22 de agosto 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Extravagancias turísticas: pagar por vendimiar, rodar porno o ir a la guerra

22 de agosto 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Viajar ya no es un acto revolucionario. Desplazarse de un lugar extraño, sumergirte en arquitecturas y urbanismos diferentes, contemplar otras formas de cotidianidad distintas a la tuya.

Estas actividades, de tan accesibles, frecuentes y masivas, se tornan planas para muchos, dejan de sorprender. A la vez, dejan de dispensar la preciada sensación de exclusividad, de estar emprendiendo un camino poco explorado.

Por descontado, no se puede trasladar la necesidad de sorprender a los turistas a los territorios receptores ni a sus habitantes. La masificación no impide que quienes saben mirar logren exprimir la riqueza de un destino.

Pero hay quienes necesitan una novedad demasiado obvia; o quienes desean compensar la falta de estimulación interna con una estimulación externa bien empaquetada.

Hace unos años, RTVE emitió el documental Las nuevas rutas turísticas en el que ya se veían ejemplos de un turismo inusual y que, en algunos de los casos, sobrepasan la frontera de la ética y el ridículo.

El documento retrata una jornada de la actividad Caminata Nocturna. La aventura se localiza en el Estado de Hidalgo (México), que cuenta con un 80% de población emigrada a Estados Unidos. «Jóvenes turistas adinerados disfrutan lo que otros sufren a la fuerza», explica el narrador. Los turistas pagan por vivir una noche desesperada intentando cruzar la frontera.

La empresa lo prepara todo para una experiencia realista: un falso contrabandista con pasamontañas, persecuciones falsas de la policía fronteriza durante horas, arrestos violentos simulados. Al finalizar, uno de los turistas afirmaba con sonrisa de satisfacción que hubo momentos en los que sintió miedo de verdad.

Los responsables lo plantean como una actividad cuyo fin es concienciar y generar empatía con quienes arriesgan la vida para escapar de la miseria. Algunos turistas lo entienden así; otros buscan el espectáculo.

En cualquier caso, Caminata Nocturna se organiza con visión de negocio. ¿Es ético? ¿Esta ruta define más a quienes la organizan para ganar algo de dinero o a quienes acuden a ella a disfrutar de una dosis controlada de sufrimiento?

El documental menciona otros ejemplos: pasar una semana en un rodaje porno, fotografiando lo que se pueda, tocando lo que se pueda; actividades extremas de supervivencia; o viajes para participar en rituales chamánicos.

Hay ejemplos más locales. El enoturismo es un sector creciente. En 2016 dejó 49 millones de euros en España. Es la cultura gourmet en retroceso. El turista va a los museos y las bodegas a preguntarse, quizá, qué hay detrás de las botellas en las que gasta tanto esfuerzo intelectual y tanto dinero al cabo del año.

Pero dentro de esta corriente se crean paquetes insólitos. Unos amigos de un pueblo de La Mancha compartieron por WhatsApp un cartel en el que se definía una actividad que les hizo echarse las manos a la cabeza: una jornada en un viñedo, arrancando las racimos de las cepas, preparando el fruto, probando el mosto.

El mensaje publicitario decía algo como «aprende la técnica de recolección de la uva», e incluía palabras que cebaban una imagen de naturaleza plácida y pureza. La conclusión del grupo fue tajante: «Cómo son estos de la capi. Pagan por ir a vendimiar».

Este tipo de turismo que maquilla de autenticidad esnob lo que, sencillamente, es un trabajo que desloma, no se limita a los cultivos, también se extiende a la ganadería.

Vacaciones en la guerra

Un poco menos arriesgado que vendimiar a pleno sol es el turismo de guerra. Hay agencias que organizan viajes a zonas que padecen conflictos activos como Siria o Afganistan.

El diario chileno Publimetro refirió la historia de Andrew Drury, un constructor británico de 50 años, que fue perseguido en el Congo. Drury se vio de pronto perseguido, huyendo despavoridamente de la muerte. Cuando logró salvarse, en plena orgía de endorfinas, supo que había encontrado una nueva pasión.

Empezó a viajar a países como Somalia, Irak, Afganistán o Chechenia. Estuvo a 500 metros de la zona talibán. Si lo miramos con los ojillos sedientos de épica, podemos definirlo como cazador de riesgos; si lo miramos estando en nuestros cabales, como un inconsciente.

Agencias como Ingle Internacional organizan viajes de gran peligro. Los clientes ansían cada vez más pisar Siria o Irak. El director Robin Ingle explicó a La Tercera el perfil de los participantes:

«Ahora hay viajeros extremos que insisten en actividades del más alto riesgo o en zonas muy riesgosas. Hemos tenido que salvar a algunos cuando están en problemas. En un área de alto riesgo nunca se puede saber quién es amigo o qué sucederá».

No se busca la simulación, sino el peligro real. No se trata de visitar una zona de interés a pesar del peligro, sino de zambullirse en el propio peligro.

Estas rutas se nutren de la existencia de la tragedia. Si no hubiera guerras, tendrían que inventarlas para satisfacer a estos viajeros. Y eso, en un mundo que cada vez confunde más los deseos con los derechos, da bastante miedo.

Viajar ya no es un acto revolucionario. Desplazarse de un lugar extraño, sumergirte en arquitecturas y urbanismos diferentes, contemplar otras formas de cotidianidad distintas a la tuya.

Estas actividades, de tan accesibles, frecuentes y masivas, se tornan planas para muchos, dejan de sorprender. A la vez, dejan de dispensar la preciada sensación de exclusividad, de estar emprendiendo un camino poco explorado.

Por descontado, no se puede trasladar la necesidad de sorprender a los turistas a los territorios receptores ni a sus habitantes. La masificación no impide que quienes saben mirar logren exprimir la riqueza de un destino.

Pero hay quienes necesitan una novedad demasiado obvia; o quienes desean compensar la falta de estimulación interna con una estimulación externa bien empaquetada.

Hace unos años, RTVE emitió el documental Las nuevas rutas turísticas en el que ya se veían ejemplos de un turismo inusual y que, en algunos de los casos, sobrepasan la frontera de la ética y el ridículo.

El documento retrata una jornada de la actividad Caminata Nocturna. La aventura se localiza en el Estado de Hidalgo (México), que cuenta con un 80% de población emigrada a Estados Unidos. «Jóvenes turistas adinerados disfrutan lo que otros sufren a la fuerza», explica el narrador. Los turistas pagan por vivir una noche desesperada intentando cruzar la frontera.

La empresa lo prepara todo para una experiencia realista: un falso contrabandista con pasamontañas, persecuciones falsas de la policía fronteriza durante horas, arrestos violentos simulados. Al finalizar, uno de los turistas afirmaba con sonrisa de satisfacción que hubo momentos en los que sintió miedo de verdad.

Los responsables lo plantean como una actividad cuyo fin es concienciar y generar empatía con quienes arriesgan la vida para escapar de la miseria. Algunos turistas lo entienden así; otros buscan el espectáculo.

En cualquier caso, Caminata Nocturna se organiza con visión de negocio. ¿Es ético? ¿Esta ruta define más a quienes la organizan para ganar algo de dinero o a quienes acuden a ella a disfrutar de una dosis controlada de sufrimiento?

El documental menciona otros ejemplos: pasar una semana en un rodaje porno, fotografiando lo que se pueda, tocando lo que se pueda; actividades extremas de supervivencia; o viajes para participar en rituales chamánicos.

Hay ejemplos más locales. El enoturismo es un sector creciente. En 2016 dejó 49 millones de euros en España. Es la cultura gourmet en retroceso. El turista va a los museos y las bodegas a preguntarse, quizá, qué hay detrás de las botellas en las que gasta tanto esfuerzo intelectual y tanto dinero al cabo del año.

Pero dentro de esta corriente se crean paquetes insólitos. Unos amigos de un pueblo de La Mancha compartieron por WhatsApp un cartel en el que se definía una actividad que les hizo echarse las manos a la cabeza: una jornada en un viñedo, arrancando las racimos de las cepas, preparando el fruto, probando el mosto.

El mensaje publicitario decía algo como «aprende la técnica de recolección de la uva», e incluía palabras que cebaban una imagen de naturaleza plácida y pureza. La conclusión del grupo fue tajante: «Cómo son estos de la capi. Pagan por ir a vendimiar».

Este tipo de turismo que maquilla de autenticidad esnob lo que, sencillamente, es un trabajo que desloma, no se limita a los cultivos, también se extiende a la ganadería.

Vacaciones en la guerra

Un poco menos arriesgado que vendimiar a pleno sol es el turismo de guerra. Hay agencias que organizan viajes a zonas que padecen conflictos activos como Siria o Afganistan.

El diario chileno Publimetro refirió la historia de Andrew Drury, un constructor británico de 50 años, que fue perseguido en el Congo. Drury se vio de pronto perseguido, huyendo despavoridamente de la muerte. Cuando logró salvarse, en plena orgía de endorfinas, supo que había encontrado una nueva pasión.

Empezó a viajar a países como Somalia, Irak, Afganistán o Chechenia. Estuvo a 500 metros de la zona talibán. Si lo miramos con los ojillos sedientos de épica, podemos definirlo como cazador de riesgos; si lo miramos estando en nuestros cabales, como un inconsciente.

Agencias como Ingle Internacional organizan viajes de gran peligro. Los clientes ansían cada vez más pisar Siria o Irak. El director Robin Ingle explicó a La Tercera el perfil de los participantes:

«Ahora hay viajeros extremos que insisten en actividades del más alto riesgo o en zonas muy riesgosas. Hemos tenido que salvar a algunos cuando están en problemas. En un área de alto riesgo nunca se puede saber quién es amigo o qué sucederá».

No se busca la simulación, sino el peligro real. No se trata de visitar una zona de interés a pesar del peligro, sino de zambullirse en el propio peligro.

Estas rutas se nutren de la existencia de la tragedia. Si no hubiera guerras, tendrían que inventarlas para satisfacer a estos viajeros. Y eso, en un mundo que cada vez confunde más los deseos con los derechos, da bastante miedo.

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Opiniones 3
  • Por supuesto algunas de esas actividades turísticas son deleznables pero incluir en el mismo saco algunas que ofrecen alternativas de inmersión en la naturaleza, la tradición o la cultura es tan ridículo como escribir un artículo desde un sillón en la ciudad y sin conocimiento alguno de lo que se ofrece, basándose en lo que «unos turistas escribieron en whatsapp a la vista de un cartel.
    Llevo varios años ofreciendo la posibilidad de participar, que no vendimiar, en el acto social, folclórico y antropológico que supone la vendimia tradicional de la sierra de Gata, o la recogida de cereza en el Jerte. No consiste en deslomar a nadie ni hacerle el trabajo a nadie sino en participar desde dentro de una forma artesana y popular de hacer las cosas. Es una manera de adentrarnos en las costumbre y comprenderlas mejor. En el caso de la cereza cada uno recoge la caja que se va a llevar a casa y en la uva apenas si cortan unos racimos y contemplan como observadores la tradición de la extracción del zumo. Poco más. Son experiencias que nos ayudan a valorar el trabajo del campo, la labor del campesino o campesina y los beneficios del producto local, las variedades autóctonas, la producción ecología y la soberanía popular de los recursos naturales. Pero claro, intentar hacérselo ver a alguien que lo pone en el mismo saco que emular el paso de la frontera de México o participar en una película porno es ridiculo.

  • Es difícil que un turista valore lo que ofrece un lugar cuando muchas veces ni los propios habitantes lo hacen. Cada vez pareciera que hay menos interés por la riqueza natural, cultural e histórica de un destino.

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