16 febrero, 2018    /   DIGITAL
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Caricaturizar cualquier opinión disidente no nos hace más progresistas, nos hace más tontos

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Twitter es una herramienta útil para saber qué está pasando en el mundo. Dos swipes en vertical bastan para enterarte de las últimas noticias. Echar un vistazo a sus trending topic es el símil virtual a observar la portada de un periódico. Sin embargo hay ciertos temas que por su repetición, su banalidad o su polémica vacía es mejor ignorar por sistema. Javier Marías es uno de ellos.

El escritor es un habitual del trending topic patrio dominical gracias a columna en El País Semanal, una fuente inagotable de polémica. Sin embargo, la que suscitó su columna del pasado domingo merece un análisis más profundo, no tanto por lo que dijo sino por la forma en la que se analizó en Twitter. Entre los miles de tuits condenando al escritor, una captura de pantalla de su columna destacaba entre el resto. «Mujeres violadas, acosadas, manoseadas sin su consentimiento, todo eso existe y ha existido siempre, por desdicha», arrancaba el columnista. «Que haya una rebelión contra ello no puede ser sino bueno. Pero hay demasiadas». Esta última frase llama la atención, incluso viniendo de alguien como Marías. ¿Quién puede pensar que hay demasiadas mujeres violadas y que eso puede ser una objeción al movimiento #metoo?

La respuesta es simple: nadie, ni siquiera el propio Marías. Acudiendo al texto original se comprueba que la frase ha sido cortada. «Hay demasiadas cosas buenas», proseguía el texto, «que hoy se convierten rápidamente en regulares, mediante la exageración y la exacerbación y la anulación de los matices y grados». La afirmación puede ser discutible, pero dista mucho de la captura original que se podía leer en Twitter. De una captura que acumulaba retuits, favs y comentarios a un ritmo vertiginoso, una captura que, irónicamente, anulaba los matices y los grados de los que hablaba Marías en su texto.

Siguiendo el timeline se descubrían muchos mensajes en esta línea. Gente que resumía una columna de casi novecientas palabras en una frase y un GIF, gente que se jactaba de no haber leído el artículo original para no dar visitas, pero que criticaba igualmente. Gente que se formaba una opinión juzgando una columna por una frase.

Más allá de valorar las argumentaciones de Marías, llama poderosamente la atención como un mensaje sacado de contexto, cortado y simplificado hasta la hipérbole puede tergiversar el argumento original. Leyendo a Javier Marías uno puede llegar igualmente a la conclusión de que su texto es machista, pero la manipulación y el reduccionismo con el que se presentaba en Twitter anulaba de base todo debate productivo. Su caso es el más reciente, pero ni de lejos el único.

Las redes sociales están idiotizando al mundo

Steven Pinker es profesor de psicología en Harvard. Es judío, liberal y según Twitter, un seguidor acérrimo de la derecha supremacista y antisemita. Esta última afirmación nació a raíz de un vídeo, publicado el pasado noviembre, en el que el profesor se refería a las «personas, a menudo muy leídas e inteligentes, que gravitan en torno a la alt-right». El vídeo se hizo viral, fue compartido, juzgado y analizado posteriormente en la prensa que acusó a Pinker de connivencia con las tesis más radicales. La web neonazi Daily Stormer publicó una noticia asegurando que el profesor «admite que la alt-right tiene razón en todo».

El vídeo en sí no miente, las frases son efectivamente de Pinker, pero forman parte de un discurso elaborado y complejo que, durante ocho minutos, desmonta las ideas sobre las que se basa la extrema derecha americana y analiza por qué la izquierda ha sido incapaz de combatirlas por culpa de la corrección política y su renuncia a tratar temas espinosos como la integración de los musulmanes o las tasas de criminalidad en distintas minorías raciales. Igual que en el caso de Javier Marías, se trata de un discurso polémico con el que se puede estar en desacuerdo, pero la forma en la que se desvirtuó el vídeo al llegar a las redes sociales desechaba directamente los argumentos de Pinker para resaltar un par de frases contrarias al planteamiento global del profesor.

Estos dos episodios pueden parecer anecdóticos, puede dar la impresión de que no tienen nada que ver, o se puede caer incluso en la tentación de clasificarlos como un linchamiento más en la red social del pajarito. Sin embargo merece la pena analizarlos en profundidad, pues dicen mucho sobre cómo funcionan las personas en las redes sociales y cómo estas nos están haciendo más simples. Los dos casos son interesantes también por un factor más: en ambos hay un trasfondo político o social, pero no hay un poder real interesado en tergiversar la noticia, no hay un bot viralizando una información errónea, es simple y llanamente el comportamiento errático de la sociedad en Twitter.

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Compartir antes de leer: así nos comportamos en Twitter

Durante los últimos meses se ha hablado mucho de las noticias falsas, de los bots rusos y la manipulación de la prensa. Sin embargo, todos estos fenómenos tienen un factor en común sin el cual no sería posible su proliferación: la actitud de la sociedad ante una noticia en las redes sociales.

Pongamos como ejemplo las pasadas elecciones estadounidenses. Tras la victoria de Donald Trump, Facebook reconoció haber recibido 100.000 dólares de cuentas vinculadas a Moscú para publicitar noticias favorables partido republicano. Según sus cálculos habrían alcanzado a 10.000.000 de personas. Sin embargo un especialista de la Universidad de Columbia calculó que la cifra real fue de al menos el doble y que gran parte de su difusión habría sido orgánica, es decir, compartida por particulares y no de forma patrocinada.

El cofundador de Twitter, Ev Williams, también entonó el mea culpa. En su caso, no por aceptar pagos de bots rusos sino por crear «un ecosistema de medios que se apoya y prospera en atención». Según Williams, la presidencia de Trump «es producto de que nuestros períodos de atención sean cada vez más breves», y demuestra cómo las redes sociales «están idiotizando al mundo».

Hace diez, 20 años, si uno quería estar bien informado debía tener muchas fuentes de información: ver dos telediarios, leer dos o tres periódicos, contrastar enfoques y puntos de vista. Hoy el problema es justo el contrario. Tenemos tanta información que nos quedamos solo con los titulares. Deslizamos la pantalla de Twitter pulsando favoritos y retuiteando mensajes que apenas nos paramos a leer.

Esto puede ser útil a la hora de informarse de acontecimientos deportivos, comportamientos bursátiles o la última hora en desastres naturales, pero a la hora de establecer un debate complejo, Twitter se muestra deficiente, no tanto por las limitaciones de la red social en sí, sino por el uso que le damos sus usuarios.

Twitter reduce cada pieza de información a algo pequeño y monolítico, prescindiendo de los matices, desechando los argumentos en pos del titular. El comportamiento de la gente, siempre predispuesta a una nueva lapidación virtual, no hace sino fomentar esta realidad de blancos o negros. Por eso la red social se muestra cada vez más inútil a la hora de plantear pensamientos polémicos. Pensamientos con los que podemos estar en desacuerdo pero que merecen una lectura reposada. Simplificar hasta la caricatura cualquier opinión disidente con el pensamiento mayoritario no nos hace más feministas, más progresistas, o más modernos. Nos hace más tontos.

Twitter es una herramienta útil para saber qué está pasando en el mundo. Dos swipes en vertical bastan para enterarte de las últimas noticias. Echar un vistazo a sus trending topic es el símil virtual a observar la portada de un periódico. Sin embargo hay ciertos temas que por su repetición, su banalidad o su polémica vacía es mejor ignorar por sistema. Javier Marías es uno de ellos.

El escritor es un habitual del trending topic patrio dominical gracias a columna en El País Semanal, una fuente inagotable de polémica. Sin embargo, la que suscitó su columna del pasado domingo merece un análisis más profundo, no tanto por lo que dijo sino por la forma en la que se analizó en Twitter. Entre los miles de tuits condenando al escritor, una captura de pantalla de su columna destacaba entre el resto. «Mujeres violadas, acosadas, manoseadas sin su consentimiento, todo eso existe y ha existido siempre, por desdicha», arrancaba el columnista. «Que haya una rebelión contra ello no puede ser sino bueno. Pero hay demasiadas». Esta última frase llama la atención, incluso viniendo de alguien como Marías. ¿Quién puede pensar que hay demasiadas mujeres violadas y que eso puede ser una objeción al movimiento #metoo?

La respuesta es simple: nadie, ni siquiera el propio Marías. Acudiendo al texto original se comprueba que la frase ha sido cortada. «Hay demasiadas cosas buenas», proseguía el texto, «que hoy se convierten rápidamente en regulares, mediante la exageración y la exacerbación y la anulación de los matices y grados». La afirmación puede ser discutible, pero dista mucho de la captura original que se podía leer en Twitter. De una captura que acumulaba retuits, favs y comentarios a un ritmo vertiginoso, una captura que, irónicamente, anulaba los matices y los grados de los que hablaba Marías en su texto.

Siguiendo el timeline se descubrían muchos mensajes en esta línea. Gente que resumía una columna de casi novecientas palabras en una frase y un GIF, gente que se jactaba de no haber leído el artículo original para no dar visitas, pero que criticaba igualmente. Gente que se formaba una opinión juzgando una columna por una frase.

Más allá de valorar las argumentaciones de Marías, llama poderosamente la atención como un mensaje sacado de contexto, cortado y simplificado hasta la hipérbole puede tergiversar el argumento original. Leyendo a Javier Marías uno puede llegar igualmente a la conclusión de que su texto es machista, pero la manipulación y el reduccionismo con el que se presentaba en Twitter anulaba de base todo debate productivo. Su caso es el más reciente, pero ni de lejos el único.

Las redes sociales están idiotizando al mundo

Steven Pinker es profesor de psicología en Harvard. Es judío, liberal y según Twitter, un seguidor acérrimo de la derecha supremacista y antisemita. Esta última afirmación nació a raíz de un vídeo, publicado el pasado noviembre, en el que el profesor se refería a las «personas, a menudo muy leídas e inteligentes, que gravitan en torno a la alt-right». El vídeo se hizo viral, fue compartido, juzgado y analizado posteriormente en la prensa que acusó a Pinker de connivencia con las tesis más radicales. La web neonazi Daily Stormer publicó una noticia asegurando que el profesor «admite que la alt-right tiene razón en todo».

Steven Pinker es profesor de psicología en Harvard. Es judío, liberal y según Twitter, un seguidor acérrimo de la derecha supremacista y antisemita. Esta última afirmación nació a raíz de un vídeo, publicado el pasado noviembre, en el que el profesor se refería a las «personas, a menudo muy leídas e inteligentes, que gravitan en torno a la alt-right». El vídeo se hizo viral, fue compartido, juzgado y analizado posteriormente en la prensa que acusó a Pinker de connivencia con las tesis más radicales. La web neonazi Daily Stormer publicó una noticia asegurando que el profesor «admite que la alt-right tiene razón en todo».

El vídeo en sí no miente, las frases son efectivamente de Pinker, pero forman parte de un discurso elaborado y complejo que, durante ocho minutos, desmonta las ideas sobre las que se basa la extrema derecha americana y analiza por qué la izquierda ha sido incapaz de combatirlas por culpa de la corrección política y su renuncia a tratar temas espinosos como la integración de los musulmanes o las tasas de criminalidad en distintas minorías raciales. Igual que en el caso de Javier Marías, se trata de un discurso polémico con el que se puede estar en desacuerdo, pero la forma en la que se desvirtuó el vídeo al llegar a las redes sociales desechaba directamente los argumentos de Pinker para resaltar un par de frases contrarias al planteamiento global del profesor.

Estos dos episodios pueden parecer anecdóticos, puede dar la impresión de que no tienen nada que ver, o se puede caer incluso en la tentación de clasificarlos como un linchamiento más en la red social del pajarito. Sin embargo merece la pena analizarlos en profundidad, pues dicen mucho sobre cómo funcionan las personas en las redes sociales y cómo estas nos están haciendo más simples. Los dos casos son interesantes también por un factor más: en ambos hay un trasfondo político o social, pero no hay un poder real interesado en tergiversar la noticia, no hay un bot viralizando una información errónea, es simple y llanamente el comportamiento errático de la sociedad en Twitter.

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Durante los últimos meses se ha hablado mucho de las noticias falsas, de los bots rusos y la manipulación de la prensa. Sin embargo, todos estos fenómenos tienen un factor en común sin el cual no sería posible su proliferación: la actitud de la sociedad ante una noticia en las redes sociales.

Pongamos como ejemplo las pasadas elecciones estadounidenses. Tras la victoria de Donald Trump, Facebook reconoció haber recibido 100.000 dólares de cuentas vinculadas a Moscú para publicitar noticias favorables partido republicano. Según sus cálculos habrían alcanzado a 10.000.000 de personas. Sin embargo un especialista de la Universidad de Columbia calculó que la cifra real fue de al menos el doble y que gran parte de su difusión habría sido orgánica, es decir, compartida por particulares y no de forma patrocinada.

El cofundador de Twitter, Ev Williams, también entonó el mea culpa. En su caso, no por aceptar pagos de bots rusos sino por crear «un ecosistema de medios que se apoya y prospera en atención». Según Williams, la presidencia de Trump «es producto de que nuestros períodos de atención sean cada vez más breves», y demuestra cómo las redes sociales «están idiotizando al mundo».

Hace diez, 20 años, si uno quería estar bien informado debía tener muchas fuentes de información: ver dos telediarios, leer dos o tres periódicos, contrastar enfoques y puntos de vista. Hoy el problema es justo el contrario. Tenemos tanta información que nos quedamos solo con los titulares. Deslizamos la pantalla de Twitter pulsando favoritos y retuiteando mensajes que apenas nos paramos a leer.

Esto puede ser útil a la hora de informarse de acontecimientos deportivos, comportamientos bursátiles o la última hora en desastres naturales, pero a la hora de establecer un debate complejo, Twitter se muestra deficiente, no tanto por las limitaciones de la red social en sí, sino por el uso que le damos sus usuarios.

Twitter reduce cada pieza de información a algo pequeño y monolítico, prescindiendo de los matices, desechando los argumentos en pos del titular. El comportamiento de la gente, siempre predispuesta a una nueva lapidación virtual, no hace sino fomentar esta realidad de blancos o negros. Por eso la red social se muestra cada vez más inútil a la hora de plantear pensamientos polémicos. Pensamientos con los que podemos estar en desacuerdo pero que merecen una lectura reposada. Simplificar hasta la caricatura cualquier opinión disidente con el pensamiento mayoritario no nos hace más feministas, más progresistas, o más modernos. Nos hace más tontos.

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