19 de enero 2011    /   IDEAS
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Un mundo sin internet

19 de enero 2011    /   IDEAS     por          
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No se asuste, es solo un ensayo. Ahora respire profundo e imagine que internet no existe: que hoy no recibirá decenas de mails ni verá las fotos en las que lo han etiquetado. Tampoco, por supuesto, va a dilapidar minutos tirando del hilo virtual que lo llevará tras fotos de gente que no le interesa, que ni siquiera conoce.
Imagine también que no existe el teléfono: que un cartero lo encontrará allí donde se encuentre –en su casa, en su trabajo, en el gimnasio– para acercarle el telegrama de su jefe diciéndole: “Mañana hay una reunión a las once, espero que tengas la presentación preparada”.
Haga un esfuerzo más… imagine que no existe la televisión: que se enterará a través del periódico de esos ancianos que se dejan morir en un mar envenenado para huirle al dolor de un mundo que les da la espalda. Apenas verá, con suerte, alguna foto borrosa de esos viejos en el periódico; apenas leerá alguna entrevista a un empleado de sanidad, en la que él contará que su trabajo consiste en recoger los cuerpos que el mar escupe cada mañana.
¿Y si le digo que ese mundo existe? Sí, se trata de un mundo tenebroso, imprevistamente atravesado por el caos o la magia, donde los intereses de la clase política se cruzan con los de las clases acomodadas y con los (pequeños) intereses de los funcionarios de medio pelo. En ese mundo el Estado quiere controlar todo pero no logra controlar nada, porque no comprende esos portales sonoros que escupen a chorros las voces de la ciudad.
Ese mundo es el de Burocracia. Uno que se torció quién sabe cómo o por qué. O tal vez no haya un por qué: tal vez aquello sea una enorme broma de Dios, un Dios harto de esa burocracia celestial que le obliga a refugiarse en un mundo previsible, y tal vez sólo quiera patear el tablero por el puro placer de hacerlo.
Usted dirá: ¡En ese mundo no hay Wikileaks! Efectivamente, ni hackers buenos al servicio de una causa. Pero sí hay “terroristas”; y son de los que siembran el único terror de contarle a la gente lo que el Gobierno les oculta. Porque no todo en Burocracia es fruto de la imaginación.

Santiago Ambao es escritor y autor del libro Burocracia
Artículo publicado en el número de enero de Yorokobu
Foto de Yannic Meyer reproducida bajo licencia C.C

No se asuste, es solo un ensayo. Ahora respire profundo e imagine que internet no existe: que hoy no recibirá decenas de mails ni verá las fotos en las que lo han etiquetado. Tampoco, por supuesto, va a dilapidar minutos tirando del hilo virtual que lo llevará tras fotos de gente que no le interesa, que ni siquiera conoce.
Imagine también que no existe el teléfono: que un cartero lo encontrará allí donde se encuentre –en su casa, en su trabajo, en el gimnasio– para acercarle el telegrama de su jefe diciéndole: “Mañana hay una reunión a las once, espero que tengas la presentación preparada”.
Haga un esfuerzo más… imagine que no existe la televisión: que se enterará a través del periódico de esos ancianos que se dejan morir en un mar envenenado para huirle al dolor de un mundo que les da la espalda. Apenas verá, con suerte, alguna foto borrosa de esos viejos en el periódico; apenas leerá alguna entrevista a un empleado de sanidad, en la que él contará que su trabajo consiste en recoger los cuerpos que el mar escupe cada mañana.
¿Y si le digo que ese mundo existe? Sí, se trata de un mundo tenebroso, imprevistamente atravesado por el caos o la magia, donde los intereses de la clase política se cruzan con los de las clases acomodadas y con los (pequeños) intereses de los funcionarios de medio pelo. En ese mundo el Estado quiere controlar todo pero no logra controlar nada, porque no comprende esos portales sonoros que escupen a chorros las voces de la ciudad.
Ese mundo es el de Burocracia. Uno que se torció quién sabe cómo o por qué. O tal vez no haya un por qué: tal vez aquello sea una enorme broma de Dios, un Dios harto de esa burocracia celestial que le obliga a refugiarse en un mundo previsible, y tal vez sólo quiera patear el tablero por el puro placer de hacerlo.
Usted dirá: ¡En ese mundo no hay Wikileaks! Efectivamente, ni hackers buenos al servicio de una causa. Pero sí hay “terroristas”; y son de los que siembran el único terror de contarle a la gente lo que el Gobierno les oculta. Porque no todo en Burocracia es fruto de la imaginación.

Santiago Ambao es escritor y autor del libro Burocracia
Artículo publicado en el número de enero de Yorokobu
Foto de Yannic Meyer reproducida bajo licencia C.C

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