaje en su plenitud?

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