27 de mayo 2015    /   IDEAS
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Un molino para dar un giro a la cultura rural

27 de mayo 2015    /   IDEAS     por          
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Javier Selva se define como «fotógrafo, sociólogo, infatigable viajero y recientemente agricultor». En los últimos años, se ha obsesionado con una cosa: «Hay que demostrar que se puede vivir en la montaña, en las poblaciones rurales. Que no es imposible. Que nadie tiene que salir de su pueblo para poder vivir dignamente».
Con esa motivación el año pasado arrancó un proyecto empresarial llamado Que te quiero verde, con el cual trata de defender la presencia del tomate rosa de montaña, un producto que debido a su fragilidad y dificultad de transporte casi había desaparecido de los mercados. A través de crowdfunding y la ayuda de los vecinos de La Puebla de Fantova (Huesca), ahora existen en ese valle pirenaico dos invernaderos donde se producen 6.000 kilos de tomates de esta especie, han regenerado zonas de cultivo abandonadas y se ha empleado a seis personas en las tareas diarias. El proyecto hoy sigue creciendo.
Ahora ha tenido otra idea para este «lugar mágico que se estaba quedando despoblado», describe la zona. Esta vez es cultural. La fórmula que se le ha ocurrido es transformar el Molino Centenero, una vieja edificación abandonada que antes sirvió de motor de la región, en «la sede de un programa de actividades culturales de proyección estatal». Para conseguirlo pide financiación colectiva en Namlebee.
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«Compré el molino hace años», cuenta en entrevista telefónica tras una dura jornada dedicándose a su último oficio conocido, el de hortelano. «El primer proyecto pretendía ser una empresa de dispositivos móviles que pudiera demostrar que si dos personas pueden trabajar entre España y Bombay en el mismo proyecto, cosa que yo mismo antes hacía, ¿qué motivo hay para que no se pueda trabajar entre una ciudad y el campo?».
Al final la crisis dejó en promesa esa idea de gran inversión que pretendía dar trabajo a 20 programadores con disposición a hacerse silvestres. «Ahora será un centro cultural y artístico», cuenta la nueva visión del espacio. «Con un bajo presupuesto estamos rehabilitando y creando cosas como gradas de palés. Habrá cine, teatro, actividades culturales y talleres como la Primavera Fotográfica o el Festival de Poesía de Montaña… Pretendemos incluirlo dentro de los circuitos culturales que se desarrollan en el mundo rural y que utilizan los escenarios naturales para potenciar la actividad económica, además de atraer a visitantes hasta este perdido rincón del Pirineo aragonés, desconocido pero cargado de historia y biodiversidad».
El objetivo grande de Selva, sin embargo, es mucho más amplio que una región de montaña en específico. Opina que «preparando eventos o instalaciones en lugares como este se puede producir un flujo de la ciudad al campo y viceversa. Se crea nueva población, se genera dinamismo. La gente tiene que vivir estos espacios para decidir si se queda o no se queda. Ese es el reto. Aquí por ejemplo, entre los que estamos en el proyecto hay gente autóctona y gente que ha llegado incluso de Francia, Holanda o Argentina interesados por esto».
A 200 kilómetros de Zaragoza, la ciudad grande más cercana, el ideólogo admite que la misión no es fácil. «Está jodido competir con el cosmopolitismo», admite. «Un joven, por ejemplo, a menudo ve que las ciudades son más dinámicas, que se pueden hacer muchas cosas que es difícil hacer en los pueblos. Y en parte tiene razón. Es que aunque existan proyectos como este, también hace falta inversión del Gobierno, que apuesten por estas zonas más allá de hacer carreteras», lanza la queja. «Si no hay ni médicos, ni escuelas, ni servicios públicos, ¿cómo va a querer la gente quedarse? Y sin embargo, vivir en un lugar como este es otra manera de estar en el mundo».
Tampoco considera que «haga falta ser un jipi» para querer envejecer en un ambiente tranquilo. Ni siquiera que el traslado al campo o la montaña deba ser algo que alguien decida hacer con vistas de por vida. «Podemos vivir una etapa en un sitio y otra etapa en otro», se ha dado cuenta ahora que superó el medio siglo danzando de un lado para otro.
«El secreto es generar sinergias. Que se entienda la gente de la ciudad y del campo», afirma. «Nos tenemos que dar cuenta de que los mundos son permeables. Y debemos hacerlo para que tú te puedas comer en Madrid un tomate que yo cultivo en los Pirineos y que gracias a una buena estrategia de publicidad me acaben entrevistando por eso desde México. Aquí hay más gente que cultiva tomates, ¿por qué los nuestros han salido en la tele y los de otros no? Por eso, porque lo importante es que se creen esos puentes que nos relacionen entre todos. Que nos apoyemos mutuamente estemos donde estemos. No que salga todo el mundo a vivir lejos de los pueblos».

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Javier Selva se define como «fotógrafo, sociólogo, infatigable viajero y recientemente agricultor». En los últimos años, se ha obsesionado con una cosa: «Hay que demostrar que se puede vivir en la montaña, en las poblaciones rurales. Que no es imposible. Que nadie tiene que salir de su pueblo para poder vivir dignamente».
Con esa motivación el año pasado arrancó un proyecto empresarial llamado Que te quiero verde, con el cual trata de defender la presencia del tomate rosa de montaña, un producto que debido a su fragilidad y dificultad de transporte casi había desaparecido de los mercados. A través de crowdfunding y la ayuda de los vecinos de La Puebla de Fantova (Huesca), ahora existen en ese valle pirenaico dos invernaderos donde se producen 6.000 kilos de tomates de esta especie, han regenerado zonas de cultivo abandonadas y se ha empleado a seis personas en las tareas diarias. El proyecto hoy sigue creciendo.
Ahora ha tenido otra idea para este «lugar mágico que se estaba quedando despoblado», describe la zona. Esta vez es cultural. La fórmula que se le ha ocurrido es transformar el Molino Centenero, una vieja edificación abandonada que antes sirvió de motor de la región, en «la sede de un programa de actividades culturales de proyección estatal». Para conseguirlo pide financiación colectiva en Namlebee.
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«Compré el molino hace años», cuenta en entrevista telefónica tras una dura jornada dedicándose a su último oficio conocido, el de hortelano. «El primer proyecto pretendía ser una empresa de dispositivos móviles que pudiera demostrar que si dos personas pueden trabajar entre España y Bombay en el mismo proyecto, cosa que yo mismo antes hacía, ¿qué motivo hay para que no se pueda trabajar entre una ciudad y el campo?».
Al final la crisis dejó en promesa esa idea de gran inversión que pretendía dar trabajo a 20 programadores con disposición a hacerse silvestres. «Ahora será un centro cultural y artístico», cuenta la nueva visión del espacio. «Con un bajo presupuesto estamos rehabilitando y creando cosas como gradas de palés. Habrá cine, teatro, actividades culturales y talleres como la Primavera Fotográfica o el Festival de Poesía de Montaña… Pretendemos incluirlo dentro de los circuitos culturales que se desarrollan en el mundo rural y que utilizan los escenarios naturales para potenciar la actividad económica, además de atraer a visitantes hasta este perdido rincón del Pirineo aragonés, desconocido pero cargado de historia y biodiversidad».
El objetivo grande de Selva, sin embargo, es mucho más amplio que una región de montaña en específico. Opina que «preparando eventos o instalaciones en lugares como este se puede producir un flujo de la ciudad al campo y viceversa. Se crea nueva población, se genera dinamismo. La gente tiene que vivir estos espacios para decidir si se queda o no se queda. Ese es el reto. Aquí por ejemplo, entre los que estamos en el proyecto hay gente autóctona y gente que ha llegado incluso de Francia, Holanda o Argentina interesados por esto».
A 200 kilómetros de Zaragoza, la ciudad grande más cercana, el ideólogo admite que la misión no es fácil. «Está jodido competir con el cosmopolitismo», admite. «Un joven, por ejemplo, a menudo ve que las ciudades son más dinámicas, que se pueden hacer muchas cosas que es difícil hacer en los pueblos. Y en parte tiene razón. Es que aunque existan proyectos como este, también hace falta inversión del Gobierno, que apuesten por estas zonas más allá de hacer carreteras», lanza la queja. «Si no hay ni médicos, ni escuelas, ni servicios públicos, ¿cómo va a querer la gente quedarse? Y sin embargo, vivir en un lugar como este es otra manera de estar en el mundo».
Tampoco considera que «haga falta ser un jipi» para querer envejecer en un ambiente tranquilo. Ni siquiera que el traslado al campo o la montaña deba ser algo que alguien decida hacer con vistas de por vida. «Podemos vivir una etapa en un sitio y otra etapa en otro», se ha dado cuenta ahora que superó el medio siglo danzando de un lado para otro.
«El secreto es generar sinergias. Que se entienda la gente de la ciudad y del campo», afirma. «Nos tenemos que dar cuenta de que los mundos son permeables. Y debemos hacerlo para que tú te puedas comer en Madrid un tomate que yo cultivo en los Pirineos y que gracias a una buena estrategia de publicidad me acaben entrevistando por eso desde México. Aquí hay más gente que cultiva tomates, ¿por qué los nuestros han salido en la tele y los de otros no? Por eso, porque lo importante es que se creen esos puentes que nos relacionen entre todos. Que nos apoyemos mutuamente estemos donde estemos. No que salga todo el mundo a vivir lejos de los pueblos».

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