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9 de agosto 2012    /   CREATIVIDAD
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Un Da Vinci en Cartagena de Indias

9 de agosto 2012    /   CREATIVIDAD     por          
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Cuando Edgardo Carmona (Cartagena de Indias, Colombia, “más de 50 años”) era un crío, pedía que no le regalasen juguetes como a los demás. Él quería materiales para fabricar los suyos propios. Producía coches de madera. Se encargaba de los ejes, las ruedas, el chasis…

Con los años, unió carrera y afición y empezó los estudios de ingeniería mecánica y administración de empresas, y consiguió empleo en una fábrica de repuestos metalúrgicos donde aprendió a moldear metales, tubos, capós y un sinfín de piezas. Más tarde se hizo empresario.

Dirigía una industria de cerca de 40 trabajadores en Cartagena en la que desempeñaba como diseñador de máquinas y constructor de edificaciones de acero. Lo que Carmona nunca supo dejar atrás fue su afán por crear sus propias figuritas, por eso aprovechaba sus ratos libres, las máquinas de la fábrica, sus viejos estudios de arte y sus adquiridas dotes trabajando el metal para mantener viva su vocación escultora. ¿Quién le iba a decir que sus pequeñas creaciones iban a salvarle de la ruina y a convertirle en un artista internacional?

Todo ocurrió hace apenas 13 años, cuando Carmona ya creía que sus días acabarían al mando de la fábrica. Una crisis nacional a finales de los 90 hizo temblar el sector industrial y tuvo que despedir a más del 85% de su plantilla. La empresa se iba a pique y no encontraba la manera de hacer frente a la nueva situación. Fue un comerciante con el que trataba el que le dio la idea. “Edgardo, ¿y tú por qué no expones esas figuritas que haces siempre?”, cuenta el autor que le dijo aquel tipo. “Yo ya estaba mayor como para labrar una carrera de artista”, explica, “pero por probar, no perdía nada”.

Y resulta que su hobby, sus figuras realizadas a puros trozos de metal, inspiradas en gente común y hechos cotidianos de su propia ciudad, gustaban y mucho. “Cuando me di cuenta de aquello me obsesioné con la idea y me encerré a crear esculturas compulsivamente. Trabajaba día y noche. Empecé a hacer figuras más grandes y durante un tiempo sólo pensaba en eso”. Sus obras son de hierro flaco, oscuro, el contrapunto a la voluptuosidad que propone el artista colombiano de referencia, Fernando Botero.

Su primera exposición en Cartagena no se hizo esperar (1999). La ciudad valoró su creación hasta el punto de regar el casco antiguo (Patrimonio de la Humanidad) con 11 de sus creaciones. Pronto el Ministerio de Cultura colombiano las declaró patrimonio cultural y su trabajo se propagó como la pólvora por todo el país. No tardaron en interesarse otros estados del continente por este autor maduro de arte joven. Estados Unidos, Canadá, Panamá… Su técnica basada en ensamblar piezas metálicas para representar escenas llenas de carácter era rompedora e incisiva. En apenas cuatro años, su obra dio el salto a Europa.

En total, éste artista ha realizado más de 180 esculturas que han lucido en cerca de 40 exposiciones. Países tan lejanos del mar Caribe como Alemania, Francia o Eslovenia lucen un Carmona en las calles de algunas de sus ciudades.

Cree que el secreto de su éxito radica en la sencillez de sus figuras. Sus musas nunca serán -salvo alguna excepción que tiene en mente- personajes ilustres. Prefiere trabajadores, vecinos, “un zapatero remendón…”. Todos en posiciones expresivas y llenas de espíritu.

“Ellos son los personajes que le dan identidad a Cartagena, a Iberoamérica y a cualquier parte del mundo”, opina, “a mí me gusta representar lo que vemos. Todas las figuras que tengo en mi ciudad, como la de los dos borrachitos discutiendo, son representaciones de gente que también puedes ver en la calle. Esos dos borrachitos, ¡los reales!, se pasan la vida en una plaza de aquí y cualquiera los puede ver. El arte no puede estar hecho para élites”, concluye, “su importancia es hacer reaccionar a los humanos. Sacar una sonrisa, sorprender… Eso busco”.

Por si fuera poco, Carmona ha podido mantener su empresa de creación de estructuras y se ha especializado en crear máquinas específicas para obras –arquitectónicas y no artísticas- de difícil ejecución. También se ha dedicado a la ilustración, a la música (destacando como cantautor y compositor), es dueño de un restaurante y además ha realizado colaboraciones esporádicas con el diario El Espectador. Aunque si le preguntan por su oficio, la primera respuesta de su lista es “artista”, por descontado.

El autor cartagenero descarta abandonar cualquiera de esas disciplinas y anuncia que en un futuro cercano creará esculturas más grandes, “de ocho o nueve metros”. De momento sigue de país en país inaugurando exposiciones y adquiriendo inspiración en las plazas de gente llana. Su mente funciona sin pausa, para todos sus oficios. Busca soluciones a cualquier problema, la herramienta que dé con la tecla en cada acertijo arquitectónico. Siempre con un ojo puesto en seguir haciendo figuras.

– ¿Tiene alguna referencia a la hora de hacer sus creaciones?

– Sí, varias.

– ¿Alguna en especial?

– Siempre admiré a Leonardo Da Vinci.

Texto: Jaled Abdelrahim y Pablo Ferri

Cuando Edgardo Carmona (Cartagena de Indias, Colombia, “más de 50 años”) era un crío, pedía que no le regalasen juguetes como a los demás. Él quería materiales para fabricar los suyos propios. Producía coches de madera. Se encargaba de los ejes, las ruedas, el chasis…

Con los años, unió carrera y afición y empezó los estudios de ingeniería mecánica y administración de empresas, y consiguió empleo en una fábrica de repuestos metalúrgicos donde aprendió a moldear metales, tubos, capós y un sinfín de piezas. Más tarde se hizo empresario.

Dirigía una industria de cerca de 40 trabajadores en Cartagena en la que desempeñaba como diseñador de máquinas y constructor de edificaciones de acero. Lo que Carmona nunca supo dejar atrás fue su afán por crear sus propias figuritas, por eso aprovechaba sus ratos libres, las máquinas de la fábrica, sus viejos estudios de arte y sus adquiridas dotes trabajando el metal para mantener viva su vocación escultora. ¿Quién le iba a decir que sus pequeñas creaciones iban a salvarle de la ruina y a convertirle en un artista internacional?

Todo ocurrió hace apenas 13 años, cuando Carmona ya creía que sus días acabarían al mando de la fábrica. Una crisis nacional a finales de los 90 hizo temblar el sector industrial y tuvo que despedir a más del 85% de su plantilla. La empresa se iba a pique y no encontraba la manera de hacer frente a la nueva situación. Fue un comerciante con el que trataba el que le dio la idea. “Edgardo, ¿y tú por qué no expones esas figuritas que haces siempre?”, cuenta el autor que le dijo aquel tipo. “Yo ya estaba mayor como para labrar una carrera de artista”, explica, “pero por probar, no perdía nada”.

Y resulta que su hobby, sus figuras realizadas a puros trozos de metal, inspiradas en gente común y hechos cotidianos de su propia ciudad, gustaban y mucho. “Cuando me di cuenta de aquello me obsesioné con la idea y me encerré a crear esculturas compulsivamente. Trabajaba día y noche. Empecé a hacer figuras más grandes y durante un tiempo sólo pensaba en eso”. Sus obras son de hierro flaco, oscuro, el contrapunto a la voluptuosidad que propone el artista colombiano de referencia, Fernando Botero.

Su primera exposición en Cartagena no se hizo esperar (1999). La ciudad valoró su creación hasta el punto de regar el casco antiguo (Patrimonio de la Humanidad) con 11 de sus creaciones. Pronto el Ministerio de Cultura colombiano las declaró patrimonio cultural y su trabajo se propagó como la pólvora por todo el país. No tardaron en interesarse otros estados del continente por este autor maduro de arte joven. Estados Unidos, Canadá, Panamá… Su técnica basada en ensamblar piezas metálicas para representar escenas llenas de carácter era rompedora e incisiva. En apenas cuatro años, su obra dio el salto a Europa.

En total, éste artista ha realizado más de 180 esculturas que han lucido en cerca de 40 exposiciones. Países tan lejanos del mar Caribe como Alemania, Francia o Eslovenia lucen un Carmona en las calles de algunas de sus ciudades.

Cree que el secreto de su éxito radica en la sencillez de sus figuras. Sus musas nunca serán -salvo alguna excepción que tiene en mente- personajes ilustres. Prefiere trabajadores, vecinos, “un zapatero remendón…”. Todos en posiciones expresivas y llenas de espíritu.

“Ellos son los personajes que le dan identidad a Cartagena, a Iberoamérica y a cualquier parte del mundo”, opina, “a mí me gusta representar lo que vemos. Todas las figuras que tengo en mi ciudad, como la de los dos borrachitos discutiendo, son representaciones de gente que también puedes ver en la calle. Esos dos borrachitos, ¡los reales!, se pasan la vida en una plaza de aquí y cualquiera los puede ver. El arte no puede estar hecho para élites”, concluye, “su importancia es hacer reaccionar a los humanos. Sacar una sonrisa, sorprender… Eso busco”.

Por si fuera poco, Carmona ha podido mantener su empresa de creación de estructuras y se ha especializado en crear máquinas específicas para obras –arquitectónicas y no artísticas- de difícil ejecución. También se ha dedicado a la ilustración, a la música (destacando como cantautor y compositor), es dueño de un restaurante y además ha realizado colaboraciones esporádicas con el diario El Espectador. Aunque si le preguntan por su oficio, la primera respuesta de su lista es “artista”, por descontado.

El autor cartagenero descarta abandonar cualquiera de esas disciplinas y anuncia que en un futuro cercano creará esculturas más grandes, “de ocho o nueve metros”. De momento sigue de país en país inaugurando exposiciones y adquiriendo inspiración en las plazas de gente llana. Su mente funciona sin pausa, para todos sus oficios. Busca soluciones a cualquier problema, la herramienta que dé con la tecla en cada acertijo arquitectónico. Siempre con un ojo puesto en seguir haciendo figuras.

– ¿Tiene alguna referencia a la hora de hacer sus creaciones?

– Sí, varias.

– ¿Alguna en especial?

– Siempre admiré a Leonardo Da Vinci.

Texto: Jaled Abdelrahim y Pablo Ferri

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