18 de julio 2014    /   IDEAS
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El verano: un transcurrir entre siesta y fiesta

18 de julio 2014    /   IDEAS     por          
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La primera señal de que el verano había llegado a mi casa era el cartel que mi padre colgaba en la cristalera de su negocio anunciando un escueto: «Cerrado por vacaciones del 1 al 31 de agosto». El sol cálido de junio y el calor tórrido de julio no eran anuncios suficientes de que el estío había llegado para quedarse. Verano estaba -está- indisolublemente ligado a vacaciones. Y las vacaciones, entonces, seguían siendo de 31 días.

Porque una cosa es lo que diga la ciencia y la meteorología, y otra, la vida real. Puede que como estación dure tres meses, pero los veranos de mi infancia –y la de muchos– duraban solo un mes. Para mi familia, verano era agosto entero en un pequeño pueblo de Soria escondido entre montes y pinares. No hacía falta playa, ya estaban los campos de trigo para traer las olas.

Verano era la bici BH color butano que me esperaba llena de polvo en el desván de la casa de mi abuela. Y eran tardes de piscina o de río. Y bocadillos de Nocilla en pan de hogaza. Y mulos que bebían en el pilón de la fuente. Verano eran tertulias eternas sobre temas intranscendentes en las escaleras de una vieja escuela destartalada, hoy convertida en ambulatorio médico y salón social. Y partidas de brisca entre las mujeres del pueblo, sentadas alrededor de una mesita a la puerta de sus casas cuando el sol relajaba su furia.

El verano de verdad, el que no olvidas nunca, sabe a infancia, a bici, a calle y a tomillo. A agua de la fuente y a piedras de río. A cangrejo, a té de roca. Y a fiesta. A orquesta hortera que viaja de pueblo en pueblo para llenar de música pachanguera las plazas.

Luego, la infancia pasa y te conviertes en adulto. El pueblo se te queda pequeño y sientes la llamada del mundo. Ahora sí buscas playa y discoteca. Cambias la bici BH color butano por un billete en el InterRaíl. Sigue la aventura, pero ya se escribe con mayúsculas. Ya no lleva cangrejeras en los pies ni zapatillas de lona. Los bocadillos no están hechos de pan de hogaza y el ColaCao de los desayunos se llama ahora café con leche y tostadas traducido a todos los idiomas planetarios.

Verano es también ese lapso de tiempo en el que nos entregamos a actividades que no hacemos el resto del año. O no con tanta constancia, con tanta intensidad. Es tiempo de lecturas rápidas, que entretengan, que no te hagan pensar porque el calor no te deja. Novelas de Agatha Christie, de Los Cinco. Mi tío siempre leía las de Marcial Lafuente Estefanía debajo de un albaricoque que había en la puerta de casa, a la sombra, con un cigarrillo en una mano y un botellín de cerveza en el suelo al que iba dando tragos despacito. Su mujer se quedaba con Corín Tellado y le miraba de reojo, nunca supe bien si por compararle con el protagonista de la historia o por pura vergüenza de andar leyendo esas cosas a su edad.

Y nosotros, los más jóvenes de la casa, intercambiábamos con los amigos los cómics de las Joyas Literarias Juveniles de Bruguera que nos introducían en la literatura seria, en esos libros imprescindibles que te dicen que has de leer antes morir, pero que nunca llegas a hacerlo. Total, ya te has leído el cómic y has visto la película…

El verano suena a música. A cinta de casete que grababas durante el año con las canciones que sonaban en la radio, señales horarias incluidas. Esos recopilatorios que duraban solo una temporada y que al verano siguiente descartabas por hartazgo. Canciones tontas, intrascendentes, que cuando hoy vuelves a escuchar, aun hiriendo tu gusto musical ya más selecto, te siguen haciendo sonreír de pura nostalgia. Spotify, iTunes y los mp3 no suenan igual, no te hacen sentir lo mismo.

El verano quema. El calor te amodorra y te acuna con voz de jazz: Summertime and the livin’ is easy…

Porque eso debe ser el verano: un transcurrir fácil entre siesta y fiesta, entre paseos vespertinos y rutas trazadas en el mapa de la zona para ver qué vamos a conocer al día siguiente. Fuera complicaciones, fuera problemas.Verano, que no estío. El estío es para poetas y enfermos de melancolía. Nosotros pertenecemos al común de los mortales. Veraneamos. Sudamos. Reímos. Porque es lo que nos gusta hacer cuando llega el calor y las chicharras te martillean sin piedad mientras intentas dormir la siesta. Lo puedes pintar de Azul y convertirlo en una serie de televisión mil veces repuesta. O lo puedes pintar de amarillo, de rojo, de verde mar… Es inmensa la paleta de colores que cada uno empleamos para dibujarlo. Tenemos la libertad de elegir. Pintemos, pues.

… So hush, little baby,don’t you cry.
One of these mornings you’re gonna rise up singing
And you’ll spread your wings and you’ll take to the sky
But till that morning, there ain’t nothin’ can harm you
With daddy and mammy standin’ by.

La primera señal de que el verano había llegado a mi casa era el cartel que mi padre colgaba en la cristalera de su negocio anunciando un escueto: «Cerrado por vacaciones del 1 al 31 de agosto». El sol cálido de junio y el calor tórrido de julio no eran anuncios suficientes de que el estío había llegado para quedarse. Verano estaba -está- indisolublemente ligado a vacaciones. Y las vacaciones, entonces, seguían siendo de 31 días.

Porque una cosa es lo que diga la ciencia y la meteorología, y otra, la vida real. Puede que como estación dure tres meses, pero los veranos de mi infancia –y la de muchos– duraban solo un mes. Para mi familia, verano era agosto entero en un pequeño pueblo de Soria escondido entre montes y pinares. No hacía falta playa, ya estaban los campos de trigo para traer las olas.

Verano era la bici BH color butano que me esperaba llena de polvo en el desván de la casa de mi abuela. Y eran tardes de piscina o de río. Y bocadillos de Nocilla en pan de hogaza. Y mulos que bebían en el pilón de la fuente. Verano eran tertulias eternas sobre temas intranscendentes en las escaleras de una vieja escuela destartalada, hoy convertida en ambulatorio médico y salón social. Y partidas de brisca entre las mujeres del pueblo, sentadas alrededor de una mesita a la puerta de sus casas cuando el sol relajaba su furia.

El verano de verdad, el que no olvidas nunca, sabe a infancia, a bici, a calle y a tomillo. A agua de la fuente y a piedras de río. A cangrejo, a té de roca. Y a fiesta. A orquesta hortera que viaja de pueblo en pueblo para llenar de música pachanguera las plazas.

Luego, la infancia pasa y te conviertes en adulto. El pueblo se te queda pequeño y sientes la llamada del mundo. Ahora sí buscas playa y discoteca. Cambias la bici BH color butano por un billete en el InterRaíl. Sigue la aventura, pero ya se escribe con mayúsculas. Ya no lleva cangrejeras en los pies ni zapatillas de lona. Los bocadillos no están hechos de pan de hogaza y el ColaCao de los desayunos se llama ahora café con leche y tostadas traducido a todos los idiomas planetarios.

Verano es también ese lapso de tiempo en el que nos entregamos a actividades que no hacemos el resto del año. O no con tanta constancia, con tanta intensidad. Es tiempo de lecturas rápidas, que entretengan, que no te hagan pensar porque el calor no te deja. Novelas de Agatha Christie, de Los Cinco. Mi tío siempre leía las de Marcial Lafuente Estefanía debajo de un albaricoque que había en la puerta de casa, a la sombra, con un cigarrillo en una mano y un botellín de cerveza en el suelo al que iba dando tragos despacito. Su mujer se quedaba con Corín Tellado y le miraba de reojo, nunca supe bien si por compararle con el protagonista de la historia o por pura vergüenza de andar leyendo esas cosas a su edad.

Y nosotros, los más jóvenes de la casa, intercambiábamos con los amigos los cómics de las Joyas Literarias Juveniles de Bruguera que nos introducían en la literatura seria, en esos libros imprescindibles que te dicen que has de leer antes morir, pero que nunca llegas a hacerlo. Total, ya te has leído el cómic y has visto la película…

El verano suena a música. A cinta de casete que grababas durante el año con las canciones que sonaban en la radio, señales horarias incluidas. Esos recopilatorios que duraban solo una temporada y que al verano siguiente descartabas por hartazgo. Canciones tontas, intrascendentes, que cuando hoy vuelves a escuchar, aun hiriendo tu gusto musical ya más selecto, te siguen haciendo sonreír de pura nostalgia. Spotify, iTunes y los mp3 no suenan igual, no te hacen sentir lo mismo.

El verano quema. El calor te amodorra y te acuna con voz de jazz: Summertime and the livin’ is easy…

Porque eso debe ser el verano: un transcurrir fácil entre siesta y fiesta, entre paseos vespertinos y rutas trazadas en el mapa de la zona para ver qué vamos a conocer al día siguiente. Fuera complicaciones, fuera problemas.Verano, que no estío. El estío es para poetas y enfermos de melancolía. Nosotros pertenecemos al común de los mortales. Veraneamos. Sudamos. Reímos. Porque es lo que nos gusta hacer cuando llega el calor y las chicharras te martillean sin piedad mientras intentas dormir la siesta. Lo puedes pintar de Azul y convertirlo en una serie de televisión mil veces repuesta. O lo puedes pintar de amarillo, de rojo, de verde mar… Es inmensa la paleta de colores que cada uno empleamos para dibujarlo. Tenemos la libertad de elegir. Pintemos, pues.

… So hush, little baby,don’t you cry.
One of these mornings you’re gonna rise up singing
And you’ll spread your wings and you’ll take to the sky
But till that morning, there ain’t nothin’ can harm you
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Mi cerdo y yo
A puñetazos en Tailandia
Un centro comercial iluminado por lechugas podridas
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