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1 de octubre 2018    /   BUSINESS
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Por qué los drones militares suelen fallar en su objetivo

1 de octubre 2018    /   BUSINESS     por          
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Verax es un reportaje de investigación en formato cómic que explica el funcionamiento del programa de drones del ejército de Estados Unidos y las razones de su alto porcentaje de errores. Unos fallos con trágicas consecuencias, provocados porque el sistema de análisis de datos para determinar los objetivos es altamente defectuoso.

Hace unos días, la ministra portavoz Isabel Celaá declaraba en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros que las bombas que el Gobierno de España había vendido a Arabia Saudí eran «bombas de alta precisión que no se van a equivocar matando yemeníes».

El hecho es que las bombas sí se equivocan. O mejor dicho, por mucha información, datos y metadatos que se tenga del conflicto, la zona y el objetivo a abatir, los responsables encargados de activar esas armas se equivocan. Aunque a la ministra le pueda resultar increíble, es previsible que más de uno y más de dos civiles yemeníes inocentes van a morir por las bombas españolas.

Verax, un cómic escrito por el periodista de investigación Pratap Chatterjee, dibujado por Khalil y editado por Salamandra Graphic, explica cómo, a pesar de su imagen de exactitud e infalibilidad, los drones y las armas activadas a distancia son muy inexactas y provocan la muerte de centenares de inocentes cada año.

Estas muertes son bien conocidas por los gobiernos que las provocan y, muy especialmente, por los soldados implicados en ellas. De hecho, muchos de esos soldados, jóvenes de ambos sexos recién salidos del instituto, sufren trastorno de estrés postraumático aunque nunca hayan pisado un campo de batalla.

Una dolencia que muchos de ellos combaten ingiriendo grandes dosis de alcohol, cocaína, sales de baño o cualquier otra sustancia que los evada de esa situación que dista mucho de ser esa guerra tecnológica, superinformatizada y aséptica que transmiten los departamentos de prensa de ejércitos como el de Estados Unidos.

Entre los testimonios de los soldados recogidos por Chatterjee en Verax se encuentra el de Brandon Bryant, un militar destinado al programa de drones, responsable de 1.626 muertes y traumatizado por la experiencia desde que viera, a través de los monitores de televisión que utilizaba para cumplir su misión, cómo un hombre moría desangrado después de que un misil disparado por él le hubiera amputado las piernas.

Por su parte, Heather Linebaugh, antigua analista de imágenes en el programa de drones de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, narra en el libro cómo a los soldados les resulta muy difícil determinar cuáles son realmente los objetivos a abatir.

«El vídeo que envía un dron no suele tener suficiente calidad para detectar si alguien lleva un arma, ¡ni siquiera en un día claro, con nubosidad limitada y una luz perfecta!», afirma Linebaugh. «Siempre nos preguntábamos si matábamos a quien tocaba, si poníamos en peligro a quien no correspondía. Podemos decir que vemos niños y que no se debería disparar, pero no depende de nosotros. La cadena de mando está desequilibrada», concluye.

El equipo humano que opera los drones y ejecuta el disparo suele estar ubicado a miles de kilómetros del lugar en el que se produce el impacto. La decisión de si se debe disparar o no depende de la decisión del superior jerárquico, el cual la toma en base a diferentes informaciones, como esas imágenes defectuosas, datos analizados por algoritmos y las opiniones de distintos actores, ubicados en diferentes localizaciones y que se comunican entre sí a través de mensajes de chat para evitar el retardo de los satélites en las transmisiones de audio. En definitiva, la decisión de disparar se toma según un conjunto de informaciones erróneas, inconexas y contradictorias.

Una de las razones para que toda esa información resulte poco eficaz es justamente el modo en que se determinan los objetivos. Como se explica Verax, el programa de drones está muy relacionado con las denuncias que Edward Snowden y Julian Assange realizaron sobre los métodos de espionaje de Estados Unidos y la NSA.

Según las investigaciones de Wikileaks y Snowden, Estados Unidos intercepta diariamente millones de conversaciones telefónicas, charlas por Skype, mensajes de WhatsApp, correos electrónicos, fotografías y otros muchos materiales que suponen millones de gigabytes de información.

El volumen de datos es de tal magnitud que es imposible realizar un análisis pormenorizado, detallado y medianamente fiable de ellos. Por esa razón, el modo que las diferentes agencias de seguridad tienen de trabajar con esa información es generando patrones basados en algoritmos.

Si se repiten determinadas palabras como «explosivos» en una conversación, si un grupo de automóviles transita por una carretera en forma de caravana como si fueran un convoy militar o si un grupo de individuos disparan armas al aire, los implicados en esas acciones pasan a ser objetivos militares.

El problema surge cuando esas caravanas que parecen convoyes son sencillamente coches que se dirigen uno tras de otro a una boda o cuando esas personas que disparan al aire son dos marines, como los que fallecieron en 2011 por el ataque de un dron estadounidense.

 

Según las estadísticas publicadas por la Administración Obama, durante su mandato se realizaron 542 ataques con drones que causaron la muerte por error a un número de personas comprendido entre los 64 y los 116 individuos. Aunque Estados Unidos nunca quiso hacerse responsable de esos fallecimientos, aprovechando ese semirreconocimiento oficial, algunos familiares de las víctimas exigieron que se investigase la muerte de sus parientes y se les indemnizase por ellas.

Aquellos que consiguieron su objetivo se dieron de bruces una vez más con la arbitrariedad del Gobierno norteamericano: mientras que la muerte de un ciudadano italiano se compensaba con 1,2 millones de dólares, la de dos yemeníes fue resuelta con la entrega de cien mil dólares en metálico en una bolsa por parte de un miembro del servicio secreto.

Los últimos hechos recogidos por Pratap Chatterjee en Verax son de noviembre de 2017, fecha en la que Donald Trump llegó a la Casa Blanca. El nuevo presidente, lejos de cuestionar el programa de drones, ha intensificado su uso respecto a su antecesor. No obstante, lo que se mantiene igual son los métodos utilizados para determinar los objetivos, lo que ha llevado a repetir errores y situaciones indeseables.

Durante la época Obama, un dron asesinó por error a un joven estadounidense de 16 años que vivía en Yemen. Hace unos meses, ya con el gobierno Trump, otro dron mató a la hermana de ocho años de ese mismo muchacho. Aunque las informaciones empleadas en el primer caso eran erróneas, no se eliminaron de las bases de datos ni fueron señaladas como incorrectas. Al ser utilizadas nuevamente, volvieron a establecer a esa familia y ese lugar como objetivo.

Verax es un reportaje de investigación en formato cómic que explica el funcionamiento del programa de drones del ejército de Estados Unidos y las razones de su alto porcentaje de errores. Unos fallos con trágicas consecuencias, provocados porque el sistema de análisis de datos para determinar los objetivos es altamente defectuoso.

Hace unos días, la ministra portavoz Isabel Celaá declaraba en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros que las bombas que el Gobierno de España había vendido a Arabia Saudí eran «bombas de alta precisión que no se van a equivocar matando yemeníes».

El hecho es que las bombas sí se equivocan. O mejor dicho, por mucha información, datos y metadatos que se tenga del conflicto, la zona y el objetivo a abatir, los responsables encargados de activar esas armas se equivocan. Aunque a la ministra le pueda resultar increíble, es previsible que más de uno y más de dos civiles yemeníes inocentes van a morir por las bombas españolas.

Verax, un cómic escrito por el periodista de investigación Pratap Chatterjee, dibujado por Khalil y editado por Salamandra Graphic, explica cómo, a pesar de su imagen de exactitud e infalibilidad, los drones y las armas activadas a distancia son muy inexactas y provocan la muerte de centenares de inocentes cada año.

Estas muertes son bien conocidas por los gobiernos que las provocan y, muy especialmente, por los soldados implicados en ellas. De hecho, muchos de esos soldados, jóvenes de ambos sexos recién salidos del instituto, sufren trastorno de estrés postraumático aunque nunca hayan pisado un campo de batalla.

Una dolencia que muchos de ellos combaten ingiriendo grandes dosis de alcohol, cocaína, sales de baño o cualquier otra sustancia que los evada de esa situación que dista mucho de ser esa guerra tecnológica, superinformatizada y aséptica que transmiten los departamentos de prensa de ejércitos como el de Estados Unidos.

Entre los testimonios de los soldados recogidos por Chatterjee en Verax se encuentra el de Brandon Bryant, un militar destinado al programa de drones, responsable de 1.626 muertes y traumatizado por la experiencia desde que viera, a través de los monitores de televisión que utilizaba para cumplir su misión, cómo un hombre moría desangrado después de que un misil disparado por él le hubiera amputado las piernas.

Por su parte, Heather Linebaugh, antigua analista de imágenes en el programa de drones de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, narra en el libro cómo a los soldados les resulta muy difícil determinar cuáles son realmente los objetivos a abatir.

«El vídeo que envía un dron no suele tener suficiente calidad para detectar si alguien lleva un arma, ¡ni siquiera en un día claro, con nubosidad limitada y una luz perfecta!», afirma Linebaugh. «Siempre nos preguntábamos si matábamos a quien tocaba, si poníamos en peligro a quien no correspondía. Podemos decir que vemos niños y que no se debería disparar, pero no depende de nosotros. La cadena de mando está desequilibrada», concluye.

El equipo humano que opera los drones y ejecuta el disparo suele estar ubicado a miles de kilómetros del lugar en el que se produce el impacto. La decisión de si se debe disparar o no depende de la decisión del superior jerárquico, el cual la toma en base a diferentes informaciones, como esas imágenes defectuosas, datos analizados por algoritmos y las opiniones de distintos actores, ubicados en diferentes localizaciones y que se comunican entre sí a través de mensajes de chat para evitar el retardo de los satélites en las transmisiones de audio. En definitiva, la decisión de disparar se toma según un conjunto de informaciones erróneas, inconexas y contradictorias.

Una de las razones para que toda esa información resulte poco eficaz es justamente el modo en que se determinan los objetivos. Como se explica Verax, el programa de drones está muy relacionado con las denuncias que Edward Snowden y Julian Assange realizaron sobre los métodos de espionaje de Estados Unidos y la NSA.

Según las investigaciones de Wikileaks y Snowden, Estados Unidos intercepta diariamente millones de conversaciones telefónicas, charlas por Skype, mensajes de WhatsApp, correos electrónicos, fotografías y otros muchos materiales que suponen millones de gigabytes de información.

El volumen de datos es de tal magnitud que es imposible realizar un análisis pormenorizado, detallado y medianamente fiable de ellos. Por esa razón, el modo que las diferentes agencias de seguridad tienen de trabajar con esa información es generando patrones basados en algoritmos.

Si se repiten determinadas palabras como «explosivos» en una conversación, si un grupo de automóviles transita por una carretera en forma de caravana como si fueran un convoy militar o si un grupo de individuos disparan armas al aire, los implicados en esas acciones pasan a ser objetivos militares.

El problema surge cuando esas caravanas que parecen convoyes son sencillamente coches que se dirigen uno tras de otro a una boda o cuando esas personas que disparan al aire son dos marines, como los que fallecieron en 2011 por el ataque de un dron estadounidense.

 

Según las estadísticas publicadas por la Administración Obama, durante su mandato se realizaron 542 ataques con drones que causaron la muerte por error a un número de personas comprendido entre los 64 y los 116 individuos. Aunque Estados Unidos nunca quiso hacerse responsable de esos fallecimientos, aprovechando ese semirreconocimiento oficial, algunos familiares de las víctimas exigieron que se investigase la muerte de sus parientes y se les indemnizase por ellas.

Aquellos que consiguieron su objetivo se dieron de bruces una vez más con la arbitrariedad del Gobierno norteamericano: mientras que la muerte de un ciudadano italiano se compensaba con 1,2 millones de dólares, la de dos yemeníes fue resuelta con la entrega de cien mil dólares en metálico en una bolsa por parte de un miembro del servicio secreto.

Los últimos hechos recogidos por Pratap Chatterjee en Verax son de noviembre de 2017, fecha en la que Donald Trump llegó a la Casa Blanca. El nuevo presidente, lejos de cuestionar el programa de drones, ha intensificado su uso respecto a su antecesor. No obstante, lo que se mantiene igual son los métodos utilizados para determinar los objetivos, lo que ha llevado a repetir errores y situaciones indeseables.

Durante la época Obama, un dron asesinó por error a un joven estadounidense de 16 años que vivía en Yemen. Hace unos meses, ya con el gobierno Trump, otro dron mató a la hermana de ocho años de ese mismo muchacho. Aunque las informaciones empleadas en el primer caso eran erróneas, no se eliminaron de las bases de datos ni fueron señaladas como incorrectas. Al ser utilizadas nuevamente, volvieron a establecer a esa familia y ese lugar como objetivo.

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