13 de febrero 2017    /   IDEAS
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Tu corazón te habla y más te vale escucharlo

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«Para mi corazón basta tu pecho», escribió Neruda en uno de sus poemas. Lo que no podía saber (aunque sí lo supo intuir) es que, efectivamente, la comprensión del otro pasa precisamente por ese órgano tan ensalzado por la lírica.

El corazón habla y escucha. Y lo hace a través de su campo magnético, que es 5.000 veces más intenso que el del cerebro. Cuando habla transmite su estado de ánimo, pues si por ejemplo se encuentra alterado, entra en un ritmo caótico que se propaga alrededor de todo el cuerpo.

Esa alteración va más allá de sí misma, extendiéndose incluso hasta cuatro metros de distancia gracias a sus ondas magnéticas, lo que la convierte en algo fácilmente detectable por los demás.

Por otro lado, cuando el corazón escucha, su capacidad de percepción es extraordinaria, pues su sensibilidad le permite captar el ritmo de su entorno y transformarlo en emociones que transmite directamente al cerebro. Ese es el motivo por el que la música, por ejemplo, nos produce determinados sentimientos que a nuestra mente, tan racional ella, le cuesta decodificar.

Tal como cuenta Annie Marquier en su libro El maestro del corazón, hoy sabemos que este órgano posee un sistema nervioso autónomo con más de 40.000 neuronas y una sofisticada red de neurotransmisores. La cifra puede resultar ridícula comparada con los aproximadamente cien billones de neuronas que posee el cerebro. Pero lo cierto es que el corazón consigue que su ritmo cardíaco se sincronice con el de dicho cerebro, activando centros de percepción completamente diferentes a los habituales en él.

Y lo que es más interesante, al carecer de memoria, el cerebro del corazón es capaz de proporcionar una percepción de la realidad mucho menos mediatizada. Por eso popularmente se le adjudica el poder de la intuición como uno de sus valores.

Al corazón de Neruda le bastaba el pecho de su amada, pero sólo porque ese pecho, a su vez, también tenía corazón. Y ambos (que me perdonen los románticos empedernidos) producían la hormona ANF, capaz de liberar esa otra hormona conocida como la del amor: la oxitocina.

Pero no todo está perdido para los abanderados de las emociones. Muy al contrario. El auge actual de la práctica del yoga, la meditación y el mindfulness tienen que ver con la aceptación de que el verdadero acercamiento al amor pasa por la paz con uno mismo. Y para ello la mejor opción, como recomienda Marquier, es vivir períodos de soledad. Es decir, hacer aquello que ya aprendimos de los monjes contemplativos en su búsqueda del conocimiento holístico.

Cuando el corazón habla hay que escucharle. Y para ello, no hay nada como el silencio. Un arma tan poderosa que en estos momentos algunos científicos la consideran incluso capaz de generar nuevas neuronas, algo que hasta ahora se consideraba imposible. Pero tanto si eso sucede como si no, lo que sí sabemos es que, cuando se trata de intimar con nuestro corazón, conviene recordar aquel aforismo de Ciorán: «Toda palabra dicha es una palabra de más».

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«Para mi corazón basta tu pecho», escribió Neruda en uno de sus poemas. Lo que no podía saber (aunque sí lo supo intuir) es que, efectivamente, la comprensión del otro pasa precisamente por ese órgano tan ensalzado por la lírica.

El corazón habla y escucha. Y lo hace a través de su campo magnético, que es 5.000 veces más intenso que el del cerebro. Cuando habla transmite su estado de ánimo, pues si por ejemplo se encuentra alterado, entra en un ritmo caótico que se propaga alrededor de todo el cuerpo.

Esa alteración va más allá de sí misma, extendiéndose incluso hasta cuatro metros de distancia gracias a sus ondas magnéticas, lo que la convierte en algo fácilmente detectable por los demás.

Por otro lado, cuando el corazón escucha, su capacidad de percepción es extraordinaria, pues su sensibilidad le permite captar el ritmo de su entorno y transformarlo en emociones que transmite directamente al cerebro. Ese es el motivo por el que la música, por ejemplo, nos produce determinados sentimientos que a nuestra mente, tan racional ella, le cuesta decodificar.

Tal como cuenta Annie Marquier en su libro El maestro del corazón, hoy sabemos que este órgano posee un sistema nervioso autónomo con más de 40.000 neuronas y una sofisticada red de neurotransmisores. La cifra puede resultar ridícula comparada con los aproximadamente cien billones de neuronas que posee el cerebro. Pero lo cierto es que el corazón consigue que su ritmo cardíaco se sincronice con el de dicho cerebro, activando centros de percepción completamente diferentes a los habituales en él.

Y lo que es más interesante, al carecer de memoria, el cerebro del corazón es capaz de proporcionar una percepción de la realidad mucho menos mediatizada. Por eso popularmente se le adjudica el poder de la intuición como uno de sus valores.

Al corazón de Neruda le bastaba el pecho de su amada, pero sólo porque ese pecho, a su vez, también tenía corazón. Y ambos (que me perdonen los románticos empedernidos) producían la hormona ANF, capaz de liberar esa otra hormona conocida como la del amor: la oxitocina.

Pero no todo está perdido para los abanderados de las emociones. Muy al contrario. El auge actual de la práctica del yoga, la meditación y el mindfulness tienen que ver con la aceptación de que el verdadero acercamiento al amor pasa por la paz con uno mismo. Y para ello la mejor opción, como recomienda Marquier, es vivir períodos de soledad. Es decir, hacer aquello que ya aprendimos de los monjes contemplativos en su búsqueda del conocimiento holístico.

Cuando el corazón habla hay que escucharle. Y para ello, no hay nada como el silencio. Un arma tan poderosa que en estos momentos algunos científicos la consideran incluso capaz de generar nuevas neuronas, algo que hasta ahora se consideraba imposible. Pero tanto si eso sucede como si no, lo que sí sabemos es que, cuando se trata de intimar con nuestro corazón, conviene recordar aquel aforismo de Ciorán: «Toda palabra dicha es una palabra de más».

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