20 de marzo 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Una escopeta de disparar vida

20 de marzo 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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En Yorokobu no nos caen bien las armas de fuego porque están un poco encasilladas en su rol. Hasta ahora servían principalmente para la monótona tarea de quitar vidas: a personas, a animales, a pájaros… Y así todo el día. De ahí que nosotros no queramos ni verlas. Sin embargo, un escandinavo llamado Per Cromwell nos hace repensar nuestra consideración por un momento: ¿Y si una escopeta sirviese justamente para lo contrario?
Este diseñador decidió aunar dos actividades diametralmente antagónicas. Por un lado, estaba familiarizado con el fuego, los cartuchos y la adrenalina de las armas por los amigos cazadores que tenía. Por otro, le inspiraba tranquilidad, sosiego y armonía su afición de plantar flores en su suelo. Un día esos dos pasatiempos se fusionaron y prendieron una idea en su cerebro: rediseñaría un fusil para convertirlo en una herramienta capaz de dar vida. Pensaba sembrar capullos a balazos.
Flower Shell es el resultado de su inspiración. Lo que hizo Cromwell es fabricar a mano cartuchos para escopeta que en lugar de un centenar de bolitas de plomo, lo que contenían era un centenar de semillas de flores, que ayudadas por la pólvora, podían ser disparadas y enterradas en la tierra.

«La intención es hacer que la capacidad de atravesar cosas de la bala se convierta en capacidad de crear surcos de arado», explica el creador. Como munición, utiliza 12 tipos de semillas que van desde las margaritas a la lavanda. Sus balazos se tiñen de color (y aroma) unas cuantas semanas después del impacto.
Lo cierto es que a su proyecto también le han salido detractores que incluso han paralizado momentáneamente sus intenciones de financiación por la plataforma Indegogo. Los contrarios argumentan que el invento no deja de ser un arma de fuego con peligros idénticos a los de cualquier otra. Cromwell, por si acaso alguien se pensaba que se trataba de un juguete, ya anunciaba desde un principio que las precauciones debían ser exactamente las mismas que las adoptadas para manejar una escopeta real.
Él, por el momento, sigue adelante con su apuesta por el uso responsable del artilugio, que transforma la jardinería en un deporte de riesgo y las balas en un dispensador de vida. «Cambiemos el sentido de disparar un rifle», aprieta el gatillo de sus intenciones.
bala
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En Yorokobu no nos caen bien las armas de fuego porque están un poco encasilladas en su rol. Hasta ahora servían principalmente para la monótona tarea de quitar vidas: a personas, a animales, a pájaros… Y así todo el día. De ahí que nosotros no queramos ni verlas. Sin embargo, un escandinavo llamado Per Cromwell nos hace repensar nuestra consideración por un momento: ¿Y si una escopeta sirviese justamente para lo contrario?
Este diseñador decidió aunar dos actividades diametralmente antagónicas. Por un lado, estaba familiarizado con el fuego, los cartuchos y la adrenalina de las armas por los amigos cazadores que tenía. Por otro, le inspiraba tranquilidad, sosiego y armonía su afición de plantar flores en su suelo. Un día esos dos pasatiempos se fusionaron y prendieron una idea en su cerebro: rediseñaría un fusil para convertirlo en una herramienta capaz de dar vida. Pensaba sembrar capullos a balazos.
Flower Shell es el resultado de su inspiración. Lo que hizo Cromwell es fabricar a mano cartuchos para escopeta que en lugar de un centenar de bolitas de plomo, lo que contenían era un centenar de semillas de flores, que ayudadas por la pólvora, podían ser disparadas y enterradas en la tierra.

«La intención es hacer que la capacidad de atravesar cosas de la bala se convierta en capacidad de crear surcos de arado», explica el creador. Como munición, utiliza 12 tipos de semillas que van desde las margaritas a la lavanda. Sus balazos se tiñen de color (y aroma) unas cuantas semanas después del impacto.
Lo cierto es que a su proyecto también le han salido detractores que incluso han paralizado momentáneamente sus intenciones de financiación por la plataforma Indegogo. Los contrarios argumentan que el invento no deja de ser un arma de fuego con peligros idénticos a los de cualquier otra. Cromwell, por si acaso alguien se pensaba que se trataba de un juguete, ya anunciaba desde un principio que las precauciones debían ser exactamente las mismas que las adoptadas para manejar una escopeta real.
Él, por el momento, sigue adelante con su apuesta por el uso responsable del artilugio, que transforma la jardinería en un deporte de riesgo y las balas en un dispensador de vida. «Cambiemos el sentido de disparar un rifle», aprieta el gatillo de sus intenciones.
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