5 de diciembre 2012    /   IDEAS
por
 

Un bosque para rehabilitar presos

5 de diciembre 2012    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista Ahora haciendo clic aquí.

Un día de 1996 Carlos Álvarez y el padre Hubert Lanssiers se encontraban en Cajamarca, en el norte de Perú, con el por aquel entonces presidente Alberto Fujimori. Los desérticos cerros de esa zona minera aparecían ahora ante sus ojos como un exuberante bosque. Mientras el mandatario presumía de la reforestación, los dos hombres pensaron que ellos, a pequeña escala, podían hacer lo mismo. Y lo harían para darles una oportunidad a los presos.

El padre Lanssiers ya era una eminencia en Perú, una de las personas más respetadas por su trabajo en la reconciliación de un país divido por la violencia. Álvarez era su mano derecha. Se encontró con el sacerdote tras asistir a los indigentes de Nueva Orleáns y Ciudad de México. Desde entonces gran parte de su vida la ha pasado en las cárceles para asistir a los reos.

Lo mismo visita a Abimael Guzmán, el histórico líder del grupo insurgente Sendero Luminoso, que a Alberto Fujimori, quien hoy cumple condena por crímenes de lesa humanidad. Aunque cuenta que los que más le han emocionado son los presos anónimos. Como un narcotraficante que para redimirse y saldar cuentas con Dios se levanta cada mañana para hacerle el desayuno a los internos de su pabellón; o la señora que acudió a él después de que desesperada por conseguir dinero para un tratamiento médico que necesitaba su hijo estuviera a punto de matar a una reclusa por encargo.

Álvarez, un hombre recio y de ideas inquebrantables, recorre las hacinadísimas prisiones de Perú para tramitar un indulto, crear un taller de artesanía para los reos, o simplemente escucharlos. El bosque de los presos, se ha convertido en la punta de lanza de su asociación, Dignidad Humana y Solidaridad. Cinco presidentes y dieciséis años después de aquella visión en Cajamarca, el proyecto está a punto de realizarse.

La asociación ya ha conseguido llegar a un acuerdo con el Ministerio de Medio Ambiente para que le ceda 700 hectáreas en un desierto a las afueras de Lima y una financiación de 20.000 dólares para realizar un proyecto piloto. “La idea es hacer bosques en vez de prisiones”, cuenta Álvarez en una cafetería de la capital peruana. “Trabajarán ex internos y jóvenes con delitos menores”. El bosque, según Álvarez, cumplirá varias funciones: reforestación, trabajo para poblaciones de riesgo, innovación, capacitación para formar agricultores o carpinteros…

El mentor del proyecto, el padre Lanssiers murió en 2006. Poco antes de fallecer, le dijo a Álvarez: “Cuánta mierda hemos pisado y ni siquiera hemos visto un arbolito”. El bosque ahora llevará su nombre: Bosque Productivo Hubert Lanssiers.

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista Ahora haciendo clic aquí.

Un día de 1996 Carlos Álvarez y el padre Hubert Lanssiers se encontraban en Cajamarca, en el norte de Perú, con el por aquel entonces presidente Alberto Fujimori. Los desérticos cerros de esa zona minera aparecían ahora ante sus ojos como un exuberante bosque. Mientras el mandatario presumía de la reforestación, los dos hombres pensaron que ellos, a pequeña escala, podían hacer lo mismo. Y lo harían para darles una oportunidad a los presos.

El padre Lanssiers ya era una eminencia en Perú, una de las personas más respetadas por su trabajo en la reconciliación de un país divido por la violencia. Álvarez era su mano derecha. Se encontró con el sacerdote tras asistir a los indigentes de Nueva Orleáns y Ciudad de México. Desde entonces gran parte de su vida la ha pasado en las cárceles para asistir a los reos.

Lo mismo visita a Abimael Guzmán, el histórico líder del grupo insurgente Sendero Luminoso, que a Alberto Fujimori, quien hoy cumple condena por crímenes de lesa humanidad. Aunque cuenta que los que más le han emocionado son los presos anónimos. Como un narcotraficante que para redimirse y saldar cuentas con Dios se levanta cada mañana para hacerle el desayuno a los internos de su pabellón; o la señora que acudió a él después de que desesperada por conseguir dinero para un tratamiento médico que necesitaba su hijo estuviera a punto de matar a una reclusa por encargo.

Álvarez, un hombre recio y de ideas inquebrantables, recorre las hacinadísimas prisiones de Perú para tramitar un indulto, crear un taller de artesanía para los reos, o simplemente escucharlos. El bosque de los presos, se ha convertido en la punta de lanza de su asociación, Dignidad Humana y Solidaridad. Cinco presidentes y dieciséis años después de aquella visión en Cajamarca, el proyecto está a punto de realizarse.

La asociación ya ha conseguido llegar a un acuerdo con el Ministerio de Medio Ambiente para que le ceda 700 hectáreas en un desierto a las afueras de Lima y una financiación de 20.000 dólares para realizar un proyecto piloto. “La idea es hacer bosques en vez de prisiones”, cuenta Álvarez en una cafetería de la capital peruana. “Trabajarán ex internos y jóvenes con delitos menores”. El bosque, según Álvarez, cumplirá varias funciones: reforestación, trabajo para poblaciones de riesgo, innovación, capacitación para formar agricultores o carpinteros…

El mentor del proyecto, el padre Lanssiers murió en 2006. Poco antes de fallecer, le dijo a Álvarez: “Cuánta mierda hemos pisado y ni siquiera hemos visto un arbolito”. El bosque ahora llevará su nombre: Bosque Productivo Hubert Lanssiers.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Arte-Factos, el renacer artístico de los objetos inservibles
Las jóvenes promesas de Sony World Photography Awards
El lenguaje y su cuestionable forma de definir lo femenino
La tercera especie: el carbono alterado
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Publicidad