24 de octubre 2013    /   CREATIVIDAD
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Polonia es una forma de pensar

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Polonia, además, es un país. Pero eso aquí no importa. Polonia es ninguna parte, igual que era en Ubú rey. Polonia es un espacio sin historia ni geografía. Un lugar sin territorio donde la literatura ignora los dictados del mercado y las modas. Donde el zumbido de los relatos oficiales que pretenden domesticar el mundo es mudo.

Polonia nació en 2001. Era ese espacio, aún indefinido, donde se mezclaban la literatura de W. Gombrowicz, Witkiewicz, Bruno Schulz o Tadeusz Kantor. Los pensamientos de estos autores cayeron en varios puntos de Madrid y tuvieron el mismo efecto que una bomba. Nunca nada fue ya igual. Los libros habían instalado la dinamita en algunas mentes y la única salida posible era escribir.

Ellos optaron por hacer un fanzine y llamarlo Vacaciones en Polonia. ‘Ellos’ es un grupo anónimo que habla bajo el nombre de Jan Kowalski. Polonia es ninguna parte y Kowalski es ningún individuo. En realidad, ese polaco es un espacio imaginario que reúne a un núcleo de tres personas y unos 30 colaboradores que preparan ahora la salida del séptimo ejemplar de esta publicación. Llegará en noviembre y explicará, doce años después, qué es Polonia.

“El próximo número está dedicado a literaturas polacas e incluye un glosario de lo que nosotros entendemos por Polonia”, explica Kowalski (que, a pesar de ser una incógnita, bebe dos cafés y come tres galletas durante la conversación).

«Intentamos subvertir todo el orden establecido en todos sus niveles. Intentamos que el discurso imperante nos afecte lo menos posible»

Pero llegar hasta aquí dejó una historia detrás. “El primero y el segundo eran fanzines convencionales. Estaban dedicados a literatura polaca de vanguardia”, cuenta. Hablaban de “la realidad-medium” de Tadeusz Kantor, el “escalofrío metafísico” de Witkiewicz, “la mujer con látigo” de Bruno Schulz o “De cómo Marco Polo fundó Polonia”.

Los años siguientes supusieron un vacío en los anales de la publicación hasta que en 2007 volvieron a publicar. La filosofía era la misma que en sus inicios y la misma que conservan hoy: “autoedición”, “autodistribución”, “monográfico” y “sin periodicidad”. Pero las páginas se fueron multiplicando y, en sus últimos números, superan las 200.

Hablaron de Suicidios y literaturas, de Literaturas antropófagas, de Literatura y dinamita, y de Utopías literarias. “Vamos eligiendo los temas en función de nuestros intereses en cada momento”, indica Kowalski. Lejos quedan las modas y el mainstream. Y más remota aún la lógica del que escribe para vender. “No incluimos publicidad ni pedimos subvenciones. Queremos ser independientes y decir lo que queramos”.

Nunca pensaron en vivir de ello. “Lo hacemos por el puro gusto de hacerlo”, especifica. “La base es la literatura, la filosofía y la cultura popular del fanzine. Y si de paso da pistas sobre algunas ideas o políticas, mejor”.

–¿Alguna política en particular o filosofía en particular?
–Intentamos escapar de las definiciones porque pensamos que quien te define es el enemigo. Pero podríamos decir: subvertir todo el orden establecido en todos sus niveles. Intentamos que el discurso imperante nos afecte lo menos posible.

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Entre un número y otro de Vacaciones en Polonia suele pasar un año. En ese tiempo investigan y preparan todo el material. “Lo más complicado es acotar. Reunimos miles de temas e imágenes”, apunta el polaco. “Intentamos que sea una obra coherente y orgánica. Que dé la impresión de que sean muchas voces, incluso disonantes entre sí, pero armónicas. Queremos que todo dé una sensación de conjunto. Nuestro trabajo de edición consiste, en gran parte, en que todas las colaboraciones adquieran un tono común. En otras revistas se puede ver que cada autor hace lo suyo sin saber nada del resto”.

En Polonia nadie vive de escribir ni diseñar revistas. Todos los que lo hacen son “criaturas del arroyo que han leído mucho”, dice Kowalski. “Es gente a la que le gusta leer y se preocupa por el lenguaje. No hay ningún escritor profesional”. Tampoco los diseñadores se ganan la vida con ello. Aunque eso no significa nada. El cuidado del diseño editorial es exquisito y ni una sola página huele a plantilla. Cada texto se monta como pieza única.

La tirada de los primeros fanzines fue de 1.000 ejemplares y hoy no queda rastro de ellos. Se agotaron y no se reeditarán. El presupuesto de un número se destina al siguiente. No hay dinero para hacer más planes. En los dos últimos la cifra aumentó en 250 unidades y aún se venden en librerías de todo el país.

Polonia no tiene territorio pero se hace más grande. Polonia no se mide en kilómetros porque es algo así como ese lugar del que hablaba Stanislaw Ignacy Witkiewicz en Insaciabilidad:

“Allí, detrás de aquel bosque, en el abismo de la realidad, espiritualmente tenebrosos pero materialmente iluminado, detrás de las montañas que irradiaban un resplandor rojo lechoso más allá de los troncos cobrizos de los pinos, y más lejos, más lejos aún que el mediodía desconocido y que el borde de nuestra desgraciada tierra, el futuro condensado en una píldora intemporal se escondía. El sentido de las cosas parecía esconderse únicamente en ese vuelo hacia la lejanía espacio temporal –en el propio vuelo y no en los fenómenos encontrados–. ¡Ah, si se pudiera pensar así siempre!”.

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Polonia, además, es un país. Pero eso aquí no importa. Polonia es ninguna parte, igual que era en Ubú rey. Polonia es un espacio sin historia ni geografía. Un lugar sin territorio donde la literatura ignora los dictados del mercado y las modas. Donde el zumbido de los relatos oficiales que pretenden domesticar el mundo es mudo.

Polonia nació en 2001. Era ese espacio, aún indefinido, donde se mezclaban la literatura de W. Gombrowicz, Witkiewicz, Bruno Schulz o Tadeusz Kantor. Los pensamientos de estos autores cayeron en varios puntos de Madrid y tuvieron el mismo efecto que una bomba. Nunca nada fue ya igual. Los libros habían instalado la dinamita en algunas mentes y la única salida posible era escribir.

Ellos optaron por hacer un fanzine y llamarlo Vacaciones en Polonia. ‘Ellos’ es un grupo anónimo que habla bajo el nombre de Jan Kowalski. Polonia es ninguna parte y Kowalski es ningún individuo. En realidad, ese polaco es un espacio imaginario que reúne a un núcleo de tres personas y unos 30 colaboradores que preparan ahora la salida del séptimo ejemplar de esta publicación. Llegará en noviembre y explicará, doce años después, qué es Polonia.

“El próximo número está dedicado a literaturas polacas e incluye un glosario de lo que nosotros entendemos por Polonia”, explica Kowalski (que, a pesar de ser una incógnita, bebe dos cafés y come tres galletas durante la conversación).

«Intentamos subvertir todo el orden establecido en todos sus niveles. Intentamos que el discurso imperante nos afecte lo menos posible»

Pero llegar hasta aquí dejó una historia detrás. “El primero y el segundo eran fanzines convencionales. Estaban dedicados a literatura polaca de vanguardia”, cuenta. Hablaban de “la realidad-medium” de Tadeusz Kantor, el “escalofrío metafísico” de Witkiewicz, “la mujer con látigo” de Bruno Schulz o “De cómo Marco Polo fundó Polonia”.

Pero llegar hasta aquí dejó una historia detrás. “El primero y el segundo eran fanzines convencionales. Estaban dedicados a literatura polaca de vanguardia”, cuenta. Hablaban de “la realidad-medium” de Tadeusz Kantor, el “escalofrío metafísico” de Witkiewicz, “la mujer con látigo” de Bruno Schulz o “De cómo Marco Polo fundó Polonia”.

Los años siguientes supusieron un vacío en los anales de la publicación hasta que en 2007 volvieron a publicar. La filosofía era la misma que en sus inicios y la misma que conservan hoy: “autoedición”, “autodistribución”, “monográfico” y “sin periodicidad”. Pero las páginas se fueron multiplicando y, en sus últimos números, superan las 200.

Hablaron de Suicidios y literaturas, de Literaturas antropófagas, de Literatura y dinamita, y de Utopías literarias. “Vamos eligiendo los temas en función de nuestros intereses en cada momento”, indica Kowalski. Lejos quedan las modas y el mainstream. Y más remota aún la lógica del que escribe para vender. “No incluimos publicidad ni pedimos subvenciones. Queremos ser independientes y decir lo que queramos”.

Nunca pensaron en vivir de ello. “Lo hacemos por el puro gusto de hacerlo”, especifica. “La base es la literatura, la filosofía y la cultura popular del fanzine. Y si de paso da pistas sobre algunas ideas o políticas, mejor”.

–¿Alguna política en particular o filosofía en particular?
–Intentamos escapar de las definiciones porque pensamos que quien te define es el enemigo. Pero podríamos decir: subvertir todo el orden establecido en todos sus niveles. Intentamos que el discurso imperante nos afecte lo menos posible.

v1

Entre un número y otro de Vacaciones en Polonia suele pasar un año. En ese tiempo investigan y preparan todo el material. “Lo más complicado es acotar. Reunimos miles de temas e imágenes”, apunta el polaco. “Intentamos que sea una obra coherente y orgánica. Que dé la impresión de que sean muchas voces, incluso disonantes entre sí, pero armónicas. Queremos que todo dé una sensación de conjunto. Nuestro trabajo de edición consiste, en gran parte, en que todas las colaboraciones adquieran un tono común. En otras revistas se puede ver que cada autor hace lo suyo sin saber nada del resto”.

En Polonia nadie vive de escribir ni diseñar revistas. Todos los que lo hacen son “criaturas del arroyo que han leído mucho”, dice Kowalski. “Es gente a la que le gusta leer y se preocupa por el lenguaje. No hay ningún escritor profesional”. Tampoco los diseñadores se ganan la vida con ello. Aunque eso no significa nada. El cuidado del diseño editorial es exquisito y ni una sola página huele a plantilla. Cada texto se monta como pieza única.

La tirada de los primeros fanzines fue de 1.000 ejemplares y hoy no queda rastro de ellos. Se agotaron y no se reeditarán. El presupuesto de un número se destina al siguiente. No hay dinero para hacer más planes. En los dos últimos la cifra aumentó en 250 unidades y aún se venden en librerías de todo el país.

Polonia no tiene territorio pero se hace más grande. Polonia no se mide en kilómetros porque es algo así como ese lugar del que hablaba Stanislaw Ignacy Witkiewicz en Insaciabilidad:

“Allí, detrás de aquel bosque, en el abismo de la realidad, espiritualmente tenebrosos pero materialmente iluminado, detrás de las montañas que irradiaban un resplandor rojo lechoso más allá de los troncos cobrizos de los pinos, y más lejos, más lejos aún que el mediodía desconocido y que el borde de nuestra desgraciada tierra, el futuro condensado en una píldora intemporal se escondía. El sentido de las cosas parecía esconderse únicamente en ese vuelo hacia la lejanía espacio temporal –en el propio vuelo y no en los fenómenos encontrados–. ¡Ah, si se pudiera pensar así siempre!”.

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