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5 de julio 2016    /   IDEAS
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Tres vacas para la paz eterna

5 de julio 2016    /   IDEAS     por        fotografia  Gobierno de Aragón
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La ceremonia de paz más antigua de Europa depende de lo que diga el veterinario de Isaba. Todos los años, el 13 de julio, le abre los morros a una vaca, le mira los dientes y da el visto bueno. Luego otra vaca: le abre los morros, le mira los dientes, da el visto bueno. Y luego otra vaca: morros, dientes, visto bueno.

Son tres vacas «sin mácula, de igual dentaje, pelaje y cornaje», como obliga el tratado del año 1375.

El Tributo de las Tres Vacas se celebra en el collado pirenaico de Ernaz, a 1.760 metros de altitud, también conocido como Alto de la Piedra de San Martín. A las doce en punto del mediodía, tres alcaldes del valle navarro del Roncal llegan a la piedra fronteriza número 262, vestidos con sombrero, capote negro, valona y calzón corto. Allí les esperan tres alcaldes del valle bearnés de Baretous, trajeados de domingo y con la banda tricolor francesa cruzada sobre el pecho.

El secretario de la Junta del Valle del Roncal lee el acta del tratado de 1375, que obliga a los habitantes de Baretous a entregar todos los años tres vacas a los habitantes del Roncal. Pregunta en tres ocasiones a los alcaldes baretoneses si están dispuestos a cumplir el trato y ellos responden tres veces que sí. Entonces, uno de los baretoneses pone su mano sobre la piedra fronteriza. Después, de manera alterna, se van colocando una encima de otra las manos de roncaleses y baretoneses. Cuando el alcalde de Isaba coloca la suya sobre todas las demás, pronuncia el deseo solemne:

Pax avant!

Que quiere decir: ¡paz en adelante! Los baretoneses responden con las mismas palabras, y la fórmula se recita tres veces.

Con éxito: hace ya 641 años que roncaleses y baretoneses no se matan entre sí.

 

Una piedra santa para frenar a los invasores

La ceremonia tiene un ombligo: la Piedra de San Martín. Es un pequeño mojón fronterizo, clavado en la tierra y ya muy inclinado, que lleva el número 262 —hay 602 mojones que delimitan la frontera entre España y Francia, desde el Tratado de Límites de 1856—.

Este mojón actual lo colocaron en 1858, en sustitución de otro hito inmemorial. Porque la costumbre de hincar piedras en la muga se remonta a muchos siglos atrás. Lo escribe el filósofo Rafael Gambra, citado por el periodista Javier Pagola: «Los francos vencieron a los ejércitos árabes en Poitiers y los expulsaron de la Galia, hacia el sur, más allá del Pirineo. Entonces los montañeses tuvieron por costumbre colocar en los puertos divisorios piedras de muga, bajo la advocación de San Martín [patrón de Francia], a fin de que su patrocinio les librase de tan temibles invasores. La más famosa de estas piedras de San Martín se encuentra en el puerto de Ernaz, alto y desolado».

Expulsados ya los árabes, estallaron mil disputas entre los pastores de un lado y del otro de la cordillera, como consta en documentos del siglo XIII. Peleaban por el uso de los pastos y las fuentes de alta montaña. A veces se arreglaban con pactos orales, cartas de paz o con el régimen de facerías (una figura que regula la explotación de un territorio por parte de varios municipios, incluso de países distintos, como en este caso). Pero abundan las noticias de altercados, muertes y revanchas que acabaron encendiendo una guerra abierta entre los vecinos de Baretous y del Roncal.

tres vacas

La matanza de 1373

La guerra que dio origen al Tributo de las Tres Vacas empezó con una riña entre pastores. El relato dice que en 1373 el roncalés Pedro Carrica y el baretonés Pierre Sansoler se enfrentaron por el uso de la fuente de Pescamón en el cercano monte Arlás. Carrica quería dar de beber a su rebaño, Sansoler al suyo, y se liaron a golpes. Carrica mató a Sansoler. Según cuenta el escritor Alfredo Feliú ‘Zinzarri’, los parientes del muerto cruzaron las montañas en una expedición de venganza. En el paraje de Belagua encontraron a Antonia Garde, esposa de Carrica, que estaba embarazada, la mataron y se ensañaron con el cadáver.

Y la sangre pidió más sangre.

Los roncaleses reunieron una partida de hombres, procedentes de los pueblos de Isaba, Garde, Urzainki y Uztarrotze, atravesaron la cordillera, asaltaron la casa del difunto Sansoler y asesinaron a toda su familia. A la vuelta, los baretoneses los acorralaron en un desfiladero y se desató una matanza. El toque legendario que siempre barniza estas historias dice que a los de Baretous los capitaneaba un agote de cuatro orejas, que acabó traspasado por el lanzazo de un hombre de Garde. Y entre unas y otras versiones brumosas de la historia se concluye que murieron más de trescientas personas en aquellas trifulcas.

El rey Carlos II de Navarra y el duque Gastón III de Foix-Béarn intervinieron para frenar la masacre. Nombraron un tribunal de arbitraje: el alcalde «y cinco hombres buenos» del vecino valle de Ansó debían regular las relaciones entre roncaleses y baretoneses. El 16 de octubre de 1375 dictaron una sentencia que establecía con minuciosidad los derechos de cada valle sobre el aprovechamiento de los pastos y las aguas en las zonas fronterizas. Y en una de las cláusulas se establecía el famoso pago de las vacas:

«Pronunciamos et mandamos por sentencia que los dichos baretones den et paguen por cada un anno, perpetuamente, de aquí adelante, las dichas tres vacas sines mácula».

Al contrario de lo que a veces se dice, el tributo de las vacas no es, por tanto, el pago de una deuda de sangre. Como señala el catedrático Víctor Fairén, experto en las facerías del Pirineo, se trata de una compensación por el disfrute que hacen los baretoneses de los terrenos de Leja y Ernaz durante 28 días a partir del 10 de julio, como estipula aquel reglamento de 1375. Después los roncaleses tienen derecho a usarlos desde la primera semana de agosto hasta el 25 de diciembre, pero ya es una época en la que predominan el frío y el mal tiempo, con lo que el rendimiento disminuye.

tres vacas

Y se lo gastan todo en la fiesta

Es el tratado transfronterizo vigente más antiguo de Europa. Y la ceremonia sólo se ha suspendido dos veces en 641 años. En 1794, durante la Guerra de la Convención, los representantes de Baretous no acudieron a la cita. Pero los roncaleses les recordaron que el tributo no tenía nada que ver con las guerras entre España y Francia, sino con los pactos entre los dos valles, y a los pocos días los baretoneses bajaron a Isaba con las vacas pendientes. Y en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis impidieron el acto por temor a que los franceses lo aprovecharan para cruzar la frontera y escapar. A modo de compensación, en los dos años siguientes los baretoneses añadieron en cada entrega una vaca más, hasta que los roncaleses perdonaron la tercera que faltaba.

El tratado dice que dos de las vacas son para el pueblo de Isaba y la tercera va rotando cada año entre Garde, Urzainki y Uztarrotze. Pero ahora —tiempos modernos—, las vacas comparecen en la Piedra de San Martín sólo de manera simbólica. El veterinario las inspecciona pero sólo de manera simbólica. Cuando acaba la ceremonia, las vacas se vuelven por donde han venido, porque los baretoneses pagan su deuda anual con dinero: unos 7.000 euros, en los últimos años. Los roncaleses entregan un recibo a los baretoneses, después toman juramento a los guardas que cuidarán la facería, invitan a dar un paso adelante a quien tenga algo que alegar, levantan la sesión y los seis alcaldes firman el acta.

El público —muy numeroso cuando hace buen tiempo— aplaude. Hay fanfarrias, hay grupos de danzas, hay reencuentros entre pastores de ambos lados, que se saludan, se ríen, se repasan las vidas. Antaño los asistentes se sentaban en el suelo, todos en círculo, comían pan, queso y cordero, y bebían de unas botas de vino que debía girar de mano en mano, vuelta y otra vuelta y otra vuelta, sin descanso.

Ahora los roncaleses organizan una gran comida popular bajo unas carpas, organizan la música, los bailes. Y Pierre Casabonne, antiguo alcalde baretonés de Arette, reconoce que sus vecinos roncaleses gastan más dinero en organizar la fiesta que lo que reciben por el tributo: es que no hay paz completa si no hay alegría.

 

La ceremonia de paz más antigua de Europa depende de lo que diga el veterinario de Isaba. Todos los años, el 13 de julio, le abre los morros a una vaca, le mira los dientes y da el visto bueno. Luego otra vaca: le abre los morros, le mira los dientes, da el visto bueno. Y luego otra vaca: morros, dientes, visto bueno.

Son tres vacas «sin mácula, de igual dentaje, pelaje y cornaje», como obliga el tratado del año 1375.

El Tributo de las Tres Vacas se celebra en el collado pirenaico de Ernaz, a 1.760 metros de altitud, también conocido como Alto de la Piedra de San Martín. A las doce en punto del mediodía, tres alcaldes del valle navarro del Roncal llegan a la piedra fronteriza número 262, vestidos con sombrero, capote negro, valona y calzón corto. Allí les esperan tres alcaldes del valle bearnés de Baretous, trajeados de domingo y con la banda tricolor francesa cruzada sobre el pecho.

El secretario de la Junta del Valle del Roncal lee el acta del tratado de 1375, que obliga a los habitantes de Baretous a entregar todos los años tres vacas a los habitantes del Roncal. Pregunta en tres ocasiones a los alcaldes baretoneses si están dispuestos a cumplir el trato y ellos responden tres veces que sí. Entonces, uno de los baretoneses pone su mano sobre la piedra fronteriza. Después, de manera alterna, se van colocando una encima de otra las manos de roncaleses y baretoneses. Cuando el alcalde de Isaba coloca la suya sobre todas las demás, pronuncia el deseo solemne:

Pax avant!

Que quiere decir: ¡paz en adelante! Los baretoneses responden con las mismas palabras, y la fórmula se recita tres veces.

Con éxito: hace ya 641 años que roncaleses y baretoneses no se matan entre sí.

 

Una piedra santa para frenar a los invasores

La ceremonia tiene un ombligo: la Piedra de San Martín. Es un pequeño mojón fronterizo, clavado en la tierra y ya muy inclinado, que lleva el número 262 —hay 602 mojones que delimitan la frontera entre España y Francia, desde el Tratado de Límites de 1856—.

Este mojón actual lo colocaron en 1858, en sustitución de otro hito inmemorial. Porque la costumbre de hincar piedras en la muga se remonta a muchos siglos atrás. Lo escribe el filósofo Rafael Gambra, citado por el periodista Javier Pagola: «Los francos vencieron a los ejércitos árabes en Poitiers y los expulsaron de la Galia, hacia el sur, más allá del Pirineo. Entonces los montañeses tuvieron por costumbre colocar en los puertos divisorios piedras de muga, bajo la advocación de San Martín [patrón de Francia], a fin de que su patrocinio les librase de tan temibles invasores. La más famosa de estas piedras de San Martín se encuentra en el puerto de Ernaz, alto y desolado».

Expulsados ya los árabes, estallaron mil disputas entre los pastores de un lado y del otro de la cordillera, como consta en documentos del siglo XIII. Peleaban por el uso de los pastos y las fuentes de alta montaña. A veces se arreglaban con pactos orales, cartas de paz o con el régimen de facerías (una figura que regula la explotación de un territorio por parte de varios municipios, incluso de países distintos, como en este caso). Pero abundan las noticias de altercados, muertes y revanchas que acabaron encendiendo una guerra abierta entre los vecinos de Baretous y del Roncal.

tres vacas

La matanza de 1373

La guerra que dio origen al Tributo de las Tres Vacas empezó con una riña entre pastores. El relato dice que en 1373 el roncalés Pedro Carrica y el baretonés Pierre Sansoler se enfrentaron por el uso de la fuente de Pescamón en el cercano monte Arlás. Carrica quería dar de beber a su rebaño, Sansoler al suyo, y se liaron a golpes. Carrica mató a Sansoler. Según cuenta el escritor Alfredo Feliú ‘Zinzarri’, los parientes del muerto cruzaron las montañas en una expedición de venganza. En el paraje de Belagua encontraron a Antonia Garde, esposa de Carrica, que estaba embarazada, la mataron y se ensañaron con el cadáver.

Y la sangre pidió más sangre.

Los roncaleses reunieron una partida de hombres, procedentes de los pueblos de Isaba, Garde, Urzainki y Uztarrotze, atravesaron la cordillera, asaltaron la casa del difunto Sansoler y asesinaron a toda su familia. A la vuelta, los baretoneses los acorralaron en un desfiladero y se desató una matanza. El toque legendario que siempre barniza estas historias dice que a los de Baretous los capitaneaba un agote de cuatro orejas, que acabó traspasado por el lanzazo de un hombre de Garde. Y entre unas y otras versiones brumosas de la historia se concluye que murieron más de trescientas personas en aquellas trifulcas.

El rey Carlos II de Navarra y el duque Gastón III de Foix-Béarn intervinieron para frenar la masacre. Nombraron un tribunal de arbitraje: el alcalde «y cinco hombres buenos» del vecino valle de Ansó debían regular las relaciones entre roncaleses y baretoneses. El 16 de octubre de 1375 dictaron una sentencia que establecía con minuciosidad los derechos de cada valle sobre el aprovechamiento de los pastos y las aguas en las zonas fronterizas. Y en una de las cláusulas se establecía el famoso pago de las vacas:

«Pronunciamos et mandamos por sentencia que los dichos baretones den et paguen por cada un anno, perpetuamente, de aquí adelante, las dichas tres vacas sines mácula».

Al contrario de lo que a veces se dice, el tributo de las vacas no es, por tanto, el pago de una deuda de sangre. Como señala el catedrático Víctor Fairén, experto en las facerías del Pirineo, se trata de una compensación por el disfrute que hacen los baretoneses de los terrenos de Leja y Ernaz durante 28 días a partir del 10 de julio, como estipula aquel reglamento de 1375. Después los roncaleses tienen derecho a usarlos desde la primera semana de agosto hasta el 25 de diciembre, pero ya es una época en la que predominan el frío y el mal tiempo, con lo que el rendimiento disminuye.

tres vacas

Y se lo gastan todo en la fiesta

Es el tratado transfronterizo vigente más antiguo de Europa. Y la ceremonia sólo se ha suspendido dos veces en 641 años. En 1794, durante la Guerra de la Convención, los representantes de Baretous no acudieron a la cita. Pero los roncaleses les recordaron que el tributo no tenía nada que ver con las guerras entre España y Francia, sino con los pactos entre los dos valles, y a los pocos días los baretoneses bajaron a Isaba con las vacas pendientes. Y en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis impidieron el acto por temor a que los franceses lo aprovecharan para cruzar la frontera y escapar. A modo de compensación, en los dos años siguientes los baretoneses añadieron en cada entrega una vaca más, hasta que los roncaleses perdonaron la tercera que faltaba.

El tratado dice que dos de las vacas son para el pueblo de Isaba y la tercera va rotando cada año entre Garde, Urzainki y Uztarrotze. Pero ahora —tiempos modernos—, las vacas comparecen en la Piedra de San Martín sólo de manera simbólica. El veterinario las inspecciona pero sólo de manera simbólica. Cuando acaba la ceremonia, las vacas se vuelven por donde han venido, porque los baretoneses pagan su deuda anual con dinero: unos 7.000 euros, en los últimos años. Los roncaleses entregan un recibo a los baretoneses, después toman juramento a los guardas que cuidarán la facería, invitan a dar un paso adelante a quien tenga algo que alegar, levantan la sesión y los seis alcaldes firman el acta.

El público —muy numeroso cuando hace buen tiempo— aplaude. Hay fanfarrias, hay grupos de danzas, hay reencuentros entre pastores de ambos lados, que se saludan, se ríen, se repasan las vidas. Antaño los asistentes se sentaban en el suelo, todos en círculo, comían pan, queso y cordero, y bebían de unas botas de vino que debía girar de mano en mano, vuelta y otra vuelta y otra vuelta, sin descanso.

Ahora los roncaleses organizan una gran comida popular bajo unas carpas, organizan la música, los bailes. Y Pierre Casabonne, antiguo alcalde baretonés de Arette, reconoce que sus vecinos roncaleses gastan más dinero en organizar la fiesta que lo que reciben por el tributo: es que no hay paz completa si no hay alegría.

 

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Opiniones 3
  • Preciosa historia muy bien contada.
    Todos los años me digo que debo pasarme para ver la fiesta, y todos los años se me olvida.
    El próximo año no fallo!

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