13 de marzo 2014    /   CINE/TV
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Una serie, una historia de amor

13 de marzo 2014    /   CINE/TV     por          
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Comenzar una serie es embarcarse en una historia de amor.

Un fotograma es un guiño. Un trailer es una cita rápida que ayuda a decidir si entregarás dos o veinticuatro horas a una propuesta audiovisual.

—Te divertirás conmigo —dice una.

—Doy miedo —dice otra.

Ellas saben lo que quiero oír, aunque ellas no lo tenga claro.

Si tienes libres dos horas quizá aceptas la invitación para pasar una tarde o una noche con una película completamente desconocida. Puede que intuyas que miente, que te ha dicho que es «graciosa», pero es «dramática». No importa, ¿qué son dos horas? Con mala suerte, pasan rápidas, y no estás obligado a volver a quedar.

Cuando la propuesta te exige veinticuatro horas quizá lo piensas con tranquilidad. Una serie equivale a embarcarse en una relación formal desde el minuto uno. No tienes tiempo para una propuesta tan larga. Quizá temes entregarte a ella porque la última vez no acabó bien o temes quedar atrapado y no saber cómo romper con ella. También puede ser que la última serie te dejó sin fuerzas. Tus amigos insisten:

—Imprevisible, retorcida, como a ti te gustan —te dice uno.

—Es inglesa, elegante, como a ti te gustan —te dice otro.

—Es una tontada, para pasar el domingo —un tercer amigo.

Tú sabes que es de buena familia. Ella es una HBO de las HBO de toda la vida; o una Showtime o una AMC, pero ninguna acaba de convencerte. Y por un tiempo dejas pasar la oportunidad de conocerla hasta que piensas que algo tendrá cuando todo el mundo habla de ella, y le das una oportunidad.

La primera cita está llena de expectativas que a veces se cumplen. Durante cuarenta minutos ha sido esquiva, atractiva, ha dejado interrogantes en el aire y la miel en los labios. De manera que esperas ansioso una nueva cita.

Otras veces, terminas defraudado: querías que ella fuera fácil y resultó áspera o por el contrario fue tibia cuando esperabas dureza. Entonces piensas que es buen momento para abandonar, antes de que sea tarde. Te cuesta romper. Otras veces acabas desconcertado tras la primera cita: no te acaba de convencer, pero «tiene algo»… Y le das otra oportunidad.

Tras la segunda cita tienes claro si seguir adelante o no. Si te gusta, le dedicas mensajes en las redes sociales: «A por el 1×07 de (…)» o «lo mejor que he visto en mucho tiempo» o «confieso que soy adicto a (…)». A veces ocultas a los demás lo que ves y cuando eres descubierto dices: «Es mi placer culpable». A ella no le importa que la consideres un simple entretenimiento.

Cuando acaba el capítulo veinticuatro de la primera temporada te sientes mal.

—Nos vemos en unos meses —dice ella.

No estás convencido. Otras te dijeron lo mismo y no volvieron. Te alarman los rumores de cancelaciones y quieres distraerte con otras series, pero te cuesta. El regreso lo celebras. Quieres que el mundo lo sepa: «Por fin, vuelve (…), qué larga la espera».

A veces desaparece la magia del primer año.

—No te reconozco —dices.

Pero sigues adelante con la esperanza de que ella vuelva a ser la misma que al principio. O sucede que ella es la misma, pero tú has cambiado:

—No eres tú, soy yo. Ahora quiero otras cosas —y la abandonas con más o menos culpa.

Ella es consciente de que debe mantener el mismo interés y a veces esto le lleva a esfuerzos extravagantes.

—Cariño —dices—, no tienes que hacer nada raro, me gustas como eres.

Quieres que ella sea la misma que te quitó el sueño, que te apartó del mundo; la misma que no entendías, pero que te fascinaba.

Y de un año a otro se repite el ciclo: vacío tras el último capítulo, miedo a la cancelación, las expectativas de la nueva temporada… Renuevas la fe en la relación porque ni tú ni ella habéis cambiado. Tú sigues emocionado con ella año tras año, aunque quizá el último no fue igual, pero confías en ella. Y de repente, te das cuenta que han pasado cinco temporadas, y que quizá ella no es la misma. Os encontráis en una relación de mutua tolerancia.

—Ah, mira, ahí estás —café en la mano cuando te sientas en el sofá. Y pasas un ratito con ella. Nada más. La pasión murió. Tonteas con otras… Lo cierto es que siempre has tonteado con otras, pero a ella la tenías a en un pedestal.

A pesar del hastío o el desafecto paulatino cuando la cancelación os separa te queda un amargo sabor de boca. Reconoces que la querías a pesar de las últimas temporadas y subes a las redes sociales imágenes de bonitos momentos. Aparece el vacío que tenías antes de conocerla. Así es por un tiempo hasta que recuerdas que ella tenía una hermana pequeña o una hermana mayor… Siempre te gustó esa familia.

Comenzar una serie es embarcarse en una historia de amor.

Un fotograma es un guiño. Un trailer es una cita rápida que ayuda a decidir si entregarás dos o veinticuatro horas a una propuesta audiovisual.

—Te divertirás conmigo —dice una.

—Doy miedo —dice otra.

Ellas saben lo que quiero oír, aunque ellas no lo tenga claro.

Si tienes libres dos horas quizá aceptas la invitación para pasar una tarde o una noche con una película completamente desconocida. Puede que intuyas que miente, que te ha dicho que es «graciosa», pero es «dramática». No importa, ¿qué son dos horas? Con mala suerte, pasan rápidas, y no estás obligado a volver a quedar.

Cuando la propuesta te exige veinticuatro horas quizá lo piensas con tranquilidad. Una serie equivale a embarcarse en una relación formal desde el minuto uno. No tienes tiempo para una propuesta tan larga. Quizá temes entregarte a ella porque la última vez no acabó bien o temes quedar atrapado y no saber cómo romper con ella. También puede ser que la última serie te dejó sin fuerzas. Tus amigos insisten:

—Imprevisible, retorcida, como a ti te gustan —te dice uno.

—Es inglesa, elegante, como a ti te gustan —te dice otro.

—Es una tontada, para pasar el domingo —un tercer amigo.

Tú sabes que es de buena familia. Ella es una HBO de las HBO de toda la vida; o una Showtime o una AMC, pero ninguna acaba de convencerte. Y por un tiempo dejas pasar la oportunidad de conocerla hasta que piensas que algo tendrá cuando todo el mundo habla de ella, y le das una oportunidad.

La primera cita está llena de expectativas que a veces se cumplen. Durante cuarenta minutos ha sido esquiva, atractiva, ha dejado interrogantes en el aire y la miel en los labios. De manera que esperas ansioso una nueva cita.

Otras veces, terminas defraudado: querías que ella fuera fácil y resultó áspera o por el contrario fue tibia cuando esperabas dureza. Entonces piensas que es buen momento para abandonar, antes de que sea tarde. Te cuesta romper. Otras veces acabas desconcertado tras la primera cita: no te acaba de convencer, pero «tiene algo»… Y le das otra oportunidad.

Tras la segunda cita tienes claro si seguir adelante o no. Si te gusta, le dedicas mensajes en las redes sociales: «A por el 1×07 de (…)» o «lo mejor que he visto en mucho tiempo» o «confieso que soy adicto a (…)». A veces ocultas a los demás lo que ves y cuando eres descubierto dices: «Es mi placer culpable». A ella no le importa que la consideres un simple entretenimiento.

Cuando acaba el capítulo veinticuatro de la primera temporada te sientes mal.

—Nos vemos en unos meses —dice ella.

No estás convencido. Otras te dijeron lo mismo y no volvieron. Te alarman los rumores de cancelaciones y quieres distraerte con otras series, pero te cuesta. El regreso lo celebras. Quieres que el mundo lo sepa: «Por fin, vuelve (…), qué larga la espera».

A veces desaparece la magia del primer año.

—No te reconozco —dices.

Pero sigues adelante con la esperanza de que ella vuelva a ser la misma que al principio. O sucede que ella es la misma, pero tú has cambiado:

—No eres tú, soy yo. Ahora quiero otras cosas —y la abandonas con más o menos culpa.

Ella es consciente de que debe mantener el mismo interés y a veces esto le lleva a esfuerzos extravagantes.

—Cariño —dices—, no tienes que hacer nada raro, me gustas como eres.

Quieres que ella sea la misma que te quitó el sueño, que te apartó del mundo; la misma que no entendías, pero que te fascinaba.

Y de un año a otro se repite el ciclo: vacío tras el último capítulo, miedo a la cancelación, las expectativas de la nueva temporada… Renuevas la fe en la relación porque ni tú ni ella habéis cambiado. Tú sigues emocionado con ella año tras año, aunque quizá el último no fue igual, pero confías en ella. Y de repente, te das cuenta que han pasado cinco temporadas, y que quizá ella no es la misma. Os encontráis en una relación de mutua tolerancia.

—Ah, mira, ahí estás —café en la mano cuando te sientas en el sofá. Y pasas un ratito con ella. Nada más. La pasión murió. Tonteas con otras… Lo cierto es que siempre has tonteado con otras, pero a ella la tenías a en un pedestal.

A pesar del hastío o el desafecto paulatino cuando la cancelación os separa te queda un amargo sabor de boca. Reconoces que la querías a pesar de las últimas temporadas y subes a las redes sociales imágenes de bonitos momentos. Aparece el vacío que tenías antes de conocerla. Así es por un tiempo hasta que recuerdas que ella tenía una hermana pequeña o una hermana mayor… Siempre te gustó esa familia.

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Opiniones 10
  • Dos cosas.

    Un trailer puede ser una invitación a perder dos horas o 24 de tu vida…o una señal para salir corriendo lo más rápido que puedas y llegar lo más lejos posible.

    Y te ha faltado «el síndrome de abstinencia»…esa sensación que dejan sólo las series buenas buenas…las que son «amor verdadero».

  • Jaja, un artículo genial. Yo ahora estoy en una relación con Six feet under (después de terminar mi «affaire» con True Detective y mientras espero a que vuelva de su viaje mi «amante» GOT, claro). Sí, ya sé que llego unos cuantos añitos tarde. Lo peor (o lo mejor, no sé) de no tener que esperar una semana para un nuevo capítulo es que hay días que hago verdaderos maratones…

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