7 de mayo 2019    /   BUSINESS
por
Ilustración  Rocío Cañero

‘Uberizar’: tan poderosas son las multinacionales que se convierten en verbos

7 de mayo 2019    /   BUSINESS     por        Ilustración  Rocío Cañero
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Vivimos un siglo en que las empresas pasean por la lengua como Pedro por su casa. Es tal su poder que se hacen verbo: guglear, wasapear, uberizar… Amas y señoras en el mercado y hasta en la forma de describir el mundo.

En cada golpe de voz aumenta su poder. Al entrar en el lenguaje, acaban siendo parte de un tiempo, de una cultura, de un modo de actuar.

Pocas veces se piensa en la responsabilidad del neologismo. Pero eso existe. Lo explicó Jean-Paul Sartre en una conferencia sobre la responsabilidad del escritor: al nombrar un objeto, lo cambiamos; al hablar de una situación, la modificamos. De ahí se podría deducir que hacer de una marca comercial un verbo la consagra, la eterniza.

—La palabra hace salir de la sombra un objeto y lo integra en nuestra actividad general —dijo el francés en 1946—. Lo he nombrado y, por ese hecho, se da cuenta de que está integrado en el universo.

imagen de la palabra uberizar
Imagen de Rocío Cañero

Hace diez años Uber echó a rodar sus tres primeros coches en Nueva York. Hoy opera en más de 600 ciudades y está valorada en 54.000 millones de dólares. A esa cifra hay que añadir el poder que le da estar en boca de otros tantos millones de hablantes.

La compañía de transporte ha dado nombre a un modelo económico; ha hecho de su marca una generalidad. Desde hace años uberizar es la voz para referirse al proceso de poner en contacto a un cliente con una persona que ofrece un servicio, a través de una plataforma digital.

No queda ahí la cosa: las críticas que ha recibido esta forma de trabajo han creado una nueva acepción de la palabra. Hoy uberizar se emplea también como sinónimo de precarizar, de reprochar a una compañía que no contrate ni pague la seguridad social de los trabajadores.

Tan afianzado está ya Uber en el lenguaje que la Fundéu reconoce el verbo (uberizar) y el sustantivo (uberización). Anda también por el inglés como uberite («persona que usa Uber religiosamente», según el Urban Dictionary) y ubering («acto de conducir para Uber»).

Pero ¿qué pasará si seguimos poniendo a las cosas nombres de empresas? Jean-Paul Sartre ya lo advirtió en su discurso en la Sorbona: «La literatura, porque nombra, consiste en poner un hecho inmediato, no reflexionado, ignorado tal vez, en el plano de la reflexión y del espíritu objetivo. Al hablar, sé que cambio».

Y añadió: «Hay en La cartuja de Parma un pasaje muy hermoso y significativo sobre el sentimiento indefinible que une a la duquesa Sanseverina y a Fabricio, y que inquieta mucho al conde Mosca. Este, viendo alejarse el coche que los lleva, exclama:

—Si entre ellos llega a pronunciarse la palabra amor, estoy perdido.

Esto quiere decir que, una vez que la cosa se nombra, está hecha. Basta el nombre».

Vivimos un siglo en que las empresas pasean por la lengua como Pedro por su casa. Es tal su poder que se hacen verbo: guglear, wasapear, uberizar… Amas y señoras en el mercado y hasta en la forma de describir el mundo.

En cada golpe de voz aumenta su poder. Al entrar en el lenguaje, acaban siendo parte de un tiempo, de una cultura, de un modo de actuar.

Pocas veces se piensa en la responsabilidad del neologismo. Pero eso existe. Lo explicó Jean-Paul Sartre en una conferencia sobre la responsabilidad del escritor: al nombrar un objeto, lo cambiamos; al hablar de una situación, la modificamos. De ahí se podría deducir que hacer de una marca comercial un verbo la consagra, la eterniza.

—La palabra hace salir de la sombra un objeto y lo integra en nuestra actividad general —dijo el francés en 1946—. Lo he nombrado y, por ese hecho, se da cuenta de que está integrado en el universo.

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Imagen de Rocío Cañero

Hace diez años Uber echó a rodar sus tres primeros coches en Nueva York. Hoy opera en más de 600 ciudades y está valorada en 54.000 millones de dólares. A esa cifra hay que añadir el poder que le da estar en boca de otros tantos millones de hablantes.

La compañía de transporte ha dado nombre a un modelo económico; ha hecho de su marca una generalidad. Desde hace años uberizar es la voz para referirse al proceso de poner en contacto a un cliente con una persona que ofrece un servicio, a través de una plataforma digital.

No queda ahí la cosa: las críticas que ha recibido esta forma de trabajo han creado una nueva acepción de la palabra. Hoy uberizar se emplea también como sinónimo de precarizar, de reprochar a una compañía que no contrate ni pague la seguridad social de los trabajadores.

Tan afianzado está ya Uber en el lenguaje que la Fundéu reconoce el verbo (uberizar) y el sustantivo (uberización). Anda también por el inglés como uberite («persona que usa Uber religiosamente», según el Urban Dictionary) y ubering («acto de conducir para Uber»).

Pero ¿qué pasará si seguimos poniendo a las cosas nombres de empresas? Jean-Paul Sartre ya lo advirtió en su discurso en la Sorbona: «La literatura, porque nombra, consiste en poner un hecho inmediato, no reflexionado, ignorado tal vez, en el plano de la reflexión y del espíritu objetivo. Al hablar, sé que cambio».

Y añadió: «Hay en La cartuja de Parma un pasaje muy hermoso y significativo sobre el sentimiento indefinible que une a la duquesa Sanseverina y a Fabricio, y que inquieta mucho al conde Mosca. Este, viendo alejarse el coche que los lleva, exclama:

—Si entre ellos llega a pronunciarse la palabra amor, estoy perdido.

Esto quiere decir que, una vez que la cosa se nombra, está hecha. Basta el nombre».

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