5 de febrero 2018    /   IDEAS
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El último error de Trump se llama Cuba

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La estrategia política del actual presidente norteamericano es bien sencilla: hacer todo lo contrario de lo que hacía Obama. Es una estrategia holgazana, fomentada en la convicción de que cuestionar la estrategia de su antecesor ya es, de por sí, otra estrategia.

Un ejemplo claro es Cuba. Si Obama visitó ese país con el fin de mejorar las relaciones bilaterales, Trump ya sabe qué hacer al respecto: empeorarlas. Y así, una vez más, demuestra que su obsesión con el anterior presidente le lleva a contradecirse. Porque en el caso de Cuba, los intereses del America first que tanto proclama hubieran sido mucho mejor protegidos manteniendo y ampliando esta apertura. De hecho, con el retraso de la normalización de las relaciones entre los dos países le está proporcionando un tiempo precioso a sus competidores.

Cuba necesita dos cosas: dinero y tiempo. Dinero para invertir en el sector turístico, del que inevitablemente dependerá gran parte de su economía, y tiempo para controlar y profesionalizar este sector.

Por el lado institucional la cosa está clara. El ejército, a través de Gaviota, la empresa turística estatal, controla el sector hotelero en asociación con grandes grupos extranjeros. En La Habana, por ejemplo, se va a reabrir dentro de poco el Hotel Packard. El segundo cinco estrellas lujo de la capital. Una tarta muy sabrosa de la que la industria turística norteamericana no probará bocado.

Pero lo más interesante es el crecimiento de restaurantes, bares, discotecas, centros de ocio, galerías de arte, etc. que pertenecen a propietarios cubanos. Emprendedores que utilizan el dinero que se gasta el turismo internacional para abrir locales que, en el caso de una apertura política más dinámica, hubieran podido caer en manos del capital de Miami.

Los dueños de esos locales forman parte, en muchos casos, de esa nueva generación que los cubanos de la calle llaman sangre azul. Hijos y nietos de altos cargos en el poder que gozan de algunas prerrogativas en un país en el que conseguir sortear la burocracia con cierta facilidad es una gran ventaja competitiva en los negocios.

Hace unos días estuve en La FAC (La fábrica del arte), un enorme local que incluye conciertos, arte, gastronomía, cine y muchas otras actividades en lo que antes era una fábrica de aceite. Un lugar tan cool que hasta hace poco sería más propio de Nueva York que de La Habana.

Había quedado a cenar con tres amigos entre los que estaba Osmar León, un cubano propietario del Olalá (antes Sarao). Sin duda, la discoteca más vanguardista de la capital. Osmar me habló de las enormes dificultades para mantener funcionando un local de este perfil en un país como Cuba. Y más aún teniendo en cuenta que los beneficios no son ni mucho menos los que algunos imaginan. Pero también añadió que ahora lo fundamental era estar ahí y ocupar los primeros puestos antes de que lleguen los de fuera.

«Los de fuera» es Donald Trump. Que ha dejado pasar el tren de la historia en lo que a Cuba se refiere. Porque Cuba se va a abrir como se abrió España: con el turismo, que trae el dinero, y con las nuevas tecnologías (en nuestro caso fue la televisión y en el suyo, internet), que trae la apertura de miras.

Solo cabe esperar que cuando eso suceda, Trump no intente apuntarse el tanto gracias a su política beligerante hacia la isla. Sería demasiado ridículo. Aunque este hombre ya ha demostrado en numerosas ocasiones que hacer el ridículo es, por el momento, la nueva marca de la Casa (Blanca).

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La estrategia política del actual presidente norteamericano es bien sencilla: hacer todo lo contrario de lo que hacía Obama. Es una estrategia holgazana, fomentada en la convicción de que cuestionar la estrategia de su antecesor ya es, de por sí, otra estrategia.

Un ejemplo claro es Cuba. Si Obama visitó ese país con el fin de mejorar las relaciones bilaterales, Trump ya sabe qué hacer al respecto: empeorarlas. Y así, una vez más, demuestra que su obsesión con el anterior presidente le lleva a contradecirse. Porque en el caso de Cuba, los intereses del America first que tanto proclama hubieran sido mucho mejor protegidos manteniendo y ampliando esta apertura. De hecho, con el retraso de la normalización de las relaciones entre los dos países le está proporcionando un tiempo precioso a sus competidores.

Cuba necesita dos cosas: dinero y tiempo. Dinero para invertir en el sector turístico, del que inevitablemente dependerá gran parte de su economía, y tiempo para controlar y profesionalizar este sector.

Por el lado institucional la cosa está clara. El ejército, a través de Gaviota, la empresa turística estatal, controla el sector hotelero en asociación con grandes grupos extranjeros. En La Habana, por ejemplo, se va a reabrir dentro de poco el Hotel Packard. El segundo cinco estrellas lujo de la capital. Una tarta muy sabrosa de la que la industria turística norteamericana no probará bocado.

Pero lo más interesante es el crecimiento de restaurantes, bares, discotecas, centros de ocio, galerías de arte, etc. que pertenecen a propietarios cubanos. Emprendedores que utilizan el dinero que se gasta el turismo internacional para abrir locales que, en el caso de una apertura política más dinámica, hubieran podido caer en manos del capital de Miami.

Los dueños de esos locales forman parte, en muchos casos, de esa nueva generación que los cubanos de la calle llaman sangre azul. Hijos y nietos de altos cargos en el poder que gozan de algunas prerrogativas en un país en el que conseguir sortear la burocracia con cierta facilidad es una gran ventaja competitiva en los negocios.

Hace unos días estuve en La FAC (La fábrica del arte), un enorme local que incluye conciertos, arte, gastronomía, cine y muchas otras actividades en lo que antes era una fábrica de aceite. Un lugar tan cool que hasta hace poco sería más propio de Nueva York que de La Habana.

Había quedado a cenar con tres amigos entre los que estaba Osmar León, un cubano propietario del Olalá (antes Sarao). Sin duda, la discoteca más vanguardista de la capital. Osmar me habló de las enormes dificultades para mantener funcionando un local de este perfil en un país como Cuba. Y más aún teniendo en cuenta que los beneficios no son ni mucho menos los que algunos imaginan. Pero también añadió que ahora lo fundamental era estar ahí y ocupar los primeros puestos antes de que lleguen los de fuera.

«Los de fuera» es Donald Trump. Que ha dejado pasar el tren de la historia en lo que a Cuba se refiere. Porque Cuba se va a abrir como se abrió España: con el turismo, que trae el dinero, y con las nuevas tecnologías (en nuestro caso fue la televisión y en el suyo, internet), que trae la apertura de miras.

Solo cabe esperar que cuando eso suceda, Trump no intente apuntarse el tanto gracias a su política beligerante hacia la isla. Sería demasiado ridículo. Aunque este hombre ya ha demostrado en numerosas ocasiones que hacer el ridículo es, por el momento, la nueva marca de la Casa (Blanca).

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