3 de julio 2015    /   CINE/TV
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Una vacante imprevista (y un televisor de agua dulce)

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Una vacante imprevista, caja de pequeños helados: coges uno, otro y otro…hasta que dices «¿no hay más?». Queda uno dividido entre un pequeño placer y un cierto vacío. La ligera desazón que deja Una vacante imprevista tiene un motivo: uno comienza a ver la serie atraído por la producción entre BBC y HBO. (Ambas cadenas crearon Rome y Band of Brothers). Que la serie esté basada en una novela para adultos de J. K. Rowling, aunque no influya, promete ciertas emociones.
(Contiene un puñado de spoilers).

El planteamiento: en un pueblecito inglés, el gobierno municipal se divide entre quienes proponen reconvertir un edificio histórico en un spa y quienes desean preservarlo. La muerte de Barry Fairbrother, firme opositor al spa, deja una vacante imprevista en el concejo municipal. Los candidatos al puesto son el hijo del defensor del spa (un madrero), un maltratador y un apocado profesor de instituto.
Aunque intrigante y entretenida, Una vacante imprevista es una obra menor. Podríamos pensar que Una vacante imprevista acaba donde otras series comienzan: en el tercer capítulo. Sin embargo, el final es coherente (también kármico): aunque algunos buenos mueren y otros pierden; los villanos no tienen finales felices. De manera que en la última escena, prevemos los futuros de cada uno de los personajes.
Los villanos, el matrimonio Howard y Shirley, y el deshonesto Simon, no seguirán adelante con los mismos humos con los que comenzaron.
Howard, el viejo especulador urbanístico —guardián de las tradiciones— vivirá desacreditado tras el vídeo de sexo adúltero; repudiado por la esposa y con las alucinaciones del difunto Barry Fairbrother.
Shirley, la mujer del especulador, antipática suegra, madre y abuela manipuladora, soportará los cuernos y la autonomía del hijo cuarentón. El inesperado abrazo de la nuera significa que nada queda de la vieja intrigante: es una anciana frágil.
Simon, el maltratador de su esposa e hijos, deshonesto trabajador, vivirá atormentado por la muerte de la adolescente Krystal. Aunque la muerte es accidental, tiene su origen en un acto delictivo (la compra de un televisor robado) que deriva en estupidez al tirar el televisor al río.
Lo último es un ejemplo perfecto del principio de Hanlon («no atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez»). Simon tira el televisor con torpeza: envuelto en polietileno con burbujas de aire dentro de la caja de cartón: ¡el aparato no se hunde!
EL TELEVISOR EN EL RÍO
El televisor vaga por el río de un capítulo a otro. Esperamos que sea una prueba delictiva contra Simon. Sin embargo, acaba siendo el arma que mata a Krystal. La concatenación de hechos es perfecta:

1. Simon se deshace del televisor robado.

2. El especulador inmobiliario rodea los barrios marginales con vallado de obra.

3. Una heroinómana en rehabilitación, madre de Krystal, no puede ir a pie al pueblo por la metadona. Debe ir a la ciudad, pero mientras espera el autobús, sus camellos le ofrecen de nuevo material.

4. La recaída de la heroinómana provoca que Krystal huya con su hermano pequeño.

5. El hermano pequeño desaparece cerca del río. Aparece en el agua una zapatilla de deporte.

6. Krystal se arroja al río y sus piernas quedan enredadas en los cables del televisor.

El televisor es una inesperada arma de Chejov (si aparece un arma en el teatro debe ser utilizada).
Cuando vemos que el niño ha sido encontrado en el bosque, de primeras se nos antoja que la muerte de Krystal ha sido injusta e innecesaria. Después, que Krystal acabará por conocer la paz. La adolescente pasa de un capítulo a otro triste, malhumorada y frágil. Cuida de una madre drogadicta, de su hermano pequeño, se opone a los camellos, se enamora de un cretino y no cuenta con el apoyo de Barry, la única persona que la apoyó. Sí, la muerte de Krystal es necesaria para ella y para la historia: su hermano encuentra una familia; Simon se reforma (desayuna café en lugar de cerveza) y provoca el derrumbe de Shirley.
Un final que quizá disgusta a quienes prefieren los cierres claros. Un final propio de cierta clase de novelas ambientadas en pequeñas localidades: el lector entra en el pueblo (en la historia) como un visitante; cuando el lector (en este caso, el espectador) deja la historia, los personajes siguen sus vidas.

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(Contiene un puñado de spoilers).

El planteamiento: en un pueblecito inglés, el gobierno municipal se divide entre quienes proponen reconvertir un edificio histórico en un spa y quienes desean preservarlo. La muerte de Barry Fairbrother, firme opositor al spa, deja una vacante imprevista en el concejo municipal. Los candidatos al puesto son el hijo del defensor del spa (un madrero), un maltratador y un apocado profesor de instituto.
Aunque intrigante y entretenida, Una vacante imprevista es una obra menor. Podríamos pensar que Una vacante imprevista acaba donde otras series comienzan: en el tercer capítulo. Sin embargo, el final es coherente (también kármico): aunque algunos buenos mueren y otros pierden; los villanos no tienen finales felices. De manera que en la última escena, prevemos los futuros de cada uno de los personajes.
Los villanos, el matrimonio Howard y Shirley, y el deshonesto Simon, no seguirán adelante con los mismos humos con los que comenzaron.
Howard, el viejo especulador urbanístico —guardián de las tradiciones— vivirá desacreditado tras el vídeo de sexo adúltero; repudiado por la esposa y con las alucinaciones del difunto Barry Fairbrother.
Shirley, la mujer del especulador, antipática suegra, madre y abuela manipuladora, soportará los cuernos y la autonomía del hijo cuarentón. El inesperado abrazo de la nuera significa que nada queda de la vieja intrigante: es una anciana frágil.
Simon, el maltratador de su esposa e hijos, deshonesto trabajador, vivirá atormentado por la muerte de la adolescente Krystal. Aunque la muerte es accidental, tiene su origen en un acto delictivo (la compra de un televisor robado) que deriva en estupidez al tirar el televisor al río.
Lo último es un ejemplo perfecto del principio de Hanlon («no atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez»). Simon tira el televisor con torpeza: envuelto en polietileno con burbujas de aire dentro de la caja de cartón: ¡el aparato no se hunde!
EL TELEVISOR EN EL RÍO
El televisor vaga por el río de un capítulo a otro. Esperamos que sea una prueba delictiva contra Simon. Sin embargo, acaba siendo el arma que mata a Krystal. La concatenación de hechos es perfecta:

1. Simon se deshace del televisor robado.

2. El especulador inmobiliario rodea los barrios marginales con vallado de obra.

3. Una heroinómana en rehabilitación, madre de Krystal, no puede ir a pie al pueblo por la metadona. Debe ir a la ciudad, pero mientras espera el autobús, sus camellos le ofrecen de nuevo material.

4. La recaída de la heroinómana provoca que Krystal huya con su hermano pequeño.

5. El hermano pequeño desaparece cerca del río. Aparece en el agua una zapatilla de deporte.

6. Krystal se arroja al río y sus piernas quedan enredadas en los cables del televisor.

El televisor es una inesperada arma de Chejov (si aparece un arma en el teatro debe ser utilizada).
Cuando vemos que el niño ha sido encontrado en el bosque, de primeras se nos antoja que la muerte de Krystal ha sido injusta e innecesaria. Después, que Krystal acabará por conocer la paz. La adolescente pasa de un capítulo a otro triste, malhumorada y frágil. Cuida de una madre drogadicta, de su hermano pequeño, se opone a los camellos, se enamora de un cretino y no cuenta con el apoyo de Barry, la única persona que la apoyó. Sí, la muerte de Krystal es necesaria para ella y para la historia: su hermano encuentra una familia; Simon se reforma (desayuna café en lugar de cerveza) y provoca el derrumbe de Shirley.
Un final que quizá disgusta a quienes prefieren los cierres claros. Un final propio de cierta clase de novelas ambientadas en pequeñas localidades: el lector entra en el pueblo (en la historia) como un visitante; cuando el lector (en este caso, el espectador) deja la historia, los personajes siguen sus vidas.

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