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21 de julio 2011    /   CREATIVIDAD
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¡Vete a esnifar espárragos!

21 de julio 2011    /   CREATIVIDAD     por          
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¿Quién no ha leído a Proust? O, mejor dicho ¿quién no conoce a alguien que dice que ha leído a Proust? La gastronomía molecular nos ha dado grandes titulares y pequeñas dudas. Nunca comprendí el sentido del exabrupto ibérico “¡Vete a freir espárragos!”. Nada hay de humillante u ofensivo en alinear las inocentes y estilizadas verduras con capullo sobre la parrilla o la sartén, o si somos afortunados poseedores de un adosado, la barbacoa.
Resumiendo, diremos que el llamado “Efecto Proust” no es otra cosa que el olor de la orina de todo aquél que haya comido espárragos en las últimas horas. Es un olor inconfundible, no especialmente desagradable, pero el más literario de los aromas de W.C.
Keith Richards confesó (y luego desmintió) algo que todos los que atesoramos cenizas de nuestros seres queridos hemos intentado alguna noche loca de necrofilia incestuosa y caníbal: esnifarlas. En este caso, la realidad NO supera a la ficción, ya que las cenizas son en realidad pequeñas esquirlas de hueso que nuestro tabique nasal no puede asimilar. En resumen: no intente esto en casa. Pero los espárragos son otra cosa…
Unos chefs británicos han desatado un escándalo moral a partir de su original propuesta. Han deconstruido el espárrago, y tras someterlo a procesos que escapan a la comprensión de cualquier paladar hambriento, han obtenido unos polvos sospechosamente parecidos a la cocaína. Y no contentos con ello, han decidido ofrecerlos a los refinados comensales de su restaurante en forma de rayas, cuidadosamente cortadas sobre cómodos espejos rectangulares, para ser esnifadas con un turulo de diseño.
Michael Collins es el cerebro aspirador tras este experimento, y garantiza desde Bubble Food, su cuartel general en Londres, una experiencia sensorial inolvidable que sublima los aromas característicos del “efecto Proust”. Las voces críticas no se han hecho esperar, aduciendo que se está dando una pátina de glamour al consumo de drogas (como si el cine no llevara haciendo eso mismo durante décadas).
¿No sería mejor que nuestros hijos se metieran rayas de espárragos en vez de farlopa adulterada? Ello convertiría en dealer al frutero del mercado, y las cosas serían mucho más fáciles. Los más viciosos podrían fumar “base” de espárrago.
Lo más gracioso del asunto es la coincidencia con el precio: 60 euros el gramo.

Antonio Dyaz es director de cine


¿Quién no ha leído a Proust? O, mejor dicho ¿quién no conoce a alguien que dice que ha leído a Proust? La gastronomía molecular nos ha dado grandes titulares y pequeñas dudas. Nunca comprendí el sentido del exabrupto ibérico “¡Vete a freir espárragos!”. Nada hay de humillante u ofensivo en alinear las inocentes y estilizadas verduras con capullo sobre la parrilla o la sartén, o si somos afortunados poseedores de un adosado, la barbacoa.
Resumiendo, diremos que el llamado “Efecto Proust” no es otra cosa que el olor de la orina de todo aquél que haya comido espárragos en las últimas horas. Es un olor inconfundible, no especialmente desagradable, pero el más literario de los aromas de W.C.
Keith Richards confesó (y luego desmintió) algo que todos los que atesoramos cenizas de nuestros seres queridos hemos intentado alguna noche loca de necrofilia incestuosa y caníbal: esnifarlas. En este caso, la realidad NO supera a la ficción, ya que las cenizas son en realidad pequeñas esquirlas de hueso que nuestro tabique nasal no puede asimilar. En resumen: no intente esto en casa. Pero los espárragos son otra cosa…
Unos chefs británicos han desatado un escándalo moral a partir de su original propuesta. Han deconstruido el espárrago, y tras someterlo a procesos que escapan a la comprensión de cualquier paladar hambriento, han obtenido unos polvos sospechosamente parecidos a la cocaína. Y no contentos con ello, han decidido ofrecerlos a los refinados comensales de su restaurante en forma de rayas, cuidadosamente cortadas sobre cómodos espejos rectangulares, para ser esnifadas con un turulo de diseño.
Michael Collins es el cerebro aspirador tras este experimento, y garantiza desde Bubble Food, su cuartel general en Londres, una experiencia sensorial inolvidable que sublima los aromas característicos del “efecto Proust”. Las voces críticas no se han hecho esperar, aduciendo que se está dando una pátina de glamour al consumo de drogas (como si el cine no llevara haciendo eso mismo durante décadas).
¿No sería mejor que nuestros hijos se metieran rayas de espárragos en vez de farlopa adulterada? Ello convertiría en dealer al frutero del mercado, y las cosas serían mucho más fáciles. Los más viciosos podrían fumar “base” de espárrago.
Lo más gracioso del asunto es la coincidencia con el precio: 60 euros el gramo.

Antonio Dyaz es director de cine

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