Publicado: 13 de diciembre 2023 08:02  | Actualizado: 14 de diciembre 2023 09:43    /   IDEAS
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Cuidadito con lo que dices, la Unidad de Vigilancia te está observando

Publicado: 13 de diciembre 2023 08:02  | Actualizado: 14 de diciembre 2023 09:43    /   IDEAS     por          
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Unidad de Vigilancia

Quien tiene boca se equivoca. Y quien tiene boca y se pasa, además, media vida hablando detrás de un micrófono, se equivoca mucho más por una cuestión de pura estadística. El periodista y escritor Isaías Lafuente lo sabe bien.

No en vano, lleva ya 20 años denunciando y corrigiendo en la Unidad de Vigilancia, una de las secciones del programa La Ventana que dirige Carles Francino en la SER, los gazapos que sus compañeros de profesión (y otros perfiles también) cometen en sus intervenciones radiofónicas. Eso sí, desde el humor y desde el cariño, porque si algo demuestra la UDV es que, a la hora de hablar, todos, absolutamente todos, podemos pifiarla, así que toca ser generosos y piadosos en la corrección.

Unidad de Vigilancia Lingüística. Veinte años de gazapos (Aguilar, 2023) es el nuevo libro de este veterano periodista que nace para celebrar eso, la larga trayectoria de una sección que nació de una reunión de trabajo del programa Hoy por Hoy, allá por el año 2004. Entonces aún lo dirigía Iñaki Gabilondo, y buscaban ideas para conmemorar el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. A Lafuente se le ocurrió la idea de rescatar algunas meteduras de pata que se cometían en las ondas y comentarlas. Y triunfó, ya que desde el primer momento, tuvo muy buena aceptación por parte de los oyentes.

Tras la marcha de Gabilondo, fue Carles Francino quien cogió las riendas del programa, y no solo mantuvo la sección, sino que la amplió. «Es que a Francino le va la marcha», dice entre bromas Isaías Lafuente, mientras recuerda los inicios de la UDV. De los siete o diez minutos que duraba en un principio, hoy cuenta con un espacio de media hora, que podría alargarse más. Y aunque no se quita méritos por el trabajo hecho, reconoce que sus dos directores han sido fundamentales para la buena marcha de la sección.

A lo largo de estos 20 años de vida, la Unidad de Vigilancia ha recogido unos 30.000 errores y ha vigilado cerca de 180.000 horas de radio. Ahí, en la inmensa cantidad de documentación que ha tenido que analizar y resumir, ha estado la mayor dificultad de este ensayo, asegura Lafuente. La sección, sin embargo, apenas ha variado desde sus inicios.

«Yo siempre creo que, a veces, la modernidad es volver a lo clásico», justifica el periodista. Además del tiempo de emisión, lo único que ha cambiado también es la actitud de sus compañeros ante la sección. Han pasado del «por favor, no me saques» al «hace mucho tiempo que no salgo en la UDV». Pero los fundamentos del programa siguen siendo los mismos.

Unidad de Vigilancia
Foto: Carlos Ruiz

El primero, la enorme importancia de los oyentes, esos vigilantes a los que alude Lafuente. De ellos parten las denuncias del mal uso del idioma que escuchan en las ondas, que luego él se encargará de verificar y corregir, si fuera necesario. En segundo lugar, el afán democratizador que tiene la vigilancia, porque en el gazapo caen desde reyes y políticos, hasta periodistas, tertulianos y gente de la calle. Aunque, como reconoce Isaías Lafuente, «a los vigilantes les gusta la caza mayor».

«Y en tercer lugar, es una sección en la que procuramos aprender y procuramos también tomarlo todo con una media sonrisa, sin hacer sangre. Yo creo que esos valores son muy importantes y se manifiestan desde el primer dí­a», concluye el periodista y escritor.

Vigilar sí, pero con la mirada abierta

Isaías Lafuente aborda la UDV desde la curiosidad que siempre ha sentido por las cuestiones lingüísticas. Al fin y al cabo, la lengua es su herramienta de trabajo, qué menos que interesarse por ella y procurar su cuidado y su buen mantenimiento. «A mí me han inculcado, desde que era pequeño, hablar bien, no hacerlo de una manera desastrada; y siempre procuré adoptarlo».

Pero reconoce que su principal impulsor para buscar esa expresión correcta fue Iñaki Gabilondo. «Él siempre decía que, de la misma manera que a un dentista no le permitiríamos que nos interviniera sin esterilizar el instrumental, nosotros [los periodistas] tenemos que cuidar también de la lengua. Y ese objetivo a mí se me ha quedado muy marcado». Así, a esa curiosidad por el idioma, lo que ha hecho, y hace, es aplicar criterios periodísticos para hacer divulgación.

Primero, confirmar las denuncias que le llegan. Y a partir de ahí, acudir a las fuentes y emitir un dictamen. «Siempre es un dictamen abierto, que yo creo que esa es una de las cosas buenas que puedo tener yo respecto al lingüista, al académico. Yo tengo una mirada abierta sobre la lengua. Creo que hay que cuidarla, hay que conservarla en las mejores condiciones posibles, pero también soy testigo de que la estamos haciendo día a día».

En ese sentido, él siempre se compara con un guardia de tráfico. Puede decirte qué infracción has cometido y cuál es la enmienda, pero no tiene por qué estar de acuerdo con ello. Las cosas hoy son así, pero ya veremos qué ocurre mañana. Por eso, el capítulo del libro que le parece más interesante es el último, donde se pone de manifiesto los errores corregidos en su momento y que hoy ya no lo son.

«Eso, de lo que nos habla es de la lengua como un organismo vivo en el que mandamos los hablantes», afirma, «y la Academia no siempre ha escuchado a los hablantes. Casi siempre ha leído al que escribe. Y el académico puede decir andé en su casa, pero después escribirá anduve. Entonces, es más difícil detectar esa evolución. Pero aquí­ no. Aquí­ la lengua se manifiesta libremente. Y captarla al vuelo y decir, “oye, aquí está pasando algo”, me parece que es muy interesante».

Un poquito más vida de vida, querida RAE

Al llegar a este punto, con la Academia hemos topado. Lafuente reconoce el valor de esta institución, pero opina que «es un poco lenta para percibir los cambios que se están produciendo». Por eso le resulta increíble que, en la última actualización del Diccionario, haya aceptado términos como disforia de género, pero se siga resistiendo a incluir el concepto de violencia de género.

«Yo siempre pongo el ejemplo de la palabra cancillera. Esta palabra está en nuestro diccionario para definir una tubería de desagüe, y han sido incapaces de meter en los 16 años que ha gobernado Angela Merkel una acepción que admita el femenino cancillera para la mujer que llega a ser canciller. Es que es absurdo. Y aquí no podemos decir que se ha olvidado, porque yo, particularmente, lo he denunciado muchas veces, y ese femenino está corriendo. No entiendo, no termino de entender esa resistencia a aceptar determinadas cosas».

El conductor de la Unidad de Vigilancia hace una recomendación a la RAE. «Yo siempre digo que los académicos tení­an que preguntar a los niños, porque los niños tienen una inteligencia soberbia para el idioma. O sea, ellos, sin haber leí­do nunca nada y sin haber escrito nunca nada, llegan a hablar un castellano perfecto antes de empezar a estudiar el castellano. Tú reúne a un número de 300 niños y pregúntales: si tu papá es soldado, ¿tu mamá es…?, y responderán soldada. Si tu papá es miembro de la asociación de padres y de madres, ¿tu mamá qué es? Es miembra. Es que no habrá ninguna duda de la respuesta porque eso, digamos, es lo que marca el propio idioma que hemos ido construyendo y al que seguimos poniendo diques que son increí­bles».

¿Hemos cambiado en 20 años?

Desde que nació la Unidad de Vigilancia hasta hoy han pasado muchas cosas y ha habido muchos cambios en la sociedad. Y esos cambios se reflejan también en nuestra manera de hablar. «Yo diría que hay un cuidado menor por parte de quienes se ponen delante de un micrófono», observa Lafuente.

«Creo que también son importantes las referencias con las que cuentas. Cuando vine aquí­, la referencia era la radio. Era difí­cil que alguien dijera determinadas cosas en antena. Cuando ese espacio se abre, la gente actúa con una mayor libertad. Pero una cosa es el lenguaje llano y otra cosa es el lenguaje descuidado».

Para el periodista, la diferencia es clara. «En el lenguaje llano creo que cada uno puede llegar hasta donde quiera, siempre y cuando conecte con los oyentes y se entienda con los oyentes. En el lenguaje descuidado no. Yo creo que hay errores que cometemos que son imperdonables no porque seamos periodistas; son imperdonables porque somos ciudadanos de un paí­s que tiene una enseñanza obligatoria hasta los 16 años, en donde la lengua y la literatura son materias troncales. Es decir, hay errores que uno no puede cometer con lo que ha estudiado. Yo creo que esa responsabilidad es de todos».

Unidad de Vigilancia

La belleza de la lengua

Aunque es cierto que a los profesionales del periodismo se les ve más de qué pie cojean a la hora de equivocarse. Así, él resume los 30.000 gazapos recogidos en el libro en tres tipos: el tropiezo, que siempre ha existido, existe y existirá; el error que demuestra una evolución del lenguaje y el imperdonable, «que es fruto de la ignorancia o del descuido absoluto».

Por otro lado, también se observa un mayor interés de los oyentes, y de los hablantes en general, por los temas lingüísticos. Para el periodista, la razón es sencilla: la lengua es algo muy bonito.

El rechazo de muchas personas hacia todo lo relacionado con lo lingüístico puede radicar en la manera en la que se nos enseñó en la escuela. Esta materia, como también les ha ocurrido a las matemáticas o a las ciencias, se ha explicado siempre desde un prisma que se hacía muy duro. «Y que, en vez de enseñarnos etimología, se nos ha enseñado latín», algo que él ve, hoy en día, como absurdo.

«Pero yo creo que en cuanto metes el gusanillo de la curiosidad en la gente, la gente responde; y cuando alguien empieza, da el primer paso, después es imparable, porque la curiosidad es inabarcable, porque el diccionario es maravilloso, porque cada dí­a te encuentras con palabras nuevas, porque te encuentras con conexiones entre palabras que son sorprendentes. Y creo que lo que se trata es de sembrar bien la semilla. No nos enseñaron bien la lengua, no nos lo enseñaron como algo divertido, como algo apasionante, como algo curioso».

Quien mucho habla, mucho yerra

En ese sentido, la divulgación lingüística que él y otras muchas personas hacen contribuye a ese acercamiento y a ese interés creciente por nuestro idioma. Pero este defensor de la lengua y de su cuidado, aunque reconoce que quienes se ven obligados por su profesión o su condición (políticos, por ejemplo) a hablar en público deberían procurar hacerlo siempre lo más correctamente posible, disculpa también sus errores precisamente por eso, porque son quienes más se exponen al hablar continuamente.

«Yo siempre digo que yo me lesiono mucho menos que Messi, pero Messi es mejor deportista que yo, que no soy deportista; y seguramente en las fonotecas hay menos errores de Messi que mí­os. Yo creo que hablo bastante mejor que Messi. Entonces ¿esto qué nos demuestra? Que quien más se expone tiene más riesgos de tropezar, nada más. Y eso sí­ que es disculpable. Ahora, un error repetido es ya otra cosa distinta».

Entre los gazapos que más se repiten en la radio, la hora de Canarias es un clásico. También la información del tiempo y la del tráfico. Al fin y al cabo, son las más repetidas, normal que en alguna ocasión se meta la pata.  Como dice Isaías Lafuente, a mayor exposición, mayor riesgo de tropezar.

«Yo creo que, en general, los errores más frecuentes suelen venir dados por la prisa, es decir, por lanzar la palabra antes que el pensamiento. Esto es un mecanismo que dura décimas de segundo, pero siempre hay que pensar antes de lanzarse a hablar. Hacer una pausa a tiempo te permite encontrar la palabra precisa o te permite encontrar la hora precisa y no decir que son las nueve, las diez en Canarias, por ejemplo».

Tampoco los refranes se libran se ser reformulados, y hay todo un capítulo en el libro que así lo demuestra. «Comenzamos la formulación del refrán y a medio camino nos hemos olvidado y decimos “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, aplí­cate las tuyas”, porque no sabemos cómo terminar. O “a perro flaco todos son flautas”, que dices, bueno, esto cómo es posible que haya pasado. Pues ha pasado porque no hemos pensado lo suficiente».

Estos, para el periodista y escritor, son los errores perdonables, porque vienen de la prisa. Pero también cree que muchos de los fallos que se cometen en antena —y en los medios de comunicación escritos— es porque ya no existe la figura de un supervisor lingüístico que se encargue de corregir estas cosas.

En cualquier caso, nadie tiene las tablas de la ley sobre la lengua. Y esa es su mayor virtud, que está viva, que cambia continuamente y se adapta al uso que los hablantes necesiten hacer de ella. Los divulgadores solo dejamos testimonio de en qué punto se encuentra en cuanto a normativa y cómo ha cambiado en cierto periodo de tiempo. Y hacerlo con humor, riéndonos de nosotros mismos, solo demuestra la máxima latina de errare humanum est. Como dice Francino, «biban los herrores». Y que rabie (o ría a carcajadas) la Academia.

Quien tiene boca se equivoca. Y quien tiene boca y se pasa, además, media vida hablando detrás de un micrófono, se equivoca mucho más por una cuestión de pura estadística. El periodista y escritor Isaías Lafuente lo sabe bien.

No en vano, lleva ya 20 años denunciando y corrigiendo en la Unidad de Vigilancia, una de las secciones del programa La Ventana que dirige Carles Francino en la SER, los gazapos que sus compañeros de profesión (y otros perfiles también) cometen en sus intervenciones radiofónicas. Eso sí, desde el humor y desde el cariño, porque si algo demuestra la UDV es que, a la hora de hablar, todos, absolutamente todos, podemos pifiarla, así que toca ser generosos y piadosos en la corrección.

Unidad de Vigilancia Lingüística. Veinte años de gazapos (Aguilar, 2023) es el nuevo libro de este veterano periodista que nace para celebrar eso, la larga trayectoria de una sección que nació de una reunión de trabajo del programa Hoy por Hoy, allá por el año 2004. Entonces aún lo dirigía Iñaki Gabilondo, y buscaban ideas para conmemorar el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. A Lafuente se le ocurrió la idea de rescatar algunas meteduras de pata que se cometían en las ondas y comentarlas. Y triunfó, ya que desde el primer momento, tuvo muy buena aceptación por parte de los oyentes.

Tras la marcha de Gabilondo, fue Carles Francino quien cogió las riendas del programa, y no solo mantuvo la sección, sino que la amplió. «Es que a Francino le va la marcha», dice entre bromas Isaías Lafuente, mientras recuerda los inicios de la UDV. De los siete o diez minutos que duraba en un principio, hoy cuenta con un espacio de media hora, que podría alargarse más. Y aunque no se quita méritos por el trabajo hecho, reconoce que sus dos directores han sido fundamentales para la buena marcha de la sección.

A lo largo de estos 20 años de vida, la Unidad de Vigilancia ha recogido unos 30.000 errores y ha vigilado cerca de 180.000 horas de radio. Ahí, en la inmensa cantidad de documentación que ha tenido que analizar y resumir, ha estado la mayor dificultad de este ensayo, asegura Lafuente. La sección, sin embargo, apenas ha variado desde sus inicios.

«Yo siempre creo que, a veces, la modernidad es volver a lo clásico», justifica el periodista. Además del tiempo de emisión, lo único que ha cambiado también es la actitud de sus compañeros ante la sección. Han pasado del «por favor, no me saques» al «hace mucho tiempo que no salgo en la UDV». Pero los fundamentos del programa siguen siendo los mismos.

Unidad de Vigilancia
Foto: Carlos Ruiz

El primero, la enorme importancia de los oyentes, esos vigilantes a los que alude Lafuente. De ellos parten las denuncias del mal uso del idioma que escuchan en las ondas, que luego él se encargará de verificar y corregir, si fuera necesario. En segundo lugar, el afán democratizador que tiene la vigilancia, porque en el gazapo caen desde reyes y políticos, hasta periodistas, tertulianos y gente de la calle. Aunque, como reconoce Isaías Lafuente, «a los vigilantes les gusta la caza mayor».

«Y en tercer lugar, es una sección en la que procuramos aprender y procuramos también tomarlo todo con una media sonrisa, sin hacer sangre. Yo creo que esos valores son muy importantes y se manifiestan desde el primer dí­a», concluye el periodista y escritor.

Vigilar sí, pero con la mirada abierta

Isaías Lafuente aborda la UDV desde la curiosidad que siempre ha sentido por las cuestiones lingüísticas. Al fin y al cabo, la lengua es su herramienta de trabajo, qué menos que interesarse por ella y procurar su cuidado y su buen mantenimiento. «A mí me han inculcado, desde que era pequeño, hablar bien, no hacerlo de una manera desastrada; y siempre procuré adoptarlo».

Pero reconoce que su principal impulsor para buscar esa expresión correcta fue Iñaki Gabilondo. «Él siempre decía que, de la misma manera que a un dentista no le permitiríamos que nos interviniera sin esterilizar el instrumental, nosotros [los periodistas] tenemos que cuidar también de la lengua. Y ese objetivo a mí se me ha quedado muy marcado». Así, a esa curiosidad por el idioma, lo que ha hecho, y hace, es aplicar criterios periodísticos para hacer divulgación.

Primero, confirmar las denuncias que le llegan. Y a partir de ahí, acudir a las fuentes y emitir un dictamen. «Siempre es un dictamen abierto, que yo creo que esa es una de las cosas buenas que puedo tener yo respecto al lingüista, al académico. Yo tengo una mirada abierta sobre la lengua. Creo que hay que cuidarla, hay que conservarla en las mejores condiciones posibles, pero también soy testigo de que la estamos haciendo día a día».

En ese sentido, él siempre se compara con un guardia de tráfico. Puede decirte qué infracción has cometido y cuál es la enmienda, pero no tiene por qué estar de acuerdo con ello. Las cosas hoy son así, pero ya veremos qué ocurre mañana. Por eso, el capítulo del libro que le parece más interesante es el último, donde se pone de manifiesto los errores corregidos en su momento y que hoy ya no lo son.

«Eso, de lo que nos habla es de la lengua como un organismo vivo en el que mandamos los hablantes», afirma, «y la Academia no siempre ha escuchado a los hablantes. Casi siempre ha leído al que escribe. Y el académico puede decir andé en su casa, pero después escribirá anduve. Entonces, es más difícil detectar esa evolución. Pero aquí­ no. Aquí­ la lengua se manifiesta libremente. Y captarla al vuelo y decir, “oye, aquí está pasando algo”, me parece que es muy interesante».

Un poquito más vida de vida, querida RAE

Al llegar a este punto, con la Academia hemos topado. Lafuente reconoce el valor de esta institución, pero opina que «es un poco lenta para percibir los cambios que se están produciendo». Por eso le resulta increíble que, en la última actualización del Diccionario, haya aceptado términos como disforia de género, pero se siga resistiendo a incluir el concepto de violencia de género.

«Yo siempre pongo el ejemplo de la palabra cancillera. Esta palabra está en nuestro diccionario para definir una tubería de desagüe, y han sido incapaces de meter en los 16 años que ha gobernado Angela Merkel una acepción que admita el femenino cancillera para la mujer que llega a ser canciller. Es que es absurdo. Y aquí no podemos decir que se ha olvidado, porque yo, particularmente, lo he denunciado muchas veces, y ese femenino está corriendo. No entiendo, no termino de entender esa resistencia a aceptar determinadas cosas».

El conductor de la Unidad de Vigilancia hace una recomendación a la RAE. «Yo siempre digo que los académicos tení­an que preguntar a los niños, porque los niños tienen una inteligencia soberbia para el idioma. O sea, ellos, sin haber leí­do nunca nada y sin haber escrito nunca nada, llegan a hablar un castellano perfecto antes de empezar a estudiar el castellano. Tú reúne a un número de 300 niños y pregúntales: si tu papá es soldado, ¿tu mamá es…?, y responderán soldada. Si tu papá es miembro de la asociación de padres y de madres, ¿tu mamá qué es? Es miembra. Es que no habrá ninguna duda de la respuesta porque eso, digamos, es lo que marca el propio idioma que hemos ido construyendo y al que seguimos poniendo diques que son increí­bles».

¿Hemos cambiado en 20 años?

Desde que nació la Unidad de Vigilancia hasta hoy han pasado muchas cosas y ha habido muchos cambios en la sociedad. Y esos cambios se reflejan también en nuestra manera de hablar. «Yo diría que hay un cuidado menor por parte de quienes se ponen delante de un micrófono», observa Lafuente.

«Creo que también son importantes las referencias con las que cuentas. Cuando vine aquí­, la referencia era la radio. Era difí­cil que alguien dijera determinadas cosas en antena. Cuando ese espacio se abre, la gente actúa con una mayor libertad. Pero una cosa es el lenguaje llano y otra cosa es el lenguaje descuidado».

Para el periodista, la diferencia es clara. «En el lenguaje llano creo que cada uno puede llegar hasta donde quiera, siempre y cuando conecte con los oyentes y se entienda con los oyentes. En el lenguaje descuidado no. Yo creo que hay errores que cometemos que son imperdonables no porque seamos periodistas; son imperdonables porque somos ciudadanos de un paí­s que tiene una enseñanza obligatoria hasta los 16 años, en donde la lengua y la literatura son materias troncales. Es decir, hay errores que uno no puede cometer con lo que ha estudiado. Yo creo que esa responsabilidad es de todos».

Unidad de Vigilancia

La belleza de la lengua

Aunque es cierto que a los profesionales del periodismo se les ve más de qué pie cojean a la hora de equivocarse. Así, él resume los 30.000 gazapos recogidos en el libro en tres tipos: el tropiezo, que siempre ha existido, existe y existirá; el error que demuestra una evolución del lenguaje y el imperdonable, «que es fruto de la ignorancia o del descuido absoluto».

Por otro lado, también se observa un mayor interés de los oyentes, y de los hablantes en general, por los temas lingüísticos. Para el periodista, la razón es sencilla: la lengua es algo muy bonito.

El rechazo de muchas personas hacia todo lo relacionado con lo lingüístico puede radicar en la manera en la que se nos enseñó en la escuela. Esta materia, como también les ha ocurrido a las matemáticas o a las ciencias, se ha explicado siempre desde un prisma que se hacía muy duro. «Y que, en vez de enseñarnos etimología, se nos ha enseñado latín», algo que él ve, hoy en día, como absurdo.

«Pero yo creo que en cuanto metes el gusanillo de la curiosidad en la gente, la gente responde; y cuando alguien empieza, da el primer paso, después es imparable, porque la curiosidad es inabarcable, porque el diccionario es maravilloso, porque cada dí­a te encuentras con palabras nuevas, porque te encuentras con conexiones entre palabras que son sorprendentes. Y creo que lo que se trata es de sembrar bien la semilla. No nos enseñaron bien la lengua, no nos lo enseñaron como algo divertido, como algo apasionante, como algo curioso».

Quien mucho habla, mucho yerra

En ese sentido, la divulgación lingüística que él y otras muchas personas hacen contribuye a ese acercamiento y a ese interés creciente por nuestro idioma. Pero este defensor de la lengua y de su cuidado, aunque reconoce que quienes se ven obligados por su profesión o su condición (políticos, por ejemplo) a hablar en público deberían procurar hacerlo siempre lo más correctamente posible, disculpa también sus errores precisamente por eso, porque son quienes más se exponen al hablar continuamente.

«Yo siempre digo que yo me lesiono mucho menos que Messi, pero Messi es mejor deportista que yo, que no soy deportista; y seguramente en las fonotecas hay menos errores de Messi que mí­os. Yo creo que hablo bastante mejor que Messi. Entonces ¿esto qué nos demuestra? Que quien más se expone tiene más riesgos de tropezar, nada más. Y eso sí­ que es disculpable. Ahora, un error repetido es ya otra cosa distinta».

Entre los gazapos que más se repiten en la radio, la hora de Canarias es un clásico. También la información del tiempo y la del tráfico. Al fin y al cabo, son las más repetidas, normal que en alguna ocasión se meta la pata.  Como dice Isaías Lafuente, a mayor exposición, mayor riesgo de tropezar.

«Yo creo que, en general, los errores más frecuentes suelen venir dados por la prisa, es decir, por lanzar la palabra antes que el pensamiento. Esto es un mecanismo que dura décimas de segundo, pero siempre hay que pensar antes de lanzarse a hablar. Hacer una pausa a tiempo te permite encontrar la palabra precisa o te permite encontrar la hora precisa y no decir que son las nueve, las diez en Canarias, por ejemplo».

Tampoco los refranes se libran se ser reformulados, y hay todo un capítulo en el libro que así lo demuestra. «Comenzamos la formulación del refrán y a medio camino nos hemos olvidado y decimos “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, aplí­cate las tuyas”, porque no sabemos cómo terminar. O “a perro flaco todos son flautas”, que dices, bueno, esto cómo es posible que haya pasado. Pues ha pasado porque no hemos pensado lo suficiente».

Estos, para el periodista y escritor, son los errores perdonables, porque vienen de la prisa. Pero también cree que muchos de los fallos que se cometen en antena —y en los medios de comunicación escritos— es porque ya no existe la figura de un supervisor lingüístico que se encargue de corregir estas cosas.

En cualquier caso, nadie tiene las tablas de la ley sobre la lengua. Y esa es su mayor virtud, que está viva, que cambia continuamente y se adapta al uso que los hablantes necesiten hacer de ella. Los divulgadores solo dejamos testimonio de en qué punto se encuentra en cuanto a normativa y cómo ha cambiado en cierto periodo de tiempo. Y hacerlo con humor, riéndonos de nosotros mismos, solo demuestra la máxima latina de errare humanum est. Como dice Francino, «biban los herrores». Y que rabie (o ría a carcajadas) la Academia.

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