6 de febrero 2017    /   CIENCIA
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Una imagen puede salvarte la vida

6 de febrero 2017    /   CIENCIA     por          
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Decía Gombrich que «el placer deriva del reconocimiento». Es increíble cómo este autor fue capaz de describir con tan sólo cinco palabras el origen del arte. Porque ese es el motivo fundamental de la creación humana: nuestra necesidad de reproducir lo desconocido para convertirlo en conocido.

Pero ¿de dónde proviene tal necesidad?

Imaginemos que vamos por una calle solitaria y nos cruzamos con un hombre que se dirige a nuestro encuentro. Al acercarse a nosotros, podremos apreciar si le conocemos o no. En el primer caso, eso nos relajará, es decir, nos resultará placentero. En el segundo, nos pondrá en tensión y a la defensiva hasta confirmar la bondad de sus intenciones.

Ahora retrocedamos unos miles de siglos e imaginemos de nuevo. En este caso, a un homo sapiens que camina por la sabana. Un entorno ajeno en el que se irá encontrando con diferentes especies de animales que no había visto en su vida. Es decir, que no reconoce y, por tanto, no puede saber si son comestibles, letales, domesticables o prescindibles. Eso debió generarle un continuo estrés que inculcó en él el deseo de vivir en un mundo en el que todo fuera reconocible.

Pero resulta imposible reconocerlo todo. Por eso, para ampliar al menos esa capacidad y transmitírsela a sus descendientes, el hombre comenzó a reproducir lo que veía.  Primero en las cuevas, después en los muros y más tarde en los lienzos. Y como consecuencia de ello, sucedió algo que Gombrich explica de nuevo con otra frase suya: «Una imagen debe más a otra imagen que a la naturaleza». Esto, llevado a nuestra época, puede expresarse del siguiente modo: nosotros hemos visto más canguros en fotografías que canguros en la vida real (salvo que seas australiano, claro. En ese caso habría que buscar otro ejemplo).

Es decir, cuantas más imágenes miremos, mayor será nuestro poder de identificar lo observado aunque jamás lo hayamos visto en el mundo real. Eso aumenta nuestra capacidad de supervivencia y disminuye, al mismo tiempo, la necesidad de vivir con miedo.

Ese poder, el de generar reconocimiento previo mediante la imagen, ha ido aumentando a través del tiempo al descubrirse en él otras utilidades. Por ejemplo, su potencial para la manipulación humana. Comenzaron las religiones, después la política y finalmente el comercio. En este último caso el proceso opera (a través de la publicidad) de una forma más elíptica, pero con el mismo resultado: si yo te muestro una escena que reconoces como familiar en la que añado un producto desconocido, al cabo de un tiempo acabarás incorporando ese producto al ámbito de lo cotidiano aunque nunca lo hayas visto en el mundo real. Y cuando te encuentres frente a una estantería del supermercado teniendo que elegir entre él y otras marcas extrañas, reaccionarás bajo el mismo estrés que el homo sapiens de la sabana, optando por aquel del que ya posees cierta información visual.

En la actualidad, muchas asociaciones protectoras de animales se están manifestando en contra de los zoológicos y los circos que mantienen a las fieras enjauladas. Su reivindicación es justa. Pero también es cierto que si la sociedad no fue sensible con anterioridad a este tema es porque los zoológicos cumplían un papel funcional: el de mostrar animales desconocidos para facilitar su reconocimiento. Lo que sucedió es que con la llegada de la imagen audiovisual y, con ella, de los documentales sobre la fauna del planeta, ese papel se volvió innecesario. Entonces apareció la reivindicación ecologista. En parte porque, afortunadamente, nuestra solidaridad con las demás especies está aumentando. Pero en parte también porque la imagen de dichos documentales ha sustituido a la realidad para ofrecernos, desde una tecnología audiovisual mucho más sofisticada, ese «placer que deriva del reconocimiento» que operaba ya en las cuevas de la prehistoria.

Decía Gombrich que «el placer deriva del reconocimiento». Es increíble cómo este autor fue capaz de describir con tan sólo cinco palabras el origen del arte. Porque ese es el motivo fundamental de la creación humana: nuestra necesidad de reproducir lo desconocido para convertirlo en conocido.

Pero ¿de dónde proviene tal necesidad?

Imaginemos que vamos por una calle solitaria y nos cruzamos con un hombre que se dirige a nuestro encuentro. Al acercarse a nosotros, podremos apreciar si le conocemos o no. En el primer caso, eso nos relajará, es decir, nos resultará placentero. En el segundo, nos pondrá en tensión y a la defensiva hasta confirmar la bondad de sus intenciones.

Ahora retrocedamos unos miles de siglos e imaginemos de nuevo. En este caso, a un homo sapiens que camina por la sabana. Un entorno ajeno en el que se irá encontrando con diferentes especies de animales que no había visto en su vida. Es decir, que no reconoce y, por tanto, no puede saber si son comestibles, letales, domesticables o prescindibles. Eso debió generarle un continuo estrés que inculcó en él el deseo de vivir en un mundo en el que todo fuera reconocible.

Pero resulta imposible reconocerlo todo. Por eso, para ampliar al menos esa capacidad y transmitírsela a sus descendientes, el hombre comenzó a reproducir lo que veía.  Primero en las cuevas, después en los muros y más tarde en los lienzos. Y como consecuencia de ello, sucedió algo que Gombrich explica de nuevo con otra frase suya: «Una imagen debe más a otra imagen que a la naturaleza». Esto, llevado a nuestra época, puede expresarse del siguiente modo: nosotros hemos visto más canguros en fotografías que canguros en la vida real (salvo que seas australiano, claro. En ese caso habría que buscar otro ejemplo).

Es decir, cuantas más imágenes miremos, mayor será nuestro poder de identificar lo observado aunque jamás lo hayamos visto en el mundo real. Eso aumenta nuestra capacidad de supervivencia y disminuye, al mismo tiempo, la necesidad de vivir con miedo.

Ese poder, el de generar reconocimiento previo mediante la imagen, ha ido aumentando a través del tiempo al descubrirse en él otras utilidades. Por ejemplo, su potencial para la manipulación humana. Comenzaron las religiones, después la política y finalmente el comercio. En este último caso el proceso opera (a través de la publicidad) de una forma más elíptica, pero con el mismo resultado: si yo te muestro una escena que reconoces como familiar en la que añado un producto desconocido, al cabo de un tiempo acabarás incorporando ese producto al ámbito de lo cotidiano aunque nunca lo hayas visto en el mundo real. Y cuando te encuentres frente a una estantería del supermercado teniendo que elegir entre él y otras marcas extrañas, reaccionarás bajo el mismo estrés que el homo sapiens de la sabana, optando por aquel del que ya posees cierta información visual.

En la actualidad, muchas asociaciones protectoras de animales se están manifestando en contra de los zoológicos y los circos que mantienen a las fieras enjauladas. Su reivindicación es justa. Pero también es cierto que si la sociedad no fue sensible con anterioridad a este tema es porque los zoológicos cumplían un papel funcional: el de mostrar animales desconocidos para facilitar su reconocimiento. Lo que sucedió es que con la llegada de la imagen audiovisual y, con ella, de los documentales sobre la fauna del planeta, ese papel se volvió innecesario. Entonces apareció la reivindicación ecologista. En parte porque, afortunadamente, nuestra solidaridad con las demás especies está aumentando. Pero en parte también porque la imagen de dichos documentales ha sustituido a la realidad para ofrecernos, desde una tecnología audiovisual mucho más sofisticada, ese «placer que deriva del reconocimiento» que operaba ya en las cuevas de la prehistoria.

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Opiniones 1
  • Los australianos que viven en ciudades como Sydney, Melbourne o Perth no ven muchos canguros en sus vidas diarias, quizás uno que otro más que nosotros (por el deber patriótico de ir a visitarlos en un zoológico), pero pocos a la hora de la verdad, con lo cual la probabilidad de que un australiano o una australiana conozcan más a aquellos bipedos saltarines en fotografías como nosotros es casi tan probable como la de un esquimal…

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