24 de marzo 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Un muerto detrás del sofá

24 de marzo 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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La llamada «Limpieza de Primavera» es un ritual más o menos pagano, pero muy práctico, que se celebra en diversas culturas. Se cree que procede de la fiesta del Año Nuevo Persa, que se conoce como Iranian Norouz. También en Escocia se hace algo parecido el 31 de diciembre, bajo el nombre de Hogmanay. Lo que se persigue en todos los casos es lo mismo: agitar la casa, limpiarla de arriba abajo, incluso reubicar los muebles si fuera preciso.
Si su hogar tiene una extensión considerable y numerosos cuartos, cuartitos, recovecos, trasteros o incluso sótanos, altillos, buhardillas y habitaciones del servicio, es perfectamente posible que en esta limpieza aparentemente trivial su vida pueda dar un giro copernicano, pues estas operaciones comportan el riesgo de descubrir elementos que no sospechábamos que estaban allí. Por ejemplo, un cadáver.
El principal problema de un fiambre es el olor, del que son responsables dos sustancias con nombres tan sexys como putrescina y cadaverina. Pero si el cadáver se ha momificado, y esto puede suceder de manera excepcional en el caso de que concurran ciertas condiciones de humedad y temperatura, podemos tener un muerto tras el sofá y no habernos dado cuenta. Pero ¿de quién es ese cuerpo y cómo ha llegado hasta allí?
Pongamos que se trata de un sofá grande, pesado, que por su diseño deja un amplio espacio libre entre su parte trasera inferior y la pared. Un espacio en el que bien puede alojarse un cuerpo inerte sin ser detectado, y en el que bien puede haber un… microclima.

Lo que se persigue con la Limpieza de Primavera es agitar la casa, limpiarla de arriba abajo, incluso reubicar los muelbes si fuera preciso


Podríamos entonces estar viendo nuestra serie favorita, comiendo patatas chips o tonteando con el iPad ajenos a esa presencia muda y acusadora que se agazapa a pocos centímetros de nuestras posaderas y de nuestra espalda, al otro lado del tejido y la estructura del sofá. Y sin olores.
Hasta que un día de finales de marzo usted limpia por fin el interior de la nevera, friega lugares insospechados, conecta la aspiradora, enrolla la alfombra del salón, mueve los muebles; el sudor perla su frente debido a tanto esfuerzo doméstico, pero se dice: «merece la pena, total es una vez al año, y la casa está un poco gorrinaca».
Entonces se acerca al sólido y enorme sofá, y lo arrastra primero titubeante, porque pesa lo suyo, y luego con más energía, empleando toda su fuerza. Al desplazarlo escucha un ruido sordo, como de un fardo que cayera desde una torre invisible hasta el pavimento en medio de la noche…
No logra identificar su naturaleza, pero sí su origen: exactamente detrás del sofá.
Se aproxima con más curiosidad que cautela, y al asomarse al hueco lo primero que ve son dos zapatos negros, lustrosos, del tipo que se conoce como Oxford picado que, por cierto, son también sus favoritos.

Quizá sea esa la manera perfecta de comenzar las estación, desechando nuestra peor versión


Tras los zapatos se entrevé un fragmento de pantorrilla que le resulta familiar, y ya nacen los pantalones, que trepan por un cuerpo extrañamente parecido al suyo, pero inanimado. Todo esto sucede en unas décimas de segundo, y le produce una viva impresión reconocer sus facciones en ese inopinado individuo.
Pero no se asuste, aunque en efecto ese hombre es usted, digamos que esta situación se deriva de una «Limpieza de Primavera» a fondo. Quizá sea esa la manera perfecta de comenzar la estación, desechando nuestra peor versión, la vieja, la antigua, la del año pasado…
Cuando comprende por fin lo que está sucediendo no se resiste a la suplantación, y no puede evitar recordar aquella vieja película, La invasión de los ladrones de cuerpos… pero esto es distinto; no se trata de una invasión sino de una renovación. Antes de perder la consciencia se pregunta quién terminará de pasar la aspiradora.
Dado que la casa y el alma de un ser humano son vasos comunicantes, cuando todo ha terminado, el muerto detrás del sofá ya no está muerto, sino sentado viendo sus series favoritas, comiendo patatas chips y tonteando con el iPad, mientras usted queda inerte en el lugar que minutos antes ocupara su nueva versión.
Hasta la siguiente primavera.

La llamada «Limpieza de Primavera» es un ritual más o menos pagano, pero muy práctico, que se celebra en diversas culturas. Se cree que procede de la fiesta del Año Nuevo Persa, que se conoce como Iranian Norouz. También en Escocia se hace algo parecido el 31 de diciembre, bajo el nombre de Hogmanay. Lo que se persigue en todos los casos es lo mismo: agitar la casa, limpiarla de arriba abajo, incluso reubicar los muebles si fuera preciso.
Si su hogar tiene una extensión considerable y numerosos cuartos, cuartitos, recovecos, trasteros o incluso sótanos, altillos, buhardillas y habitaciones del servicio, es perfectamente posible que en esta limpieza aparentemente trivial su vida pueda dar un giro copernicano, pues estas operaciones comportan el riesgo de descubrir elementos que no sospechábamos que estaban allí. Por ejemplo, un cadáver.
El principal problema de un fiambre es el olor, del que son responsables dos sustancias con nombres tan sexys como putrescina y cadaverina. Pero si el cadáver se ha momificado, y esto puede suceder de manera excepcional en el caso de que concurran ciertas condiciones de humedad y temperatura, podemos tener un muerto tras el sofá y no habernos dado cuenta. Pero ¿de quién es ese cuerpo y cómo ha llegado hasta allí?
Pongamos que se trata de un sofá grande, pesado, que por su diseño deja un amplio espacio libre entre su parte trasera inferior y la pared. Un espacio en el que bien puede alojarse un cuerpo inerte sin ser detectado, y en el que bien puede haber un… microclima.

Lo que se persigue con la Limpieza de Primavera es agitar la casa, limpiarla de arriba abajo, incluso reubicar los muelbes si fuera preciso


Podríamos entonces estar viendo nuestra serie favorita, comiendo patatas chips o tonteando con el iPad ajenos a esa presencia muda y acusadora que se agazapa a pocos centímetros de nuestras posaderas y de nuestra espalda, al otro lado del tejido y la estructura del sofá. Y sin olores.
Hasta que un día de finales de marzo usted limpia por fin el interior de la nevera, friega lugares insospechados, conecta la aspiradora, enrolla la alfombra del salón, mueve los muebles; el sudor perla su frente debido a tanto esfuerzo doméstico, pero se dice: «merece la pena, total es una vez al año, y la casa está un poco gorrinaca».
Entonces se acerca al sólido y enorme sofá, y lo arrastra primero titubeante, porque pesa lo suyo, y luego con más energía, empleando toda su fuerza. Al desplazarlo escucha un ruido sordo, como de un fardo que cayera desde una torre invisible hasta el pavimento en medio de la noche…
No logra identificar su naturaleza, pero sí su origen: exactamente detrás del sofá.
Se aproxima con más curiosidad que cautela, y al asomarse al hueco lo primero que ve son dos zapatos negros, lustrosos, del tipo que se conoce como Oxford picado que, por cierto, son también sus favoritos.

Quizá sea esa la manera perfecta de comenzar las estación, desechando nuestra peor versión


Tras los zapatos se entrevé un fragmento de pantorrilla que le resulta familiar, y ya nacen los pantalones, que trepan por un cuerpo extrañamente parecido al suyo, pero inanimado. Todo esto sucede en unas décimas de segundo, y le produce una viva impresión reconocer sus facciones en ese inopinado individuo.
Pero no se asuste, aunque en efecto ese hombre es usted, digamos que esta situación se deriva de una «Limpieza de Primavera» a fondo. Quizá sea esa la manera perfecta de comenzar la estación, desechando nuestra peor versión, la vieja, la antigua, la del año pasado…
Cuando comprende por fin lo que está sucediendo no se resiste a la suplantación, y no puede evitar recordar aquella vieja película, La invasión de los ladrones de cuerpos… pero esto es distinto; no se trata de una invasión sino de una renovación. Antes de perder la consciencia se pregunta quién terminará de pasar la aspiradora.
Dado que la casa y el alma de un ser humano son vasos comunicantes, cuando todo ha terminado, el muerto detrás del sofá ya no está muerto, sino sentado viendo sus series favoritas, comiendo patatas chips y tonteando con el iPad, mientras usted queda inerte en el lugar que minutos antes ocupara su nueva versión.
Hasta la siguiente primavera.

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