5 de octubre 2020    /   ENTRETENIMIENTO
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‘Turista o residente’, dos maneras de conocer una ciudad

5 de octubre 2020    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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¿Conocéis el chiste? Un hombre muere y San Pedro le pide elegir cuál será su última morada: el cielo o el infierno. El hombre, indeciso, pide conocer antes los dos lugares y luego decidir. San Pedro acepta y le enseña primero el cielo, un lugar insulso, muy poco apetecible. Seguidamente, le lleva al infierno, donde todo es un fiestón lleno de placeres. El hombre lo tiene claro. Se queda en el infierno. Y nada más cerrar la puerta, del fiestón que había contemplado no queda nada y sí un lugar lleno de horrores. El hombre se siente estafado y pide a San Pedro que le devuelva al infierno que habían visitado. «Estás en el mismo lugar», contesta el santo, «la única diferencia es que antes eras turista y ahora eres residente».

De esta manera nos introduce Pablo Carballal en su pequeño ensayo titulado Turista o residente, publicado por Pie de Página. Pequeño no solo en extensión, sino también en formato porque este librito ha sido editado a la misma escala que una  Moleskine, una de las agendas o cuadernos que Carballal usa en sus viajes para anotar todo cuanto observa y se le pasa por la cabeza.

«Llevar un cuaderno y un lápiz encima es una costumbre que tengo desde hace mucho tiempo», comenta este arquitecto madrileño y viajero. «Mis cuadernos no son cuadernos de viaje realmente, sino un cúmulo de ideas, diseños o anotaciones de cosas que he observado, ya sea viajando o no. Un día, al ver que con los años los cuadernos van ocupando más y más sitio en el cajón, decidí recopilar todo aquello que hablaba sobre los años que viví en el extranjero, y el resultado es este libro. Tengo idea de recopilar otras cosas para otros libros. Dicen que la creatividad bebe del presente, pero en Turista o residente (y los siguientes libros, si los escribo) beben más bien de los cuadernos del cajón, que están llenos de material del pasado».

Carballal nos cuenta desde su punto de vista las diferencias entre ser simplemente un viajero que pasa por una ciudad, hace unas fotos y se va, y ser un habitante más de ese lugar que, en un primer momento, no es suyo y que acaba convirtiendo en su hogar durante un tiempo. La mirada no es la misma. Cambian las perspectivas, aunque sepas que tu estancia allí sea provisional.

El autor de Turista o residente nos habla de su experiencia tras haber vivido durante un año, como mínimo en Roma, Londres, Nueva York y Berlín en el espacio de cuatro años. «En el libro hablo del proceso de turista a residente. Visto así, podría haber un punto medio en algún punto de ese proceso. Pero, por otro lado, son dos vivencias cualitativamente muy distintas. Al aterrizar en una ciudad sin billete de vuelta, la experiencia exclusiva del residente empieza en ese mismo momento», comenta Carballal.

Pero ¿cuándo se deja de ser un mero turista para convertirse en un residente? «Lo máximo que he vivido en una ciudad es poco más de un año, así que solo puedo hablar de esa medida, que es la que conozco», responde el arquitecto.

«Lo que he comprobado al completar esa franja de tiempo concreta, con sus cuatro estaciones y el comienzo del año siguiente asomando a la vuelta de la esquina, es que se cierra una especie de círculo estacional muy revelador. Una ciudad no es la misma en invierno que en verano. Un ejemplo muy claro es Berlín. Vivir el invierno en Berlín ayuda a entender su verano, y viceversa. Estoy seguro de que un segundo año me habría dado una nueva perspectiva sobre el primero. Toda una década me habría enseñado cómo la ciudad se adapta al cambio de los tiempos. Medio siglo, o toda la vida…  Imagino que no hay límite para profundizar en la condición de residente».

No en todas esas ciudades Pablo Carballal se sintió igual de acogido y de asentado. Cada ciudad le regaló una experiencia que él anotó en su cuaderno y en su vida. «En Nueva York, la superficialidad americana al principio hace gracia (era confortable); la densidad de Berlín al principio hace gracia (era inspiradora); el ímpetu de los italianos hace gracia (era exótico); el sadismo de Londres al principio hace gracia (era selvático)», escribe en uno de los capítulos de su libro.

«En unas fui más feliz que en otras, pero en todas llegué a sentirme como un residente más. Es posible lograr amoldarse a un lugar que no es el tuyo. Igual que se puede llegar a ser bueno en un trabajo que no te gusta», comenta cuando le preguntamos si en alguna no consiguió dejar de ser turista.

El libro de Carballal no es una guía de viajes. A través de sus reflexiones y de su experiencia, nos sube en su avión particular y nos invita a sobrevolar estas cuatro ciudades que él siente suyas, de alguna manera, para alejarnos de la postal que nuestra mente reproduce al mencionar sus nombres. «Las ciudades mutan según tu momento personal y las circunstancias en las que eres acogido», leemos en otro capítulo. «…En el cambio del turismo hacia la residencia la clave está en cómo pugnas con los cambios de apreciación, en la manera en que lidias con los diferentes puntos de vista posibles sobre lo que está ocurriendo», nos dice un poco más adelante.

El idioma de cada una de ellas y cómo nos lanzamos a chapurrearlo también nos transforma y nos convierte en personajes de una obra que no nos hubiéramos atrevido a interpretar de haber seguido viviendo en el confort de nuestro mundo. «Lejos de casa tienes la ocasión de presentarte como un personaje nuevo y esquemático, amparado por el secretismo de tu pasado y por tu inherente exotismo foráneo», nos explica en el capítulo que titula Ventajas del mal hablar.

Todo ello le lleva a reflexionar también sobre el privilegio de ser residente. ¿En qué consiste?, le preguntamos. «En verte formando parte del pálpito de una ciudad, sea la ciudad que sea. Cuando esto ocurre, el contenido de la ciudad pierde importancia, y lo que predomina es notar que te has acompasado con ella».

Pero seamos realistas. No está al alcance de cualquiera poder convertirse en habitante de una ciudad que no es la nuestra. Ser turista es más fácil, escaparte de tu lugar de residencia habitual y recorrer con ansia o con calma, tú eliges, la ciudad que siempre has querido conocer. Lo que quizá sí esté dentro de las posibilidades de todos sea hacer un turismo diferente. «El turismo es maravilloso en sí mismo. Cuanto más mejor», opina Carballal.

«Lo malo en mi caso es que le cogí tanto el gusto a habitar ciudades que ahora el turismo me resulta una experiencia muy limitada, a no ser que viaje para ver algo concreto que me interese. Por ejemplo, no se me ha perdido nada en Brno, pero estoy deseando ir allí para ver la casa Tugendhat. Pasear unos días por Brno, sin embargo, estaría nublado por mi obsesiva conciencia de que no me estoy enterando de cómo es realmente la naturaleza de la ciudad. Cosa que sí podía descubrir cuando era residente».

Al final, concluimos tras leer sus reflexiones, acabamos regresando al lugar del que procedemos. Atrás quedan esas otras ciudades que hicimos nuestras durante un tiempo y en las que fuimos felices en mayor o menor intensidad. Hay un dicho que dice que no debes volver a los lugares en los que una vez fuiste feliz. Pero Pablo Carballal no está de acuerdo con esa afirmación. «Claro que sí [se puede volver], pero teniendo presente que no vamos a encontrar lo que recordamos. Sin esto claro, pediremos a las ciudades que vuelvan a ser lo que ya no son. Para mí, volver a Roma, donde fui feliz, fue un ejercicio primero de nostalgia y luego de desengaño».

¿Conocéis el chiste? Un hombre muere y San Pedro le pide elegir cuál será su última morada: el cielo o el infierno. El hombre, indeciso, pide conocer antes los dos lugares y luego decidir. San Pedro acepta y le enseña primero el cielo, un lugar insulso, muy poco apetecible. Seguidamente, le lleva al infierno, donde todo es un fiestón lleno de placeres. El hombre lo tiene claro. Se queda en el infierno. Y nada más cerrar la puerta, del fiestón que había contemplado no queda nada y sí un lugar lleno de horrores. El hombre se siente estafado y pide a San Pedro que le devuelva al infierno que habían visitado. «Estás en el mismo lugar», contesta el santo, «la única diferencia es que antes eras turista y ahora eres residente».

De esta manera nos introduce Pablo Carballal en su pequeño ensayo titulado Turista o residente, publicado por Pie de Página. Pequeño no solo en extensión, sino también en formato porque este librito ha sido editado a la misma escala que una  Moleskine, una de las agendas o cuadernos que Carballal usa en sus viajes para anotar todo cuanto observa y se le pasa por la cabeza.

«Llevar un cuaderno y un lápiz encima es una costumbre que tengo desde hace mucho tiempo», comenta este arquitecto madrileño y viajero. «Mis cuadernos no son cuadernos de viaje realmente, sino un cúmulo de ideas, diseños o anotaciones de cosas que he observado, ya sea viajando o no. Un día, al ver que con los años los cuadernos van ocupando más y más sitio en el cajón, decidí recopilar todo aquello que hablaba sobre los años que viví en el extranjero, y el resultado es este libro. Tengo idea de recopilar otras cosas para otros libros. Dicen que la creatividad bebe del presente, pero en Turista o residente (y los siguientes libros, si los escribo) beben más bien de los cuadernos del cajón, que están llenos de material del pasado».

Carballal nos cuenta desde su punto de vista las diferencias entre ser simplemente un viajero que pasa por una ciudad, hace unas fotos y se va, y ser un habitante más de ese lugar que, en un primer momento, no es suyo y que acaba convirtiendo en su hogar durante un tiempo. La mirada no es la misma. Cambian las perspectivas, aunque sepas que tu estancia allí sea provisional.

El autor de Turista o residente nos habla de su experiencia tras haber vivido durante un año, como mínimo en Roma, Londres, Nueva York y Berlín en el espacio de cuatro años. «En el libro hablo del proceso de turista a residente. Visto así, podría haber un punto medio en algún punto de ese proceso. Pero, por otro lado, son dos vivencias cualitativamente muy distintas. Al aterrizar en una ciudad sin billete de vuelta, la experiencia exclusiva del residente empieza en ese mismo momento», comenta Carballal.

Pero ¿cuándo se deja de ser un mero turista para convertirse en un residente? «Lo máximo que he vivido en una ciudad es poco más de un año, así que solo puedo hablar de esa medida, que es la que conozco», responde el arquitecto.

«Lo que he comprobado al completar esa franja de tiempo concreta, con sus cuatro estaciones y el comienzo del año siguiente asomando a la vuelta de la esquina, es que se cierra una especie de círculo estacional muy revelador. Una ciudad no es la misma en invierno que en verano. Un ejemplo muy claro es Berlín. Vivir el invierno en Berlín ayuda a entender su verano, y viceversa. Estoy seguro de que un segundo año me habría dado una nueva perspectiva sobre el primero. Toda una década me habría enseñado cómo la ciudad se adapta al cambio de los tiempos. Medio siglo, o toda la vida…  Imagino que no hay límite para profundizar en la condición de residente».

No en todas esas ciudades Pablo Carballal se sintió igual de acogido y de asentado. Cada ciudad le regaló una experiencia que él anotó en su cuaderno y en su vida. «En Nueva York, la superficialidad americana al principio hace gracia (era confortable); la densidad de Berlín al principio hace gracia (era inspiradora); el ímpetu de los italianos hace gracia (era exótico); el sadismo de Londres al principio hace gracia (era selvático)», escribe en uno de los capítulos de su libro.

«En unas fui más feliz que en otras, pero en todas llegué a sentirme como un residente más. Es posible lograr amoldarse a un lugar que no es el tuyo. Igual que se puede llegar a ser bueno en un trabajo que no te gusta», comenta cuando le preguntamos si en alguna no consiguió dejar de ser turista.

El libro de Carballal no es una guía de viajes. A través de sus reflexiones y de su experiencia, nos sube en su avión particular y nos invita a sobrevolar estas cuatro ciudades que él siente suyas, de alguna manera, para alejarnos de la postal que nuestra mente reproduce al mencionar sus nombres. «Las ciudades mutan según tu momento personal y las circunstancias en las que eres acogido», leemos en otro capítulo. «…En el cambio del turismo hacia la residencia la clave está en cómo pugnas con los cambios de apreciación, en la manera en que lidias con los diferentes puntos de vista posibles sobre lo que está ocurriendo», nos dice un poco más adelante.

El idioma de cada una de ellas y cómo nos lanzamos a chapurrearlo también nos transforma y nos convierte en personajes de una obra que no nos hubiéramos atrevido a interpretar de haber seguido viviendo en el confort de nuestro mundo. «Lejos de casa tienes la ocasión de presentarte como un personaje nuevo y esquemático, amparado por el secretismo de tu pasado y por tu inherente exotismo foráneo», nos explica en el capítulo que titula Ventajas del mal hablar.

Todo ello le lleva a reflexionar también sobre el privilegio de ser residente. ¿En qué consiste?, le preguntamos. «En verte formando parte del pálpito de una ciudad, sea la ciudad que sea. Cuando esto ocurre, el contenido de la ciudad pierde importancia, y lo que predomina es notar que te has acompasado con ella».

Pero seamos realistas. No está al alcance de cualquiera poder convertirse en habitante de una ciudad que no es la nuestra. Ser turista es más fácil, escaparte de tu lugar de residencia habitual y recorrer con ansia o con calma, tú eliges, la ciudad que siempre has querido conocer. Lo que quizá sí esté dentro de las posibilidades de todos sea hacer un turismo diferente. «El turismo es maravilloso en sí mismo. Cuanto más mejor», opina Carballal.

«Lo malo en mi caso es que le cogí tanto el gusto a habitar ciudades que ahora el turismo me resulta una experiencia muy limitada, a no ser que viaje para ver algo concreto que me interese. Por ejemplo, no se me ha perdido nada en Brno, pero estoy deseando ir allí para ver la casa Tugendhat. Pasear unos días por Brno, sin embargo, estaría nublado por mi obsesiva conciencia de que no me estoy enterando de cómo es realmente la naturaleza de la ciudad. Cosa que sí podía descubrir cuando era residente».

Al final, concluimos tras leer sus reflexiones, acabamos regresando al lugar del que procedemos. Atrás quedan esas otras ciudades que hicimos nuestras durante un tiempo y en las que fuimos felices en mayor o menor intensidad. Hay un dicho que dice que no debes volver a los lugares en los que una vez fuiste feliz. Pero Pablo Carballal no está de acuerdo con esa afirmación. «Claro que sí [se puede volver], pero teniendo presente que no vamos a encontrar lo que recordamos. Sin esto claro, pediremos a las ciudades que vuelvan a ser lo que ya no son. Para mí, volver a Roma, donde fui feliz, fue un ejercicio primero de nostalgia y luego de desengaño».

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Opiniones 1
  • El final es como aquel poema de Whitman que dice algo así: La vida de la persona es como el vuelo del pajarillo que despega del nido y sólo regresa a él cuando ha de concluír su viaje. Aún así yo refuto esos versos de Whitman, que si bien son una especie de oda al contínuo transitar del individuo, concluyo yo que ni tan siquiera. Es decir, jamás regresas, es un viaje con un billete tan sólo de ida.

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