24 de noviembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Radiografía del turismo de borrachera: «¡Siempre hay una gran fiesta de beber en algún lugar de España!»

24 de noviembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Turistas que vomitan en los contenedores. Turistas que mean en la puerta de tu finca. Turistas que rompen el silencio de la madrugada entonando himnos imposibles. Se llama turismo de borrachera y tiene la estampa típica de una horda de chavales locos llegados del frío para –mientras dura el verano– arrasar la ciudad. Muchos titulares piensan en ellos como una masa uniforme de hormonas, selfies y cubatas de vodka; los estereotipan tratándolos de extraterrestres y a menudo se preguntan: ¿qué quieren de nosotros?

Tan fácil como preguntarles a ellos. Kaihla McConnell tiene 25 años y es mitad irlandesa, mitad australiana. La primera vez que vino a Barcelona se quedó a dormir en las oficinas de Stoke Travel, una agencia especializada en turismo de fiesta. «Aquel día fuimos al Fucking Mondays en un bar de Plaza Catalunya. Incluía barra libre, así que el grupo de americanos con el que iba terminó empapado en cócteles, cerveza y sangría. Yo además jugué al beerpong y acabé la noche desmayada en el tejado de la casa Stoke».

Kaihla participó en todos los planes que ofrece la agencia en la ciudad condal, del pack de fiesta en discotecas del puerto a las dos horas de barra libre en las famosas boat parties o, traducido de manera libre: tardes de desfase en alta mar. «Se trata de un paseo bordeando la playa con un par de horas de empinar el codo y entrada libre en los bares cercanos. En el barco nos sirvieron cerveza, sangría y mimosas mientras nosotros lo dábamos todo. Después, de vuelta a tierra firme, los miembros de Stoke nos organizaron en una cola y nos guiaron durante toda la noche, pero nos correspondió a nosotros asegurarnos de ver el amanecer».

Esa retórica a medio camino entre lo cursi y lo vitalista resume la idiosincrasia del turismo de borrachera. Fiesteros y bebedores con espíritu para ver salir el sol. En los mismos términos se expresa Annabel Robinson, una australiana de 22 años y estudiante de Comunicación que ha recorrido España de festival en festival, de la batalla del vino en Haro a San Fermín pasando por la Tomatina de Puzol: «En estas fiestas no hay límites; si alguien te reta a hacer algo, hazlo. Embudos de cerveza, chupitos, lo que sea… Todos vamos siempre sucios y las duchas son escasas, pero no importa porque es la mejor diversión que tendremos jamás».

El culpable de toda esa diversión se llama Toby Paramore, tiene 33 años y empezó en el negocio vendiendo un poco del espacio sobrante en su furgoneta. Llegó a Barcelona atraído por la fiesta ininterrumpida y desde entonces no ha dejado que esta decaiga. Lo hace mediante Stoke Travel, un negocio que, según dice, convoca cada año a más de 20.000 chavales en torno a la farra. La pregunta inicial era para él: ¿qué queréis de nosotros, Toby?

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«Te diré que no nos gustan las compañías de turismo nacionales. Los grupos organizados de una sola nacionalidad son una forma de turismo bastante horrible. Mil australianos a la vez apestan, mil estadounidenses juntos molestan, mil ingleses a la vez destrozan. Cuando los grupos son una mezcla de nacionalidades, edades, géneros; cuando son diversos y el destino es hermoso, las cosas siempre funcionan. Al final se trata de conocer a gente de otros lugares».

Ciertamente, en la separación entre el «nosotros» y el «ellos» se filtra un discurso xenófobo disfrazado de civismo y gusto por el orden. Para Toby, la culpabilización del extranjero (¡vienen a ensuciarnos las playas!) es un argumento débil; tapa otros problemas y rara vez ayuda a solucionar problemas reales. «Con diez años recuerdo sentir resentimiento hacia las hordas de extranjeros que venían a mi playa de Sydney. Mi abuela aún tiene el mismo resentimiento hacia los japoneses llegados a Australia, y lo único cierto es que a causa del prejuicio se está perdiendo un sushi increíble».

Viajar es una vacuna contra el racismo, está claro, lo que no está tan claro es que viajar con el alcohol como horizonte sirva para algo más que para llevarse un bonito coma etílico al hospital. Esa es la tesis defendida por Joan Lluís Llopis en el libro Viaje al turismo basura. El periodista argumenta que la consecuencia de beber como cosacos es que a veces desemboca en muertes absolutamente evitables. «La gente toma a quienes se caen de los balcones por borrachos profesionales, pero en muchos casos son chavales que en sus países de origen apenas beben más de la cuenta», afirma.

Según cuenta, dentro del turismo de borrachera convergen –además del matarratas en botella de cristal– elementos igualmente indeseables, prostitución, mafias de drogas y algunas también laborales. Dice que hay una gran cantidad de personas en la industria que trabajan en negro, y de hecho Stoke Travel no le quita razón, pues gran parte de sus trabajadores en eventos no ven un solo euro. La agencia los llama voluntarios y les da comida y alojamiento, a cambio ellos tienen que controlar la multitud, montar tiendas (cuando se trata de campamentos) y asegurarse de que todo el mundo tenga una cerveza en la mano.

Respecto a las drogas, ¿cuál es su política? Al habla Toby Paramore: «Si vas a cualquier festival y coges a uno de sus participantes, lo pones boca abajo y lo sacudes; seguramente caerá un lote de fertilizantes para plantas. Lo mismo ocurre con el alcohol, son adultos, no los tratamos con condescendencia, estamos seguros de que nadie tiene que decirles cómo vivir sus vidas. No obstante, cada día vienen chicos más saludables y sospecho que el sistema educativo está haciendo un buen trabajo».

Dentro del supuesto juego saludable quedan enmarcadas acciones como la de Sanfermines 2016, cuando montaron una carrera de atletas desnudos y les apercibió la Policía por el consecuente escándalo público. O la ruta cazafantamas en Halloween de este año: la convocatoria ofrecía alcohol ilimitado por el centro de Barcelona, pero descubrieron, tras recibir una carta del Ayuntamiento, que la propuesta –sorpresa– era ilegal. Risas y a por la siguiente. No dramas. Fuck calm.

Al final, en la historia del turismo descontrolado los grandes perjudicados no son clientes ni instituciones, sino los vecinos de los barrios que acogen rutas como las mencionadas. Vecinos que en muchos casos terminan por largarse. Cuando no lo hacen, cuando resisten en sus casas viendo cómo un puñado de borrachos enchufa el móvil con Maluma baby a las 6 de la mañana, lo único que queda es asociarse y pelear.

Así lo entendió Teresa Picazo, de la asociación de vecinos del Gótico: «Aunque el tema de la independencia lo tape todo, nosotras seguimos luchando y visibilizando nuestra causa para lograr un turismo inclusivo. Yo llevo 66 años viviendo aquí, toda mi vida, pero en los últimos tiempos algunas zonas se han hecho completamente inhabitables. La consecuencia de la fuga de vecinos es que ha desaparecido el comercio de proximidad dando pie a un comercio turístico de souvenirs, souvenirs y más souvenirs. Eso no aporta nada».

La otra consecuencia es que el Gótico se ha convertido en un hotel inmenso y desregulado. El problema saltó a los medios hace algunos meses bajo el sobrenombre de ‘turismofobia’. En Barcelona odian al turista, alertaban, obviando la crisis habitacional que resulta de convertir el centro de una metrópoli en el epicentro de la fiesta mundial.

Cuando los vecinos no huyen, los caseros echan a sus inquilinos porque aquellos turistas afanados en «ver el amanecer» dejan más dinero si los metes, una semana detrás de otra, en tu pisito Airbnb. Así es como la masificación turística y su ramificación alcohólica cierran comercios y desahucian a vecinos, a golpe de modas, perfectamente conscientes de que cuando la fiesta cierre y los promotores se lleven la música a otra parte, en el barrio no quedará ni el apuntador.

¿Qué se puede hacer para evitar el vaciado? Según Joan Balañach, de la Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible (ABTS), el primer paso consiste en darle contenido al concepto sostenible: «Todos hablamos de sostenibilidad sin decir nada; pero de lo que se trata es de situar en primer plano el derecho a la vivienda y al uso del espacio público. Barcelona no es una mercancía, sino una ciudad que ha de ser compartida por vecinos y visitantes».

Este discurso choca continuamente con el argumento del turismo y su rentabilidad económica, un debate que –razona Joan– debiera tratarse desde la objetividad de los datos. «El turismo masivo (solo en julio llegaron 10 millones de personas) aporta el 13% del PIB de la ciudad y más de 10.000 empleos relacionados con el sector. Sin embargo, apenas se mide los costes generados por los continuos cambios de vivienda, las medidas de protección, los planes de limpieza y transporte, etc».

Eso sin contar el coste social de convertir España en una barraca de feria. Lo decía una de las turistas de Stoke Travel, la neozelandesa Aimee Jay, encantada con el hecho de que «¡siempre hay una gran fiesta de beber en algún lugar del país!». ¿Nos rasgamos las vestiduras? Durante décadas España ha exportado su ‘spanish fiesta’ con el pecho henchido, enorgullecida de su gracejo, su jolgorio y sus amaneceres. Hoy ocurre que llegan extranjeros buscando farra y los criminalizamos llamándoles turistas basura. Preferimos a las familias porque gritan menos y gastan más.

Ahora bien, antes de cuestionar a los jóvenes por quemar las noches siendo jóvenes o a las agencias por operar (casi siempre) dentro de la legalidad; quizás convenga revisar qué se exportó de España durante su adolescencia democrática –¡olé!– o apuntar al modelo urbanístico montado detrás de las concesiones a hoteles y locales de fiesta. De la ‘spanish fiesta’ se han lucrado políticos y empresarios, pero la culpa, a ojos de la opinión pública, suele ser de los guiris.

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Turistas que vomitan en los contenedores. Turistas que mean en la puerta de tu finca. Turistas que rompen el silencio de la madrugada entonando himnos imposibles. Se llama turismo de borrachera y tiene la estampa típica de una horda de chavales locos llegados del frío para –mientras dura el verano– arrasar la ciudad. Muchos titulares piensan en ellos como una masa uniforme de hormonas, selfies y cubatas de vodka; los estereotipan tratándolos de extraterrestres y a menudo se preguntan: ¿qué quieren de nosotros?

Tan fácil como preguntarles a ellos. Kaihla McConnell tiene 25 años y es mitad irlandesa, mitad australiana. La primera vez que vino a Barcelona se quedó a dormir en las oficinas de Stoke Travel, una agencia especializada en turismo de fiesta. «Aquel día fuimos al Fucking Mondays en un bar de Plaza Catalunya. Incluía barra libre, así que el grupo de americanos con el que iba terminó empapado en cócteles, cerveza y sangría. Yo además jugué al beerpong y acabé la noche desmayada en el tejado de la casa Stoke».

Kaihla participó en todos los planes que ofrece la agencia en la ciudad condal, del pack de fiesta en discotecas del puerto a las dos horas de barra libre en las famosas boat parties o, traducido de manera libre: tardes de desfase en alta mar. «Se trata de un paseo bordeando la playa con un par de horas de empinar el codo y entrada libre en los bares cercanos. En el barco nos sirvieron cerveza, sangría y mimosas mientras nosotros lo dábamos todo. Después, de vuelta a tierra firme, los miembros de Stoke nos organizaron en una cola y nos guiaron durante toda la noche, pero nos correspondió a nosotros asegurarnos de ver el amanecer».

Esa retórica a medio camino entre lo cursi y lo vitalista resume la idiosincrasia del turismo de borrachera. Fiesteros y bebedores con espíritu para ver salir el sol. En los mismos términos se expresa Annabel Robinson, una australiana de 22 años y estudiante de Comunicación que ha recorrido España de festival en festival, de la batalla del vino en Haro a San Fermín pasando por la Tomatina de Puzol: «En estas fiestas no hay límites; si alguien te reta a hacer algo, hazlo. Embudos de cerveza, chupitos, lo que sea… Todos vamos siempre sucios y las duchas son escasas, pero no importa porque es la mejor diversión que tendremos jamás».

El culpable de toda esa diversión se llama Toby Paramore, tiene 33 años y empezó en el negocio vendiendo un poco del espacio sobrante en su furgoneta. Llegó a Barcelona atraído por la fiesta ininterrumpida y desde entonces no ha dejado que esta decaiga. Lo hace mediante Stoke Travel, un negocio que, según dice, convoca cada año a más de 20.000 chavales en torno a la farra. La pregunta inicial era para él: ¿qué queréis de nosotros, Toby?

alcohol-glass-grass-drinking

«Te diré que no nos gustan las compañías de turismo nacionales. Los grupos organizados de una sola nacionalidad son una forma de turismo bastante horrible. Mil australianos a la vez apestan, mil estadounidenses juntos molestan, mil ingleses a la vez destrozan. Cuando los grupos son una mezcla de nacionalidades, edades, géneros; cuando son diversos y el destino es hermoso, las cosas siempre funcionan. Al final se trata de conocer a gente de otros lugares».

Ciertamente, en la separación entre el «nosotros» y el «ellos» se filtra un discurso xenófobo disfrazado de civismo y gusto por el orden. Para Toby, la culpabilización del extranjero (¡vienen a ensuciarnos las playas!) es un argumento débil; tapa otros problemas y rara vez ayuda a solucionar problemas reales. «Con diez años recuerdo sentir resentimiento hacia las hordas de extranjeros que venían a mi playa de Sydney. Mi abuela aún tiene el mismo resentimiento hacia los japoneses llegados a Australia, y lo único cierto es que a causa del prejuicio se está perdiendo un sushi increíble».

Viajar es una vacuna contra el racismo, está claro, lo que no está tan claro es que viajar con el alcohol como horizonte sirva para algo más que para llevarse un bonito coma etílico al hospital. Esa es la tesis defendida por Joan Lluís Llopis en el libro Viaje al turismo basura. El periodista argumenta que la consecuencia de beber como cosacos es que a veces desemboca en muertes absolutamente evitables. «La gente toma a quienes se caen de los balcones por borrachos profesionales, pero en muchos casos son chavales que en sus países de origen apenas beben más de la cuenta», afirma.

Según cuenta, dentro del turismo de borrachera convergen –además del matarratas en botella de cristal– elementos igualmente indeseables, prostitución, mafias de drogas y algunas también laborales. Dice que hay una gran cantidad de personas en la industria que trabajan en negro, y de hecho Stoke Travel no le quita razón, pues gran parte de sus trabajadores en eventos no ven un solo euro. La agencia los llama voluntarios y les da comida y alojamiento, a cambio ellos tienen que controlar la multitud, montar tiendas (cuando se trata de campamentos) y asegurarse de que todo el mundo tenga una cerveza en la mano.

Respecto a las drogas, ¿cuál es su política? Al habla Toby Paramore: «Si vas a cualquier festival y coges a uno de sus participantes, lo pones boca abajo y lo sacudes; seguramente caerá un lote de fertilizantes para plantas. Lo mismo ocurre con el alcohol, son adultos, no los tratamos con condescendencia, estamos seguros de que nadie tiene que decirles cómo vivir sus vidas. No obstante, cada día vienen chicos más saludables y sospecho que el sistema educativo está haciendo un buen trabajo».

Dentro del supuesto juego saludable quedan enmarcadas acciones como la de Sanfermines 2016, cuando montaron una carrera de atletas desnudos y les apercibió la Policía por el consecuente escándalo público. O la ruta cazafantamas en Halloween de este año: la convocatoria ofrecía alcohol ilimitado por el centro de Barcelona, pero descubrieron, tras recibir una carta del Ayuntamiento, que la propuesta –sorpresa– era ilegal. Risas y a por la siguiente. No dramas. Fuck calm.

Al final, en la historia del turismo descontrolado los grandes perjudicados no son clientes ni instituciones, sino los vecinos de los barrios que acogen rutas como las mencionadas. Vecinos que en muchos casos terminan por largarse. Cuando no lo hacen, cuando resisten en sus casas viendo cómo un puñado de borrachos enchufa el móvil con Maluma baby a las 6 de la mañana, lo único que queda es asociarse y pelear.

Así lo entendió Teresa Picazo, de la asociación de vecinos del Gótico: «Aunque el tema de la independencia lo tape todo, nosotras seguimos luchando y visibilizando nuestra causa para lograr un turismo inclusivo. Yo llevo 66 años viviendo aquí, toda mi vida, pero en los últimos tiempos algunas zonas se han hecho completamente inhabitables. La consecuencia de la fuga de vecinos es que ha desaparecido el comercio de proximidad dando pie a un comercio turístico de souvenirs, souvenirs y más souvenirs. Eso no aporta nada».

La otra consecuencia es que el Gótico se ha convertido en un hotel inmenso y desregulado. El problema saltó a los medios hace algunos meses bajo el sobrenombre de ‘turismofobia’. En Barcelona odian al turista, alertaban, obviando la crisis habitacional que resulta de convertir el centro de una metrópoli en el epicentro de la fiesta mundial.

Cuando los vecinos no huyen, los caseros echan a sus inquilinos porque aquellos turistas afanados en «ver el amanecer» dejan más dinero si los metes, una semana detrás de otra, en tu pisito Airbnb. Así es como la masificación turística y su ramificación alcohólica cierran comercios y desahucian a vecinos, a golpe de modas, perfectamente conscientes de que cuando la fiesta cierre y los promotores se lleven la música a otra parte, en el barrio no quedará ni el apuntador.

¿Qué se puede hacer para evitar el vaciado? Según Joan Balañach, de la Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible (ABTS), el primer paso consiste en darle contenido al concepto sostenible: «Todos hablamos de sostenibilidad sin decir nada; pero de lo que se trata es de situar en primer plano el derecho a la vivienda y al uso del espacio público. Barcelona no es una mercancía, sino una ciudad que ha de ser compartida por vecinos y visitantes».

Este discurso choca continuamente con el argumento del turismo y su rentabilidad económica, un debate que –razona Joan– debiera tratarse desde la objetividad de los datos. «El turismo masivo (solo en julio llegaron 10 millones de personas) aporta el 13% del PIB de la ciudad y más de 10.000 empleos relacionados con el sector. Sin embargo, apenas se mide los costes generados por los continuos cambios de vivienda, las medidas de protección, los planes de limpieza y transporte, etc».

Eso sin contar el coste social de convertir España en una barraca de feria. Lo decía una de las turistas de Stoke Travel, la neozelandesa Aimee Jay, encantada con el hecho de que «¡siempre hay una gran fiesta de beber en algún lugar del país!». ¿Nos rasgamos las vestiduras? Durante décadas España ha exportado su ‘spanish fiesta’ con el pecho henchido, enorgullecida de su gracejo, su jolgorio y sus amaneceres. Hoy ocurre que llegan extranjeros buscando farra y los criminalizamos llamándoles turistas basura. Preferimos a las familias porque gritan menos y gastan más.

Ahora bien, antes de cuestionar a los jóvenes por quemar las noches siendo jóvenes o a las agencias por operar (casi siempre) dentro de la legalidad; quizás convenga revisar qué se exportó de España durante su adolescencia democrática –¡olé!– o apuntar al modelo urbanístico montado detrás de las concesiones a hoteles y locales de fiesta. De la ‘spanish fiesta’ se han lucrado políticos y empresarios, pero la culpa, a ojos de la opinión pública, suele ser de los guiris.

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