fbpx
7 de enero 2016    /   CIENCIA
por
 

Tu cerebro me confiesa que tú fuiste el asesino

7 de enero 2016    /   CIENCIA     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

En 2007, la joven india Aditi Sharma fue condenada por el asesinato de su pareja. El principal testigo de aquel crimen había sido el propio cerebro de Aditi, que fue sometida a lo que se conoce como Firma de las Oscilaciones Eléctricas del Cerebro o BEOS. Por haber envenenado su expareja con arsénico en un MacDonald’s, fue la primera condenada (a cadena perpetua) por la BEOS. Aditi debía escuchar pasivamente afirmaciones en primera persona del tipo «Ofrecí a Udit golosinas con arsénico» o «Compré arsénico para ponérselo a las golosinas».

La BEOS es un análisis que consiste en situar decenas de electrodos en la cabeza de una persona y observar qué ondas cerebrales se activan, dónde y cuándo. De esta manera, relatando el crimen cometido o realizando preguntas capciosas al sospechoso, se puede tratar de averiguar si él fue el responsable de tales actos.

Diseñado por Champadi Raman Mukundan, un neurocientífico del Instituto Nacional de Salud Mental y Neurociencias de Bangalore, la BEOS ya se ha usado en decenas de juicios en la India desde 2006.

Sus resultados distan de ser concluyentes, porque aún se desconoce mucho acerca del funcionamiento del cerebro, y la tecnología en la que se basa BEOS no ha sido objeto de estudio en revistas especializadas sometidas a revisión por pares. De este modo, la BEOS solo se usa para corroborar evidencias, nunca como un testimonio en sí mismo. Al fin y al cabo, estamos hablando únicamente un electroencefalograma (EEG) en el que se adhieren detectores al sospechoso para luego relatarle la historia del crimen y ciertos hechos con los que el culpable se identificaría. Algo así como una evolución de la Máquina de la Verdad.

Hay otras tecnologías análogas que se han usado en tribunales estadounidenses, como la imagen por resonancia magnética funcional (fMRI) en el caso Brian Dugan de 2009, un asesino en serie que actuó en la década de 1980. Finalmente, Dugan no fue condenado a pena de muerte, pero sí a cadena perpetua: las imágenes revelaron que Dugan sufría un posible trastorno mental habida cuenta de los daños en ciertas regiones del cerebro.

En Estados Unidos ya hay compañías, como No Lie MRI y Cephos, que ofrecen sus servicios a representantes legales. Estos dispositivos incluso podrían usarse para detectar a sospechosos de terrorismo en puntos de control como las aduanas.

Sin embargo, los análisis todavía parecen un tanto rudimentarios y sería necesario crear bibliotecas de cerebros a fin de poder comparar el cerebro del presunto criminal con el cerebro de una persona normal (y por tanto no impelida por su cerebro a cometer el crimen). Tal y como explica Juan Scaliter en su libro Exploradores del futuro al referirse a una futura biblioteca de cerebros para comprar cada caso:

Y estos otros no solo deben ser similares en sexo, edad, cultura y saludo, sino que también deben ser numerosos (mil sería lo mínimo recomendado) para constituir un universo comparativo real.

patient-864838_960_720

Otros usos menos controvertidos

El uso de la neuroimagen puede ser empleado para fines mucho menos peliagudos en el ámbito de las leyes. Por ejemplo, para conocer el grado de volición o responsabilidad de un acto delictivo. Al igual que el código penal no se usa de la misma manera en un menor de dieciocho años por entenderse que su cerebro no ha madurado lo suficiente, una neuroimagen nos podría confirmar esa inmadurez en una persona aunque su DNI no lo consigne, tal y como explicamos en ¿Quién es el verdadero culpable en un asesinato?.

Como explica Francisco Mora en su libro El científico curioso:

Hay un área del cerebro que llamamos corteza prefrontal que sufre un retraso de maduración considerable con respecto al cerebro adulto. Y es un área implicada nada menos en todo aquello que conocemos como “más humano”, desde la ética, la moral y el razonamiento o la propia responsabilidad social, el control de las emociones y la impulsividad irracional hasta la planificación responsable del futuro de la propia vida del individuo. Esta parte del cerebro de la que hablamos, la corteza prefrontal, de hecho no termina de madurar hasta bien alcanzados los veinticinco o veintisiete años, que es cuando ya han aparecido ciertos neurotransmisores y se han terminado de aislar con mielina los axones, esos cables de conexión entre las neuronas que conforman los circuitos que codifican para las funciones que acabamos de mencionar.

Todavía es prematuro aceptar o desestimar de plano estas nuevas tecnologías para determinar el grado de culpabilidad o inocencia de una persona, pero posiblemente en pocos años deberemos enfrentarnos a abstrusos dilemas morales cuando su diagnóstico sea fiable y veraz. ¿Qué significa ser culpable? ¿Existe la culpabilidad cuando los actos pueden explicarse a través de una serie infinita de causas y efectos? ¿Acaso hay diferencia entre el Mal y el Bien cuando los actores que encarnan estas ideas platónicas son hijos de las circunstancias?

Son cuestiones tan profundas que producen vértigo. Afortunadamente, aún quedan unos años para confrontarlas, pues por el momento el fMRI solo es una ayuda, por su imprecisión, y no una determinación, tal y como recuerda Scaliter al referir el experimento del neurocientífico Craig Bennett en 2006, por aquel entonces en la Universidad de Darmouth. Tras introducir en el escáner una calabaza, un pollo y un salmón (todos muertos):

fue el pez quien dio la nota mostrando lo que parecía imposible: actividad en zonas muy precisas del cerebro cuando se le mostraban fotografías de personas y se le pedía (¡al salmón muerto!) que relacionara el rostro con alguna emoción humana. De acuerdo con Bennett es inevitable que de los 130.000 “puntos” que registra un fMRI, alguno sea un falso positivo debido al propio ruido dentro del escáner.

 

Imágenes | Pixabay

En 2007, la joven india Aditi Sharma fue condenada por el asesinato de su pareja. El principal testigo de aquel crimen había sido el propio cerebro de Aditi, que fue sometida a lo que se conoce como Firma de las Oscilaciones Eléctricas del Cerebro o BEOS. Por haber envenenado su expareja con arsénico en un MacDonald’s, fue la primera condenada (a cadena perpetua) por la BEOS. Aditi debía escuchar pasivamente afirmaciones en primera persona del tipo «Ofrecí a Udit golosinas con arsénico» o «Compré arsénico para ponérselo a las golosinas».

La BEOS es un análisis que consiste en situar decenas de electrodos en la cabeza de una persona y observar qué ondas cerebrales se activan, dónde y cuándo. De esta manera, relatando el crimen cometido o realizando preguntas capciosas al sospechoso, se puede tratar de averiguar si él fue el responsable de tales actos.

Diseñado por Champadi Raman Mukundan, un neurocientífico del Instituto Nacional de Salud Mental y Neurociencias de Bangalore, la BEOS ya se ha usado en decenas de juicios en la India desde 2006.

Sus resultados distan de ser concluyentes, porque aún se desconoce mucho acerca del funcionamiento del cerebro, y la tecnología en la que se basa BEOS no ha sido objeto de estudio en revistas especializadas sometidas a revisión por pares. De este modo, la BEOS solo se usa para corroborar evidencias, nunca como un testimonio en sí mismo. Al fin y al cabo, estamos hablando únicamente un electroencefalograma (EEG) en el que se adhieren detectores al sospechoso para luego relatarle la historia del crimen y ciertos hechos con los que el culpable se identificaría. Algo así como una evolución de la Máquina de la Verdad.

Hay otras tecnologías análogas que se han usado en tribunales estadounidenses, como la imagen por resonancia magnética funcional (fMRI) en el caso Brian Dugan de 2009, un asesino en serie que actuó en la década de 1980. Finalmente, Dugan no fue condenado a pena de muerte, pero sí a cadena perpetua: las imágenes revelaron que Dugan sufría un posible trastorno mental habida cuenta de los daños en ciertas regiones del cerebro.

En Estados Unidos ya hay compañías, como No Lie MRI y Cephos, que ofrecen sus servicios a representantes legales. Estos dispositivos incluso podrían usarse para detectar a sospechosos de terrorismo en puntos de control como las aduanas.

Sin embargo, los análisis todavía parecen un tanto rudimentarios y sería necesario crear bibliotecas de cerebros a fin de poder comparar el cerebro del presunto criminal con el cerebro de una persona normal (y por tanto no impelida por su cerebro a cometer el crimen). Tal y como explica Juan Scaliter en su libro Exploradores del futuro al referirse a una futura biblioteca de cerebros para comprar cada caso:

Y estos otros no solo deben ser similares en sexo, edad, cultura y saludo, sino que también deben ser numerosos (mil sería lo mínimo recomendado) para constituir un universo comparativo real.

patient-864838_960_720

Otros usos menos controvertidos

El uso de la neuroimagen puede ser empleado para fines mucho menos peliagudos en el ámbito de las leyes. Por ejemplo, para conocer el grado de volición o responsabilidad de un acto delictivo. Al igual que el código penal no se usa de la misma manera en un menor de dieciocho años por entenderse que su cerebro no ha madurado lo suficiente, una neuroimagen nos podría confirmar esa inmadurez en una persona aunque su DNI no lo consigne, tal y como explicamos en ¿Quién es el verdadero culpable en un asesinato?.

Como explica Francisco Mora en su libro El científico curioso:

Hay un área del cerebro que llamamos corteza prefrontal que sufre un retraso de maduración considerable con respecto al cerebro adulto. Y es un área implicada nada menos en todo aquello que conocemos como “más humano”, desde la ética, la moral y el razonamiento o la propia responsabilidad social, el control de las emociones y la impulsividad irracional hasta la planificación responsable del futuro de la propia vida del individuo. Esta parte del cerebro de la que hablamos, la corteza prefrontal, de hecho no termina de madurar hasta bien alcanzados los veinticinco o veintisiete años, que es cuando ya han aparecido ciertos neurotransmisores y se han terminado de aislar con mielina los axones, esos cables de conexión entre las neuronas que conforman los circuitos que codifican para las funciones que acabamos de mencionar.

Todavía es prematuro aceptar o desestimar de plano estas nuevas tecnologías para determinar el grado de culpabilidad o inocencia de una persona, pero posiblemente en pocos años deberemos enfrentarnos a abstrusos dilemas morales cuando su diagnóstico sea fiable y veraz. ¿Qué significa ser culpable? ¿Existe la culpabilidad cuando los actos pueden explicarse a través de una serie infinita de causas y efectos? ¿Acaso hay diferencia entre el Mal y el Bien cuando los actores que encarnan estas ideas platónicas son hijos de las circunstancias?

Son cuestiones tan profundas que producen vértigo. Afortunadamente, aún quedan unos años para confrontarlas, pues por el momento el fMRI solo es una ayuda, por su imprecisión, y no una determinación, tal y como recuerda Scaliter al referir el experimento del neurocientífico Craig Bennett en 2006, por aquel entonces en la Universidad de Darmouth. Tras introducir en el escáner una calabaza, un pollo y un salmón (todos muertos):

fue el pez quien dio la nota mostrando lo que parecía imposible: actividad en zonas muy precisas del cerebro cuando se le mostraban fotografías de personas y se le pedía (¡al salmón muerto!) que relacionara el rostro con alguna emoción humana. De acuerdo con Bennett es inevitable que de los 130.000 “puntos” que registra un fMRI, alguno sea un falso positivo debido al propio ruido dentro del escáner.

 

Imágenes | Pixabay

Compártelo twitter facebook whatsapp
La ciencia detrás de las canciones pegadizas
Tu mudanza no es una decisión tan personal como parece
Big Data: ¿ángel o demonio?
Aviofóbicos: qué pasa por sus cabezas y cómo pueden evitar pasar las de Caín
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 1
  • eso son pamplinas y ganas de ganeta…, la máquina de la verdad: y la verdad de la máquina qué…, ondas cerebrales, sí, vale, y cuales son los parámetros (hilos) que tejen el manto que ondea al viento de…, de…, de qué ¿¡excitación!? ¿¡manipulación!? ¿espoleo! ¿expolio?… y lo de los electrodos es para soldar un zurce en tal manto rezumado por algo tuyo (tu cerebro)…, lo mismo con un desarrollo de la espectrocopia llegamos de una a la determinación del sí mismo a través de la verdad de la máquina de la verdá…., pufff:: mira, mira, desde el descaro escondío: qué no estamos pá triquiñuelas, cómo para ser-con triquiñuelísmicos buñuelos de viento que…, causas, efectos, intenciones, apropiación de identidad, alienamiento, uyuyuyuyuy…, un lío…, en fin…, yo soy más de darle un carácter neuronal al cuerpo entero. O pmneumonal (como esas esculturas de Jansen) Saludos.

  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *