26 de junio 2017    /   DIGITAL
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Los mejores tuits antes de Twitter

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Twitter encerró el pensamiento abreviado tras una reja de 140 caracteres. Pero eso fue solo una restricción tecnológica. El pensamiento abreviado viene de mucho más atrás. De hecho, comienza con las Sagradas Escrituras, cuando estas dictaminaron: «Mas yo os digo que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del Juicio».

Y eso es lo que intenta evitar Twitter cuando fija el número máximo de caracteres que podemos utilizar, que acabemos en el infierno por culpa de nuestra verborrea.

Mucho más tarde, ya en el Siglo de Oro, fueron algunos de sus grandes protagonistas quienes nos lo advirtieron. Incluso respetando los límites de Twitter (sin que entonces nadie se lo pidiera) nos impulsaron a buscar la brevedad con una sorprendente capacidad visionaria.

Así, Cervantes, por ejemplo, escribió: «Sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo».

Y para explicarnos la dificultad de tal exigencia, Quevedo, a su vez, aclara: «Más fácilmente se añade lo que falta que se quita lo que sobra».

¿Y todo esto por qué? Otro tuitero de la época, Shakespeare, lo explicó de esta manera: «La brevedad es el alma del ingenio».

Es cierto, pero también existe algo más profundo en esta recurrente abreviación de la escritura: la obsesión del ser humano por comprobar si el mundo entero cabe en una frase.

Ese es el motivo por el que la mayoría de los tuits de aquella época estuvieron cargados de buenas intenciones. Por eso, la proliferación de haters u «odiadores» que hoy deambulan por Twitter no  podemos adjudicársela a la vocación sintética de esta plataforma, sino a su capacidad expansiva. Es esta, con sus ventajas e inconvenientes, la que ha potenciado esa raza nacida del rencor, la tristeza o la búsqueda de la notoriedad por cuenta ajena.

Una raza que fue vislumbrada por Cioran cuando habló de la obsesión por «concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo». Pensamiento que, en principio, y a falta de las limitaciones establecidas mucho más tarde por Twitter, se sirvió de la concreción del aforismo para redactar sus diatribas.

De hecho, los cuatro maestros universales del aforismo, Heráclito, Schopenhauer, Nietzsche y el propio Cioran, fueron auténticos predecesores del espíritu  hater. Y para que conste, aquí van algunos ejemplos.

Heráclito, el primero de ellos, escribió:

«Los médicos cortan, queman, torturan. Y haciendo a los enfermos un bien, que más parece mal, exigen una recompensa que casi no merecen».

Un comentario que podíamos leer hoy en Twitter sin sorprendernos, pero que fue redactado 500 años antes de Cristo.

Schopenhauer, por su parte, dejó constancia de la arrogancia hater en esta frase:

«En el mundo no cabe otra cosa sino la elección entre soledad o vulgaridad».

Y fue el tercero, Nietzsche, el que estableció el criterio que utiliza el hater para orientar sus ataques:

«No se odia mientras se menosprecia. No se odia mas que a su igual o a su superior».

Ojalá todas estas premoniciones no continúen cumpliéndose. De lo contrario, esa contaminación virtual acabará destruyendo las redes sociales y su inmenso poder colaborativo y democratizador. Y lo que es peor, terminaremos dándole la razón al ya citado Cioran en otro de sus contundentes aforismos:

«Toda palabra dicha es una palabra de más».

Hemos de evitar que esto suceda. Porque tanto en los aforismos de ayer como en los tuits de hoy, lo único que sobra no es la palabra. Es la palabrota.

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Y eso es lo que intenta evitar Twitter cuando fija el número máximo de caracteres que podemos utilizar, que acabemos en el infierno por culpa de nuestra verborrea.

Mucho más tarde, ya en el Siglo de Oro, fueron algunos de sus grandes protagonistas quienes nos lo advirtieron. Incluso respetando los límites de Twitter (sin que entonces nadie se lo pidiera) nos impulsaron a buscar la brevedad con una sorprendente capacidad visionaria.

Así, Cervantes, por ejemplo, escribió: «Sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo».

Y para explicarnos la dificultad de tal exigencia, Quevedo, a su vez, aclara: «Más fácilmente se añade lo que falta que se quita lo que sobra».

¿Y todo esto por qué? Otro tuitero de la época, Shakespeare, lo explicó de esta manera: «La brevedad es el alma del ingenio».

Es cierto, pero también existe algo más profundo en esta recurrente abreviación de la escritura: la obsesión del ser humano por comprobar si el mundo entero cabe en una frase.

Ese es el motivo por el que la mayoría de los tuits de aquella época estuvieron cargados de buenas intenciones. Por eso, la proliferación de haters u «odiadores» que hoy deambulan por Twitter no  podemos adjudicársela a la vocación sintética de esta plataforma, sino a su capacidad expansiva. Es esta, con sus ventajas e inconvenientes, la que ha potenciado esa raza nacida del rencor, la tristeza o la búsqueda de la notoriedad por cuenta ajena.

Una raza que fue vislumbrada por Cioran cuando habló de la obsesión por «concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo». Pensamiento que, en principio, y a falta de las limitaciones establecidas mucho más tarde por Twitter, se sirvió de la concreción del aforismo para redactar sus diatribas.

De hecho, los cuatro maestros universales del aforismo, Heráclito, Schopenhauer, Nietzsche y el propio Cioran, fueron auténticos predecesores del espíritu  hater. Y para que conste, aquí van algunos ejemplos.

Heráclito, el primero de ellos, escribió:

«Los médicos cortan, queman, torturan. Y haciendo a los enfermos un bien, que más parece mal, exigen una recompensa que casi no merecen».

Un comentario que podíamos leer hoy en Twitter sin sorprendernos, pero que fue redactado 500 años antes de Cristo.

Schopenhauer, por su parte, dejó constancia de la arrogancia hater en esta frase:

«En el mundo no cabe otra cosa sino la elección entre soledad o vulgaridad».

Y fue el tercero, Nietzsche, el que estableció el criterio que utiliza el hater para orientar sus ataques:

«No se odia mientras se menosprecia. No se odia mas que a su igual o a su superior».

Ojalá todas estas premoniciones no continúen cumpliéndose. De lo contrario, esa contaminación virtual acabará destruyendo las redes sociales y su inmenso poder colaborativo y democratizador. Y lo que es peor, terminaremos dándole la razón al ya citado Cioran en otro de sus contundentes aforismos:

«Toda palabra dicha es una palabra de más».

Hemos de evitar que esto suceda. Porque tanto en los aforismos de ayer como en los tuits de hoy, lo único que sobra no es la palabra. Es la palabrota.

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