25 de febrero 2014    /   IDEAS
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Treintaytantos

25 de febrero 2014    /   IDEAS     por          
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Hace mucho tiempo -cuando las series de televisión no eran el género cinematográfico en el que se han convertido hoy y la única forma de verlas era esperar a un único pase en la (casi) única cadena existente- había entre ellas una llamada Treintaitantos (Thirtysomenthing).

Por entonces ni mi hermana ni yo llegábamos a los 20 años, y ella no se perdía un capítulo. Yo, como el hermano pequeño que era, no tenía otro remedio que ver lo que ella quisiera, así que me tragué todas las entregas que emitieron en aquella casi única cadena de la España de finales de los 80.

Desde mi preadolescencia la historia de aquellos Steadman me resultaba aburridísima y no entendía nada. Tenía la sensación de que eran unos señores mayores que tenían una vida estupenda, pero que aparecían constantemente dubitativos y cavilantes sobre problemas absurdos como la realización vital, el futuro o la pareja. Y que en el fondo estaban perdidísimos sin que yo alcanzase a entender el porqué.

El caso es que a día de hoy, en que mi hermana ya ha abandonado los treinta y tantos y yo los estoy apurando, creo comenzar a entender lo que aquella serie en analógico quería contarme: estamos todos tan perdidos en esta década de los 10 como lo estaban Michael y Hope Steadman a finales de los 80.

Conozco hoy día a pocos treintañeros que estén satisfechos con su vida actual. Casi siempre esta insatisfacción versa sobre lo profesional, el futuro o la realización de uno mismo. No pocos de mis amigos se han reinventado (profesionalmente hablando) varias veces en menos de veinte años de vida laboral.

Ingenieros que han mutado en músicos, publicistas en profesores de yoga, abogados en gestores culturales, publicistas en escritores, publicistas en diseñadores, publicistas en casi cualquier cosa, porque como en Thirtysomenting hay muchos publicistas y viven mucho más insatisfechos que cualquier otra persona. Y esto es algo particularmente importante porque dice mucho de una sociedad que aquellos que se encargan de difundir las bondades del producto -que es, al cabo, lo que alimenta el sistema de mercado- sean una mayoría mayoritariamente insatisfecha con su destino.

Pero lo que más perdidos nos tiene a los treintañeros probablemente sea lo personal, lo emotivo o cualquier otro pardo eufemismo para referirse a ese paradigma tan incómodo que es el amor, el sexo y la pareja.

El conflicto de los Steadman y sus colegas era inicialmente la confrontación entre la sociedad norteamericana de los 60 en la que habían crecido, alimentados por aquellos tópicos de la lucha por los derechos civiles, el hippismo y post hippismo, la contracultura, la búsqueda de las raíces y tal; frente al mundo de la era Yuppie y la administración Reagan en el que ellos debían criar a sus hijos, con el imperio del todo vale, la gomina, el dinero y el capital salvaje. Doble conflicto si además, como era el caso, ellos estaban en la facción vencedora, que sin duda estaba más cerca del lado oscuro que del verano del amor.

Nosotros, sin embargo, que crecimos también en el todo vale y en el sueño (casi rohipnólico) de los 80 ibéricos con su «aquí no ha pasado nada» de la transición española, la resaca de la movida, la infancia del «me lo pido» y el «sí le» y «lo tengo todo hecho», nos enfrentamos con el presente de la década de los 10 en la que pocas cosas han cambiado y, si alguna lo ha hecho, ha sido solo de analógico a digital, como por ejemplo el boletín de Discoplay, que se transformó en Amazon.

Como decía, los Steadman y sus amigos tenían una vida estupenda. Tenían casa con jardín, tenían coche, no tenían smartphone porque no existía, pero tenían hijos y podían hacer lo que quisieran. Aun así no eran felices.

¿Y nosotros? Nosotros tenemos los mismos problemas: empleos que no nos gustan, que no nos realizan, dudas sobre si queremos tener pareja, sobre si nuestra pareja nos gusta, sobre si estamos empleando bien los mejores años de nuestra vida… Pero poco más, porque ni tenemos casas, ni coches, ni posibilidad de tenerlos. Y bien pensado, quizá, eso es una suerte porque nos evitamos algunos quebraderos de cabeza más.

La crisis de los treinta y tantos es eso que sucede en el periodo que va desde tu treinta cumpleaños hasta tu cuarenta aniversario. Además, viendo el ejemplo de los Steadman y el nuestro propio, es algo transgeneracional. Les sucedió a ellos en los 80, nos sucede a nosotros hoy y probablemente les sucederá a nuestros hijos… en el caso de que nos podamos permitir tenerlos.

Al final voy a tener que dar mi brazo a torcer. Las series de televisión no son solo un género cinematográfico. Son también una perfecta fuente de reflexión sobre lo que fuimos, lo que somos y a dónde nos dirigimos.

Hace mucho tiempo -cuando las series de televisión no eran el género cinematográfico en el que se han convertido hoy y la única forma de verlas era esperar a un único pase en la (casi) única cadena existente- había entre ellas una llamada Treintaitantos (Thirtysomenthing).

Por entonces ni mi hermana ni yo llegábamos a los 20 años, y ella no se perdía un capítulo. Yo, como el hermano pequeño que era, no tenía otro remedio que ver lo que ella quisiera, así que me tragué todas las entregas que emitieron en aquella casi única cadena de la España de finales de los 80.

Desde mi preadolescencia la historia de aquellos Steadman me resultaba aburridísima y no entendía nada. Tenía la sensación de que eran unos señores mayores que tenían una vida estupenda, pero que aparecían constantemente dubitativos y cavilantes sobre problemas absurdos como la realización vital, el futuro o la pareja. Y que en el fondo estaban perdidísimos sin que yo alcanzase a entender el porqué.

El caso es que a día de hoy, en que mi hermana ya ha abandonado los treinta y tantos y yo los estoy apurando, creo comenzar a entender lo que aquella serie en analógico quería contarme: estamos todos tan perdidos en esta década de los 10 como lo estaban Michael y Hope Steadman a finales de los 80.

Conozco hoy día a pocos treintañeros que estén satisfechos con su vida actual. Casi siempre esta insatisfacción versa sobre lo profesional, el futuro o la realización de uno mismo. No pocos de mis amigos se han reinventado (profesionalmente hablando) varias veces en menos de veinte años de vida laboral.

Ingenieros que han mutado en músicos, publicistas en profesores de yoga, abogados en gestores culturales, publicistas en escritores, publicistas en diseñadores, publicistas en casi cualquier cosa, porque como en Thirtysomenting hay muchos publicistas y viven mucho más insatisfechos que cualquier otra persona. Y esto es algo particularmente importante porque dice mucho de una sociedad que aquellos que se encargan de difundir las bondades del producto -que es, al cabo, lo que alimenta el sistema de mercado- sean una mayoría mayoritariamente insatisfecha con su destino.

Pero lo que más perdidos nos tiene a los treintañeros probablemente sea lo personal, lo emotivo o cualquier otro pardo eufemismo para referirse a ese paradigma tan incómodo que es el amor, el sexo y la pareja.

El conflicto de los Steadman y sus colegas era inicialmente la confrontación entre la sociedad norteamericana de los 60 en la que habían crecido, alimentados por aquellos tópicos de la lucha por los derechos civiles, el hippismo y post hippismo, la contracultura, la búsqueda de las raíces y tal; frente al mundo de la era Yuppie y la administración Reagan en el que ellos debían criar a sus hijos, con el imperio del todo vale, la gomina, el dinero y el capital salvaje. Doble conflicto si además, como era el caso, ellos estaban en la facción vencedora, que sin duda estaba más cerca del lado oscuro que del verano del amor.

Nosotros, sin embargo, que crecimos también en el todo vale y en el sueño (casi rohipnólico) de los 80 ibéricos con su «aquí no ha pasado nada» de la transición española, la resaca de la movida, la infancia del «me lo pido» y el «sí le» y «lo tengo todo hecho», nos enfrentamos con el presente de la década de los 10 en la que pocas cosas han cambiado y, si alguna lo ha hecho, ha sido solo de analógico a digital, como por ejemplo el boletín de Discoplay, que se transformó en Amazon.

Como decía, los Steadman y sus amigos tenían una vida estupenda. Tenían casa con jardín, tenían coche, no tenían smartphone porque no existía, pero tenían hijos y podían hacer lo que quisieran. Aun así no eran felices.

¿Y nosotros? Nosotros tenemos los mismos problemas: empleos que no nos gustan, que no nos realizan, dudas sobre si queremos tener pareja, sobre si nuestra pareja nos gusta, sobre si estamos empleando bien los mejores años de nuestra vida… Pero poco más, porque ni tenemos casas, ni coches, ni posibilidad de tenerlos. Y bien pensado, quizá, eso es una suerte porque nos evitamos algunos quebraderos de cabeza más.

La crisis de los treinta y tantos es eso que sucede en el periodo que va desde tu treinta cumpleaños hasta tu cuarenta aniversario. Además, viendo el ejemplo de los Steadman y el nuestro propio, es algo transgeneracional. Les sucedió a ellos en los 80, nos sucede a nosotros hoy y probablemente les sucederá a nuestros hijos… en el caso de que nos podamos permitir tenerlos.

Al final voy a tener que dar mi brazo a torcer. Las series de televisión no son solo un género cinematográfico. Son también una perfecta fuente de reflexión sobre lo que fuimos, lo que somos y a dónde nos dirigimos.

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Opiniones 18
  • Pingback: Treintaytantos
  • Estaba leyendo el artículo toda inocente yo, que no me esperaba esa patada ahí donde más duele.
    Con 25 años, habiendo estudiado para publicista y habiendo pasado por todos los puestos arriba nombrados, solo me queda pensar que puedo llegar a ser cualquier cosa… temblad, otra publicista está buscando trabajo!

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