22 de enero 2018    /   CINE/TV
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La ficción nacional da un paso adelante con ‘Vergüenza’

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Las series españolas no transitan por donde solían, qué duda cabe. Y, como casi todos los cambios que valen la pena, este ha llegado desde abajo, gracias a ese espectador patrio que, tras consumir productos de calidad venidos de fuera, ya no acepta bajar el listón con la ficción nacional. En eso se apoya el creador de contenidos que trata de convencer a cadenas y plataformas para que den el visto bueno a sus ideas. Hay un público maduro y exigente al que contentar. Y parecen haberse aplicado el cuento.

La principal novedad de Vergüenza es la adopción del formato estandarizado en el extranjero para la comedia. Si ya suenan desfasados los 70 minutos de las emisiones en abierto para series dramáticas, qué decir de las cómicas. Así, Movistar apuesta por capítulos de 25 minutos para la historia que Álvaro Fernández-Armero y Juan Cavestany concibieron hace 10 años. Entre cambiar su producto o esperar a que cambiara el panorama, eligieron lo segundo. El tiempo les ha dado la razón.

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Desde la distancia, podría parecer que la historia gira en torno a una pareja corriente. Sin chicha. Fotógrafo de bodas él, administrativa ella. Hasta ahí todo bien, si no fuera por la querencia de la pareja al patetismo. Ya desde la primera escena en el ascensor se deja bien claro. Y, aunque al principio da la impresión de que el marido va a monopolizar el ridículo, la mujer también se descubre, paulatinamente, como otro imán para lo inoportuno.

El matrimonio lo encarnan unos soberbios Javier Gutiérrez y Malena Alterio. Ella, lejos de conformarse con servir de mero apoyo, coprotagoniza la serie y aguanta sobre sus hombros numerosas réplicas y situaciones con el gesto y el tono justo, algo particularmente complicado en no pocas escenas. Y él es, simplemente, uno de los mejores actores del país, y aquí vuelve a demostrarlo. Defiende líneas de diálogo que, por disparatadas, podrían provocar rechazo, pero se las ingenia para que suenen ajustadas a la particular lógica del protagonista.

Vergüenza hace honor a su parco nombre. Nadie sabe cuándo se activará el mecanismo que hace disparar ese sentimiento, pero sin duda llegará. Más pronto que tarde, en realidad. Ese instante en el que se te encoge la tripa y tu primer impulso es taparte los ojos, coger el móvil o avanzar diez segundos en el reproductor. Los directores de la serie lo saben, y utilizan constantemente un recurso que convierten en seña de identidad: los planos sostenidos. Alargan siempre el corte un poco más de lo estrictamente necesario, esperando que la incomodidad se apodere del espectador y, tras ella, llegue el suspiro de alivio.

Otro signo distintivo de la producción de Apache Films es que todo transcurre en escenarios reales. Una serie así sufriría ambientada con decorados, por lo que la decisión de sacar la acción a la calle no puede ser más acertada. Además, así se refuerza la identificación del espectador con alguno de los numerosos secundarios que tropiezan con la pareja. En el trabajo, en las reuniones vecinales, en momentos de ocio… en cualquier lugar acechan las ocurrencias de los protagonistas. Nadie va a admitir reconocerse en Jesús o Nuria, pero a todos se nos vienen a la mente conocidos que reúnen algunas de sus características.

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La serie también se permite el lujo de bromear con aspectos, de nuevo, habituales en otras latitudes, pero impensables en una España algo mojigata en el humor televisado. El secreto no es otro que confiar en la inteligencia de tu público. Prohibido tomarlos por tontos y, a partir de ahí, disponer los elementos que cimienten la complicidad. Vergüenza es un claro ejemplo de que se puede tocar cualquier tema si se sabe cómo, y de que la comedia no es otra cosa que el drama desde otro punto de vista.

Porque el drama está muy presente en la serie, e incluso gana peso una vez que la temporada supera su ecuador. También hay comedia pura, como las escenas de la clase de inglés, pero casi siempre se mezcla con una situación menos amable: un funeral, la precariedad laboral, una ruptura sentimental o, sin duda, la que más cuesta edulcorar con humor en toda la serie: la aceptación de la ausencia de talento. La frustración, el fracaso.

Afortunadamente, son abundantes y variados los ejemplos de ficciones televisivas españolas preocupadas por el nuevo modelo de espectador. Movistar pretende abanderar esta etapa estrenando títulos ambiciosos, pero la serie demuestra que los trabajos de presupuestos más limitados también suponen un salto de calidad: basta dejar hacer a gente con talento. No será nunca la apuesta líder, pero Vergüenza refuerza y embellece un catálogo de contenido original. Prueba de ello es que ya han dado luz verde a la segunda temporada. Hay Jesús y Nuria para rato.

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Las series españolas no transitan por donde solían, qué duda cabe. Y, como casi todos los cambios que valen la pena, este ha llegado desde abajo, gracias a ese espectador patrio que, tras consumir productos de calidad venidos de fuera, ya no acepta bajar el listón con la ficción nacional. En eso se apoya el creador de contenidos que trata de convencer a cadenas y plataformas para que den el visto bueno a sus ideas. Hay un público maduro y exigente al que contentar. Y parecen haberse aplicado el cuento.

La principal novedad de Vergüenza es la adopción del formato estandarizado en el extranjero para la comedia. Si ya suenan desfasados los 70 minutos de las emisiones en abierto para series dramáticas, qué decir de las cómicas. Así, Movistar apuesta por capítulos de 25 minutos para la historia que Álvaro Fernández-Armero y Juan Cavestany concibieron hace 10 años. Entre cambiar su producto o esperar a que cambiara el panorama, eligieron lo segundo. El tiempo les ha dado la razón.

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Desde la distancia, podría parecer que la historia gira en torno a una pareja corriente. Sin chicha. Fotógrafo de bodas él, administrativa ella. Hasta ahí todo bien, si no fuera por la querencia de la pareja al patetismo. Ya desde la primera escena en el ascensor se deja bien claro. Y, aunque al principio da la impresión de que el marido va a monopolizar el ridículo, la mujer también se descubre, paulatinamente, como otro imán para lo inoportuno.

El matrimonio lo encarnan unos soberbios Javier Gutiérrez y Malena Alterio. Ella, lejos de conformarse con servir de mero apoyo, coprotagoniza la serie y aguanta sobre sus hombros numerosas réplicas y situaciones con el gesto y el tono justo, algo particularmente complicado en no pocas escenas. Y él es, simplemente, uno de los mejores actores del país, y aquí vuelve a demostrarlo. Defiende líneas de diálogo que, por disparatadas, podrían provocar rechazo, pero se las ingenia para que suenen ajustadas a la particular lógica del protagonista.

Vergüenza hace honor a su parco nombre. Nadie sabe cuándo se activará el mecanismo que hace disparar ese sentimiento, pero sin duda llegará. Más pronto que tarde, en realidad. Ese instante en el que se te encoge la tripa y tu primer impulso es taparte los ojos, coger el móvil o avanzar diez segundos en el reproductor. Los directores de la serie lo saben, y utilizan constantemente un recurso que convierten en seña de identidad: los planos sostenidos. Alargan siempre el corte un poco más de lo estrictamente necesario, esperando que la incomodidad se apodere del espectador y, tras ella, llegue el suspiro de alivio.

Otro signo distintivo de la producción de Apache Films es que todo transcurre en escenarios reales. Una serie así sufriría ambientada con decorados, por lo que la decisión de sacar la acción a la calle no puede ser más acertada. Además, así se refuerza la identificación del espectador con alguno de los numerosos secundarios que tropiezan con la pareja. En el trabajo, en las reuniones vecinales, en momentos de ocio… en cualquier lugar acechan las ocurrencias de los protagonistas. Nadie va a admitir reconocerse en Jesús o Nuria, pero a todos se nos vienen a la mente conocidos que reúnen algunas de sus características.

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La serie también se permite el lujo de bromear con aspectos, de nuevo, habituales en otras latitudes, pero impensables en una España algo mojigata en el humor televisado. El secreto no es otro que confiar en la inteligencia de tu público. Prohibido tomarlos por tontos y, a partir de ahí, disponer los elementos que cimienten la complicidad. Vergüenza es un claro ejemplo de que se puede tocar cualquier tema si se sabe cómo, y de que la comedia no es otra cosa que el drama desde otro punto de vista.

Porque el drama está muy presente en la serie, e incluso gana peso una vez que la temporada supera su ecuador. También hay comedia pura, como las escenas de la clase de inglés, pero casi siempre se mezcla con una situación menos amable: un funeral, la precariedad laboral, una ruptura sentimental o, sin duda, la que más cuesta edulcorar con humor en toda la serie: la aceptación de la ausencia de talento. La frustración, el fracaso.

Afortunadamente, son abundantes y variados los ejemplos de ficciones televisivas españolas preocupadas por el nuevo modelo de espectador. Movistar pretende abanderar esta etapa estrenando títulos ambiciosos, pero la serie demuestra que los trabajos de presupuestos más limitados también suponen un salto de calidad: basta dejar hacer a gente con talento. No será nunca la apuesta líder, pero Vergüenza refuerza y embellece un catálogo de contenido original. Prueba de ello es que ya han dado luz verde a la segunda temporada. Hay Jesús y Nuria para rato.

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