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16 de julio 2019    /   BUSINESS
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Viajar con el armario en la maleta

El mercado del turismo LGTBI mueve dinero, pero ¿lo suficiente para cambiar la mentalidad de algunos de los países más retrógrados del mundo? ¿Es ético acaso viajar a estos destinos? ¿Es aconsejable? Estas son algunas de las dudas que asaltan a un turista LGTBI+ antes de plantearse sus vacaciones.

16 de julio 2019    /   BUSINESS     por          
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Hay muchos sitios a los que me gustaría volver y solo uno al que no. Y sin embargo, cada vez que cojo un avión rumbo a un destino exótico acabo allí otra vez. La última me sucedió hace un año, en medio del desierto del Sahara. Entonces volví al armario.

En realidad volvimos, pues fue una regresión compartida. Volver al armario con tu novio es raro. Es como robarle el dildo a la abuela o invitar a una ronda a un alcohólico, una especie de luxación moral, un esguince de principios que sabe a culpa no tanto por ser una derrota, sino por ser una derrota compartida.

Mi novio y yo volvimos juntos al armario en el Sahara. Después de tres días de viaje por la ruta de las mil Kasbahs, nuestro guía nos enseñó la que habría de ser nuestra jaima para la noche en el desierto. Habíamos contratado una tienda privada con cama de matrimonio y lo que nos mostraba era una tienda a compartir con otras cuatro personas con colchonetas en el suelo. Cuando le hicimos ver el error replicó que las camas matrimoniales eran para las parejas, «eso tiene sentido con un hombre y una mujer, y ninguno de vosotros parece una mujer», añadió en un inglés macarrónico.

Se rió, no supimos si para subrayar que todo aquello era una inocente broma o para ridiculizarnos. No quisimos comprobarlo. Cogimos nuestras cosas y nos metimos en nuestra jaima para seis, en nuestro armario para dos, sin hacer mucho ruido.

Artículo relacionado

Turismo LGTBI+

No fue una decisión valiente, lo sé. Supongo que la valentía y el activismo LGTBI se apagan en cuanto aterrizas en un país en el que la homosexualidad está penada con prisión. Al menos, en mi caso.

Nuestro viaje continuó sin grandes problemas. Dormimos en camas matrimoniales, nos hicimos fotos con gestos de compadreo fraternal, recorrimos juntos, sin rozarnos, las callejuelas de Marrakech, vimos un atardecer con las manos fijas en nuestros respectivos vasos de té. Paseamos juntos, pero no demasiado, por los jardines de Yves Saint Laurent…

Yves Saint Laurent era hijo adoptivo de Marrakech. También era abiertamente homosexual. Este detalle no se menciona en su casa museo, la que un día fue su casa a secas. La compartía entonces con quien fuera su novio, el empresario Pierre Bergé. Miro el folleto turístico para constatar que aparece brevemente acreditado como un «compañero» de Laurent, un adjetivo de ambigüedad precisa, tan laboral como romántico. Yo también estoy aquí con mi compañero, pienso. Y hay algo de retorcido en todo esto.

Los turistas LGTBI somos un poco como Yves Saint Laurent, hijos adoptivos de ciudades que quieren nuestro dinero, pero niegan de plano nuestros derechos. Y nosotros entramos en su juego. Renunciamos a ellos en pos de una experiencia estimulante, de una playa exótica, de una foto en Instagram.

«Solíamos pensar así al principio, especialmente cuando viajábamos por Asia, donde ser gay es ilegal en la mayoría de los países». Stefan y Sebastien me contestan amables y solícitos a pesar de que, más que una pregunta, les he soltado un discurso vía email. Les escribo todavía enfadado y frustrado, nada más llegar de Marruecos, a su web Nomadic Boys.

En esta página de estética preciosista, esta pareja homosexual habla de turismo LGTBI+ y cuenta sus experiencias por el mundo. Hay un poco de todo. Desde un crucero de lujo gayfriendly por Indonesia (uno de los países más homófobos del mundo), a un relajante masaje en pareja en Malasia (donde ser gay está penado con prisión). También cuentan historias personales; por ejemplo, cómo se convirtieron en la imágen del Rainbow romance package de un hotel de Filipinas (cuyo presidente, Rodrigo Duterte, dice que la homosexualidad se cura acostándose con mujeres hermosas).

No eres consciente de cuántos besos, caricias y gestos tienes con tu pareja en público hasta que te los prohíben

Ojeando su Instagram uno podría pensar que esta pareja anglofrancesa no se ha parado a pensar en el dilema del turismo LGTBI. Y uno podría ser un flipado y equivocarse de pleno. Constato con un par de preguntas que tienen todo esto mucho más pensado y analizado que yo. A fin de cuentas llevan cinco años dedicados a viajar por el mundo y contar su experiencia. «Hemos aprendido que esa actitud puede ser muy tóxica para la comunidad LGTBI local en los países homófobos», me explican. Intuyo que «esa actitud» es el tonito de activista moralmente superior que exhibo en mis preguntas.

«Por ejemplo, cuando estuvimos en Malasia, nos esforzamos por buscar negocios gayfriendly y apoyarlos en todo lo que pudimos. Tratamos de conocer a los lugareños LGTBI y hacer amigos en el colectivo, aprender más sobre la vida local a través de sus ojos y escribir sobre esto en nuestro blog».

Cuando yo estuve en Malasia, escogí hoteles baratos y el mayor esfuerzo que hice fue el de buscar un bar donde sirvieran alcohol, no creo que eso cuente como activismo. También fui con mi novio, tampoco tuvimos ninguna muestra de cariño en público, pero los malayos no ven estas con buenos ojos, ni siquiera entre un hombre y una mujer, así que no le dimos mayor importancia.

Nos metimos en nuestro armario sin rechistar y, de vez en cuando, recalamos en zonas muy turísticas, zonas de las que normalmente huiría, pero que se convierten en un espacio seguro cuando eres un viajero gay en un país homófobo. Un espacio necesario. No eres consciente de cuántos besos, caricias y gestos tienes con tu pareja en público hasta que te los prohíben.

Leones sodomitas y activismo de masajes

Hace un año, el director del Instituto de Clasificación de Películas de Kenia salió a dar explicaciones sobre el comportamiento sexual de dos leones macho. En Kenia se llama a los censores con nombres muy raros, estos dan ruedas de prensa aún más raras y hay tanto safari que los leones ya no pueden ni sodomizarse tranquilos. «Es culpa de los turistas», bramó escandalizado el censor.

«Esa actitud no la han podido ver entre nosotros, la habrán aprendido de los turistas porque los leones no ven películas». Cuesta creer que dos felinos vean películas casi tanto como que empiecen a sodomizarse frenéticamente al ver a unas señoras lesbianas de Murcia haciéndoles fotos.

Aun así, la noticia señaló no tanto al león como al elefante en la habitación. Puso encima de la mesa la existencia de turismo LGTBI en estos países, evidenció que los gobiernos represivos lo saben, que creen que puede tener un efecto transformador. Y que tienen miedo.

Es la constatación del discurso de Nomadic Boys, pero algo me sigue diciendo que contratar un paquete romántico LGTBI en un país donde los homosexuales menos ricos y blancos que tú van a la cárcel está mal. Una vez más ellos rebaten mis reticencias con argumentos. «Mira, por ejemplo, las chicas que nos atendieron a nosotros en el spa eran locales. Al principio se estaban riendo, probablemente porque nunca habían visto a una pareja gay en su vida. Pero lo importante es que vieron que no somos monstruos. Luego hablarán de esto con sus amigos y lentamente nos volveremos más normales a sus ojos, lo cual es clave para el progreso».

Turistas gais en una discoteca asiática

A veces la forma de activismo más efectiva es darse un masaje, ir de compras, de safari, darse un caprichito. Es tan frívolo como efectivo: importa más dónde metes la tarjeta que donde estampas tu firma o coreas tus consignas. Incluso más que dónde metes tu pene.

No fue la presión internacional la que hizo que, hace unos meses, el Sultán de Brunei paralizara su proposición de ley para castigar la homosexualidad con pena de muerte; fue el boicot a su cadena de hoteles. Es el dinero y no el activismo lo que mueve el mundo. Y el turismo mueve mucho, mucho dinero.

Según la Organización Mundial del Turismo esta industria es la primera o segunda fuente de ingresos en 20 de los 48 países menos desarrollados del mundo. Casi todos estos se encuentran en otra lista, la de las 70 naciones que penalizan la homosexualidad.

La idea de Nomadic Boys puede ser interesante, pero, con 36 millones de viajeros LGTBI al año (según datos, una vez más, de la OMT), ¿qué se podría conseguir si todo el turismo LGTBI boicoteara a un país homófobo? ¿Algo parecido a lo que se consigue visitando los negocios más tolerantes de ese mismo país? ¿Algo mejor? Me asalta la duda así que me fijo en el caso más paradigmático.

Bodas gais en el país más homófobo del mundo

En los últimos años Indonesia ha iniciado una escalada creciente de homofobia. Mientras las cifras de turismo se disparan (con incrementos del 5% anual), crece de forma paralela la violencia contra el colectivo LGTBI.

Visité Indonesia en 2016, justo cuando empezaba la ofensiva conservadora en el país. Estaba soltero, así que apenas noté la homofobia que empezaba a rumiarse en las esquinas del país. Encendí Grindr un par de veces para constatar que, sobre todo, era una aplicación para turistas.

Había unas pocas fotos de torsos o de paisajes que, intuí, eran de locales, temerosos de enseñar su cara. Hacían bien. Lo que yo no sabía (lo he confirmado repasando fechas a la hora de hacer este reportaje) es que mientras yo abría alegremente Grindr, el gobierno indonesio estaba ordenando su cierre aduciendo que se usaba para pervertir a menores.

No fue la presión internacional la que hizo que el Sultán de Brunei paralizara castigar la homosexualidad con pena de muerte; fue el boicot a su cadena de hoteles. Es el dinero y no el activismo lo que mueve el mundo

En Europa, Grindr es una app de contactos entre hombres que sirve para echar un polvo. Pero en lugares como Indonesia tiene usos insospechados como destruir la moral del país o enfurecer a los dioses. Incluso puede servir para vertebrar y empoderar a la escueta comunidad gay.

Aquí no hay barrios ni bares de ambiente así que Grindr hace las veces de Chueca virtual, (al menos para los hombres, las mujeres están aquí doblemente invisibilizadas). Es un lugar donde organizarse, conocer a gente, planear fiestas o simplemente hablar. Por eso su cierre supuso un mazazo para la comunidad.

«Sí, bueno, pero se siguen usando, ¿eh?». Pregunto por la situación a Dédé Oetomo, activista y fundador de Gaya Nusantara, la asociación LGTBI más grande de Indonesia. «Oficialmente, Grindr está prohibido», me confirma, «pero en la práctica se usa. Hay incluso algún bar que va cambiando de localización cada cierto tiempo y asociaciones como la mía».

Turismo LGTBI+

Oetomo es activista, pero en bajito. La prensa lo silencia, los políticos lo ignoran y muchas de las actividades de su ONG se realizan «de forma underground», signifique eso lo que signifique. Reconoce que la apertura de su país al turismo LGTBI no ha venido acompañada de una apertura de mente, pero no por ello hace una lectura crítica del mismo. «La gente local y los turistas se mezclan en las zonas típicas como Bali, Yogyakarta y Yakarta», explica, «y eso es positivo para ambos mundos».

Oetomo me tranquiliza y entiende que, cada vez que visite un país homófobo, vuelva cautamente al armario. De hecho, es lo que recomienda. «Creo que es importante que el turista LGBTI que venga aquí salga con cuidado», opina.

«Es importante que compartan los valores de su país de origen con las personas con las que están en contacto, pero sin necesidad de ponerse en riesgo. En cualquier caso, la presión principal debe ser diplomática y ejercerse por otros canales, como las embajadas o la ONU».

Puede que tenga razón y que esta no sea la vía más adecuada, pero está demostrando ser bastante efectiva. El turismo y la globalización tienen muchos efectos negativos, pero la propagación de causas como el feminismo o los derechos LGTBI podrían ser unos alegres efectos colaterales.

Oetomo pone un último ejemplo para evidenciar la doble moral de su país. Hace unos meses una boda homosexual conmocionó a Indonesia. Se trataba de un enlace simbólico entre un estadounidense y un local que acabó con vals, barra libre y amenaza de cárcel.

Los contrayentes viajaron de vuelta a EE UU antes de que esto último sucediera. En Bali es fácil contratar un paquete nupcial dirigido al público LGTBI para casarse. También es fácil acabar apaleado o encarcelado por ese mismo motivo.

El turismo LGTBI está poniendo estas dos realidades frente al espejo. Y de este enfrentamiento pueden surgir muchas cosas. Unos dicen que la ira de los dioses; otros, que un par de leones machos decidan probar cosas nuevas; hay incluso quien apuesta por la conquista de unos cuantos derechos civiles. En cualquier caso, merece la pena descubrirlo.

Hay muchos sitios a los que me gustaría volver y solo uno al que no. Y sin embargo, cada vez que cojo un avión rumbo a un destino exótico acabo allí otra vez. La última me sucedió hace un año, en medio del desierto del Sahara. Entonces volví al armario.

En realidad volvimos, pues fue una regresión compartida. Volver al armario con tu novio es raro. Es como robarle el dildo a la abuela o invitar a una ronda a un alcohólico, una especie de luxación moral, un esguince de principios que sabe a culpa no tanto por ser una derrota, sino por ser una derrota compartida.

Mi novio y yo volvimos juntos al armario en el Sahara. Después de tres días de viaje por la ruta de las mil Kasbahs, nuestro guía nos enseñó la que habría de ser nuestra jaima para la noche en el desierto. Habíamos contratado una tienda privada con cama de matrimonio y lo que nos mostraba era una tienda a compartir con otras cuatro personas con colchonetas en el suelo. Cuando le hicimos ver el error replicó que las camas matrimoniales eran para las parejas, «eso tiene sentido con un hombre y una mujer, y ninguno de vosotros parece una mujer», añadió en un inglés macarrónico.

Se rió, no supimos si para subrayar que todo aquello era una inocente broma o para ridiculizarnos. No quisimos comprobarlo. Cogimos nuestras cosas y nos metimos en nuestra jaima para seis, en nuestro armario para dos, sin hacer mucho ruido.

Turismo LGTBI+

No fue una decisión valiente, lo sé. Supongo que la valentía y el activismo LGTBI se apagan en cuanto aterrizas en un país en el que la homosexualidad está penada con prisión. Al menos, en mi caso.

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Nuestro viaje continuó sin grandes problemas. Dormimos en camas matrimoniales, nos hicimos fotos con gestos de compadreo fraternal, recorrimos juntos, sin rozarnos, las callejuelas de Marrakech, vimos un atardecer con las manos fijas en nuestros respectivos vasos de té. Paseamos juntos, pero no demasiado, por los jardines de Yves Saint Laurent…

Yves Saint Laurent era hijo adoptivo de Marrakech. También era abiertamente homosexual. Este detalle no se menciona en su casa museo, la que un día fue su casa a secas. La compartía entonces con quien fuera su novio, el empresario Pierre Bergé. Miro el folleto turístico para constatar que aparece brevemente acreditado como un «compañero» de Laurent, un adjetivo de ambigüedad precisa, tan laboral como romántico. Yo también estoy aquí con mi compañero, pienso. Y hay algo de retorcido en todo esto.

Los turistas LGTBI somos un poco como Yves Saint Laurent, hijos adoptivos de ciudades que quieren nuestro dinero, pero niegan de plano nuestros derechos. Y nosotros entramos en su juego. Renunciamos a ellos en pos de una experiencia estimulante, de una playa exótica, de una foto en Instagram.

«Solíamos pensar así al principio, especialmente cuando viajábamos por Asia, donde ser gay es ilegal en la mayoría de los países». Stefan y Sebastien me contestan amables y solícitos a pesar de que, más que una pregunta, les he soltado un discurso vía email. Les escribo todavía enfadado y frustrado, nada más llegar de Marruecos, a su web Nomadic Boys.

En esta página de estética preciosista, esta pareja homosexual habla de turismo LGTBI+ y cuenta sus experiencias por el mundo. Hay un poco de todo. Desde un crucero de lujo gayfriendly por Indonesia (uno de los países más homófobos del mundo), a un relajante masaje en pareja en Malasia (donde ser gay está penado con prisión). También cuentan historias personales; por ejemplo, cómo se convirtieron en la imágen del Rainbow romance package de un hotel de Filipinas (cuyo presidente, Rodrigo Duterte, dice que la homosexualidad se cura acostándose con mujeres hermosas).

No eres consciente de cuántos besos, caricias y gestos tienes con tu pareja en público hasta que te los prohíben

Ojeando su Instagram uno podría pensar que esta pareja anglofrancesa no se ha parado a pensar en el dilema del turismo LGTBI. Y uno podría ser un flipado y equivocarse de pleno. Constato con un par de preguntas que tienen todo esto mucho más pensado y analizado que yo. A fin de cuentas llevan cinco años dedicados a viajar por el mundo y contar su experiencia. «Hemos aprendido que esa actitud puede ser muy tóxica para la comunidad LGTBI local en los países homófobos», me explican. Intuyo que «esa actitud» es el tonito de activista moralmente superior que exhibo en mis preguntas.

«Por ejemplo, cuando estuvimos en Malasia, nos esforzamos por buscar negocios gayfriendly y apoyarlos en todo lo que pudimos. Tratamos de conocer a los lugareños LGTBI y hacer amigos en el colectivo, aprender más sobre la vida local a través de sus ojos y escribir sobre esto en nuestro blog».

Cuando yo estuve en Malasia, escogí hoteles baratos y el mayor esfuerzo que hice fue el de buscar un bar donde sirvieran alcohol, no creo que eso cuente como activismo. También fui con mi novio, tampoco tuvimos ninguna muestra de cariño en público, pero los malayos no ven estas con buenos ojos, ni siquiera entre un hombre y una mujer, así que no le dimos mayor importancia.

Nos metimos en nuestro armario sin rechistar y, de vez en cuando, recalamos en zonas muy turísticas, zonas de las que normalmente huiría, pero que se convierten en un espacio seguro cuando eres un viajero gay en un país homófobo. Un espacio necesario. No eres consciente de cuántos besos, caricias y gestos tienes con tu pareja en público hasta que te los prohíben.

Leones sodomitas y activismo de masajes

Hace un año, el director del Instituto de Clasificación de Películas de Kenia salió a dar explicaciones sobre el comportamiento sexual de dos leones macho. En Kenia se llama a los censores con nombres muy raros, estos dan ruedas de prensa aún más raras y hay tanto safari que los leones ya no pueden ni sodomizarse tranquilos. «Es culpa de los turistas», bramó escandalizado el censor.

«Esa actitud no la han podido ver entre nosotros, la habrán aprendido de los turistas porque los leones no ven películas». Cuesta creer que dos felinos vean películas casi tanto como que empiecen a sodomizarse frenéticamente al ver a unas señoras lesbianas de Murcia haciéndoles fotos.

Aun así, la noticia señaló no tanto al león como al elefante en la habitación. Puso encima de la mesa la existencia de turismo LGTBI en estos países, evidenció que los gobiernos represivos lo saben, que creen que puede tener un efecto transformador. Y que tienen miedo.

Es la constatación del discurso de Nomadic Boys, pero algo me sigue diciendo que contratar un paquete romántico LGTBI en un país donde los homosexuales menos ricos y blancos que tú van a la cárcel está mal. Una vez más ellos rebaten mis reticencias con argumentos. «Mira, por ejemplo, las chicas que nos atendieron a nosotros en el spa eran locales. Al principio se estaban riendo, probablemente porque nunca habían visto a una pareja gay en su vida. Pero lo importante es que vieron que no somos monstruos. Luego hablarán de esto con sus amigos y lentamente nos volveremos más normales a sus ojos, lo cual es clave para el progreso».

Turistas gais en una discoteca asiática

A veces la forma de activismo más efectiva es darse un masaje, ir de compras, de safari, darse un caprichito. Es tan frívolo como efectivo: importa más dónde metes la tarjeta que donde estampas tu firma o coreas tus consignas. Incluso más que dónde metes tu pene.

No fue la presión internacional la que hizo que, hace unos meses, el Sultán de Brunei paralizara su proposición de ley para castigar la homosexualidad con pena de muerte; fue el boicot a su cadena de hoteles. Es el dinero y no el activismo lo que mueve el mundo. Y el turismo mueve mucho, mucho dinero.

Según la Organización Mundial del Turismo esta industria es la primera o segunda fuente de ingresos en 20 de los 48 países menos desarrollados del mundo. Casi todos estos se encuentran en otra lista, la de las 70 naciones que penalizan la homosexualidad.

La idea de Nomadic Boys puede ser interesante, pero, con 36 millones de viajeros LGTBI al año (según datos, una vez más, de la OMT), ¿qué se podría conseguir si todo el turismo LGTBI boicoteara a un país homófobo? ¿Algo parecido a lo que se consigue visitando los negocios más tolerantes de ese mismo país? ¿Algo mejor? Me asalta la duda así que me fijo en el caso más paradigmático.

Bodas gais en el país más homófobo del mundo

En los últimos años Indonesia ha iniciado una escalada creciente de homofobia. Mientras las cifras de turismo se disparan (con incrementos del 5% anual), crece de forma paralela la violencia contra el colectivo LGTBI.

Visité Indonesia en 2016, justo cuando empezaba la ofensiva conservadora en el país. Estaba soltero, así que apenas noté la homofobia que empezaba a rumiarse en las esquinas del país. Encendí Grindr un par de veces para constatar que, sobre todo, era una aplicación para turistas.

Había unas pocas fotos de torsos o de paisajes que, intuí, eran de locales, temerosos de enseñar su cara. Hacían bien. Lo que yo no sabía (lo he confirmado repasando fechas a la hora de hacer este reportaje) es que mientras yo abría alegremente Grindr, el gobierno indonesio estaba ordenando su cierre aduciendo que se usaba para pervertir a menores.

No fue la presión internacional la que hizo que el Sultán de Brunei paralizara castigar la homosexualidad con pena de muerte; fue el boicot a su cadena de hoteles. Es el dinero y no el activismo lo que mueve el mundo

En Europa, Grindr es una app de contactos entre hombres que sirve para echar un polvo. Pero en lugares como Indonesia tiene usos insospechados como destruir la moral del país o enfurecer a los dioses. Incluso puede servir para vertebrar y empoderar a la escueta comunidad gay.

Aquí no hay barrios ni bares de ambiente así que Grindr hace las veces de Chueca virtual, (al menos para los hombres, las mujeres están aquí doblemente invisibilizadas). Es un lugar donde organizarse, conocer a gente, planear fiestas o simplemente hablar. Por eso su cierre supuso un mazazo para la comunidad.

«Sí, bueno, pero se siguen usando, ¿eh?». Pregunto por la situación a Dédé Oetomo, activista y fundador de Gaya Nusantara, la asociación LGTBI más grande de Indonesia. «Oficialmente, Grindr está prohibido», me confirma, «pero en la práctica se usa. Hay incluso algún bar que va cambiando de localización cada cierto tiempo y asociaciones como la mía».

Turismo LGTBI+

Oetomo es activista, pero en bajito. La prensa lo silencia, los políticos lo ignoran y muchas de las actividades de su ONG se realizan «de forma underground», signifique eso lo que signifique. Reconoce que la apertura de su país al turismo LGTBI no ha venido acompañada de una apertura de mente, pero no por ello hace una lectura crítica del mismo. «La gente local y los turistas se mezclan en las zonas típicas como Bali, Yogyakarta y Yakarta», explica, «y eso es positivo para ambos mundos».

Oetomo me tranquiliza y entiende que, cada vez que visite un país homófobo, vuelva cautamente al armario. De hecho, es lo que recomienda. «Creo que es importante que el turista LGBTI que venga aquí salga con cuidado», opina.

«Es importante que compartan los valores de su país de origen con las personas con las que están en contacto, pero sin necesidad de ponerse en riesgo. En cualquier caso, la presión principal debe ser diplomática y ejercerse por otros canales, como las embajadas o la ONU».

Puede que tenga razón y que esta no sea la vía más adecuada, pero está demostrando ser bastante efectiva. El turismo y la globalización tienen muchos efectos negativos, pero la propagación de causas como el feminismo o los derechos LGTBI podrían ser unos alegres efectos colaterales.

Oetomo pone un último ejemplo para evidenciar la doble moral de su país. Hace unos meses una boda homosexual conmocionó a Indonesia. Se trataba de un enlace simbólico entre un estadounidense y un local que acabó con vals, barra libre y amenaza de cárcel.

Los contrayentes viajaron de vuelta a EE UU antes de que esto último sucediera. En Bali es fácil contratar un paquete nupcial dirigido al público LGTBI para casarse. También es fácil acabar apaleado o encarcelado por ese mismo motivo.

El turismo LGTBI está poniendo estas dos realidades frente al espejo. Y de este enfrentamiento pueden surgir muchas cosas. Unos dicen que la ira de los dioses; otros, que un par de leones machos decidan probar cosas nuevas; hay incluso quien apuesta por la conquista de unos cuantos derechos civiles. En cualquier caso, merece la pena descubrirlo.

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