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13 de mayo 2014    /   IDEAS
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#VotaTuesdayHaters

13 de mayo 2014    /   IDEAS     por          
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Sufro microciclos de depresión periódicos, alternados con días o noches en las que me siento un dios todopoderoso. No soy bipolar (que yo sepa). Estas variaciones climáticas de mi organismo no se deben a desequilibrios químicos en mi cerebro. Las depresiones me golpean normalmente entre semana. Los martes, por ejemplo, después de que haya trabajado varias horas extra. O que llueva. O que haya trabajado varias horas extra mientras llueve torrencialmente. Double depressive combo.
Los martes me angustio por el paso del tiempo, que me acerca cada vez más a la muerte y al nihilismo infinito de la no–conciencia (este desasosiego está intrínsecamente relacionado con las horas extra). Me pongo a pensar en la sucesión de días idénticos y bobos y me entran pánico y quiero levantarme allí donde esté –en el escritorio, en el asiento del Metro– para echar a correr como hizo Forest: hasta llegar al mar.
Digo mar como podría decir océano o extensión de agua hasta donde me alcance la vista, porque los Mediterráneos o Atlánticos de este mundo me insuflan espíritu de divinidad. Jamás me he sentido pequeño en una orilla. No me ha reducido la vastedad del azul que se extiende hasta la línea del horizonte. Todo lo contrario. Los garbanzos y las inmensidades me inflan. Me hacen sentir vivo. Conectado con un plano de la naturaleza que durante mis depresiones parezco haber olvidado o sepultado entre los muros de la ciudad. Es la misma sensación que me provoca una buena borrachera, una gran conversación o un auténtico polvazo.
Si existe un dios, que bendiga ahora mismo las noches que me ha otorgado las tres cosas juntas y no solo en ese orden.
¿No podría vivir siempre así? Me pregunto los martes. ¿O me explotaría el corazón y resto de vísceras internas? Levantarme cada mañana en el Olimpo, dotado de los poderes eléctricos de Zeus. Despertarme con el rayo que me recorre y me quema por dentro la primera vez que beso a alguien que me gusta. Mucho. Desayunar voltios con cereales y bajar a la tierra para ir al teatro, al cine o a un concierto, en busca del efecto Joule.
En busca de calor.
Calor que no te crea ni te destruye, pero siempre te transforma.
Calor rojo. Alejado de la gama cromática de los martes grises.
Steve Jobs dijo: «Si te levantas durante varios días seguidos y te das cuenta de que lo que haces no es lo que quieres, has de cambiar», y yo: «Steve, fuiste un puto burgués». Mi conciencia de narrador omnisciente dice: «qué aburrido estoy de mis contradicciones», y yo: «las contradicciones caminan por el lado todopoderoso de la vida: el más débil, del más humano; no hay suficiente literatura sobre ellas».
Los más listos dirán «necesitamos los martes para apreciar los juernes», y yo: «la próxima vez que escuche decir juernes me compraré un kalasnhikov». Y por mí y por todos mis compañeros:
MANIFIESTO: No quiero que mi mundo mida 1.40 x 2.00. No quiero trabajar, comer del tupper que haya logrado prepararme el día anterior y salir ocho u ochocientas horas después para volver a la cama y a reiniciar el día de la marmota.
MANIFIESTO TAMBIÉN: Quiero dedicar parte de las horas que no estoy dormido (ojalá mi vida entera) a todas aquellas cosas que nos definen como humanos y no son una autopista. Alejarme de pantallas, excels, aglomeraciones, ruidos, mails, ambulancias, gobernantes, ignorantes, gobernantes ignorantes; acercarme a canciones, vinos, siestas, diálogos, luces bajas, bailes, cielos, películas y raviolis de ternera. Saberes fútiles. Conocimientos antiutilitaristas. Todo aquello que nos hace sentir y no nos sacará del umbral de la pobreza.
MANIFIESTO TAMBIÉN TAMBIÉN: Quiero empadronarme en Suecia. Porque allí han estrenado una jornada laboral de seis horas sin bajar los salarios. El leitmotiv original de este texto. Aunque luego me haya ido por los cerros de Silicon Valley. Si no lo consigo, redactaré el borrador del Real Decreto de Abolición de los Martes y formaré un partido para presentarme a las Elecciones Europeas y aprobarlo.
#VotaTuesdayHaters
Imagen: Calendario de Vasava.

Sufro microciclos de depresión periódicos, alternados con días o noches en las que me siento un dios todopoderoso. No soy bipolar (que yo sepa). Estas variaciones climáticas de mi organismo no se deben a desequilibrios químicos en mi cerebro. Las depresiones me golpean normalmente entre semana. Los martes, por ejemplo, después de que haya trabajado varias horas extra. O que llueva. O que haya trabajado varias horas extra mientras llueve torrencialmente. Double depressive combo.
Los martes me angustio por el paso del tiempo, que me acerca cada vez más a la muerte y al nihilismo infinito de la no–conciencia (este desasosiego está intrínsecamente relacionado con las horas extra). Me pongo a pensar en la sucesión de días idénticos y bobos y me entran pánico y quiero levantarme allí donde esté –en el escritorio, en el asiento del Metro– para echar a correr como hizo Forest: hasta llegar al mar.
Digo mar como podría decir océano o extensión de agua hasta donde me alcance la vista, porque los Mediterráneos o Atlánticos de este mundo me insuflan espíritu de divinidad. Jamás me he sentido pequeño en una orilla. No me ha reducido la vastedad del azul que se extiende hasta la línea del horizonte. Todo lo contrario. Los garbanzos y las inmensidades me inflan. Me hacen sentir vivo. Conectado con un plano de la naturaleza que durante mis depresiones parezco haber olvidado o sepultado entre los muros de la ciudad. Es la misma sensación que me provoca una buena borrachera, una gran conversación o un auténtico polvazo.
Si existe un dios, que bendiga ahora mismo las noches que me ha otorgado las tres cosas juntas y no solo en ese orden.
¿No podría vivir siempre así? Me pregunto los martes. ¿O me explotaría el corazón y resto de vísceras internas? Levantarme cada mañana en el Olimpo, dotado de los poderes eléctricos de Zeus. Despertarme con el rayo que me recorre y me quema por dentro la primera vez que beso a alguien que me gusta. Mucho. Desayunar voltios con cereales y bajar a la tierra para ir al teatro, al cine o a un concierto, en busca del efecto Joule.
En busca de calor.
Calor que no te crea ni te destruye, pero siempre te transforma.
Calor rojo. Alejado de la gama cromática de los martes grises.
Steve Jobs dijo: «Si te levantas durante varios días seguidos y te das cuenta de que lo que haces no es lo que quieres, has de cambiar», y yo: «Steve, fuiste un puto burgués». Mi conciencia de narrador omnisciente dice: «qué aburrido estoy de mis contradicciones», y yo: «las contradicciones caminan por el lado todopoderoso de la vida: el más débil, del más humano; no hay suficiente literatura sobre ellas».
Los más listos dirán «necesitamos los martes para apreciar los juernes», y yo: «la próxima vez que escuche decir juernes me compraré un kalasnhikov». Y por mí y por todos mis compañeros:
MANIFIESTO: No quiero que mi mundo mida 1.40 x 2.00. No quiero trabajar, comer del tupper que haya logrado prepararme el día anterior y salir ocho u ochocientas horas después para volver a la cama y a reiniciar el día de la marmota.
MANIFIESTO TAMBIÉN: Quiero dedicar parte de las horas que no estoy dormido (ojalá mi vida entera) a todas aquellas cosas que nos definen como humanos y no son una autopista. Alejarme de pantallas, excels, aglomeraciones, ruidos, mails, ambulancias, gobernantes, ignorantes, gobernantes ignorantes; acercarme a canciones, vinos, siestas, diálogos, luces bajas, bailes, cielos, películas y raviolis de ternera. Saberes fútiles. Conocimientos antiutilitaristas. Todo aquello que nos hace sentir y no nos sacará del umbral de la pobreza.
MANIFIESTO TAMBIÉN TAMBIÉN: Quiero empadronarme en Suecia. Porque allí han estrenado una jornada laboral de seis horas sin bajar los salarios. El leitmotiv original de este texto. Aunque luego me haya ido por los cerros de Silicon Valley. Si no lo consigo, redactaré el borrador del Real Decreto de Abolición de los Martes y formaré un partido para presentarme a las Elecciones Europeas y aprobarlo.
#VotaTuesdayHaters
Imagen: Calendario de Vasava.

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