26 de octubre 2012    /   CREATIVIDAD
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Trash the dress: la segunda vida de los trajes de novia

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Alexandra Jones se disfrazará de novia cadáver este Halloween. Aprovechando su propio vestido de novia, que compró hace cuatro años por más de 3.000 euros, decidió hacerse su propio disfraz, que consiste únicamente en maltratar su traje lo más posible, ponerse toneladas de maquillaje encima y rizarse un poco el pelo. Listo: novia cadáver.

La idea le vino como a muchas novias que consideran que el vestido de bodas no tiene porque usarse una vez en la vida. Ya sea por una cuestión de creatividad o incluso de despecho, el reciclar el traje de novia se ha convertido en una tendencia que cada vez cobra más fuerza.

“Estoy divorciada y sé que nunca más voy a volver a usar ese vestido. En lugar de tenerlo pudriéndose en el armario, quiero utilizarlo de una manera creativa. Incluso alquilarlo a otras chicas que quieran hacer lo mismo”, dice Alexandra.

El fotógrafo de bodas, John Michael Cooper, decidió salir de las clásicas imágenes en medio de paisajes etéreos y castillos hermosos en los que la pareja se juraba amor para toda la vida y buscó retratar a novias con estilo. Para ello, les propuso usar su vestido en medio de un pantano o dentro del mar, ya sea con o sin novio. Así se creo “Trash the Dress” (TTD) o también conocido como “Rock the Frock”, que cada vez gana más popularidad en todo el mundo. Algunas han optado por cortarlo, prenderle fuego o tirarlo a los cerdos. Todo es posible. La única regla es no colgar el vestido.

Muchos fotógrafos profesiones como el colectivo Wedding Killers se han especializado en esta rama. La mayor parte de las parejas suelen hacer la sesión un día o una semana después de la boda. La pareja se reúne en el paisaje salvaje que le plazca, puede ser las vías de un tren, un precipicio o un callejón desolado. El más común es la playa aunque los más osados llegan a destruir sus trajes por completo o invierten una buena cantidad de dinero en fotos subacuáticas. Los precios dependen de cada fotógrafo, pero en promedio una sesión al aire libre llega a costar unos 150 euros la hora.

La tendencia incluso ha inspirado a libros como «Trash the Dress: Stories of Celebrating your Divorce in your 20’s«, de la bloguera del Huffington Post, Joelle Caputa. El libro colecciona historias de mujeres jóvenes y divorciadas que presumen de haberse liberado del anillo de bodas y toman las riendas de su vida como emancipadas.

Algunas de ellas cuentan como deshacerse de su vestido de novia ha sido un acto de liberación post-divorcio. El simbolismo ha llegado a crear una ola de mujeres independientes, principalmente en Estados Unidos, que se las ingenian para destrozar aquella prenda en la que invirtieron miles de dólares y que creían que sólo usarían una vez en la vida. Tirar el traje de novia a la basura, arrojarlo por el río o regalarlo a un sin techo, se ha convertido en una forma de decir adiós al matrimonio.

Foto portada: Wedding Killers, Foto 2: altf photographers

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Alexandra Jones se disfrazará de novia cadáver este Halloween. Aprovechando su propio vestido de novia, que compró hace cuatro años por más de 3.000 euros, decidió hacerse su propio disfraz, que consiste únicamente en maltratar su traje lo más posible, ponerse toneladas de maquillaje encima y rizarse un poco el pelo. Listo: novia cadáver.

La idea le vino como a muchas novias que consideran que el vestido de bodas no tiene porque usarse una vez en la vida. Ya sea por una cuestión de creatividad o incluso de despecho, el reciclar el traje de novia se ha convertido en una tendencia que cada vez cobra más fuerza.

“Estoy divorciada y sé que nunca más voy a volver a usar ese vestido. En lugar de tenerlo pudriéndose en el armario, quiero utilizarlo de una manera creativa. Incluso alquilarlo a otras chicas que quieran hacer lo mismo”, dice Alexandra.

El fotógrafo de bodas, John Michael Cooper, decidió salir de las clásicas imágenes en medio de paisajes etéreos y castillos hermosos en los que la pareja se juraba amor para toda la vida y buscó retratar a novias con estilo. Para ello, les propuso usar su vestido en medio de un pantano o dentro del mar, ya sea con o sin novio. Así se creo “Trash the Dress” (TTD) o también conocido como “Rock the Frock”, que cada vez gana más popularidad en todo el mundo. Algunas han optado por cortarlo, prenderle fuego o tirarlo a los cerdos. Todo es posible. La única regla es no colgar el vestido.

Muchos fotógrafos profesiones como el colectivo Wedding Killers se han especializado en esta rama. La mayor parte de las parejas suelen hacer la sesión un día o una semana después de la boda. La pareja se reúne en el paisaje salvaje que le plazca, puede ser las vías de un tren, un precipicio o un callejón desolado. El más común es la playa aunque los más osados llegan a destruir sus trajes por completo o invierten una buena cantidad de dinero en fotos subacuáticas. Los precios dependen de cada fotógrafo, pero en promedio una sesión al aire libre llega a costar unos 150 euros la hora.

La tendencia incluso ha inspirado a libros como «Trash the Dress: Stories of Celebrating your Divorce in your 20’s«, de la bloguera del Huffington Post, Joelle Caputa. El libro colecciona historias de mujeres jóvenes y divorciadas que presumen de haberse liberado del anillo de bodas y toman las riendas de su vida como emancipadas.

Algunas de ellas cuentan como deshacerse de su vestido de novia ha sido un acto de liberación post-divorcio. El simbolismo ha llegado a crear una ola de mujeres independientes, principalmente en Estados Unidos, que se las ingenian para destrozar aquella prenda en la que invirtieron miles de dólares y que creían que sólo usarían una vez en la vida. Tirar el traje de novia a la basura, arrojarlo por el río o regalarlo a un sin techo, se ha convertido en una forma de decir adiós al matrimonio.

Foto portada: Wedding Killers, Foto 2: altf photographers

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