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29 de noviembre 2019    /   IDEAS
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Practica el noble arte de perder el tiempo

29 de noviembre 2019    /   IDEAS     por          
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La rapidez está sobrevalorada. Su prestigio proviene del pasado, pues entonces ir a pie o a caballo marcaba la diferencia. En la guerra y en la vida. Una distinción que sigue operando de forma absurda a día de hoy. Hay quien paga un dineral por un coche de muchos caballos porque alcanza más de 200 kilómetros por hora cuando no se puede circular a más de 120.

Pero ese absurdo se dispara cuando trasladamos ese componente de velocidad al pensamiento. Contestar rápido se convirtió hace ya mucho tiempo en un signo de inteligencia.

La perspicacia, la ocurrencia, el ingenio se valoran más cuando vienen avalados por una respuesta inmediata sin tener en cuenta el precio que pagamos por ello.

Los franceses utilizan el término de la phrase de l’échelle refiriéndose a esa respuesta que se nos ocurre en la escalera cuando nos marchamos tras una discusión y que siempre es mejor que la que dimos durante la misma. ¿Por qué? Pues, sencillamente, porque hemos podido pensarla.

Los españoles, más dados a la holgazanería, hablamos de consultarlo con la almohada para señalar que toda respuesta a un interrogante mejora con el paso del tiempo.

Y es cierto. Los dos grandes enemigos de la respuesta acertada son la prisa y la verborrea. La primera por defecto y la segunda por exceso.

Tal vez esa sea la razón por la que, desde la antigua Grecia, muchos intelectuales se han servido del paseo para meditar. El paseo marca un ritmo físico que se traslada al intelectual. Porque el dicho de que piano piano si va lontano abarca tanto al uno como al otro.

Pero si antes la prisa mandaba, ahora el tema se ha exacerbado. La inmediatez ha llegado a revalorizarse de tal manera que para exaltarla nos inventamos términos tan absurdos como el «tiempo real», como si existiera un tiempo irreal con el que poder compararse.

Esa es la razón por la que la latencia en el mundo digital, entendida como la suma de retardos temporales dentro de una red, haya adquirido tanta importancia. Nuestra fascinación hacia lo inmediato es tal que ya incluso se habla de «latencia cero», aun a sabiendas de que, desde un punto de vista tecnológico, tal cosa es imposible.

El desfase entre el pensamiento humano y la rapidez de respuesta digital es tal que la única solución para que ambos concuerden nos exige delegar el primero a la inteligencia artificial sacrificando con ello la propia. Esto es algo que ya se está haciendo en determinados campos como la estrategia militar, las operaciones bursátiles o el internet de las cosas.

Hay que darle tiempo al tiempo, decimos. Cuando en realidad lo que hay que darle es espacio. El suficiente como para que en él quepan los monólogos interiores que enriquecen nuestra mente.

Ahora, para defendernos del problema que nosotros mismos hemos creado, practicamos la meditación, el mindfulness, la relajación autógena, sin darnos cuenta de que resulta imposible separar el tiempo del estrés del tiempo de la calma.

Y ello por una simple razón: el tiempo solo es discontinuo en nuestra mente (aunque este punto está siendo cuestionado ahora por la mecánica cuántica).  Por eso creemos poder fraccionarlo en rápido o lento. Una ficción que hemos creado para no asumir la cuestión de fondo. Es decir, que en muchas ocasiones las prisas solo nos sirven para una cosa: para llegar antes al lugar equivocado.

La rapidez está sobrevalorada. Su prestigio proviene del pasado, pues entonces ir a pie o a caballo marcaba la diferencia. En la guerra y en la vida. Una distinción que sigue operando de forma absurda a día de hoy. Hay quien paga un dineral por un coche de muchos caballos porque alcanza más de 200 kilómetros por hora cuando no se puede circular a más de 120.

Pero ese absurdo se dispara cuando trasladamos ese componente de velocidad al pensamiento. Contestar rápido se convirtió hace ya mucho tiempo en un signo de inteligencia.

La perspicacia, la ocurrencia, el ingenio se valoran más cuando vienen avalados por una respuesta inmediata sin tener en cuenta el precio que pagamos por ello.

Los franceses utilizan el término de la phrase de l’échelle refiriéndose a esa respuesta que se nos ocurre en la escalera cuando nos marchamos tras una discusión y que siempre es mejor que la que dimos durante la misma. ¿Por qué? Pues, sencillamente, porque hemos podido pensarla.

Los españoles, más dados a la holgazanería, hablamos de consultarlo con la almohada para señalar que toda respuesta a un interrogante mejora con el paso del tiempo.

Y es cierto. Los dos grandes enemigos de la respuesta acertada son la prisa y la verborrea. La primera por defecto y la segunda por exceso.

Tal vez esa sea la razón por la que, desde la antigua Grecia, muchos intelectuales se han servido del paseo para meditar. El paseo marca un ritmo físico que se traslada al intelectual. Porque el dicho de que piano piano si va lontano abarca tanto al uno como al otro.

Pero si antes la prisa mandaba, ahora el tema se ha exacerbado. La inmediatez ha llegado a revalorizarse de tal manera que para exaltarla nos inventamos términos tan absurdos como el «tiempo real», como si existiera un tiempo irreal con el que poder compararse.

Esa es la razón por la que la latencia en el mundo digital, entendida como la suma de retardos temporales dentro de una red, haya adquirido tanta importancia. Nuestra fascinación hacia lo inmediato es tal que ya incluso se habla de «latencia cero», aun a sabiendas de que, desde un punto de vista tecnológico, tal cosa es imposible.

El desfase entre el pensamiento humano y la rapidez de respuesta digital es tal que la única solución para que ambos concuerden nos exige delegar el primero a la inteligencia artificial sacrificando con ello la propia. Esto es algo que ya se está haciendo en determinados campos como la estrategia militar, las operaciones bursátiles o el internet de las cosas.

Hay que darle tiempo al tiempo, decimos. Cuando en realidad lo que hay que darle es espacio. El suficiente como para que en él quepan los monólogos interiores que enriquecen nuestra mente.

Ahora, para defendernos del problema que nosotros mismos hemos creado, practicamos la meditación, el mindfulness, la relajación autógena, sin darnos cuenta de que resulta imposible separar el tiempo del estrés del tiempo de la calma.

Y ello por una simple razón: el tiempo solo es discontinuo en nuestra mente (aunque este punto está siendo cuestionado ahora por la mecánica cuántica).  Por eso creemos poder fraccionarlo en rápido o lento. Una ficción que hemos creado para no asumir la cuestión de fondo. Es decir, que en muchas ocasiones las prisas solo nos sirven para una cosa: para llegar antes al lugar equivocado.

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