16 de mayo 2014    /   IDEAS
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Una habitación propia, un lenguaje propio y Starbucks

16 de mayo 2014    /   IDEAS     por          
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Uno puede viajar por casi cualquier lugar del mundo y disfrutar del mismo café, preparado del mismo modo, al mismo precio, con el mismo nombre y sentado en un sillón idéntico al que hay en el Starbucks más cercano a su casa. Y todo gracias a la seguridad que nos otorga el maravilloso mundo del franquiciado y la serialización.
Es lo mismo de lo que habla Ulrich Beck cuando se refiere a la Sociedad de Riesgo. Lo mismo o lo contrario. No queremos correr riesgos de enfrentarnos a lo nuevo, a lo distinto, o incluso a lo mismo, pero nombrado en un lenguaje diferente. No queremos encararnos a un café sin saber previamente y con seguridad a qué sabe, cuál es su precio, cuáles son sus toppings…
Es una obviedad y un tópico volver a citar a Virginia Woolf con aquello del ‘cuarto propio’, pero si en 1929 ella decía que eso era precisamente lo que necesitaba una mujer para poder escribir buenas novelas, ¿qué es lo que precisamos hoy día hombres y mujeres para llevar a cabo buenas (y novedosas) obras creativas?
Claro que yo no tengo la capacidad para dar respuesta a todas las incógnitas; sin embargo, sí que me puedo plantear preguntas y divagar al respecto. En este caso la respuesta puede ser ‘un lenguaje propio’.
Nadie duda que lo más valorado —creativamente hablando— a día de hoy es el empleo de un lenguaje novedoso. Yves Klein, David Lynch, Alexander McQueen, Manuel Vilas o Kraftwerk deben parte de su valor a eso: a contar algo que no siempre tiene por qué ser nuevo, pero utilizando un léxico distinto.
En muchas ocasiones ese nuevo lenguaje es a su vez un inconveniente ya que no todo el mundo dispone de las herramientas para descodificar el mensaje. Y dicho mensaje llega mucho más rápido al receptor cuando se codifica con formas más convencionales. La historia lo ha demostrado, los creadores más vanguardistas siempre han buscado nuevos lenguajes que han terminado por ser asumidos por la mayoría, alcanzándose entonces la universalización de ese mensaje así como de las propias reglas del lenguaje utilizado.
Ahora bien, me pregunto si, los que preferimos el café franquiciado, los hoteles serializados, las tiendas de ropa que ofrecen los mismos diseños y los mismos tallajes en Madrid, en Catar o en Helsinki, estamos capacitados para entender esos nuevos lenguajes. Enfrentarse a lo nuevo o a lo desconocido no deja de ser vivir el riesgo dentro de esa sociedad de la que habla Ulrich Beck.
De hecho, cuando Virginia Woolf escribió Una habitación propia o cuando Joyce planteó el mundo tal y como lo vivía y lo veía Leopold Bloom, hubo una gran mayoría que no lo entendió. Incluso a día de hoy hay mucha gente que sigue sin entenderlo.
Pero entonces no existía Starbucks.

Uno puede viajar por casi cualquier lugar del mundo y disfrutar del mismo café, preparado del mismo modo, al mismo precio, con el mismo nombre y sentado en un sillón idéntico al que hay en el Starbucks más cercano a su casa. Y todo gracias a la seguridad que nos otorga el maravilloso mundo del franquiciado y la serialización.
Es lo mismo de lo que habla Ulrich Beck cuando se refiere a la Sociedad de Riesgo. Lo mismo o lo contrario. No queremos correr riesgos de enfrentarnos a lo nuevo, a lo distinto, o incluso a lo mismo, pero nombrado en un lenguaje diferente. No queremos encararnos a un café sin saber previamente y con seguridad a qué sabe, cuál es su precio, cuáles son sus toppings…
Es una obviedad y un tópico volver a citar a Virginia Woolf con aquello del ‘cuarto propio’, pero si en 1929 ella decía que eso era precisamente lo que necesitaba una mujer para poder escribir buenas novelas, ¿qué es lo que precisamos hoy día hombres y mujeres para llevar a cabo buenas (y novedosas) obras creativas?
Claro que yo no tengo la capacidad para dar respuesta a todas las incógnitas; sin embargo, sí que me puedo plantear preguntas y divagar al respecto. En este caso la respuesta puede ser ‘un lenguaje propio’.
Nadie duda que lo más valorado —creativamente hablando— a día de hoy es el empleo de un lenguaje novedoso. Yves Klein, David Lynch, Alexander McQueen, Manuel Vilas o Kraftwerk deben parte de su valor a eso: a contar algo que no siempre tiene por qué ser nuevo, pero utilizando un léxico distinto.
En muchas ocasiones ese nuevo lenguaje es a su vez un inconveniente ya que no todo el mundo dispone de las herramientas para descodificar el mensaje. Y dicho mensaje llega mucho más rápido al receptor cuando se codifica con formas más convencionales. La historia lo ha demostrado, los creadores más vanguardistas siempre han buscado nuevos lenguajes que han terminado por ser asumidos por la mayoría, alcanzándose entonces la universalización de ese mensaje así como de las propias reglas del lenguaje utilizado.
Ahora bien, me pregunto si, los que preferimos el café franquiciado, los hoteles serializados, las tiendas de ropa que ofrecen los mismos diseños y los mismos tallajes en Madrid, en Catar o en Helsinki, estamos capacitados para entender esos nuevos lenguajes. Enfrentarse a lo nuevo o a lo desconocido no deja de ser vivir el riesgo dentro de esa sociedad de la que habla Ulrich Beck.
De hecho, cuando Virginia Woolf escribió Una habitación propia o cuando Joyce planteó el mundo tal y como lo vivía y lo veía Leopold Bloom, hubo una gran mayoría que no lo entendió. Incluso a día de hoy hay mucha gente que sigue sin entenderlo.
Pero entonces no existía Starbucks.

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Opiniones 2
  • Nooooooooooo, que horror, todo el mundo homogeneizado hasta el aburrimiento.
    Es que si vas a la Antártida y te encuentras lo mismo que en la calle de al lado, es mejor no gastar dinero en billetes ni hoteles.
    Hace tiempo fui a Shangai, en la calle principal, estaba con Zara, McDonalds, Apple, ……., en fin cualquier calle comercial de cualquier parte del mundo, gris, aborregado, mediocre, ….
    No hagais eso con el mundo por favor.

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