27 de octubre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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Un día de mierda

27 de octubre 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Suena el despertador igual que cada mañana, molesto, impertinente, torturador. Desayunas y todo parece ir sin problemas. Pero buscas las llaves del coche para llevar a la niña al colegio antes de ir a trabajar y no aparecen. Se las habrá llevado tu marido por error, piensas, y recurres a las de repuesto. Pero al ir a abrir el coche, te das cuenta de que el mando a distancia no funciona. La pila ha muerto hace tiempo. Toca abrirlo al viejo estilo, metiendo la llave en la cerradura y renunciando a escuchar el chui-chui tan encantador que hace el cierre electrónico al ser activado.

Miras el reloj del salpicadero. Te dice que ya vas tarde y que el atasco en la avenida que te lleva hasta el colegio no perdona. Sales disparada por la rampa de acceso del garaje de tu casa, pero en el camino te llevas una esquina por delante. Maldices. Maldices y blasfemas a pesar de llevar a tu hija sentada detrás, que escucha en silencio tus improperios y que sólo se atreve a hablar para preguntarte: «¿Se lo vamos a contar a papá?».

No sabes cómo, pero consigues llegar a tiempo al colegio. Regresas a tu casa para empezar a trabajar y al encender el ordenador, la pantalla empieza a parpadear. Ahora funciona, ahora no. Revisas las conexiones y compruebas que todo está correctamente enchufado. Vuelves a maldecir, blasfemar y a preguntarte por qué coño te has levantado hoy de la cama. Miras la hora: estás a tiempo de ir al gimnasio a descargar la mala leche en una clase de body combat y pasarte después, una vez calmada la bestia, a comprar un nuevo monitor. Tus jefes sabrán entender (o eso esperas) que tu artículo no llegará a tiempo.

Sueltas patadas y puñetazos al aire imaginando que dejas al karma más magullado que Rocky en sus combates. El ejercicio te ha sentado bien, pero alguien que se considera miembro de honor de la Liga Antideporte jamás confesará en público lo beneficioso de una buena sudada. Suena tu móvil. Es tu jefe preguntando cuándo vas a entregar el texto. Mientras le cuentas el fallo de la pantalla y que te has visto obligada a salir para comprar otro, tratas de abrir el maletero para guardar la bolsa del gimnasio. Empieza a llover. Tu jefe lo entiende, te da media hora más.

El maletero no se abre. Cuelgas el teléfono y lo intentas por la puerta del conductor. Sigue lloviendo con todas sus ganas. Pero algo falla. Tu coche interpreta que lo estás forzando y hace saltar la alarma. Todos los que pasan cerca te miran. Tratan de quedarse con tu cara por si tuvieran que testificar en caso de denuncia por robo. Y tú allí, parada delante del coche, con las puertas abiertas, tratando de detener el espantoso sonido que te delata como ladrona de tu propio vehículo. No hay manera. Sólo se puede detener con el mando del cierre centralizado, y el muy pedorro tiene la fea costumbre de dejar de funcionar cuando se le agota la pila.

Decides esperar unos minutos por ver si el problema se resuelve solo. Total, si a Rajoy le funciona, por qué a ti no

De pronto, la alarma calla. Suspiras aliviada y te metes al coche. Dejas la bolsa del gimnasio en el asiento de atrás, te colocas el cinturón de seguridad, metes la llave en el contacto y tratas de arrancar el motor. Nada. Muerto. KO. La alarma ha activado el inmovilizador. Blasfemas nuevamente. Mucho. Muy fuerte. Y vuelves a intentarlo de nuevo. Nada. Y otra vez. Nada. Decides esperar unos minutos por ver si el problema se resuelve solo. Total, si a Rajoy le funciona, por qué a ti no. Nada.

Sigue lloviendo a mares. El karma se venga de los golpes que le has atizado en el gimnasio y te envía este regalito para rematar tu desgracia. Consultas el manual de instrucciones del coche, que sólo sirve para confirmarte que la única solución es que pases por un concesionario para que desactiven el inmovilizador. Da igual, tú sigues intentando arrancar el coche. ¡Qué sabrá un manual de instrucciones que no sepas tú!

Miras el reloj. A lo tonto, llevas ahí parada, dentro del coche, cayendo la del pulpo y tratando de arrancar más de 30 minutos. Toca ser resolutiva: llamas a la grúa, que para eso pagas un seguro. Alguien al otro lado del teléfono te confirma que llegará en breve. Pero la medición del tiempo es algo relativo, porque lo que para unos es poco, en tu reloj se convierte en otros 40 minutos de espera. Cuarenta minutos donde no has dejado de intentar arrancar el coche. Cuarenta minutos donde no dejas de darle vueltas a la puñetera mala suerte que estás teniendo hoy.

Llega la grúa por fin. Deja de llover, o al menos, ya no lo hace con tanta fuerza. Bajas del coche para cederle tu sitio frente al volante al mecánico que ha venido en tu ayuda, mientras le cuentas lo que pasa. Se sienta, mete la llave en el contacto… y arranca el motor sin problemas. Y tú te quedas ahí, con cara de «esto no me puede estar pasando a mí», soportando la sonrisa apenas esbozada, milimétrica, esa en la que se lee perfectamente «mujer tenías que ser», del conductor de la grúa que trata de quitarle hierro al asunto mientras busca una justificación en el recibo de servicio que te entrega que no te deje más humillada de lo que ya estás. Humillada por partida doble: por un coche de mierda y por un mierda machista.

Miras el reloj. Casi la hora de comer y todo aún por hacer. Querías haberte ido a la tienda XX para comprar el monitor, pero ya es tarde. Sin embargo, si en lugar de ir allí te acercas a YY, aún estarías a tiempo de llegar a casa a una hora prudencial y abrir una lata de espárragos que sirva de menú para ese día. Al cocido completo que tenías pensado hacer para comer renunciaste hace ya un buen rato.

Hace tiempo que juraste no volver a comprar nada en YY. Pero situaciones desesperadas piden soluciones desesperadas. Todos merecemos otra oportunidad, te dices, aunque tú ya le has dado las suficientes como para que algún psicólogo te recomiende hacértelo mirar. Te arriesgas. Necesitas el monitor y lo necesitas ya. Quizá llegues a tiempo de entregar en el último minuto ese artículo que tenías que haber publicado ayer.

Eliges una pantalla cualquiera que se ajuste a tu presupuesto. Te aseguras de que viene con todo lo necesario para funcionar preguntando a un dependiente de la tienda. Pasas por caja y pagas. Y vuelves a salir disparada a casa, pero no aparcas el coche en el garaje. Hay sitio en la calle y hoy ya has cubierto el cupo de arañazos diarios al que sometes a la carrocería por ir siempre con prisas.

Humillada por partida doble: por un coche de mierda y por un mierda machista.

Comes y decides conectar el monitor antes de volver a buscar a tu hija al colegio. Pero no era verdad que te lo iban a vender con todos los cables necesarios. Alguien antes que tú compró ese monitor y lo devolvió a la tienda olvidando devolver también el cable de conexión principal. No uno cualquiera, no. EL CABLE. Te toca regresar a YY, donde ya habías jurado que jamás volverías a comprar y ahora recuerdas claramente por qué, y rezar para que no tengas que pegarte con nadie para recuperar tu dinero. El karma se descojona de ti, lo sabes, lo estás viendo.

No hay tiempo. Ya vas tarde para recoger a la niña en el colegio. Metes como puedes el monitor en el embalaje, lo vuelves a cargar en el coche y sales de nuevo hacia el cole. De vuelta podrás devolverlo. El karma debe estar durmiendo la siesta y por esta vez no enreda. Recuperas tu dinero sin problemas. Vuelves al coche. Vuelas hasta XX, a donde deberías haber ido desde el principio, para comprar una nueva pantalla. Eliges una. Agotada. Eliges otra. Agotada también. A la desesperada, eliges una tercera. ¡Bingo! Y sales con tu monitor nuevo hacia tu casa, a ver si por fin puedes empezar a hacer algo productivo que satisfaga a tu jefe. Ya es la tercera llamada que te hace pidiendo a gritos —literalmente— el artículo. Parece ser que, al final, no ha resultado tan comprensivo como esperabas.

El día acaba. El artículo está enviado. La niña, en la ducha. Toca hacer la cena. Pero te llama tu madre para contarte la última de tu prima. El morbo te puede. Tu prima es una máquina de crear cotilleos y no puedes resistirte al último. De pronto lo notas. Ese olor. Ese desagradable olor a quemado. A tomar por culo la cena también. No queda más remedio que encomendarse una noche más a santa comida a domicilio.

Te sientas por fin en el sofá dispuesta a tragarte lo que sea que pongan hoy en la tele. «¿Cómo te ha ido el día?», pregunta tu marido, que acaba de entrar por la puerta después de jugar su partidito de tenis semanal. «Mejor no preguntes», contestas. «He tenido lo que podría llamarse un auténtico día de mierda».

Suena el despertador igual que cada mañana, molesto, impertinente, torturador. Desayunas y todo parece ir sin problemas. Pero buscas las llaves del coche para llevar a la niña al colegio antes de ir a trabajar y no aparecen. Se las habrá llevado tu marido por error, piensas, y recurres a las de repuesto. Pero al ir a abrir el coche, te das cuenta de que el mando a distancia no funciona. La pila ha muerto hace tiempo. Toca abrirlo al viejo estilo, metiendo la llave en la cerradura y renunciando a escuchar el chui-chui tan encantador que hace el cierre electrónico al ser activado.

Miras el reloj del salpicadero. Te dice que ya vas tarde y que el atasco en la avenida que te lleva hasta el colegio no perdona. Sales disparada por la rampa de acceso del garaje de tu casa, pero en el camino te llevas una esquina por delante. Maldices. Maldices y blasfemas a pesar de llevar a tu hija sentada detrás, que escucha en silencio tus improperios y que sólo se atreve a hablar para preguntarte: «¿Se lo vamos a contar a papá?».

No sabes cómo, pero consigues llegar a tiempo al colegio. Regresas a tu casa para empezar a trabajar y al encender el ordenador, la pantalla empieza a parpadear. Ahora funciona, ahora no. Revisas las conexiones y compruebas que todo está correctamente enchufado. Vuelves a maldecir, blasfemar y a preguntarte por qué coño te has levantado hoy de la cama. Miras la hora: estás a tiempo de ir al gimnasio a descargar la mala leche en una clase de body combat y pasarte después, una vez calmada la bestia, a comprar un nuevo monitor. Tus jefes sabrán entender (o eso esperas) que tu artículo no llegará a tiempo.

Sueltas patadas y puñetazos al aire imaginando que dejas al karma más magullado que Rocky en sus combates. El ejercicio te ha sentado bien, pero alguien que se considera miembro de honor de la Liga Antideporte jamás confesará en público lo beneficioso de una buena sudada. Suena tu móvil. Es tu jefe preguntando cuándo vas a entregar el texto. Mientras le cuentas el fallo de la pantalla y que te has visto obligada a salir para comprar otro, tratas de abrir el maletero para guardar la bolsa del gimnasio. Empieza a llover. Tu jefe lo entiende, te da media hora más.

El maletero no se abre. Cuelgas el teléfono y lo intentas por la puerta del conductor. Sigue lloviendo con todas sus ganas. Pero algo falla. Tu coche interpreta que lo estás forzando y hace saltar la alarma. Todos los que pasan cerca te miran. Tratan de quedarse con tu cara por si tuvieran que testificar en caso de denuncia por robo. Y tú allí, parada delante del coche, con las puertas abiertas, tratando de detener el espantoso sonido que te delata como ladrona de tu propio vehículo. No hay manera. Sólo se puede detener con el mando del cierre centralizado, y el muy pedorro tiene la fea costumbre de dejar de funcionar cuando se le agota la pila.

Decides esperar unos minutos por ver si el problema se resuelve solo. Total, si a Rajoy le funciona, por qué a ti no

De pronto, la alarma calla. Suspiras aliviada y te metes al coche. Dejas la bolsa del gimnasio en el asiento de atrás, te colocas el cinturón de seguridad, metes la llave en el contacto y tratas de arrancar el motor. Nada. Muerto. KO. La alarma ha activado el inmovilizador. Blasfemas nuevamente. Mucho. Muy fuerte. Y vuelves a intentarlo de nuevo. Nada. Y otra vez. Nada. Decides esperar unos minutos por ver si el problema se resuelve solo. Total, si a Rajoy le funciona, por qué a ti no. Nada.

Sigue lloviendo a mares. El karma se venga de los golpes que le has atizado en el gimnasio y te envía este regalito para rematar tu desgracia. Consultas el manual de instrucciones del coche, que sólo sirve para confirmarte que la única solución es que pases por un concesionario para que desactiven el inmovilizador. Da igual, tú sigues intentando arrancar el coche. ¡Qué sabrá un manual de instrucciones que no sepas tú!

Miras el reloj. A lo tonto, llevas ahí parada, dentro del coche, cayendo la del pulpo y tratando de arrancar más de 30 minutos. Toca ser resolutiva: llamas a la grúa, que para eso pagas un seguro. Alguien al otro lado del teléfono te confirma que llegará en breve. Pero la medición del tiempo es algo relativo, porque lo que para unos es poco, en tu reloj se convierte en otros 40 minutos de espera. Cuarenta minutos donde no has dejado de intentar arrancar el coche. Cuarenta minutos donde no dejas de darle vueltas a la puñetera mala suerte que estás teniendo hoy.

Llega la grúa por fin. Deja de llover, o al menos, ya no lo hace con tanta fuerza. Bajas del coche para cederle tu sitio frente al volante al mecánico que ha venido en tu ayuda, mientras le cuentas lo que pasa. Se sienta, mete la llave en el contacto… y arranca el motor sin problemas. Y tú te quedas ahí, con cara de «esto no me puede estar pasando a mí», soportando la sonrisa apenas esbozada, milimétrica, esa en la que se lee perfectamente «mujer tenías que ser», del conductor de la grúa que trata de quitarle hierro al asunto mientras busca una justificación en el recibo de servicio que te entrega que no te deje más humillada de lo que ya estás. Humillada por partida doble: por un coche de mierda y por un mierda machista.

Miras el reloj. Casi la hora de comer y todo aún por hacer. Querías haberte ido a la tienda XX para comprar el monitor, pero ya es tarde. Sin embargo, si en lugar de ir allí te acercas a YY, aún estarías a tiempo de llegar a casa a una hora prudencial y abrir una lata de espárragos que sirva de menú para ese día. Al cocido completo que tenías pensado hacer para comer renunciaste hace ya un buen rato.

Hace tiempo que juraste no volver a comprar nada en YY. Pero situaciones desesperadas piden soluciones desesperadas. Todos merecemos otra oportunidad, te dices, aunque tú ya le has dado las suficientes como para que algún psicólogo te recomiende hacértelo mirar. Te arriesgas. Necesitas el monitor y lo necesitas ya. Quizá llegues a tiempo de entregar en el último minuto ese artículo que tenías que haber publicado ayer.

Eliges una pantalla cualquiera que se ajuste a tu presupuesto. Te aseguras de que viene con todo lo necesario para funcionar preguntando a un dependiente de la tienda. Pasas por caja y pagas. Y vuelves a salir disparada a casa, pero no aparcas el coche en el garaje. Hay sitio en la calle y hoy ya has cubierto el cupo de arañazos diarios al que sometes a la carrocería por ir siempre con prisas.

Humillada por partida doble: por un coche de mierda y por un mierda machista.

Comes y decides conectar el monitor antes de volver a buscar a tu hija al colegio. Pero no era verdad que te lo iban a vender con todos los cables necesarios. Alguien antes que tú compró ese monitor y lo devolvió a la tienda olvidando devolver también el cable de conexión principal. No uno cualquiera, no. EL CABLE. Te toca regresar a YY, donde ya habías jurado que jamás volverías a comprar y ahora recuerdas claramente por qué, y rezar para que no tengas que pegarte con nadie para recuperar tu dinero. El karma se descojona de ti, lo sabes, lo estás viendo.

No hay tiempo. Ya vas tarde para recoger a la niña en el colegio. Metes como puedes el monitor en el embalaje, lo vuelves a cargar en el coche y sales de nuevo hacia el cole. De vuelta podrás devolverlo. El karma debe estar durmiendo la siesta y por esta vez no enreda. Recuperas tu dinero sin problemas. Vuelves al coche. Vuelas hasta XX, a donde deberías haber ido desde el principio, para comprar una nueva pantalla. Eliges una. Agotada. Eliges otra. Agotada también. A la desesperada, eliges una tercera. ¡Bingo! Y sales con tu monitor nuevo hacia tu casa, a ver si por fin puedes empezar a hacer algo productivo que satisfaga a tu jefe. Ya es la tercera llamada que te hace pidiendo a gritos —literalmente— el artículo. Parece ser que, al final, no ha resultado tan comprensivo como esperabas.

El día acaba. El artículo está enviado. La niña, en la ducha. Toca hacer la cena. Pero te llama tu madre para contarte la última de tu prima. El morbo te puede. Tu prima es una máquina de crear cotilleos y no puedes resistirte al último. De pronto lo notas. Ese olor. Ese desagradable olor a quemado. A tomar por culo la cena también. No queda más remedio que encomendarse una noche más a santa comida a domicilio.

Te sientas por fin en el sofá dispuesta a tragarte lo que sea que pongan hoy en la tele. «¿Cómo te ha ido el día?», pregunta tu marido, que acaba de entrar por la puerta después de jugar su partidito de tenis semanal. «Mejor no preguntes», contestas. «He tenido lo que podría llamarse un auténtico día de mierda».

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