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12 de enero 2018    /   CINE/TV
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Unabomber: tu forma de escribir puede delatarte

12 de enero 2018    /   CINE/TV     por          
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La serie de Netflix Manhunt: Unabomber relata los hechos reales de un asesino que sembró el terror en Estados Unidos enviando paquetes bomba durante 17 años. La identidad del terrorista, Ted Kaczynski, se descubrió finalmente gracias a la lingüística.

El personaje ha pasado a formar parte de la cultura estadounidense. Ya en El indomable Will Hunting (1997) se referían a él como una persona muy inteligente.

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Licenciado en Harvard y Doctor en Matemáticas, se guardó de no dejar ninguna prueba forense que pudiera incriminarlo. Pero su deseo de que sus ideas constaran lo llevó a enviar a los medios un manifiesto de 56 páginas que, a la larga, supondría su propia condena.

La serie muestra cómo, en un principio, el FBI no espera encontrar en ese texto más pistas que las que pueda darles una eventual huella dactilar o un resto de ADN. El manifiesto estaba escrito a máquina, lo que descartaba cualquier información derivada de la caligrafía o la forma de los trazos.

Entonces, una nueva sección del FBI liderada por el criminólogo James Fitzgerald propuso centrarse en el contenido de ese manifiesto. Eso no iba a darles el nombre de un sospechoso para anotar en su pizarra, pero sí podía ayudarles a construir un perfil mucho más certero que los que manejaban hasta el momento.

El lingüista Don Foster del FBI asegura que «el análisis científico de un texto puede revelar datos tan claros como las huellas dactilares o el ADN».

El experto en lingüística forense de la Universidad de Granada Juan Santana, sin embargo, comenta que los lingüistas forenses se muestran «cautos» a la hora de hablar de una «huella lingüística» equivalente a la huella dactilar o al ADN.

«En los peritajes lingüísticos, más que identificar a un individuo concreto se pretende crear un “perfil” del tipo de persona, delimitando su edad, sexo, lugar de procedencia, etc. Esto limita el número de sospechosos en casos concretos o descarta a ciertos individuos».

Así ocurrió en el caso de Unabomber. Sus 56 páginas escritas a máquina ayudaron al FBI a adivinar muchas cosas sobre él. Su forma de escribir les contaba que había vivido en Chicago, había estudiado un doctorado en un rango de fechas determinado y conocía un manual de estilo que dejaba entrever su edad.

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En el caso de Unabomber y en muchos más modernos los textos ya no están escritos a mano. «Por eso la lingüística forense se fija en otros rasgos más específicamente lingüísticos que pueden ayudar a definir el “estilo personal” o el “idiolecto” de cada individuo», explica Santana.

Según la RAE, el idiolecto es el «conjunto de rasgos propios de la forma de expresarse de un individuo». Es lo que hace que, si alguien te escribe un mensaje fingiendo una persona que conoces, tú sepas detectar el fraude.

El idiolecto hizo que David Kazcynski reconociera a su hermano Ted entre las líneas publicadas en The Washington Post y que llevaban por título La sociedad industrial y su futuro, una crítica al mundo moderno y la tecnología que le resultó familiar.

Tras la denuncia y ya con el nombre en la pizarra, el FBI encontró más coincidencias lingüísticas al estudiar cartas particulares que Kaczynski había enviado a su hermano: las expresiones, las elecciones estructurales y otras peculiaridades coincidían. La ausencia de referencias a algunos temas, como la familia, también les aportó información sobre su perfil.

¿Qué buscaban los lingüistas forenses que leyeron una y otra vez el documento? Santana explica que, más allá de jergas profesionales, dialectos regionales y uso de la puntuación, los peritos lingüísticos se fijan en errores ortográficos, en la complejidad de las estructuras y en el uso de subordinadas.

«A veces, estos patrones sintácticos son inconscientes y los autores ni siquiera son conscientes de utilizarlos con una frecuencia que puede ser llamativa cuando son analizados por el lingüista forense», aclara.

Pero según el experto, en lo que más se fijan es en la elección de vocabulario o la repetición de frases hechas. Y precisamente un refrán fue la clave definitiva que permitió al FBI obtener una orden judicial para registrar la vivienda de Unabomber. Aunque había cientos de coincidencias, la transposición de verbos en un refrán fue la gota que colmó el vaso.

«You can´t eat your cake and have it, too» (no puedes comerte la tarta y seguir teniéndola), escribió el terrorista. Se trata de un dicho muy conocido, pero la mayoría de las personas lo escriben al revés: «You can´t have your cake and eat it, too» (no puedes tener la tarta y también comértela).

Al principio parecía un error, pero al examinar las cartas, se descubrió que Ted Kaczynski siempre lo ponía de esa manera.

«De hecho, es la forma tradicional de usar el refrán. Técnicamente, él tenía razón y los demás lo usábamos de forma equivocada. Fue una de las grandes pistas que nos permitieron hacer el resto de la comparación y pasar un informe al juez para que firmara una orden de registro», contaría más tarde el criminalista James F. Fitzgerald, que en la vida real desarrolló técnicas refinadas de análisis del lenguaje para uso forense, interpretado en la serie por el actor Sam Worthington.

«Me consta personalmente que el lingüista forense James Fitzgerald ha asesorado de forma muy rigurosa a los creadores de la serie sobre su labor como lingüista en este caso. De hecho él mismo asegura que un 85 % del material lingüístico mostrado es certero. Gracias a lingüistas como Fitzgerald el público conoce la disciplina y cada vez podemos asesorar a más personas», comenta Sheila Queralt, directora del Laboratorio SQ-Lingüistas Forenses.

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Resolución de crímenes mediante el lenguaje

El de Unabomber fue un caso muy peculiar pero no fue el primero. Según Coulthard, el caso que dio origen a esta disciplina fue el documentado en 1968 en el libro The Evans statements: a case for forensic linguistics de Svartvik.

«El autor del libro pudo demostrar que algunas partes dudosas de cuatro declaraciones que Timothy Evans hizo a la policía y que sirvieron para acusarle del asesinato de su esposa tenían un estilo gramatical marcadamente distinto de otras partes no cuestionadas en dichas declaraciones», explican Juan Santana y Marta Falces en un artículo de introducción a la lingüística forense.

En el caso de «Los 6 de Birmingham», seis irlandeses acusados de varios atentados, «un detallado análisis de elementos como la coherencia global del texto, la sobre-especificidad de algunos detalles, las fórmulas de tratamiento, el uso de la repetición y otros elementos discursivos» permitieron a Coulthard demostrar que la supuesta confesión de uno de los acusados, William Powell, había sido fabricada por los agentes de policía.

Tras diecisiete años en prisión, los seis de Birmingham fueron excarcelados y absueltos.

En la actualidad, la lingüística forense no suele ser decisiva en casos de tal envergadura, donde priman otro tipo de pruebas forenses.

Los lingüistas forenses trabajan sobre todo en casos donde el delito está directamente relacionado con el lenguaje, como por ejemplo casos de plagio o determinación de la veracidad de notas de suicidio o testamentos.

También intervienen en disputas entre marcas comerciales por el uso de ciertas expresiones, como en el caso de las demandas de McDonalds a otras empresas que utilizaban el prefijo «Mc» en sus productos, o de las demandas mutuas entre Apple Corps (propiedad de The Beatles) y Apple Computer (ahora Apple Inc).

«El lenguaje nos delata», declaró la fallecida Maite Turell a El periódico después de que un caso de extorsión se resolviera por el análisis del lenguaje de unos correos electrónicos.

«El caso de Unabomber, por sus implicaciones penales, es sin duda el más famoso», afirma Manel Cruz, del Gabinete Profesional de Peritos Judiciales. En España cita como ejemplo el plagio literario de Ana Rosa Quintana en su libro Sabor a hiel.

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«Los numerosos casos que se resuelven con la lingüística forense carecen de un interés social suficiente para que sean difundidos públicamente. A nadie le interesa que se condene a un empresario por amedrentar a un empleado suyo que lo está grabando».

Otros casos conocidos de plagio en los que se han usado peritajes lingüísticos han sido los de Jorge Bucay o Lucía Etxebarría.

«Más recientemente, se han hecho peritajes lingüísticos para determinar si la redacción de contratos, por ejemplo las famosas “claúsulas suelo” de las hipotecas, estaban redactadas en un lenguaje que resultaba comprensible para las personas afectadas», apunta Santana.

También es frecuente que realicen peritajes en casos de textos anónimos, como el del caso López Madrid.

Ya hay precedentes de casos solucionados tras el análisis de mensajes de teléfono móvil, como el que en 2002 incriminó a Stuart Campbell como asesino de su sobrina en Essex (Inglaterra) por unos mensajes que envió desde el móvil de la víctima.

Unos mensajes también fueron la causa de que el jurado considerara culpable a David Hodgson dl asesinato de Jenny Nicholl en Inglaterra en 2008. En el caso de los «Facebook murders», en el que el análisis de unas amenazas enviadas por Facebook sirvió para dar con el asesino, que era el padre de la chica amenazada.

El análisis de textos electrónicos es también frecuente en casos de extorsión (chantaje, rescates) o suplantación de identidad (en redes sociales, etc), o para identificar autores de mensajes o tuits con contenido de odio.

Puede parecer una disciplina donde juega un papel clave la interpretación subjetiva, pero los peritos lingüísticos deben «partir de metodologías y técnicas conocidas y contrastadas que doten de credibilidad el estudio», dice Manel Cruz.

«Estrictamente en ningún peritaje, y eso incluye la lingüística forense, debe intervenir la interpretación subjetiva. El objetivo es que, aplicando los mismos procesos, cualquier otro experto  pueda llegar a la misma conclusión».

La determinación de autoría es más fiable cuando se hace negativamente. Es decir, es más fácil establecer que dos textos han sido producidos por personas distintas que determinar su autor a ciencia cierta.

La estructura y el contenido que usamos en las frases son casi únicos. En el ámbito cotidiano podríamos encontrar muchos contextos en los que puede ser útil la habilidad de identificar a las personas según sus peculiaridades al escribir. Sheila Queralt cita algunos de ellos: «podríamos confirmar si un mensaje recibido por uno de tus contactos es realmente de esa persona.

Otro contexto podría ser saber si un anuncio puede ser falso: en la mayoría de los anuncios falsos se pueden observar rasgos lingüísticos interesantes como fragmentos resultantes de copy-paste, frases inacabadas, rasgos de contacto de lenguas, etc.

También es interesante en casos de posible ciberacoso para poder saber más sobre la persona que hay detrás de la pantalla, por ejemplo, si la persona que está chateando con el menor acosado también es menor de edad o no».

helena_jubany

La lingüística forense en España

La lingüística forense, la rama de la Lingüística Aplicada que se encarga de estudiar los diversos puntos de encuentro entre el lenguaje y la ley y de aportar evidencias lingüísticas en los procesos judiciales, es una disciplina prácticamente desconocida en España.

«Se ha desarrollado especialmente en los países anglosajones como EE. UU., Reino Unido, Canadá o Australia», explica Juan Santana. «Por desgracia, en España es un campo bastante desconocido no solo para el público en general sino incluso en el ámbito legal, judicial y académico».

No existe ninguna titulación universitaria de Grado que incluya contenidos de lingüística forense. Ha habido algunos intentos de ofrecer formación de posgrado en este campo, como el Máster en Lingüística Forense de la Universidad Pompeu Fabra, dirigido por la catedrática Maite Turell, que también fundó el Laboratorio de Lingüística Forense ForensicLab.

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Ambas iniciativas dejaron de existir tras la prematura muerte de la profesora en 2013. «Aunque suene melodramático, puede decirse que con la muerte de la profesora Turrell murió también la lingüística forense como disciplina académica en España», relata Santana.

Maite Turell participó, entre otros, en el proceso que determinó que no había plagio en las semejanzas entre la obra de Camilo José Cela y Carmen Formoso.

El laboratorio SQ de lingüistas forenses, formado por antiguos miembros del ForensicLab, es la única entidad privada especializada en esta disciplina y cuenta con una red internacional de colaboradores.

En España «no hay ninguna ley que defina el perfil del forense lingüístico, el único requerimiento es conocer la materia”, según aseguró el profesor de la Universitat de Girona y director académico del Postgrado en Lingüística Forense del UPF-IDEC, Jordi Cicres, en una entrevista para el periódico La Vanguardia.

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«Para ser perito lingüista llamado por las partes en un proceso debes ser un experto formado en lingüística. Para ser perito lingüista judicial y, por tanto, ser designado por el juez, debes estar colegiado como perito en la comunidad autónoma donde quieras ejercer y para colegiarte debes acreditar que tienes estudios específicos en lingüística forense», aclara Sheila Queralt, que opina que la ausencia de formación se debe a cuestiones presupuestarias de las Universidades, a las que les cuesta «mantener másteres de 10-15 alumnos cuando pueden tener un máster con un número mayor de alumnos».

En el ámbito internacional, a favor de la profesionalización de esta disciplina están surgiendo agrupaciones profesionales como la International Association of Forensic Linguists (IAFL), la International Association for Forensic Phonetics (IAFP), la Association of Forensic Document Examiners y el Forensic Linguistics Institute.

El grado de aceptación que las evidencias lingüísticas han llegado a tener en algunos países queda manifiesto en un ejemplo simpático: en EE UU se llegó a plantear la posibilidad de analizar las palabras que pronunciaba un loro que había sido testigo de un homicidio: «Don´t fucking shoot» («No dispares, joder»).

«Finalmente, el juez desestimó esa posibilidad», recuerda Santana. Pero tiempo al tiempo.

La serie de Netflix Manhunt: Unabomber relata los hechos reales de un asesino que sembró el terror en Estados Unidos enviando paquetes bomba durante 17 años. La identidad del terrorista, Ted Kaczynski, se descubrió finalmente gracias a la lingüística.

El personaje ha pasado a formar parte de la cultura estadounidense. Ya en El indomable Will Hunting (1997) se referían a él como una persona muy inteligente.

unabomber2

Licenciado en Harvard y Doctor en Matemáticas, se guardó de no dejar ninguna prueba forense que pudiera incriminarlo. Pero su deseo de que sus ideas constaran lo llevó a enviar a los medios un manifiesto de 56 páginas que, a la larga, supondría su propia condena.

La serie muestra cómo, en un principio, el FBI no espera encontrar en ese texto más pistas que las que pueda darles una eventual huella dactilar o un resto de ADN. El manifiesto estaba escrito a máquina, lo que descartaba cualquier información derivada de la caligrafía o la forma de los trazos.

Entonces, una nueva sección del FBI liderada por el criminólogo James Fitzgerald propuso centrarse en el contenido de ese manifiesto. Eso no iba a darles el nombre de un sospechoso para anotar en su pizarra, pero sí podía ayudarles a construir un perfil mucho más certero que los que manejaban hasta el momento.

El lingüista Don Foster del FBI asegura que «el análisis científico de un texto puede revelar datos tan claros como las huellas dactilares o el ADN».

El experto en lingüística forense de la Universidad de Granada Juan Santana, sin embargo, comenta que los lingüistas forenses se muestran «cautos» a la hora de hablar de una «huella lingüística» equivalente a la huella dactilar o al ADN.

«En los peritajes lingüísticos, más que identificar a un individuo concreto se pretende crear un “perfil” del tipo de persona, delimitando su edad, sexo, lugar de procedencia, etc. Esto limita el número de sospechosos en casos concretos o descarta a ciertos individuos».

Así ocurrió en el caso de Unabomber. Sus 56 páginas escritas a máquina ayudaron al FBI a adivinar muchas cosas sobre él. Su forma de escribir les contaba que había vivido en Chicago, había estudiado un doctorado en un rango de fechas determinado y conocía un manual de estilo que dejaba entrever su edad.

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En el caso de Unabomber y en muchos más modernos los textos ya no están escritos a mano. «Por eso la lingüística forense se fija en otros rasgos más específicamente lingüísticos que pueden ayudar a definir el “estilo personal” o el “idiolecto” de cada individuo», explica Santana.

Según la RAE, el idiolecto es el «conjunto de rasgos propios de la forma de expresarse de un individuo». Es lo que hace que, si alguien te escribe un mensaje fingiendo una persona que conoces, tú sepas detectar el fraude.

El idiolecto hizo que David Kazcynski reconociera a su hermano Ted entre las líneas publicadas en The Washington Post y que llevaban por título La sociedad industrial y su futuro, una crítica al mundo moderno y la tecnología que le resultó familiar.

Tras la denuncia y ya con el nombre en la pizarra, el FBI encontró más coincidencias lingüísticas al estudiar cartas particulares que Kaczynski había enviado a su hermano: las expresiones, las elecciones estructurales y otras peculiaridades coincidían. La ausencia de referencias a algunos temas, como la familia, también les aportó información sobre su perfil.

¿Qué buscaban los lingüistas forenses que leyeron una y otra vez el documento? Santana explica que, más allá de jergas profesionales, dialectos regionales y uso de la puntuación, los peritos lingüísticos se fijan en errores ortográficos, en la complejidad de las estructuras y en el uso de subordinadas.

«A veces, estos patrones sintácticos son inconscientes y los autores ni siquiera son conscientes de utilizarlos con una frecuencia que puede ser llamativa cuando son analizados por el lingüista forense», aclara.

Pero según el experto, en lo que más se fijan es en la elección de vocabulario o la repetición de frases hechas. Y precisamente un refrán fue la clave definitiva que permitió al FBI obtener una orden judicial para registrar la vivienda de Unabomber. Aunque había cientos de coincidencias, la transposición de verbos en un refrán fue la gota que colmó el vaso.

«You can´t eat your cake and have it, too» (no puedes comerte la tarta y seguir teniéndola), escribió el terrorista. Se trata de un dicho muy conocido, pero la mayoría de las personas lo escriben al revés: «You can´t have your cake and eat it, too» (no puedes tener la tarta y también comértela).

Al principio parecía un error, pero al examinar las cartas, se descubrió que Ted Kaczynski siempre lo ponía de esa manera.

«De hecho, es la forma tradicional de usar el refrán. Técnicamente, él tenía razón y los demás lo usábamos de forma equivocada. Fue una de las grandes pistas que nos permitieron hacer el resto de la comparación y pasar un informe al juez para que firmara una orden de registro», contaría más tarde el criminalista James F. Fitzgerald, que en la vida real desarrolló técnicas refinadas de análisis del lenguaje para uso forense, interpretado en la serie por el actor Sam Worthington.

«Me consta personalmente que el lingüista forense James Fitzgerald ha asesorado de forma muy rigurosa a los creadores de la serie sobre su labor como lingüista en este caso. De hecho él mismo asegura que un 85 % del material lingüístico mostrado es certero. Gracias a lingüistas como Fitzgerald el público conoce la disciplina y cada vez podemos asesorar a más personas», comenta Sheila Queralt, directora del Laboratorio SQ-Lingüistas Forenses.

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Resolución de crímenes mediante el lenguaje

El de Unabomber fue un caso muy peculiar pero no fue el primero. Según Coulthard, el caso que dio origen a esta disciplina fue el documentado en 1968 en el libro The Evans statements: a case for forensic linguistics de Svartvik.

«El autor del libro pudo demostrar que algunas partes dudosas de cuatro declaraciones que Timothy Evans hizo a la policía y que sirvieron para acusarle del asesinato de su esposa tenían un estilo gramatical marcadamente distinto de otras partes no cuestionadas en dichas declaraciones», explican Juan Santana y Marta Falces en un artículo de introducción a la lingüística forense.

En el caso de «Los 6 de Birmingham», seis irlandeses acusados de varios atentados, «un detallado análisis de elementos como la coherencia global del texto, la sobre-especificidad de algunos detalles, las fórmulas de tratamiento, el uso de la repetición y otros elementos discursivos» permitieron a Coulthard demostrar que la supuesta confesión de uno de los acusados, William Powell, había sido fabricada por los agentes de policía.

Tras diecisiete años en prisión, los seis de Birmingham fueron excarcelados y absueltos.

En la actualidad, la lingüística forense no suele ser decisiva en casos de tal envergadura, donde priman otro tipo de pruebas forenses.

Los lingüistas forenses trabajan sobre todo en casos donde el delito está directamente relacionado con el lenguaje, como por ejemplo casos de plagio o determinación de la veracidad de notas de suicidio o testamentos.

También intervienen en disputas entre marcas comerciales por el uso de ciertas expresiones, como en el caso de las demandas de McDonalds a otras empresas que utilizaban el prefijo «Mc» en sus productos, o de las demandas mutuas entre Apple Corps (propiedad de The Beatles) y Apple Computer (ahora Apple Inc).

«El lenguaje nos delata», declaró la fallecida Maite Turell a El periódico después de que un caso de extorsión se resolviera por el análisis del lenguaje de unos correos electrónicos.

«El caso de Unabomber, por sus implicaciones penales, es sin duda el más famoso», afirma Manel Cruz, del Gabinete Profesional de Peritos Judiciales. En España cita como ejemplo el plagio literario de Ana Rosa Quintana en su libro Sabor a hiel.

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«Los numerosos casos que se resuelven con la lingüística forense carecen de un interés social suficiente para que sean difundidos públicamente. A nadie le interesa que se condene a un empresario por amedrentar a un empleado suyo que lo está grabando».

Otros casos conocidos de plagio en los que se han usado peritajes lingüísticos han sido los de Jorge Bucay o Lucía Etxebarría.

«Más recientemente, se han hecho peritajes lingüísticos para determinar si la redacción de contratos, por ejemplo las famosas “claúsulas suelo” de las hipotecas, estaban redactadas en un lenguaje que resultaba comprensible para las personas afectadas», apunta Santana.

También es frecuente que realicen peritajes en casos de textos anónimos, como el del caso López Madrid.

Ya hay precedentes de casos solucionados tras el análisis de mensajes de teléfono móvil, como el que en 2002 incriminó a Stuart Campbell como asesino de su sobrina en Essex (Inglaterra) por unos mensajes que envió desde el móvil de la víctima.

Unos mensajes también fueron la causa de que el jurado considerara culpable a David Hodgson dl asesinato de Jenny Nicholl en Inglaterra en 2008. En el caso de los «Facebook murders», en el que el análisis de unas amenazas enviadas por Facebook sirvió para dar con el asesino, que era el padre de la chica amenazada.

El análisis de textos electrónicos es también frecuente en casos de extorsión (chantaje, rescates) o suplantación de identidad (en redes sociales, etc), o para identificar autores de mensajes o tuits con contenido de odio.

Puede parecer una disciplina donde juega un papel clave la interpretación subjetiva, pero los peritos lingüísticos deben «partir de metodologías y técnicas conocidas y contrastadas que doten de credibilidad el estudio», dice Manel Cruz.

«Estrictamente en ningún peritaje, y eso incluye la lingüística forense, debe intervenir la interpretación subjetiva. El objetivo es que, aplicando los mismos procesos, cualquier otro experto  pueda llegar a la misma conclusión».

La determinación de autoría es más fiable cuando se hace negativamente. Es decir, es más fácil establecer que dos textos han sido producidos por personas distintas que determinar su autor a ciencia cierta.

La estructura y el contenido que usamos en las frases son casi únicos. En el ámbito cotidiano podríamos encontrar muchos contextos en los que puede ser útil la habilidad de identificar a las personas según sus peculiaridades al escribir. Sheila Queralt cita algunos de ellos: «podríamos confirmar si un mensaje recibido por uno de tus contactos es realmente de esa persona.

Otro contexto podría ser saber si un anuncio puede ser falso: en la mayoría de los anuncios falsos se pueden observar rasgos lingüísticos interesantes como fragmentos resultantes de copy-paste, frases inacabadas, rasgos de contacto de lenguas, etc.

También es interesante en casos de posible ciberacoso para poder saber más sobre la persona que hay detrás de la pantalla, por ejemplo, si la persona que está chateando con el menor acosado también es menor de edad o no».

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La lingüística forense en España

La lingüística forense, la rama de la Lingüística Aplicada que se encarga de estudiar los diversos puntos de encuentro entre el lenguaje y la ley y de aportar evidencias lingüísticas en los procesos judiciales, es una disciplina prácticamente desconocida en España.

«Se ha desarrollado especialmente en los países anglosajones como EE. UU., Reino Unido, Canadá o Australia», explica Juan Santana. «Por desgracia, en España es un campo bastante desconocido no solo para el público en general sino incluso en el ámbito legal, judicial y académico».

No existe ninguna titulación universitaria de Grado que incluya contenidos de lingüística forense. Ha habido algunos intentos de ofrecer formación de posgrado en este campo, como el Máster en Lingüística Forense de la Universidad Pompeu Fabra, dirigido por la catedrática Maite Turell, que también fundó el Laboratorio de Lingüística Forense ForensicLab.

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Ambas iniciativas dejaron de existir tras la prematura muerte de la profesora en 2013. «Aunque suene melodramático, puede decirse que con la muerte de la profesora Turrell murió también la lingüística forense como disciplina académica en España», relata Santana.

Maite Turell participó, entre otros, en el proceso que determinó que no había plagio en las semejanzas entre la obra de Camilo José Cela y Carmen Formoso.

El laboratorio SQ de lingüistas forenses, formado por antiguos miembros del ForensicLab, es la única entidad privada especializada en esta disciplina y cuenta con una red internacional de colaboradores.

En España «no hay ninguna ley que defina el perfil del forense lingüístico, el único requerimiento es conocer la materia”, según aseguró el profesor de la Universitat de Girona y director académico del Postgrado en Lingüística Forense del UPF-IDEC, Jordi Cicres, en una entrevista para el periódico La Vanguardia.

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«Para ser perito lingüista llamado por las partes en un proceso debes ser un experto formado en lingüística. Para ser perito lingüista judicial y, por tanto, ser designado por el juez, debes estar colegiado como perito en la comunidad autónoma donde quieras ejercer y para colegiarte debes acreditar que tienes estudios específicos en lingüística forense», aclara Sheila Queralt, que opina que la ausencia de formación se debe a cuestiones presupuestarias de las Universidades, a las que les cuesta «mantener másteres de 10-15 alumnos cuando pueden tener un máster con un número mayor de alumnos».

En el ámbito internacional, a favor de la profesionalización de esta disciplina están surgiendo agrupaciones profesionales como la International Association of Forensic Linguists (IAFL), la International Association for Forensic Phonetics (IAFP), la Association of Forensic Document Examiners y el Forensic Linguistics Institute.

El grado de aceptación que las evidencias lingüísticas han llegado a tener en algunos países queda manifiesto en un ejemplo simpático: en EE UU se llegó a plantear la posibilidad de analizar las palabras que pronunciaba un loro que había sido testigo de un homicidio: «Don´t fucking shoot» («No dispares, joder»).

«Finalmente, el juez desestimó esa posibilidad», recuerda Santana. Pero tiempo al tiempo.

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