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29 de agosto 2016    /   DIGITAL
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Twitter es la hemeroteca de los tontos

29 de agosto 2016    /   DIGITAL     por          
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Si algo hemos aprendido de las películas de Quentin Tarantino es que el pasado siempre vuelve. Con katana o con látigo, pero siempre vuelve; y lo hace, además, con la imperturbable vehemencia de un testigo de Jehová. En estos casos, lo mejor es hacerlo a la Bill, es decir, esperando en tu mansión con esa paz absurda que da la asunción de tu propio destino. Sea el que sea.

Estás jodido, no pasa nada, hay que asumirlo: todo ese montón de tuits con faltas de ortografía, poco afortunados, publicados a altas horas de la madrugada, llenos de supuesto humor negro o simplemente fáciles de malinterpretar están esperando, como tú, a que llegue el momento. Y el momento, fundamentalmente, llega cuando trasciendes.

El rescate arqueológico de tuits, siempre al servicio del periodismo más fronterizo de sí mismo, se ha convertido ya en regla cuando alguien se (ex)pone debajo del foco. Hasta ahora, la pregunta que todo periodista debía esculpirse en el córtex para hacer bien su trabajo era la de «¿esto a quién beneficia?»; hoy, la primera pregunta es «espera, ¿tiene Twitter?». Y si lo tienes, date por muerto. No importa cuándo, ni dónde, ni cómo; y mucho menos por qué. El que está al otro lado de la pantalla escrutando tu timeline tiene la obstinación de Liam Neeson haciendo de Charles Bronson. Todos tus antiguos tuits llevan potencialmente la camiseta de Íñigo Montoya: «Tú mataste a mi padre, prepárate a morir».

Ya no esperan, de hecho, ni a que termines de ganarte la medalla de oro en unos Juegos Olímpicos. «Con un hambre que me como a un gitano cagando». Y a otro mirando, remata la muchas veces poco exquisita lírica popular. Ese era uno de los primeros tuits que disparaban la viralidad del último trabajo de investigación en Twitter.

Mientras cierta deportista española disputaba el oro en Río de Janeiro, se multiplicaban los retuits y, al final del partido, la protagonista se convertía en tendencia sin saber si lo hacía por la medalla o porque, cuatro o cinco años atrás, había publicado una frase de Juan Magán. De ese tipo de delitos de criterio todos hemos sido culpables, prescriben y tienen el atenuante de la edad: cuatro años atrás, nuestra protagonista apenas acababa de celebrar su mayoría de edad.

A pesar de este caso, el más cacareado de Guillermo Zapata o el de aquel futbolista que vio frustrado su fichaje por el filial del Barcelona por sus tuits sobre Cataluña (quién iba a pensarlo llamándose Sergi Guardiola), la hemeroteca de los tontos no es un invento español. De hecho, se ha cobrado muchas más víctimas más allá de nuestras fronteras.

El día que André Gray, delantero del Burnley, marcó su primer gol importante contra el Liverpool, reaparecieron tuits homófobos que había publicado cuatro años atrás, cuando ni siquiera era profesional. Poco después de coronarse con 18 años como Miss Teen USA, Karlie Hay vio cómo se recuperaban masivamente tuits en los que, dos y tres años antes, utilizaba la llamada N-word (el peyorativo nigga). Y mientras Kevin Durant, referente de la NBA, estaba decidiendo a qué equipo se marcharía este verano, tuits de hace más de un lustro empezaron a emerger con tal facilidad que su «Scarlett Johansson, me bebería el agua de tu váter» alcanzó los más de 37.000 retuits.

Aunque el paradigma de todo esto es, como el de casi todo hoy en día, Donald Trump. La exhumación de antiguos tuits del ahora candidato presidencial de Estados Unidos es uno de los ejercicios sarcásticos más populares del momento. Trump se unió a Twitter en 2009, pero son especialmente celebrados los de la cosecha de 2012.

De esa época surge, por ejemplo, su odio público hacia los molinos de viento. Así lo refleja Olivia Nuzzi en un artículo de The Daily Beast en el que analiza cuántos tuits al respecto ha lanzado Trump desde entonces: 111, sólo 18 menos que sobre su oponente, Hillary Clinton. Esta es la sublimación de Twitter como herramienta periodística: todo es poco para conocer a los candidatos a presidentes del mundo.

El drama es tal que, mientras Twitter sigue puliendo su sistema de búsqueda de tuits antiguos, en el otro extremo se emplean con la misma diligencia para que podamos borrarlos. Webs como Tweet Deleter o Tweet Delete prometen que, sólo a cambio de tu contraseña, limpiar tu cuenta de tuits que no te paraste a pensar será muy sencillo. Desde borrar tuits específicos o directamente todo el historial con un sólo clic, hasta la estrella del menú: la opción de automatizar la supresión de tuits antiguos. Tweet Deleter asegura que, haciendo caso omiso a aquel tuit de Rihanna en 2011 («Delete tweets?? NEVA DAT»), a día de hoy más de 870.000 usuarios han eliminado alrededor de 350 millones de tuits con su tecnología.

Mira hacia atrás y sonríe ante los peligros del pasado. Ya lo decía Walter Scott, que era un romántico, pero no iba desencaminado. En realidad, lo mejor que se puede hacer con los tuits que ya ni siquiera recordamos es conservarlos para que, mientras se acerca el día en el que sepultarán tu reputación, Poetweet haga poesía con ellos.

Esa web, que por cierto no te pide la contraseña a cambio, construye sonetos, rondeles o indrisos a partir de los tuits de cualquier cuenta pública. ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía son tus tuits antiguos.

Si algo hemos aprendido de las películas de Quentin Tarantino es que el pasado siempre vuelve. Con katana o con látigo, pero siempre vuelve; y lo hace, además, con la imperturbable vehemencia de un testigo de Jehová. En estos casos, lo mejor es hacerlo a la Bill, es decir, esperando en tu mansión con esa paz absurda que da la asunción de tu propio destino. Sea el que sea.

Estás jodido, no pasa nada, hay que asumirlo: todo ese montón de tuits con faltas de ortografía, poco afortunados, publicados a altas horas de la madrugada, llenos de supuesto humor negro o simplemente fáciles de malinterpretar están esperando, como tú, a que llegue el momento. Y el momento, fundamentalmente, llega cuando trasciendes.

El rescate arqueológico de tuits, siempre al servicio del periodismo más fronterizo de sí mismo, se ha convertido ya en regla cuando alguien se (ex)pone debajo del foco. Hasta ahora, la pregunta que todo periodista debía esculpirse en el córtex para hacer bien su trabajo era la de «¿esto a quién beneficia?»; hoy, la primera pregunta es «espera, ¿tiene Twitter?». Y si lo tienes, date por muerto. No importa cuándo, ni dónde, ni cómo; y mucho menos por qué. El que está al otro lado de la pantalla escrutando tu timeline tiene la obstinación de Liam Neeson haciendo de Charles Bronson. Todos tus antiguos tuits llevan potencialmente la camiseta de Íñigo Montoya: «Tú mataste a mi padre, prepárate a morir».

Ya no esperan, de hecho, ni a que termines de ganarte la medalla de oro en unos Juegos Olímpicos. «Con un hambre que me como a un gitano cagando». Y a otro mirando, remata la muchas veces poco exquisita lírica popular. Ese era uno de los primeros tuits que disparaban la viralidad del último trabajo de investigación en Twitter.

Mientras cierta deportista española disputaba el oro en Río de Janeiro, se multiplicaban los retuits y, al final del partido, la protagonista se convertía en tendencia sin saber si lo hacía por la medalla o porque, cuatro o cinco años atrás, había publicado una frase de Juan Magán. De ese tipo de delitos de criterio todos hemos sido culpables, prescriben y tienen el atenuante de la edad: cuatro años atrás, nuestra protagonista apenas acababa de celebrar su mayoría de edad.

A pesar de este caso, el más cacareado de Guillermo Zapata o el de aquel futbolista que vio frustrado su fichaje por el filial del Barcelona por sus tuits sobre Cataluña (quién iba a pensarlo llamándose Sergi Guardiola), la hemeroteca de los tontos no es un invento español. De hecho, se ha cobrado muchas más víctimas más allá de nuestras fronteras.

El día que André Gray, delantero del Burnley, marcó su primer gol importante contra el Liverpool, reaparecieron tuits homófobos que había publicado cuatro años atrás, cuando ni siquiera era profesional. Poco después de coronarse con 18 años como Miss Teen USA, Karlie Hay vio cómo se recuperaban masivamente tuits en los que, dos y tres años antes, utilizaba la llamada N-word (el peyorativo nigga). Y mientras Kevin Durant, referente de la NBA, estaba decidiendo a qué equipo se marcharía este verano, tuits de hace más de un lustro empezaron a emerger con tal facilidad que su «Scarlett Johansson, me bebería el agua de tu váter» alcanzó los más de 37.000 retuits.

Aunque el paradigma de todo esto es, como el de casi todo hoy en día, Donald Trump. La exhumación de antiguos tuits del ahora candidato presidencial de Estados Unidos es uno de los ejercicios sarcásticos más populares del momento. Trump se unió a Twitter en 2009, pero son especialmente celebrados los de la cosecha de 2012.

De esa época surge, por ejemplo, su odio público hacia los molinos de viento. Así lo refleja Olivia Nuzzi en un artículo de The Daily Beast en el que analiza cuántos tuits al respecto ha lanzado Trump desde entonces: 111, sólo 18 menos que sobre su oponente, Hillary Clinton. Esta es la sublimación de Twitter como herramienta periodística: todo es poco para conocer a los candidatos a presidentes del mundo.

El drama es tal que, mientras Twitter sigue puliendo su sistema de búsqueda de tuits antiguos, en el otro extremo se emplean con la misma diligencia para que podamos borrarlos. Webs como Tweet Deleter o Tweet Delete prometen que, sólo a cambio de tu contraseña, limpiar tu cuenta de tuits que no te paraste a pensar será muy sencillo. Desde borrar tuits específicos o directamente todo el historial con un sólo clic, hasta la estrella del menú: la opción de automatizar la supresión de tuits antiguos. Tweet Deleter asegura que, haciendo caso omiso a aquel tuit de Rihanna en 2011 («Delete tweets?? NEVA DAT»), a día de hoy más de 870.000 usuarios han eliminado alrededor de 350 millones de tuits con su tecnología.

Mira hacia atrás y sonríe ante los peligros del pasado. Ya lo decía Walter Scott, que era un romántico, pero no iba desencaminado. En realidad, lo mejor que se puede hacer con los tuits que ya ni siquiera recordamos es conservarlos para que, mientras se acerca el día en el que sepultarán tu reputación, Poetweet haga poesía con ellos.

Esa web, que por cierto no te pide la contraseña a cambio, construye sonetos, rondeles o indrisos a partir de los tuits de cualquier cuenta pública. ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía son tus tuits antiguos.

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  • En espacio virtual conviven necesariamente la cultura y la contracultura… buen camino para la exploracion de las valoraciones sociales y el encuentro de contrarios…

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