30 de enero 2014    /   IDEAS
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Tú chuta que yo enciendo la luz

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Para un niño, el juego lo es todo. Jugando aprende, se divierte y, por encima de todo, el juego garantiza su infancia. En el práctico mundo de los adultos también hay sitio para él. Muchos mayores siguen jugando y algunos de ellos han descubierto que, además de entretenido, el juego es una desaprovechada fuente de energía.

Son niños pero su índice de masa corporal dice que quizás no juegan lo suficiente. Son los 42 millones de menores de 5 años que padecen sobrepeso. De ellos, 35 millones viven en países desarrollados, lo cual quiere decir que lo de encender y apagar una luz con solo pulsar un interruptor, para ellos, es algo de lo más habitual. Tan cotidiano como para que les cueste llegar a entender que mucha otra gente (unos 2,6 miles de millones —americanos— de personas en el mundo) no lo han hecho en su vida porque no disponen de electricidad.

Fue en 2008 cuando Jessica O. Matthews y Julia Silverman, dos aspirantes a científicas que estudiaban en Harvard, cayeron en la cuenta de que todas esas cifras tenían un nexo en común: el juego. La relación la establecían así: la energía que todos esos niños con exceso de peso podrían generar jugando al fútbol para quemar las calorías sobrantes en su dieta serviría para que otros muchos dispusieran de luz, al menos, durante unas horas al día.

El factor determinante para que esa ecuación se cumpliera era un balón: Soccket. No es una pelota de fútbol cualquiera. Pesa algo más que una de reglamento y está fabricada con una espuma especial que se llama EVA y que resiste al agua. Pero lo importante está en su interior porque soccket no está inflado con aire. Lo que contiene en sus tripas es un mecanismo pendular que capta la energía cinética y la almacena para usarla una vez que acaba el juego. Media hora de partido con Soccket puede llegar a proporcionar hasta 3 horas de luz de una lámpara LED.

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Ni Jessica ni Julia tenían conocimientos de ingeniería pero coincidían en que el juego era una desaprovechada fuente de energía. Una vez graduadas, se establecieron en Nueva York donde reclutaron un equipo multidisciplinar con el que desarrollaron el prototipo de Soccket. Tras una exitosa campaña en Kickstarter con la que consiguieron superar los 75.000 dólares necesarios para la puesta en marcha del proyecto, Soccket ya está proporcionando diversión y luz, a partes iguales, a miles de niños que viven en zonas con escasos recursos de América del Norte y del Sur.

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Para un niño, el juego lo es todo. Jugando aprende, se divierte y, por encima de todo, el juego garantiza su infancia. En el práctico mundo de los adultos también hay sitio para él. Muchos mayores siguen jugando y algunos de ellos han descubierto que, además de entretenido, el juego es una desaprovechada fuente de energía.

Son niños pero su índice de masa corporal dice que quizás no juegan lo suficiente. Son los 42 millones de menores de 5 años que padecen sobrepeso. De ellos, 35 millones viven en países desarrollados, lo cual quiere decir que lo de encender y apagar una luz con solo pulsar un interruptor, para ellos, es algo de lo más habitual. Tan cotidiano como para que les cueste llegar a entender que mucha otra gente (unos 2,6 miles de millones —americanos— de personas en el mundo) no lo han hecho en su vida porque no disponen de electricidad.

Fue en 2008 cuando Jessica O. Matthews y Julia Silverman, dos aspirantes a científicas que estudiaban en Harvard, cayeron en la cuenta de que todas esas cifras tenían un nexo en común: el juego. La relación la establecían así: la energía que todos esos niños con exceso de peso podrían generar jugando al fútbol para quemar las calorías sobrantes en su dieta serviría para que otros muchos dispusieran de luz, al menos, durante unas horas al día.

El factor determinante para que esa ecuación se cumpliera era un balón: Soccket. No es una pelota de fútbol cualquiera. Pesa algo más que una de reglamento y está fabricada con una espuma especial que se llama EVA y que resiste al agua. Pero lo importante está en su interior porque soccket no está inflado con aire. Lo que contiene en sus tripas es un mecanismo pendular que capta la energía cinética y la almacena para usarla una vez que acaba el juego. Media hora de partido con Soccket puede llegar a proporcionar hasta 3 horas de luz de una lámpara LED.

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Ni Jessica ni Julia tenían conocimientos de ingeniería pero coincidían en que el juego era una desaprovechada fuente de energía. Una vez graduadas, se establecieron en Nueva York donde reclutaron un equipo multidisciplinar con el que desarrollaron el prototipo de Soccket. Tras una exitosa campaña en Kickstarter con la que consiguieron superar los 75.000 dólares necesarios para la puesta en marcha del proyecto, Soccket ya está proporcionando diversión y luz, a partes iguales, a miles de niños que viven en zonas con escasos recursos de América del Norte y del Sur.

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