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9 de octubre 2018    /   CREATIVIDAD
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En el siglo XIX la tuberculosis era chic y marcaba tendencia

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A mediados del siglo XIX, tener tuberculosis era lo más parecido a la heroína chic de los 70 y 80. A pesar de sus devastadores resultados, la apariencia que proporcionaba la enfermedad en las personas era deseada por muchas mujeres, hasta el punto de influir en la moda y los cosméticos de la época.

En 1812, Robert Koch descubrió que el bacilo que a partir de entonces llevaría su nombre era el verdadero causante de la tuberculosis. Eso demostraba que, en contra de lo que se pensaba hasta ese momento, la enfermedad no era causada por los miasmas, por el ambiente enrarecido o por una tendencia natural de ciertas personas a contraerla.

También era la prueba de que la tuberculosis era contagiosa, lo que encendió las alarmas de los sistemas de salud públicos que, desde entonces, hicieron lo posible por trabajar de manera coordinada en aras de atajar lo que ya era una epidemia en muchos países de Europa y en algunas zonas de Estados Unidos.

Hasta que eso sucedió, la tuberculosis era algo chic entre la buena sociedad de la época. Tal vez no tanto lo que se refiere a la parte de las toses, la hemotisis y lo de fallecer entre esputos, pero al menos sí lo de la apariencia externa que provocaba la enfermedad en los pacientes aquejados por ella.

A consecuencia de la debilidad y la fiebre, esas personas mostraban una extrema delgadez, total falta de apetito, una piel nívea en la que destacaban las mejillas sonrojadas, languidez y unos ojos brillantes con pupilas dilatadas.

Las novelas como La dama de las camelias, de Alexander Dumas hijo, los folletines, las obras de teatro o las óperas, como La Traviata, de Giuseppe Verdi, no hacían más que explotar esa imagen enfermiza y dotar a la tuberculosis de grandes dosis de romanticismo. Tanto es así que, cuando los espectadores y lectores de esas obras no tenían la «fortuna» de sufrirla, buscaban accesorios y ropas que les permitieran recrearla.

Como explica Carolyn Day, autora de Consumptive Chic: A History of Fashion, Beauty and Disease a la revista Smithonian Magazine, la moda de mediados del siglo XIX buscó resaltar la delgadez con corpiños que cortaban la respiración, y una gama de cosméticos en los que no podía faltar el polvo de arroz para imitar la palidez y el colorete para ruborizar las mejillas.

Cuando los descubrimientos de Koch demostraron que la tuberculosis no era una dolencia que afectaba de manera aleatoria a las personas, sino que era provocada por contagio, las medidas profilácticas que se tomaron también afectaron al vestido.

Unas de las primeras prendas que se vieron transformadas fueron las largas faldas que acostumbraban a vestir las mujeres de la época. Según los médicos, la tela que arrastraba por el suelo capturaba los bacilos y los gérmenes de la calle que luego eran introducidos en las viviendas, poniendo así en riesgo la salud de toda la familia. La mejor solución, sin lugar a dudas, era acortar su longitud.

Al acortarse las faldas, los zapatos empezaron a quedar a la vista y, a partir de entonces, unos complementos que apenas habían llamado la atención de la población, comenzaron a interesar a los zapateros, que empezaron a esmerarse más en su fabricación y ornamento, y a los clientes, que ya no querían cualquier zapato, sino los más vistosos y atractivos.

Por último, los corpiños, que solían estar hechos de barbas de ballena, como explica Melville en Moby Dick, dejaron de fabricarse en ese material para empezar a ser confeccionados en telas más flexibles porque, según los expertos, la excesiva presión que ejercían sobre costillas y pulmones facilitaba el desarrollo de la enfermedad en el cuerpo.

Lo más curioso de todo es que la tuberculosis no solo influyó en la moda femenina. Los hombres también se vieron afectados por ella: en sus bigotes y barbas desde el momento en que médicos, como el norteamericano Edwin F. Bowers, afirmaron que «el sarampión, la escarlatina, la difteria, la tuberculosis, la tos ferina, resfriados comunes y una serie de otras enfermedades infecciosas pueden transmitirse, y sin duda alguna se transmiten, a través del bigote».

A partir de entonces, no solo los particulares optaron por eliminar sus adornos capilares faciales, también los médicos decidieron rasurarse bigote y barba para transmitir a los pacientes la idea de higiene y limpieza.

No queda aquí la cosa. Los tratamientos contra la tuberculosis generaron nuevas pautas de conducta que perduran en la actualidad. Por ejemplo, el bronceado. Hasta el siglo XX, tener la piel dorada por el sol era signo de pertenecer a una clase social baja. Solo los campesinos, los obreros manuales que trabajaban al aire libre o los pastores estaban bronceados.

Los nobles y burgueses, que vivían a cubierto, preferían las pieles pálidas y transparentes. Así fue hasta que los médicos comenzaron a recomendar pasar temporadas en la costa o en un entorno natural, como narra Thomas Mann en La montaña mágica, porque, eso sí, aunque ya no era tan chic como en el siglo XIX, la tuberculosis siguió inspirando en el siglo XX obras literarias y canciones, como esta de Jimmy Rodgers que tienen a continuación.

A mediados del siglo XIX, tener tuberculosis era lo más parecido a la heroína chic de los 70 y 80. A pesar de sus devastadores resultados, la apariencia que proporcionaba la enfermedad en las personas era deseada por muchas mujeres, hasta el punto de influir en la moda y los cosméticos de la época.

En 1812, Robert Koch descubrió que el bacilo que a partir de entonces llevaría su nombre era el verdadero causante de la tuberculosis. Eso demostraba que, en contra de lo que se pensaba hasta ese momento, la enfermedad no era causada por los miasmas, por el ambiente enrarecido o por una tendencia natural de ciertas personas a contraerla.

También era la prueba de que la tuberculosis era contagiosa, lo que encendió las alarmas de los sistemas de salud públicos que, desde entonces, hicieron lo posible por trabajar de manera coordinada en aras de atajar lo que ya era una epidemia en muchos países de Europa y en algunas zonas de Estados Unidos.

Hasta que eso sucedió, la tuberculosis era algo chic entre la buena sociedad de la época. Tal vez no tanto lo que se refiere a la parte de las toses, la hemotisis y lo de fallecer entre esputos, pero al menos sí lo de la apariencia externa que provocaba la enfermedad en los pacientes aquejados por ella.

A consecuencia de la debilidad y la fiebre, esas personas mostraban una extrema delgadez, total falta de apetito, una piel nívea en la que destacaban las mejillas sonrojadas, languidez y unos ojos brillantes con pupilas dilatadas.

Las novelas como La dama de las camelias, de Alexander Dumas hijo, los folletines, las obras de teatro o las óperas, como La Traviata, de Giuseppe Verdi, no hacían más que explotar esa imagen enfermiza y dotar a la tuberculosis de grandes dosis de romanticismo. Tanto es así que, cuando los espectadores y lectores de esas obras no tenían la «fortuna» de sufrirla, buscaban accesorios y ropas que les permitieran recrearla.

Como explica Carolyn Day, autora de Consumptive Chic: A History of Fashion, Beauty and Disease a la revista Smithonian Magazine, la moda de mediados del siglo XIX buscó resaltar la delgadez con corpiños que cortaban la respiración, y una gama de cosméticos en los que no podía faltar el polvo de arroz para imitar la palidez y el colorete para ruborizar las mejillas.

Cuando los descubrimientos de Koch demostraron que la tuberculosis no era una dolencia que afectaba de manera aleatoria a las personas, sino que era provocada por contagio, las medidas profilácticas que se tomaron también afectaron al vestido.

Unas de las primeras prendas que se vieron transformadas fueron las largas faldas que acostumbraban a vestir las mujeres de la época. Según los médicos, la tela que arrastraba por el suelo capturaba los bacilos y los gérmenes de la calle que luego eran introducidos en las viviendas, poniendo así en riesgo la salud de toda la familia. La mejor solución, sin lugar a dudas, era acortar su longitud.

Al acortarse las faldas, los zapatos empezaron a quedar a la vista y, a partir de entonces, unos complementos que apenas habían llamado la atención de la población, comenzaron a interesar a los zapateros, que empezaron a esmerarse más en su fabricación y ornamento, y a los clientes, que ya no querían cualquier zapato, sino los más vistosos y atractivos.

Por último, los corpiños, que solían estar hechos de barbas de ballena, como explica Melville en Moby Dick, dejaron de fabricarse en ese material para empezar a ser confeccionados en telas más flexibles porque, según los expertos, la excesiva presión que ejercían sobre costillas y pulmones facilitaba el desarrollo de la enfermedad en el cuerpo.

Lo más curioso de todo es que la tuberculosis no solo influyó en la moda femenina. Los hombres también se vieron afectados por ella: en sus bigotes y barbas desde el momento en que médicos, como el norteamericano Edwin F. Bowers, afirmaron que «el sarampión, la escarlatina, la difteria, la tuberculosis, la tos ferina, resfriados comunes y una serie de otras enfermedades infecciosas pueden transmitirse, y sin duda alguna se transmiten, a través del bigote».

A partir de entonces, no solo los particulares optaron por eliminar sus adornos capilares faciales, también los médicos decidieron rasurarse bigote y barba para transmitir a los pacientes la idea de higiene y limpieza.

No queda aquí la cosa. Los tratamientos contra la tuberculosis generaron nuevas pautas de conducta que perduran en la actualidad. Por ejemplo, el bronceado. Hasta el siglo XX, tener la piel dorada por el sol era signo de pertenecer a una clase social baja. Solo los campesinos, los obreros manuales que trabajaban al aire libre o los pastores estaban bronceados.

Los nobles y burgueses, que vivían a cubierto, preferían las pieles pálidas y transparentes. Así fue hasta que los médicos comenzaron a recomendar pasar temporadas en la costa o en un entorno natural, como narra Thomas Mann en La montaña mágica, porque, eso sí, aunque ya no era tan chic como en el siglo XIX, la tuberculosis siguió inspirando en el siglo XX obras literarias y canciones, como esta de Jimmy Rodgers que tienen a continuación.

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